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Raffo adiestra robots

15 09 2008 - 06:22

Cristina Kirchner llevó ayer a la tumescencia lo que era un secreto demasiado propagado en medios diplomáticos: nunca como ahora la risita de los Kirchner fue tan tensa con el gobierno esclavo de Rodríguez Zapatero. El viejo adoquinado de Madrid lidera uno de los dos úmbricos guisos del mundo (el otro es el de Lula, en Brasil).

Eso dice el mensaje enviado durante la madrugada por los tres robots que estamos adiestrando en el Departamento Experimental de TP para que nos lean los diarios. Tres autómatas en el cuerpo de uno, trabajando en equipo; un Frankenstein que nos salió carísimo, plata que no tenemos, bicicleteando más de una tarjeta de crédito para llegar a este punto en el cual, si bien no se entiende del todo lo que quieren decir, por lo menos superan al original tanto en estilo como en contenido. La risita de los Kirchner, la tumescencia, el adoquinado de Lula. Mucho mejor que los diarios y mucho mejor que putear a los diarios. Hay que putearlos, claro, se lo merecen y por algo se empieza, pero ya lo hicimos mucho y no sirvió de nada, porque como bien saben todos nuestros amigos que votaron a Menem y ahora suscriben Cartas Abiertas ignorando nuestros suspiros de horror o impaciencia, el valor retroactivo de la verdad es CERO. Y si bien el hartazgo se puede elevar a la categoría de arte —el primer borrador de Schmidt lo seguirá demostrando durante esta semana—, la idea de tp como servicio público contempla a nuestros Damien Hirsts como condición necesaria, no suficiente. Mejor que decir es decir Y hacer. El subtexto en la máxima del general se hace explícito hoy en sus hijitos de los naughties: “que los demás se callen.” Bueno, eso no forma parte de nuestra agenda. Hablemos y hagamos todos, que se puede hacer las dos cosas sin ningún problema.

O las cuatro cosas, si es cierto que hay dos bandos, blancos y negros, campo y pueblo, cipayos y patriotas, gorilas y exponentes de la revolución del blog. Cada uno habla y hace dentro de su asentamiento. Nunca una cena, un café con el enemigo, a ver qué dice, qué opina, si se banca tu corte de pelo. Siempre los mismos amigos, novias y amantes dentro del mismo círculo social (el de uno) cada vez más lejos de la vereda de enfrente, hasta que después de milenios de inbreeding, con un poco de suerte, si el mundo no se acaba antes, nos encontremos cara a cara, dos especies distintas, nuestra pureza ideológica claramente visible en rasgos genéticos inmodificables que nos distingan bien a unos de otros, plumas, tentáculos, tres pares de ojos. Y ahí sí, nos agarramos a palos y que gane el mejor.

“Si sos argentino sos peronista, mal que te pese”, sentenciaba un mail que recibimos el sábado, firmado por un lector seguramente más joven que yo, que nací cuando “peronismo” ya no quería decir nada. Al día siguiente, Tulio Halperín Donghi lo tradujo en términos más elegantes:

Ya me acostumbré a la idea de que la Argentina es peronista y debo decir que a esta altura estoy tan vencido por la vida que no me molesta en absoluto.

Siendo tan peronista como masón o Batman, me pregunto que hago acá, escribiendo esto, si aquello es cierto. Sospecho que no es cierto, aunque no es la primera vez que me lo dicen. Crecí entre acusaciones y reclamos de ese tipo. Patriotas muy distintos entre sí coincidieron siempre en su interés desmedido por mi argentinidad. Yo era un blanco fácil, porque no me gustaba el fútbol, ni el folklore, ni la guerra de Malvinas. Siguen sin gustarme. Pero con la edad o la distancia aparecen nuevas compulsiones que desmienten ese destierro emocional que uno ya estaba empezando, incluso, a disfrutar. Si no fuera argentino hoy me habría ido a tomar sol a la playa en vez de estar escribiendo acá como un pelotudo. Y si no fuera argentino no habría soñado anoche con Sandra Russo.

No era ella, en realidad, sino un mensaje de texto de Sandra Russo, preguntándome si iba a ir a Cannes este año, y si me había acreditado, porque a ella ahora la habían puesto a cubrir los festivales. Si nos veíamos ahí. Hace dos años que no voy a Cannes y habrán pasado más o menos veinticinco desde la última vez que vi a Sandra Russo, que por supuesto no debe ni saber quién soy. Pero yo me acuerdo de ella, perfectamente, a la salida del Estadio Obras, que no sé cómo se llama ahora, si todavía existe. Hacía mucho frío, y Sandra Russo tenía flequillo, anteojos redondos y una polera gruesa color crema, que le quedaba grande. Ese look militante ya estaba en peligro de extinción en el resto del mundo, amenazado por las nuevas olas y la corbatita de Costello en la tapa de My Aim Is True, pero otros peligros de extinción, menos cosméticos, le permitían sobrevivir con dignidad en la periferia de lo que todavía se llamaba “rock nacional”. Y yo no sabía esto, ni casi ninguna otra cosa. “Parte del mar” era una metáfora incomprensible.

