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Ivana Vuelve

17 09 2008 - 10:54

El peronismo es un tópico que últimamente sale mucho.

Gracias a mis padres antiperonistas (gorilas, serían ¿no?) me enteré en el ’83 de que el peronismo era algo esencialmente malo; algo del pasado y malo. Que los radicales eran los buenos. Herminio Iglesias quema cajón, Raúl Ricardo gana elecciones y es como un papá. Se imprime en mente de nena de 11 años.

A los 17, ciertos personajes varones que influían notablemente en mí, votaban a Menem, la alternativa popular y socialista. En 1990 me anoté en la escuela de los Movilizadores Culturales, donde se dictaban unos talleres gratuitos, cuyo objeto era formar punteros culturales que trabajaran en barrios. La escuela tenía maestros geniales y los talleres eran realmente muy buenos –y, lo entiendo ahora, muy peronistas. Ahí los peronistas de la escuela me vendieron peronismo y yo compré. También había troskos, obvio, y del Partido Obrero, y un conjunto de lúmpenes. Los argumentos eran en torno a las leyes laborales, que Perón con los trabajadores todo bien, que los gremios, todo bien, que gorila quería decir garca, etc. ¡Ser peronista estaba bien! ¡Mis padres me habían engañado!

Después pasó el tiempo y cobré cierta independencia de pensamiento respecto de mis padres, mis novios y mis compañeros de talleres geniales. No mucha independencia. Todavía me dejo influenciar fácilmente por posiciones argumentadas con vehemencia. ¿Entonces? Vamos a las posiciones más o menos argumentadas de las reuniones sociales:

Hace poco, en reunión con empanadas, amiga medio peronista de suyo, pero que trabaja de peronista (literalmente) nos señalaba con el dedo, a sus amigos, diciendo que durante el conflicto del campo ninguno de nosotros había ido a las marchas de apoyo al gobierno y de no-apoyo a los anti-retenciones. Que de alguna manera éramos cómplices, y aliados de los oligarcas de la sociedad rural. Los amigos nos reíamos, pero ella lo decía en serio. Todos seguíamos siendo amigos, aunque dadas las cosas que nos decía (porque esto escalaba, ella se ponía colorada y gritaba) éramos más bien enemigos. Ella también metió un chiste y dijo que en realidad había ido a todas esas marchas porque era parte de su trabajo, que era casi lo que más le gustaba de ese trabajo porque a ella siempre le había gustado marchar. Vos siempre fuiste marchosa, chisteó otro amigo. Jajaja. ¿Y? Nadie se peleó, nadie se ofendió, pero las cosas que se confrontaban no eran verdura. Ella, además, señalaba la tibieza de la no-posición como algo feo, malo, algo que era cobarde, no comprometido, cómodo. Y nosotros, jajaja y un poco cara de bueeeno, pará, yo no apoyaba a los del campo, pero tampoco es para ir a marchar con D’ elía! Y ella ¿por qué no? Y nosotros, y bueno, porque no daba para ir a una cosa organizada por el gobierno. No se puede ser oficialista ¿no entendés? Nunca se pudo. No está bien. Y menos si todas las marchas y contramarchas están organizadas por algo o alguien que no entendés.

Durante los días del campo en conflicto con el gobierno a mí me daba rabia el campo –y lo más confuso: a mi mamá también le daba rabia. Ella, la muy antiperonista de entonces, ahora se enojaba con “los medios que hacen lío y quieren desestabilizar” (las palabras de Cristina, un poco, ¿no?) “Ojo, que yo no soy peronista” –advertía cuando defendía a la presidente, Simpatía de género tal vez. Ahí se me complicó el análisis, porque en general lo que piensa una familia de clase media que ve mucha tele y noticieros es lo que piensa todo el mundo de esa misma clase versus lo que piensa la otra mitad. Además los ollazos sonaban falsos, todo parecía una operación, esas señoras rubias manifestándose de la mano de la empleada doméstica, con la silla plegable y el perrito de raza. Todo eso no se veía normal, ni mucho menos espontáneo. Pero decían que sí era espontáneo. Cuando expuse mis teorías conspirativas sobre que las marchas de apoyo al campo eran una operación del gobierno para generar visibilidad sobre un tema y sobre cómo ellos NO eran así, rubios, con perrito y llavero cuentaganado, sino gente piola, profesionales de izquierda con un pasado a su favor, se me cagaban de risa: Nooo, es un tema de un montón de guita lo de las retenciones, no es una boludez.

