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Hernanii y los gorilas negros

10 09 2008 - 09:45

En Argentina, uno de los países más anti-gringos del mundo, un deporte favorito de políticos, comentaristas y demás labios-en-micrófono o dedos-sobre-teclado es castigar a y burlarse del Partido Republicano. Se alzan las voces, encantadas consigo mismas, contra el ardor religioso y la hipocresía que han dominado el Partido Republicano en la última década y media. Estoy de acuerdo con todas estas voces: los republicanos desde mediados de los ’90 se han convertido en un partido anti-ciencia, pro-chatura, anti-resto del mundo, pro-resentimiento. El conservadurismo gringo ha sido tomado por grupetes pequeños pero gritones, especialmente en asuntos sociales y en política exterior, donde han producido daños espantosos. No sólo merecen perder las elecciones: sería devastador, para el estado de ánimo de Estados Unidos y del mundo, que las ganaran.

Y sin embargo.

Algo me hace cosquillas cuando leo el desprecio y la condescendencia de la prensa y la blogósfera porteña. Quizás porque soy contrera, quizás porque me molesta mucho el combo fatal de perogrullo y paternalismo, intentaré aquí decir que el Partido Republicano no es un marciano que descendió sobre la tierra para aterrorizarnos a nosotros, las almas bellas extranjeras comprometidas con la felicidad mundial, sino que está en todos lados, que en todo el mundo hay republicanos disfrazados. Especialmente en Argentina: PJ y GOP, un solo corazón.

Venía pensando en todo esto un poco distraídamente, conectando una cosita de acá con otra cosita de allá, sin darle mucha importancia, hasta que el otro día me topé con este post de Artemio López y las fotos de su hermoso Torino modelo 71. Voy a decir una locura: Artemio podría convertirse tranquilamente, si súbitamente una madrugada desgraciada fuera transplantado de Parque Chacabuco a algún trailer park de Omaha o Sarasota, en votante y encuestador y asesor republicano. Los genes los tiene. Sus principales pasiones no políticas son el Torino, Creedence y la vida social alrededor del asado. A los rednecks, generosa y fiel base electoral de los republicanos en el sur y el centro del país, les gustan los Chevrolets, Creedence y las barbacoas en los parques. Artemio presume de entender qué susurra la voz de la clase trabajadora. Lo mismo dicen los republicanos, quienes acusan a los progres de Nueva York y Los Ángeles de no estar in touch con las verdaderas necesidades del pueblo y de ser una manga de inútiles elitistas. Artemio inventó una palabra que ha hecho fortuna para definir los siete años de gobierno progresista-elitista-cosmopolita de Buenos Aires entre 2000 y 2007: ladriprogresismo. En un supuesto eje Obama-Palin, donde Obama es la elegancia urbana, el sujeto y el predicado, las ganas de salvar a la humanidad; y Palin es la grasitud, la falta de sofisticación y el resentimiento contra la tilinguería, Artemio debería elegir, en esta hipótesis dislocada, a la Palin; que Aníbal Ibarra se quede con Obama.

¿Ven? No era tan difícil. Obama, pese al color de su piel, es la variante gringa del progresismo blanco, esa mariconada de ideología acuñada recientemente por Luis D’Elía. Hay más, si uno se pone ambicioso: cuando el senador republicano Joe McCarthy acusaba de un-american a la gente de izquierda con poco fervor nacionalista, Jauretche se sacaba de la galera la palabra vendepatria, y la usaba para lo mismo en Argentina, aunque no sólo para gente de izquierda.

¿En qué partido estarían Duhalde, Solá, Gioja, Reutemann y Scioli si fueran gringos? Serían todos, o casi todos, republicanos. Duhalde, como muchos republicanos, le tiene pánico a la globalización: se habría opuesto al NAFTA, como muchos republicanos, y habría sido un experto en exprimirle dinero al gobierno federal para su provincia. Reutemann sería un republicano del Midwest, de rifle en mano, pocas palabras e ideología vagamente conservadora pero negociable. Solá sería un republicano centrista, pro-choice y realista en política exterior, de buena llegada al otro lado del pasillo, secretamente adorado por las universitarias progres de Manhattan. Scioli sería un republicano sin más, descolorido y maleable como tantos otros.

