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China es grande

17 08 2008 - 05:45

Qué raro es todo esto. Hace muchos años, durante mi vida porteña, decidí no hablar de Cuba, nunca, jamás, con nadie. La verdad que necesitaba un poco de paz. Yo, la verdad, no tenía mucha idea de lo que hablaba, pero no fue el miedo al ridículo lo que motivó aquellos votos; después de todo, siempre fui prudente, y más bien timidón, así que no decía muchas pelotudeces de las cuales pudiese avergonzarme. Sólo algunas. Sin embargo el silencio cubano fue instalándose, de a poco, y yo me acostumbré a él: la fuerza que lo impuso fue el rechazo inmenso que siento al escuchar a alguien que se apasiona por algo de lo que no tiene ni la más pálida idea.

Ahora, con China, me pasan dos cosas emparentadas con aquel pavor: por un lado, vuelvo a sentir el terror al vacío y por otro, esta vez, sé de lo que hablo, lo cual aumenta la convicción, como una lupa que solamente amplifica la angustia de leer más y más ridiculeces, de que estas notas no deberían ser.

Me da la impresión de que uno de los vicios de las Doña Rosa de la democracia occidental es simplificar la naturaleza de los regímenes alternativos, (bueno, tengo que llamarlos de algún modo). La gran mayoría de las personas con las que he hablado del tema entienden a China como una especie de carcel gigante, con un tipo maléfico al frente de un ejército de burócratas (y soldados, claro) que controla la vida de los chinos con el ceño fruncido. Y que ahora se compró unos lindos juegos olímpicos, todos para él, Dr. Malo, no: Ing. Malo, muajajaja.

Pero las cosas son un poco diferentes. En primer lugar, y tal vez el menos importante, no hay un cerebro, un “señor malvado”. Ese es un golpe duro para los sinocríticos: la novela es mucho más vendible cuando hay un único tirano. La muerte de Mao —y su posterior evaporación ideológica— es un triunfo de China, en ese sentido. Ya volveré sobre eso, seguro. Decía, entonces, que no hay una cabeza. El presidente, Hu Jintao, es algo así como una reliquia religiosa, pero de una religión en la cual la santidad es la autoridad que emana del PCC, ese baño de rojo y dorado que hace que le chifle el moño a los chinos; a todos.

Hu es la punta del iceberg, y su carácter marionetil no es ignorado, en absoluto, por los chinos. Ser “representante” (reliquia, creo que dije antes) no es un problema. Nadie le va a decir a Hu “eh, Hu, pero vos sos un payaso, a vos te manda tal y cual…”. No, y no solamente por temor a los guardaespaldas de Hu, que deben ser bastante feroces, sino porque para los chinos la representatividad implica un flujo de virtud, una corriente contínua e incuestionable de lo estado-numinoso que sostiene la China-catedral, amén.

Cuando uno se instala en China, llega el día en que, finalmente, se enciende la tele. La televisión en China es algo muy peculiar, porque es, al mismo tiempo: estatal, y gigantesca. Pero gigante mal, todo funcionando 24 hs, sin repeticiones, con canales dedicados a la militaria, otro con novelones históricos, otro con recuerdos revolucionarios en forma de miniseries, los de noticias, los otros de noticias, un poco de música, y así. Todo bajo el ala (grande, una gran alota) de China Central Television, o CCTV, siglas que coinciden con las de Closed Circuit Television, pero bueno, no vamos a ponernos místicos justo ahora.

Decía que un día la tele se prende, así, solita, entre pizza horrenda y curry delicioso, y en los canales de noticias uno comienza a ver caras repetidas, que con el correr de las semanas reconoce: el Presidente, el Ministro de tal cosa, el encargado de tal otra, el General qué se yo. Una vez que esa información está en la cabeza, comienza el prodigio de las casualidades, y nos topamos con esa misma gente dialogando con un chino cualquiera.

