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La Vanguardia

22 10 2004 - 09:36

Los conceptos bien distintos de vanguardia política y vanguardia artística tienden a confundirse en castellano, por razones obvias. Al menos en Argentina, desde que tengo memoria, tanto recelos y objeciones como manifiestaciones a favor de uno de estos tipos de vanguardia se trasladan al otro sin razón ni método. Mi generación creció escuchando los disparates más diversos al respecto y, como es un tema que en el fondo no le interesa demasiado a nadie, aceptándolos por default, incluso cuando dichos disparates se contradijeran consecutivamente. “Vanguardia” y “elitismo” son palabras que han jugado el rol de hermanitas bobas de otras tantas (“revolución” y “democracia” being paramount) que quieren decir lo que convenga en el contexto, y sólo eso, nunca un juicio de valor adosado al significado inicial que las haría útiles, usables, posibles herramientas para una conversación sobre algo.

En el mundo anglosajón es al revés. Más a menudo de lo esperable, en presentaciones, escritos e incluso charlas informales en inglés, uno se encuentra abriendo un gran párrafo entre paréntesis para explicar que la historia de sociedades enteras está atravesada por esta confusión, que por suerte encuentra una expresión ejemplificable en el idioma. Political Vanguard quiere decir lo mismo en inglés que en castellano; lo que ellos evitan (y lo bien que hacen) es el equivalente en el terreno del arte: there is no such thing as an Artistic Vanguard. Astutamente, las vanguardias artísticas son definidas en inglés mediante el sello francófilo reservado a la sofisticación que sólo podría venir de Europa; crème de la crème, auteur, savoir faire y por supuesto Avant-Garde, esos pajeros, quién se creen que son.

La distinción dista mucho de ser casual. Si bien ambos términos tienen, por supuesto, la misma raíz extraída de la jerga militar, el siglo veinte se ocupó de establecer uno y otro como opuestos especulares. La vanguardia artística, pese a su carácter de “avanzada”, quiere cualquier cosa menos marcar un camino (por definición, el arte de vanguardia deja de serlo al volverse masivo) y logra precisamente lo contrario — Duchamp se revuelca en su tumba al comprobar lo lejos que llegó su famoso mingitorio. Del mismo modo, las vanguardias políticas han demostrado invariablemente su voluntad de conducir la, er, hm, voluntad de las mismas masas que los ignoran con precisión sistemática. La vanguardia en el arte quiere huir de las masas, las masas la persiguen; la vanguardia política hace lo imposible para seducirlas y así les va.

En los últimos años (since the early 80’s en el caso de Argentina), una nominalmente deseable revisión de estos procesos nos viene llevando por el incierto rumbo de los tomates, complicando las cosas sin hacerlas por eso más interesantes. Al incluir al arte (y otras expresiones de la cultura) en el embudo de santidad que nos hará buenos y democráticos, una franja importante del pensamiento occidental, a veces bienintencionado y a veces hipócrita, ha conseguido nivelar para abajo con efectos tan desesperantes que empiezan a parecer irreversibles. Con las diferencias del caso, este es un eje que atraviesa tanto la pauperización cultural del hemisferio sur como la mogolización imperante en los bunkers culturales que supieron salvarnos la vida cuando éramos chicos (Hollywood es el mejor ejemplo, aunque no el único).

Hay indicios de que esta confusión entre derechos inalienables y ecualización represora está, por lo menos, siendo percibida como problema en algunas áreas. En los últimos meses, sin que mediara el menor esfuerzo de mi parte, me encontré manteniendo la misma conversación con profesionales de la industria del cine en Los Angeles, New York, Berlín, Londres y Sydney. OK, no estuve en Sydney, pero tuve la suerte de obtener una copia de un paper casi clandestino firmado por un tal Sainsbury — un productor australiano que se hinchó las pelotas y procedió a desglosar los bien identificables motivos por los cuales el cine de su país agoniza. Todos mis interlocutores, en sus diversos estilos personales y con distinto grado de sofisticación teórica, parecían estar llegando a la bienvenida conclusión de que, para bien o para mal, el único camino que nos queda es el de reinstalar (y sistematizar) un proceso que aliente y recompense emprendimientos individuales a contrapelo de los cánones establecidos. En otras palabras, toda esta gente que no se conoce está considerando reivindicarse como vanguardia. [El hecho de que en la mayoría de estos casos las propuestas transformadoras se basen en un regreso a una tradición narrativa más bien clásica complica las cosas; el tema excede a esta nota, escrita a gran velocidad entre mis obligaciones domésticas (risotto) y laborales (Berlinale).]

