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Raffo lee mal

27 08 2008 - 09:08

Buen día. Le tocaba a Hernanii hoy, pero si me permiten tengo una digresión aparentemente intrascendente que necesito, sin embargo, compartir con alguien.

Cada vez que salgo a comprar papel y acuarelas me acuerdo de la tapa original de Asterix y Cleopatra, esa que proclamaba la mayor aventura jamás dibujada: “¡14 litros de tinta china, 30 pinceles, 62 lápices de mina blanda, 1 lápiz de mina dura, 27 gomas de borrar, 38Kgr de papel, 16 cintas mecanográficas, 2 máquinas de escribir, 67 litros de cerveza fueron necesarios para su realización!” Con resultados mucho más modestos, en TP llevamos gastado bastante más que eso desde 2004, para no hablar de las nuevas tecnologías (hosting, bandwith, Skypeout credit, Canopus DV digitizer, Soundtrack Pro para el podcast y, sobre todo, llamadas de larga distancia) o, mucho peor, de nuestra inclaudicable convicción de que no hay por qué renunciar a las viejas tecnologías, que si todo sale bien cada vez se van a notar más en estas páginas (vinilo, Super8, 16mm). Ayer, en una casa de usados de Clapham vi una cámara de 70mm que usaban acá para mapear el terrritorio desde los aviones en la segunda guerra. Estaba muy barata y la tentación me duró como diez minutos, antes de que la obvia imposibilidad del revelado y el material virgen me hicieran desistir. Igual pesaba como ochenta kilos, no sé que habría hecho con esa cámara.

El punto es que hacer TP cuesta plata, y no tenemos mucha, por lo cual cada dos o tres meses desayunamos pensando en modelos alternativos de autofinanciación, no para ganar plata, sino más bien para no gastar tanta. Nunca se nos ocurre ninguno. Faltan miles de años para que la opción de micropayments tenga algún sentido, y además no se nos ocurriría cobrar por algo que tiene que ser, por definición, gratis. Y la publicidad, ah, es tan fea, siempre. ¿Qué posibilidad hay de que encuentres anunciantes que cumplan con el doble requisito de no hacerte mierda el aspecto de tu casa y no condicionar el contenido? Para eso jugás a la lotería, tenés más chances. La otra opción es Google Ads, que además de ser igual de fea es una implementación mogólica de la idea de “context-sensitive”. Hice una referencia a Asterix, en el párrafo anterior: eso no quiere decir que alguien de los que leen esto vaya a comprar un libro de Asterix por eso. Pero así de simple y literal piensan las máquinas por ahora y, si uno no tuviera ningún escrúpulo, ahí al costado habría links a proveedores de cerveza, máquinas de escribir y casas de autos usados en Clapham, todos en Verdana azul. No, no, no. Queremos que el mundo sea más lindo, y así no se puede.

De todas las opciones de publicidad online, la más perversa es la que —sin conformarse con una interpretación inútil del contexto ahí al costado de la página— invade el texto en sí, llenándolo de linkcitos a lo que ella cree conveniente. Digamos, por ejemplo, cualquier boludez. Después te pagan por hit. La práctica que eso propone es tan humillante para todos —para el que anuncia, el que compra y el que vende— que resulta casi atractiva en su aspiración de que uno la considere aceptable. Por eso se nos ocurrió que, tal vez, modificando un poco ese sistema, podíamos usarlo como base para algo que lo denunciara al mismo tiempo. No se nos habría ocurrido hacerlo con textos reales, humanos, escritos por nuestros colaboradores. Pero sí con el texto de una página autogenerada, que no tuviera ningún sentido, y que estuviera llena de links absurdos, que los lectores clickearían al azar en un sencillo gesto de agradecimiento o simpatía, como quien le tira monedas al músico que toca en el subte. Nos gustaba la idea, pero faltaba un detalle: ¿quién querría leer esa página? Y si nadie la quiere leer, nadie entra, y si nadie entra nadie hace click, y si nadie hace click es al pedo, ni la hagas.

Pensamos que la absoluta falta de sentido de la publicidad context-sensitive se podía llevar bien con la casi absoluta falta de sentido que uno encuentra todos los días en los diarios. Y le encomendamos al departamento experimental de TP la misión de programar una página que pudiera extraer de los diarios material suficiente como para convertirlo en un texto insólito que tuviera tan poco sentido como el original pero lo asumiera explícitamente, con la esperanza de que esa honestidad accidental lo hiciera más divertido e interesante que las fuentes originales. El plan era llenar eso de links, después, y que cada click contara como monedita al músico ambulante: está bien, me alegraste el día, tomá cinco centavos.

El departamento experimental de TP reportó avances promisorios en muy poco tiempo:

Input:
“Cristina recibirá a Cobos en la rosada”
“Los gatos comen pescado”

Output:
“Los gatos recibirán a Cobos en la rosada”
“Cristina come pescado”

Tanto reconocimiento de sujeto y verbo como coordinación de número en el verbo al intercambiar sujetos habían sido resueltos, insólitamente, en un par de días. Los problemas empezaron después. Una vez salteados los obstáculos técnicos, el departamento experimental de TP se encontró con serias dificultades para conseguir que sus máquinas generaran un texto que tuviera el más mínimo interés. Siguen intentando, pero cada vez con menos esperanzas.

Podríamos decir que la alquimia no es fácil. Extraer un material noble de cualquier cosa no es una técnica; es un arte. Y pese a los avances en el terreno de algunas artes autogeneradas (la música, por ejemplo), a las máquinas todavía les falta mucho. Te puede interesar la viral symphony, mientras que a Schubert o a Ellington los querés, es distinto.

