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Llach, sin tiempo para algunos señores

26 08 2008 - 11:09

Soy John Turturro en Barton Fink. Estoy mirando la foto de Jana Marie Hupp. No puedo escribir. No me sale nada. Probablemente lo mejor sería guardar silencio, hay demasiada información dando vueltas.

El sábado a la mañana fui al locutorio de Corrientes y Paraná y en el camino de vuelta choqué con un tipo. Cuando volví a mi casa descubrí que había perdido el celular.

Estamos perdiendo la guerra del cerdo. Sin banda ancha, sin celular, descontaminación informativa in progress. Mejor así: este es el temor del arquero frente a la página en blanco. No tengo posibilidades de ir corriendo a ver lo que escribe en la pared la tribu de Wikipedia, y copiar, pegar y alterar. Confiábamos en que los discos, los libros y las películas nos iban a salvar; el problema es que ya no existen ni los libros, ni los discos ni las películas.

Hay películas malas, eso sí, películas fascistas y subtitulados horribles.

Me topo con algo llamado Tropa de elite. Es la copia ilegal de una película brasileña producida por Eduardo Constantini Junior y comprada en el bolishopping de Lanús. Soy de la clase media que convalida la evasión de impuestos y la infracción de derechos de la propiedad intelectual. La clase media de mierda que convalida la explotación y se consuela mirando películas. Tropa de elite es la versión de derecha de Ciudad de Dios. Según la ideología policial de la película, la clase media progresista es una mierda. El autor final de la muerte y la violencia es el estudiante de Derecho que lee a Foucault, compra maconha en la favela, protesta contra la represión y baila en Leblon.

El tema es viejo, déjenme poner un poema famoso en barras en estas páginas blancas donde lo que cunde es la prosa larga: “Tienen caras de hijos de papá. / Los odio como odio a sus padres. / Buena raza, nunca miente. / Son impávidos, inciertos, desesperados / (buenísimo) pero saben también cómo ser / prepotentes, seguros y desfachatados, / prerrogativas pequeño burguesas, queridos. / Ayer, cuando en Valle Giulia, se agarraron a piñas / con los policías / yo simpatizaba con los policías. / Porque los policías son hijos de pobres / Vienen de subtopías, campesinas o urbanas o lo que sean. / En cuanto a mí, conozco por demás / el modo en que ellos fueron niños y jóvenes / las preciosas mil liras, / el padre, que quedó jovencito también, / a causa de la miseria, que no da autoridad. / La madre, llagada como un fakir, o tierna / como un pajarito, por alguna enfermedad; / los tantos hermanos; la casucha / entre los huertos con la salvia enrojecida (en terrenos / de otros, loteados); / los bajos sobre las cloacas / o los departamentos en grandes caserones populares, etc., etc. / Además, miren cómo los visten: como payasos / con esas telas arruinadas / que apestan a rancio y populacho. / Lo peor de todo, naturalmente, / es el estado psicológico al que son reducidos / (por una cuarentena de mil liras al mes) / sin más sonrisa / sin más amistad con el mundo / separados / excluidos (en un tipo de exclusión sin igual) / humillados en su calidad de hombres, perdida / por aquella del policía (el ser odiados hace odiar). / Tienen veinte años, su edad, queridos y queridas.” (“Los odio, queridos estudiantes”, Pier Paolo Pasolini)

La droga barata viene mal cortada y las películas baratas vienen mal subtituladas. Así, la versión lanusense de Tropa trae un monton de “el señor”, un montón de “aspiras” (“aspirantes”) y otras delicias del portuñol apurado. El policía torturador que narra en off, cansado de matar coheteros en las favelas, decide dedicarse a la instrucción. En un momento los obliga a limpiar del suelo un caldo pútrido: los aspiras tienen que lamerlo en diez segundos. Cuando esos diez segundos pasan, el traductor le hace decir al torturador: “El tiempo de los señores acabó”. Vaya novedad.

Como ya nada nos fanatiza demasiado, lo que sí nos inquieta un poco son los fanáticos. Los argentinos que se paseaban con traje de fajina por las calles de Roma en el 78, los que administraron la guita del secuestro de Jorge Born, los que pergeñaron organizaciones con nombres tipo “Comandos Tecnológicos”. Pero también los que todos los días repiten boludeces con convicción para la máquina mediática, los que tienen el combustible espiritual que nos falta. Y los hinchas de fútbol, por último.

Es que el fútbol es casi peor que las ciencias sociales, que son la oración laica de los chicos sensibles. (Por eso ese muchacho Pablo Alabarces, que fue docente mío, es un genio. Juntó el paper y la tribuna, y se permite hablar en los journals del ciclo heroico maradoniano. Hay de todo en la viña de Google.) Cada dos domingos, en la Belgrano Alta: ahí se junta todo lo malo. Es verdad que pasa también en los mejores clubes, pero el plateísmo de River Plate no tiene igual. El otro día un notorio integrante de la blogósfera económica argenta tuvo la idea de invitarnos a León y a mí a ir a masoquearse a ese estadio de la dictadura donde la clase garca masculina va en búsqueda de su dosis bisemanal de circo. Fuimos. ¿Educar a un chico tendrá algo que ver con llevarlo a un lugar donde gente de mierda va a descargar sus frustraciones sexuales a los gritos, puteando una ficción inverosímil? Lo dudo, pero también es un poco ilustrativo. Quizá haya alguien que todavía crea que a la cancha van los pobres. No es así, eh, ni siquiera a la tribuna. Y los que van a la Belgrano Alta ya directamente llevan puesto, entre indumentaria deportiva de marca y aparatos electrónicos, más de la mitad de lo que gana un trabajador de las industrias simbólicas como yo.

Acá hay que aclarar que tenemos al fútbol como un deporte noble, que lo jugamos desde siempre, que mil veces bancamos a Central en la tribuna y que antes, cuando leíamos los diarios, nunca salteábamos la sección deportes.

Pero poco a poco nos vamos deshaciendo también de esa forma de religión. Nos estamos pasando al ciclismo, pero eso queda para la próxima sesión.


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