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Raffo cocina polenta

15 08 2008 - 07:51

Como es un tema que no tocamos nunca acá, vamos a hablar un poco de Hitler. Alguien agitó el cubilete global donde se ordenan y clasifican las noticias de todo el mundo, y salieron cruzadas: en el sur, la pregunta es si se puede o no comparar a Hitler con Kirchner. Y en el norte, porque no tenemos nada que hacer, nos preguntamos si no habría que prohibirle a Tarantino hacer películas sobre el Holocausto. Debería haber sido al revés: ¿Se puede comparar a Tarantino con Hitler? Y también, ¿no habría que prohibir que distintas facciones del peronismo usen a Hitler como cascote retórico? “No”, es la respuesta a la primera pregunta. Tarantino no le hace mal a nadie. Como todo perverso, al final aburre, pero si algo lo puede despertar de su letargo de sexploitative nerd, son los nazis. Bring them on! Como bien dice alguien ahí, en los comentarios del Guardian (que así cualquiera tiene comentarios, con treinta y cinco empleados moderando y una sociedad entera incapaz de insultar),

Si esta película alguna vez se estrena, va a marcar el fin del género. Nadie se va a poder tomar en serio El Pianista o Schindler’s List.

Claramente una expresión de deseos, tal vez demasiado optimista. Pero por qué no dejarlo que pruebe. Recordemos la escena del reloj en Pulp Fiction. Yo quiero una película que sea toda así. En la nueva actúa Mike Myers; ¿cuán mala puede ser?

A la segunda pregunta, por supuesto, contestamos “¡sí!” Igual que el MPAA, que tiene multas tabuladas con distinto precio para quienes digan “culo”, “caca” o “teta”, no le vamos a prohibir a Duhalde o Carrió o alguno de los 18 Fernández que digan “nazi”, porque no nos gusta prohibir. Pero les vamos a COBRAR. Que paguen, si quieren decir boludeces. Habiendo aclarado ese punto, queda para discutir más tarde qué deberías hacer si alguien en una escena pública tanto más moderada e inofensiva que la de Weimar dice, efectivamente, cosas que suenan nazi. ¿Podemos distinguir entre los actos y las palabras? Porque sino es injusto, y hay que levantar la multa y dejarlos a los otros que digan “nazi, nazi, nazi” hasta el infinito, hasta que nada quiera decir nada. Igual es una discusión académica y pedorra. “No, porque Tarantino, Duhalde, Hitler”, dicen los padres mientras atrás, fuera de foco, sus hijos juegan al Señor de las moscas.

Es así. Los chicos, allá en la esquina, no pegan más carteles. Se juntan en Wordpress a conmemorar las buenas épocas del asalto a La Tablada, y Llach va y los lee. Yo también, confieso. Porque no lo puedo creer; ni Batman se salva. García, Alfonsín y John Hughes están en el hospital, escribiendo en el cielo lo que venimos viendo desde hace años sin querer reconocer: que those children that you spit on no eran tan inmunes a your consultations, después de todo. Y que tres libros y una foto del Che dejaron hace rato de ser un recuerdo vergonzante para convertirse, inexplicablemente, en carnet de acreditación para quién sabe qué celebración macabra. Porque a algún lado va todo eso. No es un soufflé con forma de pulóver peruano que creció durante diez años para ser devorado durante la crisis institucional anunciada por oráculos de todos los colores. Que puede suceder o no, la crisis. Golpe tampoco hubo, así que todo puede ser. Pero pase lo que pase, el soufflé esta ahí, va a cumplir una función, tiene algo adentro, no puede ser que no tenga nada. Ahora sólo vemos el pulóver, pero después es como el invisibility cloak de Harry Potter. Cuando por una de las mangas salga Jorge Baños va a ser tarde para salir corriendo.

Vamos a aclarar, porque el zeitgeist viene pesado: no digo que sean un peligro, necesariamente. Pero sé que son un peligro para mí, que me hacen mal, que un viernes cualquiera, como hoy, me siento a desayunar con los diarios y de pronto el mundo entero es Indiana Jones IV, la misma ineptitud, la misma incapacidad de reproducir lo que hace veinte años ya era un ejercicio nostálgico. Uno sale del cine diciendo: si al menos pudieran reproducir la fuente original, si fuera igual de estúpido pero más camp todo, menos calculado, más inocente… Y no, tampoco. Ya no queda nada de aquella inocencia de Lucas, el otro nerd, convertido ahora en emulación THX de Howard Hughes. Para que se entienda: no estamos hablando de Raymundo Gleyser, que filmaba con los dientes pero tenía buen humor, ganas de entender a la gente, incluso a quienes menos quería. Esto es otra cosa. Es Gerardo Vallejo Zombie autoproclamándose Etapa Superior De Billy Wilder. No pasarán, digo yo. No porque Billy Wilder necesite alguien que lo defienda, a esta altura (aunque toda España está dispuesta a movilizar tropas, por algún motivo) sino porque esa-ya-la-vimos. Move on. Ya se expidió, la historia, ahí.

