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Primer borrador, quinta parte

9 09 2008 - 10:27

Queremos decir esto también: es insoportable que la prensa se pueda meter con todo el planeta, con toda liviandad, pero que meterse con la prensa, aún tomándonos el trabajo, aún componiendo durante días y días, sea equivalente a un acto demente, vandálico o, más favorablemente pero no menos falso, de un extremo coraje. Si los tipos no tienen fierros, ¿qué es lo peor que puede pasar? Que no te contraten es un problema sólo para el que quiera trabajar con ellos. Para el que no quiere o para el que ya no quiere hacerlo, es igual a nada. Para el que no, la prensa es un tema de conversación más. Un tema que es atractivo por todo lo que venimos diciendo acerca del papel tutor que ha ejercido el periodismo en todos estos años. Y quién no quiere leer sobre el tutor. Quién no quiere saber los secretos de la institutriz. Es el teorema del morbo de Baglini: más cerca del poder están los personajes, más querés leer sobre ellos. No sentimos, entonces, nada parecido al ejercicio temerario en esta acción. Casi somos parte del sistema. Somos el Ying del Yang, el clu del clán. Nos sentimos livianos y firmes, con los pies en la tierra, sin desequilibrios, sin fantasmas. Algunas de las personas más buenas y lindas que conocemos trabajan en la redacción del diario Crítica y los queremos prósperos, felices y concretando su vocación que no es sólo ser periodistas, madres o padres, sino contribuir a un país mejor, más justo y más solidario. Que es difícil, acá y en cualquier lado, pero por qué no probar.

Ese es, entonces, nuestro negocio: la conversación. Nuestro negocio de toda la vida. Y nuestras monedas son las palabras. Hablamos en los podcasts, escribimos aquí, nos filmamos en los TSD. Somos relatores de una época sobrerelatada y que, por ello, tratamos de abrirnos paso de la manera más eficiente. Nuestro lema es: o nos matan o nos dejan pasar. Y entonces pasamos también a los tiros, por las dudas. Qué va a hacer. Aun si nos va mal en esta vida, esperamos resultados en la posteridad. Así de optimistas. Y si ahí tampoco sumamos de a tres, no nos vamos a enterar. En estos primeros borradores del fin del periodismo estamos contando la historia de una transición, el pasaje del bronce al barro de un oficio hermoso. Y, en ese sentido, el salto de Jorge al Teatro de Revistas nos hizo pensar en eso. Nosotros no lo empujamos a las tablas. Él generó la noticia. Él, Lino y Ricky Pashkus. Los gordos y el flaco. Abbot y Costello/Costello. Para nosotros fue simplemente como morder a Magdalena. Nos acordamos de unas cosas. Pensamos en otras. Nos preguntamos qué, por qué, cuándo, dónde, cómo. Usamos el instrumento. Disculpas a quienes se sientan mal por estos borradores. Tómenlos como borradores. A la mayoría que nos felicita y asiste al espectáculo revolcado en su silla comiendo palitos salados y chupeteando whisky mientras baja el cursor con el índice, con la misma ansiedad con que le meten fast forward a una porno, bueno, les decimos que visto así nos irritan mucho. Por algo que Huili Raffo escribió ya muy bien acá y que resumimos en este párrafo: No queremos proveer esparcimiento para amigos nominales que nunca harán lo propio en su terreno. Un texto, el de Raffo, que debería ser de lectura obligatoria en las escuelas de superhéroes.

Cuando nos acordamos de cosas, nos acordamos, por ejemplo, de sapos. Así de locos, estamos. Porque si a un sapo lo sacás del agua fría y lo echás al agua hirviendo, distingue el brutal cambio de temperatura, y entonces salta del agua y salva su vida, pero si lo echás en agua fría, se ríe el sapito, y si se comienza a calentar el agua el sapito dice:

–Qué lindo mamita, me parece que me estoy haciendo pis,

Pero no es mamá, es la bruja Cachavacha que le responde:

–Muaajajaja.

