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Gargarella en la fiesta de todos

18 08 2008 - 07:19

El tema es así. Existe una mesa central, alrededor de la cual están todos sentados, estamos todos sentados. La novia, el novio, los padres, el tío, el primo pesado, los sobrinitos, todos. Los temas de conversación van variando, pero la cuestión es que casi todos hablan, hablamos, sin entender demasiado cuál es el punto, para qué se habla, y qué dice cada quién y por qué, porque nosotros también hablamos y decimos, gritando un poco lo nuestro, que tal vez sea lo mismo que está gritando ahora el de al lado. Hablamos todos de lo mismo, y al mismo tiempo dejamos de hablar todos de lo mismo: hay temas que no se tratan porque se supone que no tienen por qué ser tratados. Acá vinimos a divertirnos. Se habla entonces de la ceremonia, de las autoridades (el juez o el cura), los vestidos, el baile, la comida, los papelones, las llegadas tarde. Y es todo una risa. La vida parece convertirse, entonces, en un encadenamiento de acontecimientos insignificantes pero comiquísimos que hacen que la tía gorda explote, y que el tío con entretejido se ponga rojo de risa, y yo no sé bien por qué.

La vida es eso, y esto es lo que me asusta. La vida es una reunión en torno a una mesa común, larga, central, ruidosa, excluyente, dominante. Una reunión organizada por otros, pero que nos convoca a todos. Una reunión a la que vamos siempre de invitados, y donde siempre son otros –creo- los que se llevan los regalos. La vida es eso, y el que se levanta se la pierde. Y el que se queda afuera no baila. Y el que no está sentado no come. Y el que se distrae se pierde el brindis. Y el que no está con nosotros se pierde la torta, la crema, las cintitas de la torta, las migajas que quedan después de que los novios se fueron. Y el que quiere entrar donde no fue invitado, que lo sepa desde ya, es un delincuente, que no otra cosa. Y uno, mientras tanto, está adentro y no sabe cómo escaparse, cómo quedarse afuera. Uno prueba ir al baño, va a fumarse algo a la puerta, va a tomar fresco en el balconcito. ¿Pero cuántas veces se puede ir al baño? ¿Cuántos cigarrillos puede fumarse? ¿Cuántas veces se puede levantar uno de la maldita mesa sin que el tío gordo lo llame al orden eh adónde vas, quedate, eh otra vez te vas, amargo?

Que la tía Marta se muera de risa, o de lo que sea, está bien. Que el tío Mario empiece a contar chistes sexistas, me lo aguanto, disimulando con el ipod puesto. Lo que me desespera es que después venga Laurita –-Laurita!— y también me hable de los mismos chistes, el baile, el vestido de la novia y las caídas del tío Humberto. ¿No tiene otra cosa de que hablar? ¿No tiene ganas de mandarse a mudar, de escaparse con el último tren a Londres? Y después, para colmo, viene Pablito, el primo rebelde, y se pone a festejar las mismas gracias que los demás, ansioso de seguir comiendo del plato del que comen todos. ¿Pero tú también, Pablito? ¿Tú también aquí, por tu pedazo de torta?

Esto es lo que me desespera. La mesa central. El mismo plato de ensalada rusa para todos. Todos bailando el mismo vals con la novia. Me desespera. Me desespera reconocer todo lo que estamos dispuestos a hacer para ponerle crema a la torta. La angustia de ser parte, tanto como la arrogancia de pensar que tenemos nuestra propia fiesta. La necesidad de hablar todos de lo mismo, de la misma caída al piso del tío Humberto. Todos riendo del caído, como si fuera gracioso que alguien, incluido el tío Humberto, se caiga al piso. La convicción resignada de que no hay otros temas, ni otras actitudes y reacciones posibles frente a los mismos hechos –el silencio por ejemplo, la indignación por ejemplo, el asco. El presupuesto de que nuestras diferencias llegan hasta si nos gustó más la entrada o el postre. La idea de que mencionar con cariño al que no vino o no participa de la fiesta es ajena a nosotros, porque el que no está es ajeno a nosotros. El obvio compartido de que cualquier pregunta por cómo te sentís o ya estás mejor está fuera de lugar, por aburrida, por política, por seria, por extraña a la fiesta de todos. La vida es una propuesta de celebración permanente. La vida quiere que estemos riéndonos todo el tiempo, le pide al disc jockey que sincronice bien siempre, porque su error—sólo unos instantes sin sonido— tendría un efecto paralizante, nos llenaría de momentáneo pánico a todos los demás. La vida es una fiesta que nos carga de ansiedad, porque nos exige vivir como si estuviéramos todo el día de fiesta, mientras nos urge a hacer cualquier cosa para que la fiesta siga.

Y mientras tanto. Y mientras tanto, y por ello, todos vamos acelerando el paso alrededor de la mesa, alrededor de las sillas. Y de repente estamos corriendo, y las sillas van desapareciendo una a una, cada vez más rápido. La vida es el juego de las sillas. Y termina como el juego de las sillas. Queríamos que fuera la mesa de amigos, sin propósitos ni apuros, llena de los silencios que teje el cariño, con más miradas que palabras, con más susurros que gritos. Y es el juego de las sillas, y entonces damos vueltas y vueltas mientras cada vez quedan menos personas sentadas. Damos vueltas hasta que nosotros también nos quedamos sin silla, sin mesa y sin ni siquiera el helado o el vasito de sidra, cuando hasta hace unos minutos estábamos ahí, riéndonos como locos o cuerdos, desesperados, mirando sin compasión al que se quedaba afuera, felicitándonos por haber vuelto a acertar sobre la silla, eufóricos por haber ganado un descanso cada vez más efímero.

La vida es una fiesta que no es la mía. Una fiesta a la que estoy invitado y en la que participo, pero en la que me da vergüenza estar. La vida es una fiesta en la que no se habla de maestros, de enfermeras, de anarquistas, de técnicos-electromecánicos, de escultores que están dale que dale pegándole a la misma piedra. La vida es una fiesta en la que, para seguir siendo parte, hay que reírse de cosas de las que me da horror o lástima reírme. Por eso, cuando el tío Humberto se vuelve a caer no nos preocupa, y no salimos corriendo a asistirlo, y no vamos todos a darle de nuestro vaso de agua. Es que queremos y necesitamos que el tío se caiga y se siga cayendo, queremos y necesitamos que se siga cayendo hasta el fin de los días, hasta que China choque con África. La vida es una fiesta llena de no invitados y de excluidos, de los que no se habla. La vida es una fiesta asfixiante, donde nadie se comunica con nadie, donde nadie sabe lo que dice, piensa o sueña el de al lado, ni se interesa en saberlo. Una fiesta donde los mozos pasan y nadie los mira, donde los cocineros sudan pero a nadie le importa: no queremos ni verlos, no queremos ni saber adónde están, cómo están, quiénes son, dónde viven, si tienen hijos, si hoy han comido de nuestras sobras, si alcanzan a tomar el último colectivo que los acerca a su casa. La vida es una fiesta con las puertas de entrada y salida cerradas con candado, una fiesta con los baños siempre llenos de gente, una fiesta que no deja espacio donde ocultarse a llorar. La vida es una fiesta de la que quiero escaparme, de la que necesito escaparme. La vida no puede ser esto. Otro mundo debe ser posible.


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