El juicio de la historia. Conservo la disciplina suficiente como para que la frase no me obligue a hacer una parada en la estación Cobos. De entrada supe que no quiero hablar de eso, porque es como hablar de Lycos, Altavista o los Sea-Monkeys. En tres meses te da vergüenza. Pero tengo que decir que anoche vimos Film Noir, otro homenaje a destiempo y otro despropósito, no muy divertido aunque lo suficientemente complicado como para verlo entero, a ver si al final se entiende lo que están queriendo hacer. Hay demasiados personajes en la película, y todos los malos y las chicas tienen la misma cara, lo cual alarga mucho la típica hora y media pero potencia, por contraste, la inesperada aparición del vicepresidente:

Es malo, Cobos, en la película. Qué está haciendo ahí, no tengo la menor idea.

Más tarde, mientras cocinaba polenta con Monk de fondo, la conversación aterrizó en las interpretaciones extremas y exasperantes que tienen que sufrir los fantasmas de tipos tan distintos como Satie y Rachmaninov. Por suerte en el segundo caso hay suficiente material grabado como para que el original se reivindique solo. Por el mismo motivo, Monk no sufre casi nunca; ahí están los Riverside Recordings para custodiar su alma, y la custodian tan bien que ni Sting la puede castigar. Sting canta ’Round Midnight en el disco de Andy Summers que salió hace poco, y no molesta para nada. Igual Alina lamentaba todo lo que nos habremos perdido, pensando en la cantidad de momentos únicos y reveladores que nos iluminarían hoy si no hubieran sucedido tanto antes de los cilindros de Edison. Las ideas quedan. Pero hay millones de otras cosas que no. Y por eso desconfío cada vez más de la escritura, que sólo me dice quién sos si sos un genio. Escribir es una práctica bastante ingrata, estás solo todo el tiempo, sentado, no hace bien a la salud… Es altamente improbable que sólo quienes hayan podido aprender a escribir bien sean seres humanos. Incluso existe la posibilidad de que las personas más interesantes se hayan dado cuenta antes que uno de que una vida escribiendo no es gran cosa. Hay una descompensación de siglos ahí, que no parece estar resolviéndose de una manera simple por la vía multimedia. Porque eso es un paso, nada más: la multiplicidad de formatos de registro. Pero falta entender (yo lo intuyo pero tampoco lo entiendo del todo) que otras ideas también viven fuera del registro. Afuera de la página, afuera del disco. Libres, digamos, de la foto. Quiero pensar que algunas de las ideas más interesantes están ahí, además, porque no hay tantas en los libros de ficción que caen en mis manos, para no hablar de los diarios y los blogs, todos escribiendo más que nunca antes y con cada vez menos posibilidades de producir un texto que parezca escrito por una persona.

En ese contexto, uno agradece la suerte de saber quién es Gargarella y abrir por eso el link que lleva a la nota que escribió ayer en Clarín. Gargarella es amigo de la casa y por eso me voy a saltear un montón de elogios más bien obvios que le puedo comentar en privado sin que esto se convierta en autopromoción por carácter transitivo. Todo lo contrario, en realidad, porque el texto de Gargarella deja bastante mal parado, si no a TP en su conjunto, por lo menos a mí en mi convicción de que no hay lugar para lo humano dentro de una institución monstruosa. En vez de (o, mejor, además de) refugiarse en la última aldea gala a resistir al invasor, Gargarella va y publica en el Gran Diario Argentino un alegato tan necesario como demencial para el consenso de todas las sociedades que me tocaron en suerte (y son unas cuantas).

Qué me importa. Vivir así no tiene sentido.

Es verdad lo que dice. Pero además lo dice ahí, como al pasar, como si estuviera simplemente comentando un libro de Amartya Sen. Y en un solo tiro, sin nombrarlos, derriba los bolos esfinge de la realpolitik de todos los bandos juntos, al mismo tiempo. Strike! Es bowling zen lo de Gargarella. Bowling Zen Constructivo, también, porque es tozudo pero no necio, abre la discusión en vez de cerrarla, deja lugar para preguntas que no están en su nota y que preguntaremos más tarde (¿qué pensará Sen, que fundó Oxfam, de la evolución del concepto de charity en Europa?) y, por amor al arte, omite las dos conclusiones inevitables (e inseparables) a las que el lector puede llegar solo:

1. La vida así es horrible.
2. Por eso escribe uno.


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