La conclusión es que los personajes políticos con mayor exposición mediática, y los que están más en boca de chinos, son el primer ministro Wen Jiabao, y el ministro de relaciones exteriores, Yang Jiechi. Ambos son, a diferencia de Hu, simpáticos y abiertos (al estilo chino) con los medios, y son vistos como un reservorio de virtud moderna. Hu, en cambio, y ese es su rol, es más bien un virtuoso clásico, serio, grave, gravísimo diría.

Los chinos aman a Wen y a Yang, y se les escapa una sonrisa cuando se los ve en la pantalla, casi siempre en situaciones que a los chinos de a pié les resultan de lo más pintorescas: de viaje por África, bautizando un panda gigante o comiendo un plato coreano en Seul.

Yang es un tipo con una carrera que es vista, en China, como un ejemplo para los hijitos: estudió en la London School of Economics and Political Science, fue embajador en EEUU y luego llegó a la escalerita del ministerio: ayudante del ministro, viceministro y ahora, ministro.

Lo de Wen es un poco más complejo. Sucede que este señor formaba parte de la oficialidad que en 1989 trató de desalojar la Plaza de Tian´anmen metiéndose entre la multitud con un megáfono. Está claro que sus gestiones fracasaron, pero después de los eventos sangrientos de la Plaza su cabeza no cayó, como sí lo hicieron las de sus superiores, quienes lo acompañaban en la plaza. Luego, Wen, que hoy es respetado enormemente, y es la cara visible del gobierno (más que Hu, el presidente, mucho más), es un personaje muy complejo, más en un planeta, digo en un país en el que existe una concepción de la historia política según la cual no solamente uno es lo que hace, sino que lo que se hace ES, y la identidad se desprende de esas acciones y de las interpretaciones viables en el contexto, la coyuntura, que, además, confucianismo de por medio, influyen en todo y todos, como un virus.

En la foto se ve a Zhao Ziyang, Primer Ministro de China durante los eventos de la Plaza, con el megáfono. El tipo salió a las 5 de la mañana, después de que los dinosaurios más dientudos hubiesen dictaminado que los manifestantes eran contrarrevolucionarios, es decir: cuando se había decidido hacerlos cagar, fuerte fuerte. Aquel paseo de madrugada fue el último que Zhao dio en libertad. Detrás, en la misma imagen, está Wen Jiabao. Zhao Ziyang terminó sus días —murió hace tres años— mientras cumplía arresto domiciliario; Wen ocupa hoy el puesto que ostentaba Zhao en 1989.

En China no hay un tirano gruñón, entonces, sino un sistema, una máquina de poder de una complejidad brutal, no solamente por la relación entre sus elementos —complejidad interna—, sino por la abrumadora distancia que separa esos elementos de los ladrillos con los que construímos nuestros mitos o nuestra historia.

El primer paso para entender algo de todo esto, es reconocer que existe algo que debe ser comprendido, y que no está sometido a las leyes de lo que los periodistas deportivos (y los otros, pero veo que a los deportivos les están reclamando notas de color) parecen entender como la lógica reinante: la de los cuentos infantiles. Onda el lobo feroz.

Y yo entiendo que La Nación es La Nación, y además hace tiempo que ni me molesta esa manera que tiene de decir las cosas. Hace mucho tiempo que dejé de leer los diarios. Y después volví a leerlos pero en un gesto de mayor distanciamiento, sin el menor espíritu combativo, algo medio zen, o mejor dicho: como dándole la razón a los locos.

Pero hoy me calenté. Mal.

Ayer trajeron las cajas de la mudanza, desde Shanghai. Vinieron unos ingleses, dos, en un camión inglés, con dos patentes, y el volante a la derecha.

—We hate Madrid, we don’t like here.

Ah, bueno, me dije, sí, qué se yo: cada cual con sus mambos. Los tipos parecían mineros de una película anti-Thatcher, pero sin hollín. Sólo sudor y barba.

Maniobraron un camión inmenso, lo metieron de culata (y de culo) por la callejuela en la que vivo. Entró de costado, es decir, a lo ancho, pero el techo hizo temblar algunos faroles. El chofer no pudo llegar hasta la puerta, porque en el medio de la cuadra (yo vivo más allá del medio) había un camión y dos coches parados, obturando por completo la vía. Ahí quedaron. El que manejaba bajó, y me dijo:

—Hey!