No sé si me acuerdo de Sandra Russo porque entonces ella era novia de Emilio Del Guercio, lo cual a mí me parecía imposible, porque las estrellas de rock eran estrellas de rock, o si me acuerdo porque esa noche los niños (yo y algún amigo de la primaria) estábamos a su cargo. Sandra Russo, deduzco, era amiga de mi prima, que nos había llevado a Obras en su Citroen, único motivo por el cual nuestros padres nos habían dejado ir a ver a Serú Girán. Hicimos la cola todos juntos y después mi prima y Sandra Russo, las dos en versión recientemente posmontonera de las chicas de Almost Famous, nos abandonaron ahí, librados a nuestra suerte. No sé por qué, no sé qué habrán hecho durante esas dos horas. Seguramente nos pasaron a buscar a la salida, pero de la salida no me acuerdo.

En el sueño, no parecía haber ningún motivo para enviar a Sandra Russo a Cannes. Pero más tarde te enterabas de que había pasado algo terrible en Berlín, un tiroteo con espías rusos que involucraba a Bruno Ganz y a Luciano Monteagudo. La maniobra frustrada no tenía que ver con el gobierno y era en realidad la punta de un iceberg de enfrentamientos más antiguos y profundos, obviamente secretos, revelados casualmente por el mensaje de texto de Sandra Russo que había sido, como corresponde, enviado por error. Sus consecuencias alcanzaban a las familias de los cronistas de Página/12, y a sus nietos en el futuro, que viajaban en el tiempo a Cannes, en el presente, para resolver su pasado. Era como Wenders pero más rápido.

Sandra Russo dice hoy, en Página/12:

La cocina ideológica y emocional de la reacción contra Evo Morales hace pensar en que cada crimen que tuvo o tenga lugar en Bolivia es de lesa humanidad.

Cada vez que leo alguna de esas barbaridades que escribe pienso en rebatirla acá y después me digo que no vale la pena, y ese es el momento en el que, invariablemente, me acuerdo de aquella noche helada sobre Avenida Libertador, y maldigo la distancia entre una cosa y la otra. No tanto por el tiempo que las separa sino porque el punto exacto en el que nos encontramos ahora en relación a aquella vez es exactamente este: el menos interesante, el menos productivo.

Me doy cuenta de que no se entiende bien lo que digo, así que voy a hacer un dibujito con la esperanza de que una representación gráfica de esa distancia nos ayude un poco. Y para que se entienda mejor, voy a incorporar también la realidad del sueño, la de Bruno Ganz, y los espías rusos, y Luciano Monteagudo. Y también otras realidades posibles, una en la cual Alfonsín terminó su mandato y no hubo ningún pacto en Olivos, y otra en la cual Dante Caputo fue candidato en el ’89 por una alianza con la renovación peronista, y le ganó a Menem, y en la Argentina de hoy hay menos pobres y buenas películas y una vieja estación de bomberos convertida en supper club, con un piano de la época de Homero Expósito, y nos encontramos ahí todos los viernes, agradecidos por haber nacido en el lugar correcto, y si vas a Mendoza volvés con diez discos de producción local, bastante raros, experimentales en su mayoría, pero casi todos buenos, porque la escena en Mendoza no se puede creer, quién lo hubiera dicho. Alvin Curran se mudó a Mendoza. Y otra realidad, ya que estamos, una en la cual las cosas salieron mal, pero por motivos muy distintos a los de la crisis del 2001; otra crisis, consecuencia de la apertura accidental de la Boca del Infierno debajo del colegio Nicolás Avellaneda. En esta última (pero última solamente para no atiborrar el dibujito, porque hay miles, infinitas posibilidades, el futuro no está escrito), tiene que estar Buffy. Y nosotros luchamos con ella contra los demonios (los demonios de verdad, no los de Moyano), y el apocalipsis puede llegar en cualquier momento, pero Carrió no está ahí para anunciarlo porque se la comió una babosa gigante, pobre.

¿Cuál preferís? Levante la mano el que prefiere cualquiera menos esta, la de ahora, esta discusión pedorra que no quiero pero me obligan a presenciar todos los días, una discusión al lado de la cual la confrontación de sobremesa en La Historia Oficial de hace veinte años parece Stoppard, me cago en dios.