Los republicanos son en Estados Unidos el partido de los que se inflan el pecho declarándose patriotas. Los colores del Partido Justicialista, el más nacionalista de la historia política argentina (entre los importantes), son el celeste y el blanco. En su carta-manifiesto reciente, D’Elía dice:

Necesitamos hombres y mujeres llenos de convicción, de amor a la patria, y de una férrea voluntad revolucionaria, que estén alejados de cualquier cálculo especulativo, tanto en lo personal como en lo comunitario, que estén dispuestos a darlo todo a cambio de patria.

Quitando el férreo entre-comas revolucionario, cualquier buen republicano de misa dominical y primogénito en Bagdad podría firmar este párrafo.

Vayamos al aborto, uno de los temas que mejor divide en Estados Unidos a demócratas y republicanos. Hay unos pocos demócratas en contra de la legalización del aborto y otro montón de republicanos –especialmente los libertarios, muchos de ellos conocidos fuera de EE.UU. como neoliberales– que están a favor, pero en general la línea está bastante clara: si estás a favor de la ampliación de los derechos a abortar tendés a ser demócrata, si estás a favor de restringirlos lo más posible, tendés a ser republicano. Hay, aún así, decenas de políticos republicanos que han hecho pública su posición pro-choice. Pregunta para concurso entonces: ¿qué político justicialista de primera línea, además de Ginés González García (premiado desde entonces con un puesto en la Legislatura y una embajada limítrofe), ha salido en público a promover o defender la legalización del aborto en Argentina? Manden mails, porque a mí no se me ocurre ninguno. A fines de 2003, le preguntaron en París a la actual presidenta Kirchner cuál era su opinión sobre el aborto y dijo que estaba en contra. Su explicación, hermosa para los objetivos de este daily: “Yo no soy progre, yo soy peronista”.

Esto, por supuesto, es todo un juego. Me hago un poco el vivo para obtener una modesta victoria retórica: como diría Esteban, esto no es una monografía, es solamente un chas chas para los cancheros que se burlan de los grasas de Nebraska pero no se animan a decir ni mu de los grasas de Isidro Casanova. Yo no creo seriamente que Artemio sea un republicano reprimido: hay muchas razones por las cuales no podría serlo nunca, especialmente su preocupación por la distribución del ingreso y su querencia por los sindicatos y las asociaciones de trabajadores. Lo mismo pasa con el peronismo en general: en EE.UU., los sindicatos han estado siempre con el Partido Demócrata, y ésa es un gran diferencia entonces entre el PJ y los republicanos. (Aun así, qué linda es la hipótesis Lorenzo Miguel, peronista-fajador, as Jimmy Hoffa, republicano-fajador.)

Pero muchas cosas los unen. El PJ y el Partido Republicano han sido siempre el partido del pragmatismo, el partido que hacía las cosas; demócratas y radicales han sido, para ellos, los blandos, los que no saben gobernar, los que les tiembla el pulso a la hora de tomar decisiones importantes. El Partido Demócrata y la UCR siempre han tenido históricamente amplias mochilas teóricas detrás; republicanos y peronistas han tenido, comparativamente, muchos menos escribas en la academia. Un peronista jauretcheano se burlaría de alguien que se presentara en Buenos Aires con un doctorado de Harvard debajo del brazo. Casi igual de despectiva sería la reacción en una oficina del Partido Republicano de las Dakotas: aquí no queremos elitistas de la Costa Este. También, los dos, son, dentro de sus países, los partidos con más debilidad por el populismo, por la exageración de la fortaleza de los enemigos, las protestas contra la prensa tendenciosa. De las tres banderas doctrinales del PJ –independencia económica, soberanía política, justicia social–, una buena parte del Partido Republicano, la de tradición aislacionista, temerosa de la inmigración y el comercio, firmaría con gusto las dos primeras. La justicia social, es cierto, se la han dejado a los demócratas, pero dos de tres no está mal para seguir alimentando este jueguito.

Burlarse del Partido Republicano y de sus votantes working class es, indirectamente, burlarse también de las base electoral del PJ en el conurbano y el interior del país. Si el NASCAR te parece grasa, no podés decir que el Turismo Carretera es la Fórmula 1. Un consejo entonces para los comisarios políticos del progresismo negro: ojo con las críticas a los republicanos; tras ellas puede haber operaciones de gorilas disfrazados.


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5. Noche