—Hello Sir —le contesté yo, onda Lord Byron, pero en chancletas.

—We do love it here, yes, and the beer, ha ha.

A la mañana, temprano, había leído una nota de Miguel Romano, y después otra de Fernández Moore. Todo mal, chicos, todo mal. Como decía al principio: no leo con ingenuidad, pero, viejo, hay cosas que son difíciles de tragar, no importa cuánta filosofía le pongamos encima. En LN parecen estar obsesionados con la autoridad. Bueh, qué novedad. Pero ahora les dio por observar la autoridad china, y además, con una ironía grosera, denostarla. Dice Romano:

“Después de recorrer lugares, de observar y analizar estructuras edilicias, comportamientos de la gente y el aire que se respira en esta megaciudad, empezamos a encontrar algunas conclusiones. Pekín es una típica metrópolis comunista…”

Me quedé pensando en esto un rato. Algo me llamó la atención, pero justo me llamaron de Londres:

—Mr Bourg? —el tipo al otro lado de la comunicación me llamaba por mi apellido de casado. —The truck is at your door…

El problema era la nomenclatura, 4 izq ext esc. Eso decía el papel que el inglés llevaba encima, y que debía de algún modo hacer referencia al timbre de casa. Bueno, obviamente el inglés no encontró el botón, llamó a Londres y Londres me llamó a mí. Después bajé y vi el camión en el horizonte, cubriendo el sol.
Bajé la escalera a los saltos.

“Típica…”

“La puta que lo parió”, me dije: “¿cómo mierda es una típica metrópolis comunista?”

Típica, típica, me repetía mientras cargaba las cajas (porque yo también cargué cajas, eh). Lo típico no es Beijing, ni lo comunista, lo típico es lo que tiene en la cabeza Romano: la típica idea de que comunista significa edificios cuadrados, múltiples y asfixiantes, plazas gigantes y mástiles de 90 metros de altura. OK: Beijing tiene una arquitectura grandiosa, que te liliputea paso a paso, pero la doble reducción es aberrante: la que lleva lo beijinesco a lo comunista, y lo que lleva lo comunista a una distribución determinada de ladrillos y sendas peatonales. Le escribí a Romano, porque quise saber de qué venía la cosa. Supuse que algo podría decirme, ya que comienza su nota con “Después de recorrer lugares, de observar y analizar estructuras edilicias…” Observar y analizar. Bueno. Todavía no me contestó.

Más de aquello:

“Eso es Pekín, una urbe gigantesca, con 16.000.000 de habitantes, que sólo gana encanto y color con los flamantes estadios armados para los Juegos con toques futuristas.”

Y al final:

“…pero que a fin de mes, cuando se descuelguen de allí, todo volverá al desapacible, granítico y espacioso ambiente que caracteriza a la capital china.”

Estar en Beijing, una ciudad maravillosa y generosa, milenaria desde lo más evidente (sus museos y palacios) hasta lo más vulgar (sus cloacas, sus barrios menores, la mirada del par de cientos de mujeres que vendaron sus pies hace 70 años que todavía vivien en los hutongs), y afirmar que sólo gana encanto por la cosmética olímpica, es, francamente, para pegarse un tiro en las bolas.

¿“Desapacible” es la palabra? ¿Beijing se caracteriza por su ambiente desagradable, que causa malestar y repulsión? Viejo: ¿cómo consiguieron un periodista tan obtuso? Si lo trato de imaginar, me sale un poco menos retorcido.

En la magnitud histórica y cultural de China, inclusive de tan sólo su actual capital, los Juegos son un bostezo, un estornudo, o menos que eso: como cuando te pica el brazo por la presencia de un mosquito imaginario. Beijing, como China en general, inspira, transporta, llena el alma de imágenes que estan antes que lo visual: pensamientos, sentimientos, energía pura. Hay que estar muy ciego para no verlo.


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San Mao
El Poema Completo
La Tercera Línea
Cuchara llena, cuchara vacía
La luna, la cama y el piso
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Precalentamiento: El título.