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Lezcano, en Rafael Calzada

29 09 2008 - 16:39

No conozco a mi viejo. Y mi vieja hay cosas de su vida que no me las cuenta. Así que no sé mucho de lo que pasó en mi familia antes de que yo naciera. La cosa es que nací en la provincia de Corrientes, y antes de empezar a hablar, todavía con la teta de mi mamá en la boca, nos vinimos a Buenos Aires. Pasa que mi papá era ludópata, ni idea si lo sigue siendo, y mi vieja cansada de llegar a casa y ver que, otra vez, el viejo había vendido todo para garpar deudas de juego, se cansó. Chau Goya, dijo, sin ningún remordimiento.

Walter fue un nombre que eligió mamá. Me gusta. El segundo, Isaac, lo eligió mi papá. Ni idea por qué. Me gusta menos, pero no me lo puedo cambiar. Como me reconocieron, no soy ningún bastardo, llevo el apellido del viejo: Lezcano. Es lo que me tocó. Y está muy bien.

En Buenos Aires vivimos en unas cuantas pensiones de Capital. Chiquitas. De la última tengo una marca en la gamba. Resulta que como no había lugar para nada —una cama y el aire— mi vieja, que estaba planchando sobre la cama, dejó la plancha en el piso y no sé que habré pensado, apoyé mi piernita inexperta y mamá, me contó después, sintió un olor raro. Cuando oyó mi grito entendió todo. Fue mi primera parada en el hospital. Cosas que pasan.

Nos fuimos a provincia. Al Oeste. Caímos en Morón. Y en una plaza a la que me llevaron a jugar, mi vieja conoció al padre de mi hermana Laura. Fue mi culpa. El tipo no había aprendido lo que era el respeto y golpeaba a todos. En esa época tuve varios viajes al hospital. Por mí, por mamá. Aprendí lo que significaba esa expresión que no me dejaban decir: reverendo hijo de mil putas.

Y terminé el primario. Y esas vacaciones, antes de comenzar el secundario, nos fuimos (mi vieja y yo) a vivir a Rafael Calzada. Lugar que ni sabía que existía. Nos mudamos a la casa de un tipo que terminó siendo el padre de mi segunda hermana, Andrea. Un garrón. Otro agente del mal. ¡Que suerte chota, loco! Y yo me preguntaba si estaba meado por los perros. Ah, ya que estamos, no me gustan mucho las mascotas. Lo descubrí cuando me mandaron a llevarle comida al perro enorme que tenía el tipo en su casa —Rambo le puso, el boludo— y casi me deja sin pie derecho. Casi. Estoy joya. Puedo correr el bondi y todo.

Ese fue el momento del secundario. Una tortura. Fui a una escuela técnica. Soy el peor técnico electromecánico de la historia. Lo digo orgulloso. El colegio era con doble escolaridad. No sabés lo que era. Todos varones. La mina mas linda era la portera, imagináte. Pero en segundo año, un poco cansado de mirar el techo y darme cuenta de que sólo había un techo, caminé hasta la pequeña biblioteca de casa, un lugar al que en mi puta y corta vida había pensado que iba a ir, y manoteé un libro. Lo agarré porque era negro y chiquito. No es que fuera dark, ni nada, pero me hacía el tenebroso. Era El túnel, de Sábato. Ese fue un momento groso en mi vida. Cuando uno encuentra algo. Y no me refiero al libro en sí, sino a la literatura en general.

Ahí, cuando terminé de leer la novela, me pregunté ¿por qué si la lectura es algo tan copado en la escuela lo enseñan como si fuera una mierda? Por qué te hacen odiar el momento de ver una página escrita. Y decidí que iba a hacer algo para cambiar eso. En ese momento supe que sería profesor de lengua y literatura. Recién estaba en segundo año. La puta madre, todavía me quedaban algunos años para llevar a cabo mi idea. Pero ya tenía algo ¿no? Un comienzo.


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