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En este marco de cauteloso optimismo, vuelvo a casa, leo Clarín después de diez días de abstinencia y me encuentro con que el mismísimo Duhaldemort emerge de las profundidades de sus dominios y nos provoca casi directamente. La nota se titula “Tarea para nuestros intelectuales” y como es costumbre en Vulgaria no dice en sus ochocientas treinta y tres palabras más que en las cuatro del título. De todos modos, considerando de dónde viene, decido tomármela en serio. Leo:

En la agenda prioritaria de la unidad —además de los aspectos físicos, energéticos, financieros, jurídicos, comerciales, etc.— debe figurar la formación de una vanguardia intelectual que contribuya a la interpretación y desarrollo del imaginario sudamericano, una conciencia plena de pertenencia a una Nación de naciones que nos reconcilie con el pensamiento originario de la emancipación y nos prepare mejor para los desafíos del futuro.

Las negritas, por una vez, son de Clarín pero podrían también ser nuestras. ¿Duhalde hablando de vanguardia intelectual? ¿What’s next? ¿Una retrospectiva de la obra de Alberto Fernández? More likely una nota de Sarlo sobre la vida cotidiana en la provincia de Buenos Aires, porque los roles son intercambiables a través del espejo. La “tarea para nuestros intelectuales”, si hay una, es encontrarle sentido a este absurdo. Y el primer paso es tratar de determinar si Duhalde, que por suerte no nos conoce, se está refiriendo a nosotros — o, más precisamente, a la ausencia de nosotros.

Lo cierto es que para reivindicarnos como vanguardia (de uno u otro tipo) nos falta mucho; entre otras cosas porque uno es esencialmente conservador en las áreas más prosaicas. Si algo está claro es que el destino de López Echagüe nos tienta bastante poco, y es por eso que preferimos sugerir, mediante la elección de apodo, que Duhaldemort comparte, efectivamente, features significativas con el He Who Shall Not Be Named de Harry Potter. Hay que tener con qué hacerle frente a semejante oscuridad en igualdad de condiciones, y nosotros no tenemos, entre otras cosas porque “tener con qué” implica la acumulación de dosis de poder que nos espantan mucho más de lo que nos atraen. Pero habiendo confesado este carácter, eminentemente cobarde, de nuestra condición, podríamos permitirnos también traducirlo en convicciones: hacerle frente a Duhalde en su cancha es algo que no nos corresponde. Salir a jugar en esa cancha sería no sólo peligroso sino un error ni siquiera perdonable por la humana impaciencia que lo motiva. Jugar en esa cancha es un error per se, sobre todo cuando uno tiene la ventaja que otorgan veinte años de diferencia a favor. (Por otra parte, se trata de una cancha que en el futuro cercano estará, esperemos, delimitada por la más simple de las microdecisiones: no votarlo.) Esta metáfora de la cancha bien podría ser la del campo de baseball en Field of Dreams: uno es Burt Lancaster, una vez que entra se establece definitivamente como fantasma. Mientras no nos toque semejante sacrificio (y, en lo personal, espero que no me toque nunca) seguimos operando con la libertad de los márgenes. Pero es Duhaldemort quien dejó momentáneamente su campo de baseball al coquetear con nuestro terreno desde, foro de los foros, el Gran Diario del Orto. Y acá las reglas no las pone él.

