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Piro, en Helsinki

25 09 2008 - 15:34

Controlo el pulso de Finlandia mirando la televisión. No lo siento, está claro que este país está muerto. Y huele mal. Así que para empezar diré poco de Helsinki, una ciudad lo suficientemente antipática como para que me hayan prohibido fumar en la habitación. Y eso es algo que vuelve a un país antipático enseguida. Así que mejor pasemos a otra cosa, enfrentémonos a otro abismo, también inagotable. El viajar es un placer, pero solamente el viajar, residir es siempre casi una tortura. Quiero decir que lo mejor de este viaje fue la larga espera en Frankfurt leyendo en el mejor aeropuerto del mundo Hablemos de langostas, de David Foster Wallace. No leyendo, en realidad, sino releyendo, pero siempre me pareció un signo de pedantería decir que uno “relee”. Vamos, si releés es porque sos lo suficientemente humano como para olvidar lo que habías leído.

Es la primera vez que se muere el autor que estoy leyendo en ese preciso momento. Leía Hablemos de langostas (la traducción del título no me gusta. A Consider the lobster, desde que salió, en el 2005, siempre lo llamé: Tengamos en cuenta a las langostas. Se me dirá que no suena bien, y puede ser, pero lo cierto es que David Wallace en ningún momento propone “hablar” de las langostas. En todo caso lo que propone es “pensar” en ellas —a todo esto hablamos de langostas marinas, de las que se pescan y venden en Maine, EE.UU.— pero no “hablar”). Leía en el viaje, decía, que fue lo mejor de este viaje, sin duda, y mientras leía pensaba en varias cosas. Ya no en David Foster Wallace, porque pensé demasiado en él toda la semana y en las razones que pudieron llevarlo a colgarse de una de las vigas del techo de su casa. Eso ya quedó atrás. Pensaba en varias cosas, y una de ellas era en la posibilidad, dado que estaba emprendiendo un viaje, de conseguir escribir una crónica a lo Wallace, es decir, una crónica llena de experiencias y observaciones e ironías. Y llena de notas al pie. Pero en primer lugar no encontré en Helsinki nada digno de ser contado, salvo generalidades que sabía desde antes de venir aquí, como por ejemplo que las finlandesas son blancas y rubias y culonas. Lo que no sabía era que tenían tanta predilección por las botas, que les quedan muy bien. Algunas son altas y otras petisas. Los taxis se llaman “taksis”y los taxistas son mudos y manejan Mercedes Benz impecables que huelen a lavanda. Generalidades. Me regalaron un paraguas, que ni siquiera me pienso llevar a Buenos Aires. Voy a dejarlo aquí, una donación al próximo habitante de la habitación 406 del Radisson SAS Royal Hotel. Pero hay una particularidad, y podría dedicarle páginas enteras a describir lo que vi. Los empleados de este hotel usan el modelo de camisa más feo que me ha sido dado ver en la vida. Una camisa que podría usar Dos Caras. Algo de una fealdad inusual. Imaginen dos camisas distintas, una a rayas celestes y otra a rayas azules. Ahora imaginen a alguien lo suficientemente trastornado como para tener la siguiente idea: dividir cada una de esas camisas por la mitad y volver a unirlas entre sí, de modo que quede una camisa formada por dos mitades distintas. Algo realmente repugnante, que como broche termina con los puños con el correspondiente contrario. A propósito, cínicamente, le dije al conserje que me gustaba mucho su camisa. Me miró como diciendo: “¿Me estás jodiendo?”, a lo que preferí bajar la mirada y darle a entender que sí, que estaba jodiendo. Es admirable las cosas que alguien puede hacer con tal de trabajar. Pero no es eso de lo que quiero hablar.

Tampoco quiero hablar de David Wallace, de quien ya dije lo poco que tenía para decir, esto es, que sus cuentos me resultaron imposibles de leer, que me pasó con ellos lo peor que me puede pasar con algo que estoy leyendo, esto es, olvidarme de que lo estoy leyendo. Ya saben, uno deja el libro en la mesa o en el piso, y encima se coloca algo, un diario u otro libro, y listo, pasa al olvido, así de fácil. Hasta que una noche, un día uno dice: “Yo estaba leyendo algo. . . ¿qué era?”. Es terrible, es pavoroso. Pero nada de eso pasa con las crónicas de David Wallace. Eso es otra cosa. Puedo considerarme alguien con una cuantiosa experiencia viajera, y la verdad es que es la primera vez que para fumarme un pucho tengo que bajar y salir a la calle, donde está el único cenicero público de la manzana. Espero que el próximo tornado pase por acá (después de que me haya ido, claro). David Wallace posee un don raro: es capaz de hacer digresiones infinitas, internándose en el asunto casi como un científico que busca la materia primigenia. Y aun así no perder de vista “el tema”, saber a dónde quiere ir y dirigirse por el camino más largo, internándose en cualquier bosque, siguiendo las pistas del agua, el aire y el fuego. Tropezando cada tanto con un árbol caído, y en vez de eludirlo detenerse un rato a ver qué hay ahí, cerciorarse de que no merece la pena ser tenido en cuenta. Y en ese caso seguir, siempre por el camino más largo, hasta el final. Su máxima predilecta siempre me pareció genial: “La literatura debe tranquilizar al trastornado y trastornar al que está tranquilo”. Pero no se refiere sólo a la lectura. Cuando va a Maine a presenciar el festival de la Langosta ya sabe lo que va a buscar. Sabe, porque se ha tomado el trabajo de averiguarlo, que hasta en los libros de cocina más sofisticados se omite algo, y es que la langosta (el crustáceo marino, digo, no lo olviden) debe ser arrojada viva al agua hirviendo. Y se pregunta si no es algo éticamente cuestionable hacer algo así. Baja del avión, toma un taxi en el aeropuerto, y lo primero que hace es preguntarle al taxista si no le parece que debería ahorrársele semejante sufrimiento a la langosta. El taxista se defiende con el verso sabido, es decir, que la langosta carece de cerebro y que por lo tanto no sufre. Algo que los mismos folletos que publicitan el Festival se cuidan de dejar en claro:

“El sistema nervioso de las langostas es muy simple, y de hecho se parece al sistema nervioso de los saltamontes. Está demostrado y no tiene cerebro. No hay corteza cerebral, que en los humanos es la zona del cerebro que proporciona la experiencia del dolor.”