Porque el sapo no se aviva de que se cocina hasta el hervor y crepa. Pobre sapito. Lo que vemos es que, al no pasar nada con el diario, Jorge parte al teatro de revistas como un sapo inteligente que salta del agua que empieza a calentarse y que lo puede cocinar. ¿A vivir entre bailarinas? Es la forma más blanda de verlo, porque es la que lo asegura en el mito de hombre inesperado e inesperable que hace lo que se le canta. (No tenemos un problema con el teatro de revistas, tampoco. Por dios. No. Nos pasaríamos un año en camarines con un sombrero de bombín y zapatos de payaso tomando de la petaca con esas pibas. Por dios, lo haríamos, lo haríamos. No seamos hipócritas. No es por ahí. No es envidia. Salta, Violeta.) Pero salta Jorge a salvar, con esta extensión de línea, atención al lenguaje marketinero, su marca, que, obviamente, no debe perder valor si aspira a la permanente puntera de góndola. Y como todos vamos al supermercado, como los amigos que nos chatean amargamente a la tarde van al supermercado y son tan influenciables por la publicidad y el marketing como cualquiera, vieron su yo afectado por la decisión de Jorge. Sintieron, como ya dijimos, el clic. Lo que sintió un acopiador de tabaco virginia cuando Philip Morris hizo un fuerte pase de capital a su negocio de lácteos. Sintió que el faso a la larga no va más.

Sintieron, nuestros amigos, que si el diario se encontrara en una situación dominante, el jefe no se iría ni en pedo antes del cierre a hacer otra cosa. Postergaría ese gusto. Porque el cierre de un diario es mítico. Es un no va más, si nos equivocamos, nos equivocamos; si la embocamos, qué quilombo se va a armar. Hermoso, realmente. Un gran momento. Que el jefe resuelve perderse porque no siente que su presencia mejore o empeore el producto. Porque el jefe ya no la quiere pelear. Porque el producto fue tocado en el hombro por la parca de la obsolescencia. Al contrario, en el otro escenario escuchará los aplausos que no se sienten en la caja de zapatos de una redacción, sentirá la emoción de la doble o triple salida a saludar, agarrado de la mano con Lino, con Ricky, bajando la cabeza, un poquito, en su caso como yéndose, como qué hago acá, haciendo la gauchada de saludar en medio de una investigación sobre el dinero del poder o cosas que suenan parecido.

Insistimos, en esta quinta parte de los borradores, llena de justificaciones que serán eliminadas en la versión final, que con él no hay ningún problema. Le mandamos un abrazo. Nos consta, además de todo lo bueno que ya dijimos, que es un buen tipo si entendemos por eso, y por exagerar, que no nos va a entregar a los nazis, en caso de cuarto reich, y que si le preguntan va a decir que nos fuimos para allá, cuando él nos vio correr para otro lado. No se puede decir lo mismo de todo el mundo. Digamosló en su honor. Digamos también que no se puede vivir haciendo complicados ejercicios contrafácticos para callar, y justificar el silencio en forma permanente sobre los temas públicos. Digamos también que en la cultura occidental, la idea es que el capitán abandone último el barco, que el sheriff sea el último en escapar por la terraza del saloon. Digamos que eso también afectó el yo de los amigos que nos chatean por las tardes. Y amargamente.

¿Por qué doblan las campanas? Porque las van a guardar. Es así. Es un fin de régimen. Lo dice Agulla y Bacceti: Cualquier papá sabe que un chico se pasa prendido a la computadora ocho horas y tiene la tele prendida al lado como si fuera una radio. Y ni siquiera habla de los diarios. Tal vez no crea que existan. El fin de la prensa de papel, por lo demás, es universal aunque la intensidad que le ponemos para tratarlo aquí es argentina. Eso no se puede controlar. (Volveremos sobre este punto)

Y, obviamente, esta conversación es el microclima de dos mil tipos interconectados por el gtalk y el Facebook. Para Tati, el chino del autoservicio frente a mi casa que lee noticias en esos diarios mimeografiados en mandarín, en esas dieciséis hojas oficio dobladas a la mitad y de color rosa, esta historia no es nada. No es nada para mi profe de Body Pump que se compró un cardiómetro para arrancar de personal trainer la semana que viene y que lo está seteando, ahora, enfrente mío, en el Piacere de Paraguay y Gurruchaga. Nada tampoco para Ilda, la persona a la que veo entrar al bar en este mismo momento, que me viene a buscar las llaves de casa, la chica de Asunción del Paraguay con la que tercerizo (¡esssa!), las tareas hogareñas que me permiten tener el cerebro encendido muchas horas por día. Y vivir de la cabeza.

Continuará…


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