El problema más evidente con el artículo de Duhalde es que sus motivos implícitos resultan incomprensibles. ¿Por qué el co-autor de “La Revolución Productiva” y “Los Políticos y Las Drogas” estaría interesado en el advenimiento de una “vanguardia intelectual” latinoamericana? Beats me. Cuesta creer que se trate de un compromiso formal para con lo que él entiende como su rol en el Mercosur. Además, nadie en su sano juicio (y menos él) podría pensar que Clarín es terreno fértil para llamamientos de este tipo — incluso si esta supuesta vanguardia tuviera posibilidades de existir, estaría sin duda conformada por personas que huyen de Clarín como del Mal de Chagas (nosotros lo leemos porque ya estamos enfermos, y buscamos una cura). El mini-manifesto de Duhalde opera superficialmente en el terreno de los precedentes formales. ”¿Ves? Yo me estuve ocupando de estas cosas.”, dirá a su interlocutor de turno mientras un asistente fotocopia el artículo. No importa si lo escribió Duhalde o el vigésimo clon de Béliz o una comisión de dementors. La prosa babosa, ornamentada con los snippets en bold que son trademark de Clarín, es premeditada y precisa. “No digo nada, pero acordáte de que lo dije. Es importante.” ¿Qué? Tarea, Vida Soberana, Cultura, Vanguardia, Reconstrucción, Nuestros Pueblos, Grito Emancipador. La mierda. ¿Qué es tan importante como para justificar semejante grandilocuencia? Hay que leerlo tres o cuatro veces para empezar a darse cuenta.

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Critics of globalization argue that the process will lead to a stripping away of identity and a blandly uniform, Orwellian world. On a planet of 6 billion people, this is, of course, an impossibility. More importantly, the decline of cultural distinctions may be a measure of the progress of civilization, a tangible sign of enhanced communications and understanding. Successful multicultural societies, be they nations, federations, or other conglomerations of closely interrelated states, discern those aspects of culture that do not threaten union, stability, or prosperity (such as food, holidays, rituals, and music) and allow them to flourish. But they counteract or eradicate the more subversive elements of culture (exclusionary aspects of religion, language, and political/ideological beliefs). History shows that bridging cultural gaps successfully and serving as a home to diverse peoples requires certain social structures, laws, and institutions that transcend culture. Furthermore, the history of a number of ongoing experiments in multiculturalism, such as in the European Union, India, South Africa, and the United States, suggests that workable, if not perfected, integrative models exist. Each is built on the idea that tolerance is crucial to social well-being, and each at times has been threatened by both intolerance and a heightened emphasis on cultural distinctions. The greater public good warrants eliminating those cultural characteristics that promote conflict or prevent harmony, even as less-divisive, more personally observed cultural distinctions are celebrated and preserved.

David Rothkop
In Praise of Cultural Imperialism? Effects of Globalization on Culture

Hay infinidad de motivos para disentir con David Rothkop, pero no se le puede negar que hizo los deberes. Su área excluyente es la del concepto más maltratado de los últimos tiempos (globalization!) y otra vez, observo, me estoy metiendo con esto en un terreno mucho más vasto de lo que podré abarcar esta tarde. Sin embargo, es inevitable elevarse aunque sea un momento por sobre el limitado montículo de la Unidad Latinoamericana, whatever the fuck that means, para volver sobre el artículo de Duhalde con un poco más de perspectiva.

La globalización, entendida como la entiende uno (y ya habrá tiempo de extenderse sobre cómo la entiende uno) siempre nos resultará tentadora acá, en Los Trabajos Prácticos. Este es uno de los motivos por los cuales lo de Duhalde resulta perturbador — al fin y al cabo, uno podría leer el duhaldefesto como una versión retardada de convicciones propias.

“You have come together to forge partnerships for progress because you realize that as global interdependence deepens, and as trade and communications stitch the human family more closely together, rising to these and other challenges requires a greater sense of shared responsibility and global citizenship”, decía Kofi Annan hace poco ante naciones no muy unidas ni afortunadas, y uno asentía con la cabeza automáticamente, pero no hay que hacer un gran esfuerzo para notar la similitud entre su discurso y el de Duhaldemort en pos de la vanguardia favorita. Claro que todo depende del contexto y de quién lo dice. Superemos ese obstáculo. Incluso si no supiéramos de dónde viene, deberíamos afinar nuestra perspicacia para notar que la globalización cultural de Duhalde es la de los ratones.