David Wallace le explica al taxista que su afirmación es errónea: la corteza cerebral de los humanos es la parte del cerebro donde residen las facultades superiores, como la razón, la conciencia metafísica, el lenguaje, etc.

“La percepción del dolor se sabe que forma parte de un sistema mucho más antiguo y primitivo de nociceptores y prostagladinas que son gestionados por el tronco cerebral y el tálamo. Será mejor explicarlo con un ejemplo: la experiencia habitual de tocar una hornalla caliente por accidente y apartar bruscamente la mano antes incluso de saber qué es lo que está pasando se explica por el hecho de que muchos de los procesos por los que detectamos y evitamos los estímulos dolorosos no pasan por la corteza. En el caso de la mano y la hornalla, el cerebro es totalmente dejado de lado; toda la acción neuroquímica importante tiene lugar en la espina dorsal.”

Eso se llama trastornar al que está tranquilo. ¿No vale la pena aunque sea matar a la langosta un instante antes de ser arrojada al agua hirviendo? ¿Lobotomizarla? ¿Guillotinarla? David Wallace recorre los puestos del Festival sin juzgar a nadie, simplemente preguntando si son conscientes de que se están comportando como torturadores consumados. Y, claro está, decide presenciar esa sesión de tortura. Oye los golpes que la langosta da contra las paredes de la olla mientras es hervida vida, algo aterrador. Y vuelve a casa a escribir su crónica, dejando a los pescadores de Maine con un sabor agrio en la boca.

No trastorné a nadie en mi experiencia finlandesa, todo lo contrario. El trastornado fui yo, soy yo. Debería volver a bajar y salir a la calle para fumarme otro cigarrillo. Fumé en el cuarto y tuve que pagar una multa de cincuenta euros. No es un lujo que puedo darme dos veces. A la mierda con los hoteles finlandeses, que se metan su aire puro y frío en el culo. Creo que antes de irme voy a incendiar las cortinas. A lo mejor consigo prenderle fuego a todo el hotel. Pero antes de irme tuve mi experiencia finlandesa, por llamarla de algún modo. Visité la Artic Icebar de la calle Yliopistonkatu, en el número 5. La icebar está dentro de un restaurante español, que de español sólo tiene a una mesera canaria que hace tanto tiempo que vive en Helsinki que ya se olvidó de cómo se dice “melón”, o “papa” en castellano. De esas meseras negadas a la servidumbre, que se olvidan todo el tiempo de todo, especialmente de traer el pan. Palermo está lleno de esas meseras desganadas. Pero lo que quería es visitar la Icebar, un bar a 5 grados bajo cero, con una barra de hielo y bebidas, que naturalmente quería creer que iban a estar frías (y lo estaban, y lo estaban). Hay que pagar 10 euros para pasar al fondo del restaurante español, ponerse unos tapados sin mangas, azules, forrados en piel sintética, y abrir una puerta en donde se percibe el clima del pre-embarque, un frío leve, pero prometedor de algo mejor (más frío). Luego hay que abrir la otra puerta por la que se accede al bar helado, un bar no mucho más grande que un frigorífico de restaurante, con paredes hechas con bloques de hielo (hielo traído de Laponia; eso me dijeron) y una mesa hecha de hielo y una barra, claro, de hielo. Detrás de la cual hay una muchacha abrigada hasta las orejas que sirve los tragos. Un carta de tragos sintética, eso sí: todos tragos simples hechos con Absolut Vodka. Pero empiezo a darme cuenta de que hay Absolut Vodka por todos lados: en afiches, en servilletas. Incluso hay un pequeño jardín interior que fue acondicionado para alojar un gran cartel que dice ABSOLUT y está iluminado con frías luces azules. Y hace un frío de la san puta. La bartender se vanagloria de ser finlandesa y gracias a eso poder tolerar 8 horas de trabajo a 5 grados bajo cero. Es increíble las cosas que alguien puede hacer con tal de trabajar (sigo creyendo que yo sería capaz de trabajar a 5 grados bajo cero, pero jamás de ponerme una camisa como la de Dos Caras). Lo simpático, por decirlo de algún modo, es que la icebar, como negocio, no sólo me resulta redituable, sino perfecto. Imaginen: Absolute paga la cuenta de luz, se sirven tragos por 10 euros, los clientes duran, como mucho, 10 minutos en medio de ese frío, la rotación es permanente. Y el lugar, mínimo, apenas entrábamos 8 personas. Una novena no hubiera podido entrar no sólo porque no quedaba lugar sino porque tampoco quedaban abrigos. Eso me llevo de Helsinki. Pienso proponer ese negocio en cuanto llegue a alguien que tenga un bar y un rincón diminuto en el fondo donde poder montar esa heladera. Lo digo en serio. Si alguien me roba la idea lo mato.


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