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Hernanii, entre Brooklyn y Seacaucus

22 08 2008 - 08:14

Escribo esto mientras empieza el partido entre Argentina y Estados Unidos en las semifinales del basquet en los Juegos Olímpicos. Acá estoy, otra vez invirtiendo emociones y estado de ánimo en el resultado de unos muchachos vestidos de celeste y blanco. Lo bueno de hoy es que tienen tan pocas chances de ganar que no hay expectativas: en el deporte, como en la política y la vida, las expectativas son un asunto tramposo y que necesitan gestión fina; si las subimos demasiado y no se cumplen, cunde la decepción; podemos bajarlas al subterráneo, sin esperar nada de nadie ni nada de nada, pero quién quiere vivir así. Me gustó esto que leí ayer en El País sobre los Juegos:

La dimensión alcanzada por Bolt le permite discutir gramo por gramo con Michael Phelps por el reinado de unos Juegos que ambos han situado ya entre los más relevantes jamás celebrados, unos Juegos de un valor deportivo incalculable. Por tierra y mar, en Pekín se han graduado dos iconos olímpicos de por vida, dos héroes en las dos disciplinas por excelencia, el atletismo y la natación. Si Phelps ha liderado una progresión jamás conocida en la natación, donde los récords se suceden de forma fascinante y vertiginosa –25 sellados en el Cubo de Pekín–, a Bolt, si no hay sobresaltos inesperados, le corresponde ventilar un deporte que había perdido toda su credibilidad por las numerosas tramas de dopaje destapadas en los últimos tiempos.

Esto también, y sobre todo, es periodismo de deportes: no llegar a China y arrancar con las conclusiones político-sociológicas ni glosar sin parar los triunfos de los compatriotas. Hay un sabor, un talante específico, de los deportes olímpicos, que leo poco en las coberturas porteñas de los juegos.

Anoche volví muy cansado, después de más de 15 horas fuera de casa. Estaba desacostumbrado a este tipo de jornadas activas, trabajadoras y enérgicas; las consecuencias son terribles: me duelen los pies y siento que necesito un día entero de baja intensidad para recuperarme del ajetreo.

Tardé dos horas en volver de Nueva Jersey, a donde había ido a caminar detrás de un golfista argentino durante cinco kilómetros y descubrir que las Topper no son el calzado ideal para este tipo de aventuras. En Seacaucus perdí el tren de conexión a Nueva York (no por mi culpa) y me puse a leer entonces lo único que tenía en mi man-bag, la última edición de Esquire, que tiene en la tapa a Tom Brady, mariscal de campo, hombre maravilla, fato de Gisele Bundchen, y adentro, la columna de siempre de Chuck Klosterman, un crítico de rock devenido en crítico socio-cultural que antes opinaba sobre la decadencia del rock y ahora opina sobre la decadencia del Imperio Americano. Klosterman ha pasado los últimos meses en Alemania y dice que desde el otro lado del Atlántico ha aprendido a ver las cosas de otra manera:

When you remove yourself from the exciting scrum of American culture, you realize it’s not very exciting, and there is no scrum. (…) Nothing ever happens.

Cuando leía a Klosterman, sentado en un banco de la plataforma suburbana e industrial de Seacaucus, cerca de la medianoche, mientras por los parlantes salía If you don’t know me by know y podía ver a lo lejos, a mi izquierda, los rascacielos iluminados de Manhattan, que después de tanto viaje parecían inalcanzables, me acordé de algo que a veces me pasa con Argentina: muchas veces parece que estamos al borde del colapso y al final no pasa nada. Muchos días en Argentina son los días más importantes de nuestras vidas, esos días de los cuales ya no podrá haber vuelta atrás, y al final siempre la hay. Estamos llenos de “finales históricas” y “peleas del siglo”, de madrugadas frente a la tele diciendo: “Oh, Dios, cómo volveremos de esto”. Al final siempre volvemos. Al final todos vuelven. Es como esos titulares de la prensa deportiva: “La última oportunidad de Racing”; “Racing, a matar o morir”. Racing pierde y a los tres días, otra vez: “Ahora sí, la última oportunidad de Racing”. Yo no sé bien qué pasa en Argentina, pero lo que parece que pasa es siempre excitante. “Argentina tendría que cobrar entrada”, me dijo un amigo ahora cuando estuve en Buenos Aires.

(Escribí el borrador de buena parte de esto anoche, primero en el banquito donde estuve cuarenta minutos varado en Seacaucus, después un poco en el tren y después –o, mejor dicho, esta misma aclaración– en el andén de la estación 34 St – Penn Station de las líneas 2-3 del subway de Nueva York, agarrando el bloc con la mano derecha y garabateando sobre ella, lo mejor posible, con una Bic negra. Nunca fui un nostálgico de la tecnología; me reí más de una vez de esos escritores veteranos y no tan veteranos que se aferraban a sus viejas Olivettis o defendían, como luditas, el ritmo y la respiración de la escritura a mano. Por eso me sorprende y me humilla un poco esta extraña comodidad que he sentido escribiendo a mano, una sensación muy nueva, como si el cerebro me estuviera dictando las palabras, soltándolas de a una por un tubito finito y ordenado, y no volcándomelas todas de golpe sobre el piso para que yo tenga que después ir y buscarlas entre las pilas de escombros. Volveré a intentarlo*.)

*Aclaración del día posterior: al final no era para tanto. Usé algunas ideas de lo que había escrito en el bloc, pero casi ninguna de sus frases textuales. La respiración, asmática.)

Como quiero ser ahorrativo con mis ideas –no tengo muchas: pequeñas dosis– y dos lectores neoyorquinos de TP me dijeron anteanoche, envalentonados por el coraje les daba la cuarta cerveza, que los dailies a veces les parecían demasiado largos, me despido con una última cita de Alfredo Jam, publicada hoy en el Financial Times:

“We can’t give people so much security with their income that it affects their willingness to work,” Mr Jam said. “We can have equality in access to education and health but not in equality of income.” (…) “We can’t have a situation where it is not work that gives access to goods,” he said.

Alfredo Jam es el economista jefe del Ministerio de Economía de Cuba.


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5. Noche