Los ratones exploran así: salen de su cuevita, vuelven. Salen de su cuevita, llegan hasta el rincón que está detrás de la heladera, vuelven. Salen de su cuevita, llegan hasta el rincón que está detrás de la heladera, se asoman a la base de la mesada de la cocina, comen unas miguitas que se nos cayeron ayer, vuelven. Salen de su cuevita, llegan hasta el rincón que está detrás de la heladera, se asoman a la base de la mesada de la cocina, comen unas miguitas que se nos cayeron hoy, se trepan al cajón de los cubiertos, huelen la licuadora, vuelven. Etcétera. No es un mal método y el destino quiso que asi fuera como yo descubrí el mundo — me faltan Asia y Oceanía. Pero con la globalización, lo que se dice globalización, tiene poco que ver. Ya vendrán Nieto o Puricelli a explayarse sobre el Mercosur y el ALCA (no es mi área ni lo será nunca, mucho me temo); por ahora observemos solamente que Duhalde percibe al Mercosur como su particular cueva de ratones, y avancemos aunque sea un poco sobre lo que esto implica.

Contra lo que suele suponerse, la globalización (o al menos lo que llamamos globalización cuando hablamos de los últimos cien años) no es un proceso sino dos, bastante diferentes. El primero es el que nadie menciona, paralelo a la Guerra Fría, cuyas aspiraciones imperiales habrán sido más o menos exitosas según quién las analice, pero en cualquier caso se trata de un proceso que tiene poco que ver con el segundo. El segundo es el nuestro, el desencadenado por una explosión tecnológica cuyos vínculos con la expansión política de las naciones más poderosas son mucho menos unívocos de lo que se supone. [Thurow, en “Globalization: The Product of a Knowledge-Based Economy” explica esto mucho mejor que yo, aunque también dice un montón de pelotudeces que yo jamás diría, así que estamos a mano.] Duhalde dice (traduzco a modo-humano): “Se avecina la unión de diez naciones, al menos en los papeles; necesitamos una cultura emergente con la cual vestir a este Frankenstein, es la única manera de cuidar nuestra quintita”. Y menciona (cito verbatim ahora) a Europa como “referencia obligada”. El Frankenstein europeo parece estar funcionando a partir del método de los ratones, let’s get our own. [Otro tema que dejamos momentáneamente de lado: ¿funciona el método de los ratones para la Unión Europea? Hay buenos argumentos en pro y en contra, y hablaremos de ellos en el futuro.]

El modelo de Duhalde es, qué duda cabe, el de la primera ola de globalización en el Siglo XX mencionada más arriba. “Juntos somos más”, digamos, expandiéndose hacia afuera. Y es justamente la idea de “juntos” que tiene Duhalde lo que debería helarnos la sangre incluso si no estuviéramos dispuestos a extrapolar por la vía del análisis de su carrera política.

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Dice Duhalde:

“Esta Comunidad Sudamericana que hoy se perfila con nitidez no es tan sólo producto de la fatalidad histórica sino también, y por sobre todas las cosas, un viejo anhelo. Tan antiguo, al menos, como las gestas de la Independencia, que no se llevaron a cabo en nombre de un puñado de naciones aisladas aún inexistentes sino en pos de un proyecto de vida soberana en común. Nos une todo: el pasado común, el presente pleno de desafíos y el futuro cargado de sueños y anhelos compartidos.”

¿Fatalidad? Oops. Se le escapó esa. Habrá querido decir “destino”, o tendrá un thesaurus amigo de Sófocles. En cualquier caso, lo que Duhalde nota con una sagacidad inesperada es que gestiones como la suya (y la de sus amigos/aliados ocasionales) se fueron de rosca de tal forma que se encuentran ahora con que el desolador panorama cultural del cual son responsables, hoy les juega en contra. Algo hace falta, y algo tendrá que emerger de semejante baldío. Duhalde, por experiencia, sabe que la marginalidad al abrigo del poder se transforma en un gran instrumento. No hay lugar para una vanguardia política en Sudamérica, pero tal vez lo haya para vanguardias culturales o artísticas. Mejor matarlas cuando son chiquitas, y qué mejor manera de matarlas que ofrecérseles como Godfather protector.

