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Ferro Revisited

18 08 2008 - 11:12

“Señora, no es vago: tiene pie plano…”

Dr. E. Gómez

Cuando yo era chiquito, mi vieja me mandaba a la colonia de vacaciones de Ferro, en Martín de Gainza y Avellaneda. Vivíamos en Martín de Gainza y Rivadavia, y la cercanía me mató. Cada verano, madre desembolsaba lo que para ella era una buena cantidad de dinero, me compraba un indigno pantaloncín y la remera verde, o blanca con el escudo verde, y esa cinta de tela blanca, de un centímetro de ancho, con mi nombre escrito en tinta azul. Después cosía a cada calzoncillito, a la malla y a mis toallones de Mickey, un pedazo de esa cinta. Luego de tanta parafernalia, no podía negarme a la deshonra medicinal del deporte infanto-amateur.

Como nací en febrero, y dado que a mis padres se les ocurrió que podía empezar a leer antes que el vecino, entré en jardín y después en preescolar un año adelantado, o unos meses, la verdad es que nunca entendí esa aritmética, como tampoco entiendo eso de los años de perro, que son como siete por uno. Y como un año sigue al otro sin parar, tanto en lo escolar como en lo etario, siempre estuve rodeado de chicos algo mayores que yo. En el colegio estaba bien, porque avanzábamos todos a la par. El problema se dio en Ferro, porque yo quería estar con los dos amiguitos de la primaria que también habían sido condenados al dolor y el castigo griegos: el tipo que me controlaba la papeleta de inscripción quería atrasarme, y yo, y por transitividad no permanente, mi vieja también, queríamos ser adelantados. Luego de algunas luchas —todo esto duró varios días, porque el Señor Ferro tuvo que consultar a no sé quién— nos avisaron que iba a estar en el ¿curso? ¿grupo? ¿banda? ¿calabozo? de los chicos más grandes.

Lo primero que noté fue que todos eran más fuertes que yo, más altos y gordos, y que la mayoría estaban ahí motu proprio, y por ende eran unos deportistas de San Puta. Yo no. Y además: una tarde, cruzando Martín de Gainza, para ir a la pileta, el profesor (yo le agarraba la mano, porque los demás me cagaban a palos cuando me alejaba del tipo) me preguntó

—¿Qué querés ser cuando seas grande?

—Arqueólogo.

Después de eso el profesor también me cagó a palos. En realidad no había palos, pero cada cual tenía su táctica y sus herramientas de tortura. Los compañeritos repartían pelotas infames en los juegos, a la entrepierna, empujones, hundimientos en la pileta, metidas de pata y trabas en el cemento. También existía el cobro de peajes diversos: para ir al baño, para comprar un paty y después para comerlo, para espiar el vestuario de la chicas, para subir antes al ómnibus en el que íbamos de paseo, entre otras cosas. Los profesores (¿coordinadores?) obligaban a los ¿alumnos? a formar filas en la pileta; en rigor: en el vestuario, antes de entrar a la pileta. Creo que el tema era esperar a que alguno de los grupos que estaba en la pileta en ese momento saliese, para liberar un poco de espacio. Cuando formaban la fila, dejaban a uno de los adalides (adolescentes, algo así como aspirantes a Teniente Coronel del Deporte y las Vacaciones Forzadas) a cargo de controlar que nadie asomara un pelo fuera de los límites imaginarios de la fila india. Cuando alguno estiraba una pata más allá de lo permitido, era reprimido a fuerza de golpes de toallón mojado, chaf, hacía la toalla, y dolía. Si el rebelde persistía en su actitud, el que aparecía era el profe. Una vez me tocó sufrir el Gran Castigo: ser erosionado, previa desnudez compulsiva, por el chorro helado y cortante de una manguera contra incendios. La joda duraba apenas unos segundos, pero si la pielcita se te levanta… advertían los viejos sobrevivientes. Recuerdo que por aquel entonces tuve la manía de, probablemente sonámbulo, llevarme a la cama pedazos de queso de rallar y pan, y dormir abrazado a mi botín, como si estuviera en un Auschwitz part time. Pero ahí aprendí algo que me permitió sobrevivir, y que me otorgó un baño de honor, una luminosidad dignificante que encandilaba a profesores y compañeros, no por igual, pero casi: el arte de perder.

Perdía en todo: en el fútbol, el handball, la natación, el atletismo, y el deporte social de comer hamburguesas con coca. Nada me salía: loco, yo deliraba con descubrir Troya y regalarle las joyas del botín a mi amada, o con desenterrar enterita una pirámide en San Clemente. Me cagaban a pelotazos, me usaban de vínculo entre el fracaso y el éxito, entre la pelota perdida y el gol. Pasé de jugador random a defensor y luego a arquero, para después decaer a suplente-aguatero-cocacolero. Había descubierto el Santo Grial de la dignidad recuperada; algo masticada, pero dignidad al fin. Cuando perdía, no me escondía: los matones solamente pegan en la espalda, y la espalda es lo que se da cuando uno se escapa corriendo del campo de batalla, atemorizado, cobarde. No, hombre: hacía un gesto del tipo “chist, pucha, no pude con mis compañeros…”, dignísimo, como dice el himno nacional, dignísimo y triunfal, a pesar de la derrota.

