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Hernanii likes bananas

29 08 2008 - 03:15

Estoy un poco de mal humor porque me acabo de poner medias y saquito, primera señal de que el verano se está terminando y de que el Hemisferio Norte ha iniciado su parte más deprimente del año, el descenso penoso y deprimente hacia la oscuridad, el frío y la vida en voz baja. Es terrible. En Buenos Aires no se siente tanto, porque el otoño siempre da revancha y hasta el invierno cada tanto da alegrías. Acá no: el final de agosto y el principio de septiembre son tristes porque son el principio de 100 días en los que mañana será peor que hoy, y hoy es peor que ayer.

No pensaba todavía en el clima –obsesión burguesa que en esta época del año comparto con los londinenses y los moscovitas, entre otros desgraciados– cuando el otro día, la penúltima noche de los Juegos Olímpicos, estábamos con mi mujer, en remera y ojotas, mirando una de las últimas noches de los Juegos Olímpicos y de repente, casi como a propósito, empezaron a mostrar, una atrás de otra, medallas para Rusia en pruebas de atletismo. Las minas de los 4×100 planos, las otras que sacaron plata en el 4×400, una que se llamaba Olga que ganó los 20 kilómetros de marcha. Rusia, después de un comienzo flojo, estaba terminando los Juegos en un muy digno tercer puesto en el medallero, detrás de China y Estados Unidos.

Mi mujer, que nació en Moscú a principios de los ’70 y vivió ahí hasta principios de los ’90, no podía entender cómo los rusos seguían andando tan bien en los Juegos Olímpicos.

–Cuando yo era chica, lo mejor de ser atleta era que cada tanto podías salir del país. En los entrenamientos los cagaban a palos, pero por lo menos viajaban. Y estaba claro que ésa era una parte importante de su motivación. Por eso no entiendo a los atletas rusos de ahora, ¿para qué se rompen tanto el lomo si ya pueden salir del país?

Justo después apareció en la pantalla el cubano que ganó los 110 metros con vallas, un tipo medio agrandado que corría con anteojos, les ganó a todos por afano pero ni festejó, porque aparentemente, según el comentarista gringo, el cubano quería ganarle a un chino que era favorito y que se había lesionado el día anterior. A los cubanos no les fue muy bien en Beijing –dos medallas de oro contra nueve, once y nueve en los tres juegos anteriores– pero siguen siendo con diferencia el mejor país de América Latina en los juegos, aun siendo poquitos y más bien pobres.

Hubo debate en estos días sobre si los gobiernos tienen que gastar plata de los contribuyentes para subsidiar a deportistas que nos den “alegrías” cada cuatro años. Yo no sé; supongo que si me preguntaran daría una respuesta medio frepasista, tipo “un poco, pero no mucho”. Lo que sí sé es que a Cuba le ha funcionado. Parte del marketing de Cuba en todas estas décadas ha consistido en mostrarse como un país especial, distinto a los demás. Que los demás la miren como se mira a una niña modosita y talentosa y le pregunten, meneando la cabeza: ¿Cómo puede este paisito tan amoroso tener tanta influencia en la política, en la música, en el deporte, en el morfi-chupi de todo el mundo? Y, somos así, somos muy peculiares, contestan los cubanos, cagándose un poco de risa, como diciendo “somos pobres, pero tenemos onda”. Cuba tiene mucha onda y por eso Fidel ha invertido hasta lo que no ha tenido en sus atletas, y los atletas le han respondido.

Hasta ahora yo creía que era, al menos en parte, por amor a la revolución, o al líder, o a Cuba. Después de la conversación con mi mujer, y de ver cuántos atletas cubanos se quedan a vivir en los países a donde van a competir –hasta en Argentina–, me di cuenta de que viajar por el mundo quizás sea para los cubanos, como era para los soviéticos, una pulsión igual de importante. Acá viene entonces, por fin, la pequeña gran idea de este daily: detrás y debajo de las grandes épicas casi siempre hay emociones mucho más simples. En abstracto, la Rusia soviética y la Cuba de Fidel podían aguantarles infinitas discusiones de café a sus enemigos; si bajamos la discusión a la vida cotidiana, que para casi todo el mundo es la única vida que existe, les cuesta mucho más. Media banana por mes, dice mi mujer a veces, en reuniones sociales, cuando alguien insiste y consigue sacarle algo de cómo era vivir en Moscú en los ’80. Media banana por mes por persona.

Acabo de volver de ver y escuchar el discurso de aceptación de Obama. Lo vimos en familia, con la familia gringa de mi mujer, en la casa de ellos en Martha’s Vineyard, isla-paraíso progre-burgués donde todos estábamos con Obama desde las primarias. Lea (se dice Lí), la madre, agitaba el puño cada vez que Obama alzaba la voz y le entraba a McCain; Ted, el marido, hacía de instapundit después de cada párrafo. El discurso de Obama hoy fue como el Super Bowl o la noche de los Óscars: hubo Obama-parties por todos lados, con gente juntándose a comer chicken wings con Diet Coke o pizza con Budweiser para ver a una persona muy famosa en un estadio de football hablando frente a un atril. Lo de Obama es impresionante. Cómo resistió hoy la tentación de hacer otro discurso inspiring y emocionado, sabiendo que son los que le salen mejor, es algo que me parece muy valioso. Nunca había sido su fuerte bajar a tierra e ir bullet point por bullet point; hoy lo hizo, con bastante precisión, sentando posición en un montón de temas y, cuando no lo hizo, explicando cómo se aplica su nueva posición de ir más allá de las divisiones típicas. Aborto, por ejemplo: no nos vamos a poner de acuerdo nunca, pero intentemos entonces reducir al mínimo los embarazos no deseados.

La vida cotidiana. Obama subía al cielo de las grandes ideas y pasiones y al segundo siguiente se ponía las sandalias y hablaba de personas individuales, de casos particulares: el oro de la ideología manchado por la roña de la realidad. La vida ensucia a la política, le saca la frivolidad y el encierro de la retórica. A mí las recientes Cartas Abiertas de los intelectuales argentinos me han parecido en general contruidas allá en el Olimpo, cruzadas de atrás para adelante por la retórica hermosa y la infalibilidad de las ideas puras. No tenían nada de barro en los mocasines, como les gusta decir a los peronistas. Y es que la vida cotidiana –la vida en general: el padre obrero que quiere un hijo contador; el padre contador que no quiere (pero le toca) un hijo cineasta– es enemiga de la épica y de la agonía que tanto les gusta a muchos intelectuales y entusiastas kirchneristas de estos meses. Dejen de morirse, muchachos. Choose life. Choose Obama. Choose bananas libres para todos.


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5. Noche