Nos habíamos puesto de acuerdo en muy pocas cosas, pero nos habíamos puesto de acuerdo en una: incluso progresistas genéricos impíos como yo, que reivindicamos nuestra propia versión de la teoría de los dos demonios, suscribíamos tranquilamente a la definición que Luis Hipólito Alen daba hace pocos días en ese mismo diario:

“La Corte Suprema de Justicia se ha pronunciado respecto de los crímenes de lesa humanidad y qué características deben tener: violaciones masivas y sistemáticas de los derechos humanos cometidas con participación del aparato estatal.”

Correcto. Esa era nuestra módica plataforma de acuerdo, y era necesaria para poder seguir discutiendo el tema, cada vez que hace falta, y hace falta a menudo porque se ve que es muy difícil sentarse a discutir cosas más interesantes. Este acuerdo, además, nos garantizaba la entrada a otro plano intelectual, muy por encima de los bosquimanos que escriben “gobierno KK” en los comentarios de La Nación. Pero no hay caso, esta gente quiere todo, no se puede creer. Quieren tener el poder y ser los débiles al mismo tiempo. ¿Se puede? No se puede.

Cada crimen que tenga lugar en Bolivia. Bueno, esperemos que no tenga, hagamos todo lo posible para que no tenga. Y si tiene, para que sea juzgado de acuerdo a lo que fue, el crimen de la derecha cualitativamente indistinguible del crimen de la izquierda, porque a las víctimas les da lo mismo. Y cuando vuelvan, las víctimas, a pedirte que mates a tu tío, con todo el dolor del mundo, les vas a tener que decir que no. ¿Podemos, por Tutatis, ponernos de acuerdo aunque sea en eso?

En el país de Halperín Donghi, constituido más que nada por década tras década de desencanto, la identificación con los débiles es mucho más común que en casi cualquier otra parte. Y eso está muy bien, si sirve, si es verdadero y ayuda a paliar aunque sea mínimamente condiciones de injusticia evidentes e insoportables. No está tan bien si lo único que hace es darte culpa, el poder paralizante típico de la clase media local. ¿Y si es mentira? Ah, si es mentira es horrible, destruye todo.

Bueh, pero ya sabemos eso. La pregunta es qué hacer, Lenin y Billy Kwan sentados en sendas maquinitas de escribir: what must we do, what must we do.

Un clásico de tp, que es también un clásico del periodismo, es la denuncia. Lo hemos hecho bien y mal. Pero incluso cuando lo hicimos bien, como en la nota de Tiempo de Revancha que le gusta a Schmidt, también lo hicimos mal, porque no sirvió para nada. Tiempo después, nadie está muy preocupado por el hecho de que si pensás distinto te manden matones, y hace un par de años me encontré con Bernades en San Sebastián, y traté de charlar con él, pero el tipo me odia. Y tiene razón. Había por lo menos dos cosas que estaban mal ahí: el hecho de escribir algo cuyas consecuencias son mayores para un tercero que para uno mismo, y la intención de convencer a alguien en público. Dos errores que no pienso volver a cometer.

Si lanzás una campaña de alfabetización, no lo podés hacer denunciando al analfabeto. No es un defecto, es un problema que tiene. Y si el analfabeto resulta no serlo, o incluso tener sus motivos (como en el caso de Bernades), aprenderemos nosotros. Vamos a exponernos un poco más, a equivocarnos y a quedar en ridículo, porque sino no tiene ninguna gracia.

No ganamos nada burlándonos de Sandra Russo, que no entendió el concepto de lesa humanidad. Ni ganamos nada asumiendo que lo dice con mala leche, que usa las palabras como utensilios. Si ese es el caso vamos a asegurarnos de que lo sea antes de declararle la guerra retórica y decirle: no pasarán, con las palabras no se jode. Si vamos a alfabetizar vamos a hacerlo como corresponde, con cariño y paciencia. Mucha paciencia, claro, para hacer cosas lindas y para hablar con los demás, hablar mucho, pero no en público para ver cómo los humillamos o les ganamos. Hablar con ellos. Quiero la dirección de mail de Sandra Russo (en Página no aparece). Que alguien me la mande. Y vamos a escribir cartas públicas, pero también privadas, no en un afán de ocultamiento sino por respeto a los demás, para demostrar que no vinimos a hacernos los cancheros sino a aprender a vivir mejor el tiempo que nos queda, compartiendo ese objetivo con la mayor cantidad de gente que sea posible. No va a ser fácil.

Mientras tanto, entonces, y preparándonos también para la derrota, porque lo nuestro será soberbia pero nunca hubris —sabemos perder—, seguimos trabajando con los robots, que nos devuelven hoy una versión más luminosa de Sandra Russo para empezar el día.

La cocaína idílica y emocional de la resma contra Evo Morales hace pensar en que cada clown que tuvo o tenga lugar en Bolivia es de lesa humedad.

Podría ser mejor, pero por algo se empieza..


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