Entonces, después de un tiempo ejercitando esta estrategia, la trama cambió, y dejaron de romperme las pelotas y pude, a medida que iba perdiendo partidos de basket y competencias de salto en largo, pensar en mis futuras expediciones a las arenas, a la jungla o la montaña, para, junto a mi asistente taiwanés enano y mi novia rusa, descular los secretos de la humanidad.

En estos días, transitando mis indigestas lecturas de la crónica olímpica, me invadió una melancolía amarga: me sentí violentado, tal como se violentaban mis ex compañeros cuando un perdedor se ofendía más allá de lo posible, o negaba su fracaso, o reclamaba a los cielos una justicia que no supo conseguir.

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Martha Karolyi es la entrenadora del equipo estadounidense de gimnasia. EEUU era, hasta hace unos días, el campeón absoluto. Pero perdió el oro —bah: no lo ganó—, que fue a parar al equipo chino. Parece que la edad de las gimnastas es todo un tema, y existía la sospecha, o la necesidad de tener la sospecha de que las gimnastas chinas eran más jóvenes que lo permitido. Sucede que estas sospechas se convirtieron en declaraciones en boca de la perdedora, después de perder. Dijo:

“Nunca en la vida tienen 16; tienen 12, o como mucho 14 años. Fui muchos años entrenadora de gimnastas y sé muy bien qué aspecto tiene una chica de 14, 15 o 16 años”

No contenta con eso, agregó un detalle escatológico:

“Una de las chinas tenía un hueco en la boca de los que dejan los dientes de leche al caer; estoy segura de que por lo menos tres de las gimnastas no llegan a la edad mínima.”

Respecto de esto, se me ocurrió hacer el experimento mental: ¿esta mujer hubiera hecho este comentario si las vencedoras en lugar de chinas hubiesen sido igual de minúsculas, pero, digamos, suecas, o alemanas?

El Comité Olímpico dijo lo que obviamente la norteamericana bocona ya sabía: que si los pasaportes dicen una edad, se acabó el tema: para ellos tienen esa edad.
En algún lugar, Karolyi dijo “…claro, yo esto no puedo probarlo.”

¿Entonces? ¿Qué reclamo hace Karolyi, qué quiere, qué pide? Si no iba a tolerar las normas del Comité, ¿para qué fue a Beijing? ¿No se supone que todo esto forma parte de la cosa, de los juegos? Digo: aquello que escapa a las leyes y normas de las mismísimas olimpíadas —acá la cosa termina con el pasaporte, y el pasaporte dice que las chicas tienen la edad adecuada—, simplemente no existe, no tiene entidad, al menos no en el universo declaraciones-de-entrenadora-que-perdió.

Piro comentó un caso notable, que marchaba en una dirección parecida. Eso se lee acá. Por suerte nadie en el universo debe entender lo que esta chica dijo, ni tener interés en leerlo, porque “creo que no merecí perder, me afanaron la lucha” supera lo humanamente imaginable. Y como si esto fuera poco, leo hoy, otra vez: Westerners que pierden frente a China y patalean. Resulta que la china Liu Zige nadó bestialmente, superando las marcas mundiales para su categoría, y, claro: llevándose el oro. El padre de la ganadora anterior, una chica australiana, dijo: “Until Beijing, I’d never heard of either of them — just who are they?” Y también:

“Pawel Slominski, the trainer of the Polish swimmer Otylia Jedrzejczak, called the results “not rational.” Susie O’Neill, a former Australian swimming star who took home gold in Atlanta in 1996, called the victory “just weird.””

Claro: la bolilla que corrió por Beijing fue así de densa: se dijo que la china habría zafado de alguna manera de los controles contra dopaje. Se dijo: fue afirmado retóricamente por medio de las preguntas de algunos periodistas. Hum, otra vez “no podemos probarlo”.

Qué ganas de agarrar la manguera que me están dando.

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Leo todo tipo de acusaciones a los organizadores de la apertura de los JJOO por haber puesto a una nena linda haciendo playback de otra, menos linda, que grabó la canción en cuestión. Por supuesto, en notas con títulos tan, o más estúpidos que unos que contenían frases como “Cuentos chinos bla bla bla.” Falta de originalidad aparte, hay otro tema, eh, y acá vamos: decía, cuando me enteré de esto, puse en marcha el motorcito chino que tengo en el marote y me dije “Obvio, ¿cómo no iban a hacer eso? ¿por qué no iban a hacerlo?”