En la misma semana visitamos a unos amigos en chalet de zona norte, que hospedaban a otra amiga “del campo”, que por supuesto apoyaba el piquete y de hecho había participado del mismo. No nos convenció, la amiga del campo, aunque argumentó también con “mucho trabajo en el campo”, ni los amigos del chalet que argumentaron con que los pequeños del campo no eran oligarcas terratenientes sino gente que ponía la guita en la camioneta y en la casa del pequeño pueblo, generando trabajo, y no en bancos del exterior. Nos fuimos sin discutir, hubo chistes también. Se habló del menemismo ahí, de cómo las cosas eran un poco mejor entonces, de cómo Carlos tenía tanto carisma y llamaba por el nombre a sus cocineras, y de cómo “éstos” en relación con “aquellos” robaban mucho más, que todos eran malos, ¿eh? ¡Ojo! Pero que ésto era un desastre.

Este esquema de dos bandos que se delineó en los del campo contra los de la Capital, o los del gobierno contra los opositores, y que genera esta claustrofobia de “no querer estar en ninguno de los dos bandos” y que al final termina siendo un “como no estoy en ningún lado todo me chupa un huevo” no está bueno. Si todo te chupa un huevo porque no estás ni con Cristina, ni con el campo (parecía querer decirnos la amiga que trabaja de peronista) ¿sobre qué vamos a hablar, sobre qué vamos a discutir? A todos los seguimos llamando “amigos”, igual que en las aplicaciones de Internet que te conectan con otras personas “amigas”. Es decir, hay un contexto pasota, una reminiscencia de que se vayan todos que no termina de alcanzar para transformar amigos en enemigos. Otro lugar común al que llego: Pareciera que el esquema de dos bandos es una farsa, que los únicos bandos posibles son entre los que estamos adentro del sistema y los que no están ni adentro, ni en ninguna metáfora espacial.

Nos habíamos reído un poco de nuestra amiga por tomarse su trabajo de peronista tan a pecho, pero lo que no me dio risa para nada fue un comentario telefónico de su jefe (un verdadero peronista) a propósito de una pregunta que le formuló a mi amiga la señora que trabaja de empleada doméstica, tanto en mi casa, como en la suya. La señora, sabiendo del empleo de mi amiga dentro del Estado, le había preguntado si sabía algo sobre unos créditos o planes sociales X. Cuando ella le preguntó a su jefe sobre este particular, él, que apenas me conoce, contestó:

—Decile a Ivana que el Estado no está para cumplir con las obligaciones de los particulares que no cumplen con los trabajadores.

Muy extraña réplica y llena de inferencias y prejuicios sobre mi persona.

La primera anormalidad fue que me contestara a mí, cuando la que preguntaba era la empleada (como si el diálogo con ella no fuera posible); la segunda que infiriera que yo no cumplo con mis obligaciones de empleadora. Y lo que envolvía todo era la inferencia de que yo, como no soy peronista, (prueba de ello es que nunca acompañé a mi amiga a las marchas en contra de las marchas en contra de las retenciones) creo algo falso sobre el Estado y me comporto injustamente con la clase trabajadora, a la que según sus inferencias, no pertenezco.

En zona norte, hay unos carteles escritos a mano que dicen:

Cristina montonera, resentida y grasa.

A mí esa gente que califica usando “grasa” me irrita, no soporto cómo hablan, cómo pronuncian las eses y las ces, así “reshentiiia”. Esa gente (no sé cómo nombrarlos en un colectivo) es la que hace que Cristina se vea como algo bueno, son los herminio-quema-cajón 25 años después. Por otro lado, este apoyo que se basa simplemente en “no ser de los que hablan con la papa en la boca,” ni ser de las señoras que ven TN todo el día y piensan como una repetidora las cosas que dice la tele, es un sitio cómodo, de buena conciencia, que te enclava en la oposición de la oposición sin tener que fumarte el bombo y la marcha. Creo que es una trampa, que sí hay una conspiración y que en un escondite secreto un único amo poderoso fabrica bombos y cuentaganados con el mismo cuero bovino.


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