El Mercosur se convierte de esta forma en un magnífico escudo para Duhalde y quienes son como él. Sobre todo porque el enunciado (que se expresa en toda su crueldad, aunque entre líneas, a través del artículo de Clarín) es políticamente correcto, inobjetable. Y al mismo tiempo no podría ser más perverso: “De todos estos países hechos mierda, sumando la pauperización cultural de unos a la pauperización cultural de otros, sacaremos algo que nos permita ir tirando hasta que no quede nada. Y cuando no quede nada será demasiado tarde para preocuparse; lo nuestro no es el largo plazo.”

Con la posible excepción de Brasil (que también está bastante hecho mierda, aunque en un estilo que por lo menos es único y fascinante) la sumatoria de lo que hoy se percibe como emergentes culturales latinoamericanos sólo puede darnos pánico. Y no me refiero sólo a Feinmann o a Shakira o a los guiños cancheros entre el poder y la Cumbia Villera. Incluso si hubiera cosas interesantes (que no hay), incluso si existiera la posibilidad de que cosas interesantes fueran a aparecer en los próximos diez años (unlikely), el método de Frankenstein y los Ratones, sumado a la venia del poder que Duhalde encarna, sólo podría producir lo obvio: un monstruo cuya sumisión devendría del scope limitado de sus excursiones.

Más: incluso si exagero en esta interpretación sobre los motivos de Duhalde, la Globalización Sudamericana de los Ratones es, en última instancia, un modelo expansivo (cuando no fascista, si me perdonan lo passé del término) y por lo tanto contrario a todo lo que es realmente interesante hoy. La globalización que le gusta a uno (la que no reclamamos como proyecto sino como inevitabilidad sobre la cual pararse) es de una granularidad infinita que permite aprehender, al mismo tiempo, tanto lo universal como lo particular en la condición de nuestros pares japoneses, belgas o africanos. Es en la diversidad, y en la percepción aguda (no-pelotuda) de esta diversidad, donde vivimos todos los días quienes hacemos el mínimo intento de entender la época. Lo de la percepción es así: Starbucks podrá ser la encarnación del Mal en Culver City, pero también puede ser un oasis en España y en la China; esta contradicción es ontológica a/de la tecnología que hace todo esto posible. La South American Mob que quiere Duhalde es, en este sentido, moderna — en cuanto se ve venir estas contradicciones y está interesada en cómo manejarlas (al fin y al cabo, Kirchner es, to a certain extent, Duhalde’s Starbucks). Felicitaciones a Duhalde por haberse sentado a pensar un rato, pero hace falta más que eso para seducirnos.

Está lejos de mis posibilidades determinar si el Mercosur debería o no fomentar el renacimiento artístico y cultural que el área no está en condiciones ni de insinuar desde hace por lo menos treinta años. Intuyo que no, que no debería, pero es algo que no me animo a fundamentar y por lo tanto evito. Lo que parece quedar un poco más claro es la ambición previsora de Duhalde de fagocitar los emergentes potenciales por la vía de la protección mafiosa, método que me hace acordar a cuando se lo llevaron a Charly García a tocar a Olivos. García, mind you, es no sólo un auténtico genio (que con su remera de “Palermo Bagdad” resiste en estos días incluso la más realista apreciación sobre su deterioro) sino también la figura trágica argentina por excelencia. García encarnó como pocos nuestra modesta vanguardia, y así le fue. Es pronto aun para evaluar la influencia de García, pero su historia ya es cautionary tale para dos generaciones, una de las cuales es la nuestra. Ni en pedo, Eduardito.


Más sobre el tema:

Narconurbano Verde, una nota de Verbitsky en P/12, haciendo lo que sabe y se anima a hacer (dos cosas que nosotros, hm, not really).


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