Es decir, el chino, medio, alto y bajo: todos los chinos, piensan así: “si ponemos a la más linda con la voz de la que mejor canta, tenemos un objeto-cantor bellísimo” No hay contradicción, ni trampa ni ocultamiento alguno. La idea es tan china, que se me ocurre que es un ejemplo exclente para mostrar qué tiene un chino en la cabeza: 1-sacar lo mejor de cualquier situación, con espíritu pragmático, sin perder el tiempo con detalles como la realidad o falsedad de las cosas, todo esto dicho por, para y desde una mente Western 2-”extraer” de dos individuos lo mejor de cada uno, para ponerlo al servicio de todos / la revolución / el pueblo / los jjoo, depende de la dialéctica del momento, pero creo que se entiende, es una idea tremendamente china, y configura esa normalidad colectivizada, esa multipicidad de deberes o obligaciones, decimos nosotros, y oportunidades y virtudes, dicen ellos, que parece se les escapa de las manos a tantos, casi todos.

Los Conversadores de Piro abordaron el tema (otra vez el martillo de Piro, ¡clank!)


—¿No se enteró? Aquella chica encantadora que cantaba hacía playback, la verdadera cantante era demasiado fea para mostrarla en televisión. Los organizadores chinos aludieron a “cuestiones estéticas”…

—¿Y por eso le parece que la fiesta inaugural fue un bluff?

—¿Le parece poco? Pero hay más. Los fuegos artificiales eran imágenes trucadas. ¿Se acuerda de esas huellas gigantes en el cielo atravesando Beijing hacia el estadio olímpico? Se suponía que eran imágenes tomadas en directo desde un helicóptero, y en cambio no.

—¿Y cuál es el problema?

—¿Cómo cuál es el problema? ¿No se siente estafado, vilipendiado, herido?

—En lo más mínimo. Me encantó la fiesta inaugural, y por mí podían haberla hecho enteramente en una mesa de animación.

—Lo que dice no tiene sentido.

—Puede ser. Pero cuando mi afición por ser engañado se conjuga con el talento de alguien a quien le agrada y sabe engañar, los resultados son superlativos. Yo sigo disfrutando cuando recuerdo la inauguración de los Juegos Olímpicos. Usted, en cambio, se siente decepcionado. ¿Quién se beneficia?

—¿Usted cree que debería pensar menos y dedicarme a mirar y a gozar de lo que desfila delante de los ojos?

—Bueno, lo que acaba de decir se parece mucho a vivir. Yo lo intentaría.

Es común ver por las calles de las ciudades grandes, fachadas de chapa cubriendo inmensas barriadas centenarias, medio destartaladas, con ladrillos desiguales. Los chinos instalan esas fachadas, y pintan del lado exterior unas vistas del Taj Mahal, el Prado y Versailles, todo medio mezclado.

Un periodista diría: “El gobierno, en un intento por lavar la cara de la ciudad, oculta la miseria tras chapas pintadas, vergüenza de bla bla…” Pero sucede que si le preguntamos a un chino de los que vive en esas casas obturadas por los Western palaces, dirá:

“Ah, sí ¿viste qué lindo? ¡Y vas a ver la minita que ponemos a cantar el día de la inauguración!”

El chino, obviamente, preferiría tener frentes reales como esos, eventualmente vivir en Versailles y que los ladrillos fuesen menos mohosos, y que las cloacas llegasen hasta su casa. Sí, informo: no son pelotudos, son chinos. Pero eso no representa en China, para los chinos, una contradicción con aquello que busca el gobierno que intenta lavar la cara de la ciudad, y no necesariamente comparten la mirada del periodista, aunque deseen las mismas cosas, en condiciones similares.

El caso es que las condiciones no son similares, y las condiciones son tan fuertes en China como fuera de ella, con la diferencia de que, casi casi, hay dos grupos de condiciones, de espacios ambientales de estos de las que hablo: los chinos, y los otros.

Hace un par de semanas, el embajador de un país latinoamericano en China comentó para un grupo de políticos que, recién llegados a China, se divertían con las baratijas electrónicas y las piernas de las traductoras:

“Sépanlo, ahora, y mejor que se lo graben, porque esto de China va a durar, y no hablo de fabricar Ipods en Shenzhen o coches baratos para las nuevas clases medias del mundo: no sirve pensar a China con cabezas occidentales, ni siquiera con cabezas occidentales inteligentes. No sirve de nada: porque China no solamente es diferente ahora: lo es hace 6000 años, y lo va a ser siempre, y porque tenemos este vicio de vernos el ombligo, de ver que nos embaucan cuando nos muestran lo que tienen, lo que son.”

Es así. Vemos salvajes donde hay distintos, vemos comunismo Y capitalismo donde hay China, vemos luz donde no hay nada que ver más que letrinas y la vida íntima de la gente miserable (como si en el Bronx o en La Matanza no hubiese pobres…) y oscuridad en donde los chinos brillan infinitamente, tal vez más que ninguna cultura, nunca, jamás.

Ilustración: Verónica Flores.


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Del mismo autor:
China es grande
San Mao
El Poema Completo
La Tercera Línea
Cuchara llena, cuchara vacía
La luna, la cama y el piso
Xiao Baroque
Hola Loco
Los Radicales
Precalentamiento: El título.