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Llach, un chico de Sociales

14 08 2008 - 07:52

A las 9 y 20 de hoy, Página/12 no actualizó su versión en internet, que sigue dando las noticias de ayer. No me asusten.

La mañana está algo nublada pero hay sol en esta parte del Once. La calle no registra signos de inquietud más allá de las ansiedades normales de la vida contemporánea. En la calle los procesos sociopolíticos se manifiestan de manera gradual: cartelería gubernamental, etc. La gente sigue con su vida. Quizás por la cercanía hospitalaria, las sirenas son parte del decorado sonoro habitual. Pero, a dos cuadras de la AMIA, eso detona en uno reflejos defensivos.

En lingüística, un acto de habla es un acto en el que, al decir algo, se hace algo (el ejemplo típico es el del juez que dice “Los declaro marido y mujer”). Las llamadas profecías autocumplidas podrían ser también actos de habla: frases que al ser pronunciadas contribuyen a modificar la realidad. “Ya no es una cuestión de si los Kirchner serán derrocados, sino de cuándo lo serán”, dice La Nación que dijo Walter Molano, un analista de Wall Street.

Más llamativo, para mí, es el clima de derrota que curten desde el voto no positivo de Cobos los distintos voceros del oficialismo. María Esperanza Casullo no es exactamente una vocera del oficialismo, pero sí una especie de coordinadora del kirchnerismo electrónico refinado. Acá analiza un nuevo modo de reemplazo de agentes gubernamentales en América latina, después del fin de los golpes militares: el de la crisis política con renuncia del presidente y llamado a nuevas elecciones. Como casi no leo los diarios, todo esto me suena delirante.

Pero bueno, hay signos de que el justicialismo se dispone a dar su tercer golpe institucional desde 1983. La particularidad que ya muchos habrán notado es que sería contra un presidente del mismo partido.

En otro orden de cosas, estoy leyendo un libro que publicó este año la editorial Mansalva: Los libros de la guerra, una compilación de artículos de y entrevistas a Rodolfo Enrique Fogwill Piranza, más conocido como Fogwill. Me pregunto cuántos de los que leen esto conocen a Fogwill (supongo que una mayoría) y cuántos lo habrán leído. Temo que haya unos cuantos que no.

Lo que hizo Fogwill en estos treinta años de operación periodística y literaria, básicamente, fue extremar una retórica de la provocación basándose en la jerga de las ciencias sociales. Su operativo fue exitoso al interior del campo cultural, pero la literatura como tecnología de dominación (o liberación) de las conciencias perdió en estos mismos años su poder de fuego. Por constituirse como un provocador de trinchera, las tesis políticas de Fogwill son inconsistentes, pero Fogwill lo sabe perfectamente. A la izquierda de Alfonsín estaba la pared, pero el tipo igual trataba de atravesarla.

En algún momento me gustaría encarar la lectura, uno a uno, de los libros de poesía y narrativa de Fogwill, y comentarlos acá en TP. Los libros de la guerra, además de ser un contradocumento del relato democrático, es también un manual para leer la obra de su autor.

Anne Swidler, una socióloga, precisamente, norteamericana, intentó demostrar en un libro que los períodos de crisis, flujo e incertidumbre generan una “actividad ideológica mayor”. Cuando sufrimos, bah, nos agitamos, nos ponemos a hablar. Las llamadas ciencias sociales son básicamente una usina de producción de justificaciones seudocientíficas para el modo de organización social imperante. La sociología, en particular, produce justificaciones del capitalismo haciendo “investigaciones de mercado” y justificaciones de la democracia haciendo “encuestas”. Los chicos de Sociales hacen taller literario en las agrupaciones y después encuentran su lugar en el mundo produciendo símbolos, símbolos, simbolitos.

La imaginación novelesca de Fogwill pudo perfectamente ser usada como inspiración más amplia por la derecha política, pero no fue así. Quizás porque el autor (a diferencia de un Jorge Asís, por ejemplo) no se animó a dar ese paso, y ahora se conforma con el asesoramiento al macrismo en el corral estrecho de la política cultural.

Las señales emergen del caldo social en distintos lugares; difícil no asociarlas. Se publica un libro significativo que revisa los años alfonsinos, Scioli reconoce a Alfonsín y ahora Cristina lo visita. A la izquierda de los Kirchner, en un sentido, también está la pared. Si el Fogwill de entonces hablara hoy del gobierno nacional actual (desconozco si el Fogwill de hoy lo hace), diría que es un gobierno que adoptó como religión oficial del Estado el mito de los derechos humanos.

Don’t bite no maggots!, dijo Jagger cuando aterrizó en la Gran Manzana, ahí desde donde Walter Molano actúa el derrocamiento. Nosotros no escuchamos a Mick, o llegamos tarde. Por este lado del mundo hace rato que estamos comiendo gusanos, pero nos vamos acostumbrando.


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