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W.H.González en Madrid (que no es grande)

13 08 2008 - 07:57

“O sea, a los europeos cuando se ponen en
moralistas me dan ganas de cagarlos a trompadas.”

P. A.

China es grande.

Eso decía el texto de la unidad uno de un librito de mandarín que alguna vez formó parte de mi vida. El texto completo era algo así: “China es grande, Japón es pequeño ¿Japón es grande? No, Japón no es grande, es pequeño.” Aquello me dejó una impresión vaga, leve; desconfianza o la percepción de estar frente a un bicho raro ¿Qué dicen estos tipos? ¿Así empiezan un texto, un libro que va a ser leído por quienes se aproximan por primera vez a lo chino? Imaginé un cursito análogo, alguna vez, de español para extranjeros santelmitanos: “La carne uruguaya es una verga, y el spetto brasileño, puaj, aguante el churrasco argentino.” Es fuerte ¿eh? Bueno, el caso es que China es un plato fuerte. Mi gesto, entonces, fue cínico pero sincero, y representativo de lo que después (ahora) vería multiplicado hasta el infinito.

Escribo desde Europa. Hace unos meses dejé China, luego de varios años chinos, casi siempre en Shanghai, pero con frecuentes e intensas incursiones al interior. Viajé mucho, muchísimo dentro de China: tengo una pila de boarding cards de China Eastern Airlines así de alta; más de 200 vuelos dentro de China, el 80 % sobre la costa este, el resto a Hong Kong, el sur o al oeste musulmán. Además: los trenes, trenes cama, trenes con asientos, hard seat, soft sleeper, 6 beds, 4 beds y el glorioso 2 beds con baño en suite y apliques de bronce; y los ómnibus, al menos para viajar a las provincias adyacentes, de sentado en algunos, y en otros viajando en los sleeper car, con camas, uno arriba del otro, coches a los cuales se entra descalzo, eh, no vaya a confundirse. Hasta el momento en que decidí instalarme en China, viajé varias veces desde Buenos Aires, viajes infinitos de más de treinta horas.

—Chicken or beef?

Pero cuando finalmente viajé para buscar un depto, una ciudad y un barrio, llegué a Hong Kong, de allí volé a Shanghai, en Shanghai cambié de aeropuerto y tomé otro avión hasta Urumqi, capital de Xinjiang. Llegué a Urumqi y dormí en un hotel treinta y nueve estrellas construído íntegramente en mármol y materiales nobles que no sabría nombrar (pieles, cuernos, jade, bronce y plata, granito, maderas negrísimas, putas rusas envueltas en abrigos de camello) Todo por menos de 25 dólares la noche. El lejano oeste. Urumqi es el centro de Asia continental, de aquella parte de Asia que no se echó al mar, el Asia musulmana, poblada por turcos, rusos, mongoles, afganos, pakistaníes y, claro: chinos.

Los Juegos Olímpicos Beijing 2008 me rompen las pelotas. Pero me hago cargo: es que soy un irresponsable. Me rompe las pelotas como cuando una chica que me gustaba “poco” se me acercaba. Sonríe, sonríe, me decía, hipócrita: que esta ni cobra ni coge. OK, había que hacer el esfuerzo. Cosas de la pubertad. Entonces charlamos, simulamos, oh, si, qué tal che. O como cuando llegaba a un examen en la facultad, afilado, afiladísimo, y el tipo me daba el papelito con los enunciados, y yo notaba que podía resolver todo aquello casi sin pensar, por favor: ¡qué pereza infinita! Alguna vez dejé de ir a un examen luego de una noche de repaso y revisión afiebrada porque estaba seguro, más que seguro de que podía aniquilar el examen. Entonces no iba. Pensaba “bueno, ya está, después veo”. Después era un desastre, todo, siempre. Ahora Beijing me toca el culo otra vez: el examen que puedo dar, pero que no daría en casi cualquier otra circunstancia, porque prefiero ir a comer churros al pasadizo San Ginés y seguir con mi re-re-relectura de Adolfito. Además acabo de descubrir a Antony & the Johnsons. Loco, no me rompan las pelotas. Chan chan, acordes para terminar.

Le mandé un mail a Raffo, excusándome:

“Está complicado. Es la sexta o séptima vez que comienzo a escribir. (…) decidí leerme todo lo que salga por ahí que más o menos valga la pena, opinión, de China, pero hoy resulta que eso significa leer algo así como dos o tres docenas de artículos. Estoy “estudiando” desde las 8 am, y no va. Ahora quiero cambiar todo. Espero que se asiente un poco la cosa, porque tengo una especie de catarata de voces en el marote. El espíritu está alto: todavía no encontré ni una sola idea que me interese, ni una línea que plantee algo realmente diferente (…) Mucha moral muy muy chota, de una chotez linealmente dependiente con el grado de exotismo que tiene China para el articulista en cuestión. Creo que hay cosas para decir eh, importantes, alternativas en un sentido, creo, productivo.”