Pero estaríamos siendo injustos con los diarios si los cargáramos con la responsabilidad de nuestras propias limitaciones. Porque incluso en los casos de más espantosa ineptitud, es el componente humano lo que hace que valga la pena seguir leyéndolos, cada tanto.

“La Iglesia católica explorará una nueva vía para difundir sus iniciativas. Recurrirá a una institución a su vez tradicional pero bastante más joven: El Congreso de la Nación,” escribe Andrés Fidanza, en Crítica. “La semana que viene, dentro del paquete de propuestas de la Iglesia para que el Vicente Nario encuentre una ‘patria sin excluidos’ –según su lema– la Comisión de Justicia y Paz del Episcopado presentará un proyecto de ley que trabajó junto a entidades empresarias, sindicales y religiosas.”

El Vicente Nario.

Más tarde, en la misma nota, se habla de reducir el “trabajo el negro” y se insiste con “la propuesta eclesiástica para el Vicente Nario.”

Me preocupa la posibilidad de que sea a propósito, porque no necesitamos más de esa violencia contra los nombres que es tan común en Verbitsky o los comentaristas de La Nación. Pero es improbable. El mismo diario tituló “Frankestein” hace unos días, y es cada vez más habitual leer en ese y en todos los diarios no ya faltas de ortografía (que son un problema del pasado que obsesiona solamente a maestras y pedagogos) sino palabras escritas por fonética, escritas por alguien que no leyó en su vida. Si es así, si Vicente Nario es una creación casual, sólo puedo agradecerle el error a Fidanza, porque nunca más en la vida voy a poder mencionar este o cualquier otro Bicentenario sin acordarme de Vicente, Nario.

Y también porque el error, o el chiste, no es en cualquier caso ni un typo ni un descuido (no es como decir “alverja” o “tergopol”) y podría poner en evidencia algo que uno viene sospechando desde hace rato: que la cosmovisión de generaciones enteras en Argentina se compone de elementos inventados que uno desconoce, ajenos a toda historia y tradición — términos y conceptos escuchados al pasar, ideas tomadas de prestado, vaciadas de la idea en sí, palabras usadas de la misma manera en la que uno usa un cuchillo cuando no tiene un destornillador a mano, pero no una vez, siempre, hasta que te olvides del uso original del cuchillo, hasta que tus hijos crezcan sin saber qué era un destornillador.

No hay excusa: hay Wikipedia. Y el Eurobarómetro existe desde 1973. Para hablar solamente de lo que uno tiene a mano, ahí te enterás de que apenas un 38% de la población de Inglaterra cree en Dios. Y de que, entre ellos, un nada despreciable número de personas (390.000) profesa la religión Jedi. Esto es, restale 390.000 al 38% inicial. Con esos datos alentadores y todo, Inglaterra sigue atravesada por su tradición protestante tanto en la infelicidad íntima de sus ciudadanos como en injusticias más prácticas y evidentes: educación religiosa obligatoria en todos los colegios del Estado, sin ir más lejos. La Edad Media. Y la chica de Página 12, que vive en un tupper, se pone contenta porque apenas un cuarto de los argentinos se declaran no católicos, un número que está cabeza a cabeza con quienes se declaran “Christians” en los Estados Unidos. Más datos al alcance de cualquiera: el 73% de los estadounidenses dice creer en Dios. Contra un 91% de creyentes en la encuesta argentina del Conicet que aparece hoy en los diarios. We are, indeed, in the oven. Pero la capacidad de spin de P/12 no tiene límites. Ah, qué bueno, sólo 91%, sigamos adelante con nuestra agenda progresista. O bien no entienden, no saben, sólo ven a Vicente Nario. O el que no entiende soy yo.

Puede ser (esto va en tiempo real). A minutos de haberlo publicado, me llega la aclaración via departamento experimental de TP (donde obviamente leyeron este artículo enseguida) de que Vicente era a propósito, nomás. Era un chiste. “Había que googlear", me retan acá en la redacción de TP, “ni siquiera es un chiste que haya inventado Lanata”.

Oops. Claro. Y Felisa Miceli es Anjelica Huston. La peor de las dos opciones, como suele suceder.

Bueno. Después de haber abierto la boca en público antes de lo deseable, sólo me queda pedirle disculpas al periodista en cuestión, por asumirlo más bruto que cínico y reconocer que uno ha cometido el mismo error en el pasado. Hemos dicho Wong Kar Wainfeld, hemos caído en un sinnúmero de pelotudeces mediante las cuales nos hicimos enemigos al pedo antes de que esa enemistad pudiera servir para algo. Pero los festejos por el Bicentenario son algo monstruoso en serio, y la agenda de la Iglesia dobla la apuesta. Podemos hacernos los vivos y decir San Vicente Nario, je je, mientras en Página celebran el 91% como si hubieran leído los resultados al revés. Dale, hagamos eso, y esperemos que la tendencia, si no se revierte, consiga al menos imponerse por completo, terminando para siempre con este purgatorio, esta zona intermedia en la cual las cosas funcionan pero no del todo, o no funcionan pero parecería que sí, la D es una más de todas esas cosas que le faltan al trabajo del negro y Vicente es un chiste interno.

“Serio Displicente”, o “Crêpe El Insistido”, se leerá en los carteles de ese futuro mejor en el cual nada, absolutamente nada querrá decir lo que quiso decir antes, toda la gente que escribe lo hará sin haber leído nunca, toda la gente que piensa lo hará sin haber pensado jamás, y todos seremos como los monos de 2001, uga uga, más brutos pero más libres, esperando el monolito que nos permita empezar de nuevo, sin darnos cuenta nunca de que el cartel, en realidad, quería decir “Scioli Presidente.”


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