Pero bueno, en el fondo, muy en el fondo, yo también tengo mi corazoncito, y cuando leo cosas como “el imperio del centro” o “…como una geisha” (no, no voy a hacer LA lista), cuando abro el diario y leo que de 8 o 10 notas de opinión, al menos 5 son chinosas, y además son menos que una mierda: son un asco supremo, un rejunte de lugares comunes, de clichés condimentados por la ignorancia, y ay, ay qué fachos algunos. Spam, spam, chicken with spam and spam. Tengan un poco de vergüenza.

Hace tiempo que quiero escribir acerca de China. Pero escribir es un quilombo, aunque un quilombo en el que se insiste, vaya a saber por qué. Entonces, decía, quería escribir, y una de cada 16 tardes la idea me daba vueltas por la cabeza, ensayaba algo, pensaba, hacía garabatos en el cuaderno, punteaba cosas, junté decenas de textos ajenos en la carpeta “china” que está en la carpeta “scriptorium” en la compu. Pero nada, eh, no no, nada de nada. No vaya a ser.

Entonces el culo y Beijing. Hace unos días Caparrós, creo que, tal vez, un poco, ¿apenas? bienintencionado (uff, qué amargo que estoy) escribió en Crítica:

“…cuando me enteré de las razones por las que los chinos habían elegido la fecha de hoy, me dio el ataque. Para empezar, porque es una cifra afortunada: el ocho es el número de la suerte china, y tres ochos juntos son casi un despilfarro.“

Ese es el nivel. No quiero agredir a Caparrós; menciono su nota como indicador de lo despistados, lo perdidos que están quienes se sienten obligados a opinar, a comentar y analizar China. Está bien escribir un artículo así, como el de Caparrós, que es básicamente un post de blog con impresiones del tipo “¿y esto con qué se come?” Es mejor que casi casi la totalidad de lo otro, lo supuestamente serio, ay, serio…

El anegdotario numerológico chino (es el ejemplo que se me ocurre ahora, pero hay miles) es menos que el punto de partida. Así estamos; ahí estamos. Uno de los posibles preámbulos a los pre-mundos de entender-algo, la nada antes que la nada. Es el jardín de infantes: falta la primaria, la secundaria, el CBC, la facu, el doctorado y el post doc y después darse cuenta de que todo eso estaba mal y al jardín otra vez. Es menos que menos, es menos que nada. Es tan profundo y revelador como para un chino leer una nota en un diario (hongkonés, digamos, para evitar susupicacias), una nota acerca de Argentina que diga “…y tanto hombres como mujeres llevan zapatos al caminar por las calles.”

Arranquemos, vamos a empezar de nuevo.

China impacta de frente, sin preguntar: es un tren que no tiene frenos. Ni chofer. Y las vías pasan justo por el centro del mundo. Podemos decir las mismas pelotudeces que los opinadores de turno repiten y repiten, una, dos, tres, cuatro millones de veces. Tratar de entender China es un drama, y una tragedia si además nos lo tomamos en serio: nos vamos a morfar para el desayuno, el almuerzo y la cena una montaña así de grande de ignorancia.

Primer punteo: algunos ingredientes que tendría en cuenta alguien para, por ejemplo, interpretar desde el modo en que llueve en China hasta el funcionamiento del PCC: la multiplicidad de etnias y las decenas de idiomas; los milenios de historia propia, documentada, mítica y cotidiana, palpable; los 1300 millones; Mao, la Revolución Cultural y el comunismo-de-los-palitos transformado en algo complicadísimo, que no solamente vive en las fábricas o en los “mercados”, sino también, y sobre todo, en cada uno de los 1300 millones de chinos; el renacimiento del confucianismo; su sentido de comunidad, su marcialidad y su informalidad; la distribución, típicamente china, de lo público y lo privado. Y mucho más.

China requiere, para su lectura, un espíritu similar al que se deja caer sobre una epopeya, y encima con dragones; no admite de los occidentales un entendimiento demasiado científico u objetivo, sino la parcial cercanía de lo que se ama con fascinación.

Ya que chinos no somos, vamos a empezar por ahí.


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Del mismo autor:
Ferro Revisited
China es grande
San Mao
El Poema Completo
La Tercera Línea
Cuchara llena, cuchara vacía
La luna, la cama y el piso
Xiao Baroque
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