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Hernanii, en crisis

30 09 2008 - 16:45

Ya llevamos tres semanas desde el fin del mundo, pero el mundo, cabezadura, sigue acá. “Tiembla el planeta”, “El fin del imperio”, “¡El fin del capitalismo!” Mmmmsssssé. Quizás. No creo. Tendremos que entretenernos con otras cosas. Volvamos a HBO.

“¿Cómo está la gente en la calle?”, me preguntan conductores de radio en busca de un corresponsal gratuito. Casi nunca sé cómo responder. En Buenos Aires sí sabría cómo contestarla: sacaría a la ventana el termómetro “de la gente”, para ver cuánto mide, o pondría TN, que es casi lo mismo, levantaría el tubo y contestaría: “La gente está muy mal, preocupada, desesperada. ¡Sunescán, Dalunabuso!” Esa es la única respuesta posible cuando te preguntan cómo está la gente. Yo no sé si acá la gente la pasa menos mal, o le da menos pelota a las crisis o si simplemente se queja menos que los porteños, pero en el aire no hay ninguna electricidad pre-crisis o post-crisis, no hay esa humedad ultra-histórica tan habitual e intoxicante de Buenos Aires que se te mete en la nariz, te excita el cerebelo y te suspira en las neuronas: “Acá está pasando algo”. Muchas veces en Buenos Aires al final no pasa nada: hemos tenido cientos de siestas históricas seguidas de noches abúlicas. Pero la promesa de adrenalina siempre está.

Pasé el fin de semana en Montauk, a tres horas de Nueva York, en una casa sobre la playa, con diez amigos, en una despedida de soltero. Yo era el único no-gringo. Los demás, abogados, arquitectos, dee-jays, bartenders. Hablamos de la crisis como si pasara en otro país, o en otra ciudad, como si fuera un rompecabezas teórico: algunos putearon a los banqueros de Wall Street y siguieron de largo hasta incluir en sus puteadas a las corporaciones y los republicanos. Otros dijeron que no era para tanto e intentaron convencerlos de que no se ha inventado todavía nada mejor que un sistema capitalista bonachón. A ninguno le pareció que la crisis fuera algo que, por el momento, tuviera ninguna relación con sus vidas.

Hay una crisis financiera y una crisis económica. La financiera es la fácil de medir –seis por ciento para arriba, ocho por ciento para abajo–, la que se lleva todos los titulares y se relata como un partido de fútbol: la foto del operador de bolsa con la mirada perdida o la mano en la cara es parecida a la del arquero humillado al que le acaban de meter un gol; la foto del corredor de bolsa eufórico, al día siguiente, con la boca abierta y los puños en el aire, es parecida a la del delantero goleador que corre rápido al banderín del córner.

Hablaba recién con un periodista chileno y él me preguntaba, después de que yo tartamudeara todas estas cosas: “¿Estás diciendo que la crisis la inventaron los medios?” Jeje. “No, no, más bien que no”, contesté, con un suspiro, porque yo prefiero mil veces hablar de los medios que del mundo de las finanzas. Me gusta hablar de finanzas, me gusta explicar las cosas que aprendí escribiendo el libro, cosas –historias, detalles, explicaciones– que normalmente tienden a moderar las opiniones en contra o a favor. (Me encanta morigerar opiniones: me encanta ver venir a los toros embravecidos, completamente convencidos de la superioridad moral de su indignación, y amansarlos después con dos o tres datos, o con chicanas amistosas, y convertirlos en terneritos amistosos. No pasa a menudo, en parte porque se cuela mi propia sensación de superioridad moral; terminamos todos toros, con cornadas viceversas.)

Hay una relación rara entre los medios y el mundo de las finanzas. El fin está cerca, dicen los columnistas apocalípticos, como predicadores, en columnas bien escritas y con una polenta tremenda: la excitación de ver la historia desenvolviéndose frente a tus propios ojos. El pesimismo, literariamente, siempre garpa. El optimismo es para los pavos, pero yo seguiré buscando un hueco.

Raffo quiere que explique como terminé siendo experto en finanzas, si lo único que yo quería era escribir en El Gráfico o Rolling Stone. No lo sé. Hubo una época de mi vida en la que los únicos laburos que se me cruzaban en el camino eran para escribir sobre economía o negocios. El temor al desempleo de los argentinos de mi generación hizo al resto. Influyó también que, con los años, Fernando Redondo y Thom Yorke dejaron de parecerme figuras indispensables para analizar y extrapolar lo que tenía alrededor, y que la política y la economía, a las cuales durante dos décadas y media no vi grietas por dónde entrarles, empezaron a parecerme sorprendentemente interesantes. La política y la economía eran la continuación del rock por otros medios. Después vino Golden Boys y me obligó a meterme en un mundo del que no conocía nada y del que ahora conozco bastante. Hasta hace un par de semanas no sabía si escribir sobre la crisis. El último año no había seguido las noticias muy de cerca y pensé que quizás no estaba preparado. Después leí a otros y me sentí más seguro.

En octubre de 2001, una compañera de trabajo en Buenos Aires me dijo, toda preocupada, que se venía el gran quilombo, que iban a confiscar los depósitos, que iba a ser un desastre, y yo le respondí, con algo de condescendencia generacional –mi compañera tenía unos 25 años más que yo–, que esas cosas ya no pasaban. “Esas cosas ya no pasan, Liliana [nombre falso pero equivalente socio-generacional]. No te preocupes”. El fracaso estrepitoso de aquel pronóstico pone en duda mis sensaciones actuales, que tienden a disminuir la gravedad de la crisis. No puedo explicarlo del todo, porque es más bien una intuición. Económicamente todavía no ha pasado casi nada, y el voto del Congreso de EE.UU. de ayer me da un poco la razón: si la situación fuera verdaderamente desesperante, habrían votado de otra manera. Ya hace un par de semanas, la FED había dejado las tasas de interés donde estaban, a favor de la economía real y en contra de los deseos de Wall Street. Financieramente sí ha habido un batacazo descomunal, pero la crisis de Wall Street ha sido hasta ahora sólo una crisis de Wall Street. Está bastante contenida en el mundo financiero: la caída del Merval en Buenos Aires es irrelevante –usando un localismo popular– para el bienestar del pueblo. ¿Será relevante en el futuro? Epa, de gurú no trabajo. Pero la respuesta probablemente es que sí. Habrá una recesión global y durante unos meses los banqueros dirán que al final la austeridad no estaba tan mal. Unos meses. Después se aburrirán y volverán a lo mismo de antes, ojalá que con menos espíritu suicida.

¿Cómo es posible que ya escribí 6.000 caracteres y todavía no dije nada? “Ustedes escriben lindo pero no dicen nada”, es una acusación que recibimos de vez en cuando en nuestro correo. A ver, qué puedo decir. Estoy pensando. ¿Vale un eslogan, una frase matadora, tipo “se cae el Muro de Wall Street”? No, los eslóganes no valen; es la manera populista de no decir nada. Excitar a la tribuna con cañitas voladoras. Cómo ésta: ya arañamos los 7.000 caracteres.

Hace dos semanas quise escribir sobre las ironías y los festejos de la izquierda ante los salvatajes y las nacionalizaciones de Bush. Pero estuve ocupado y perezoso y después el asunto perdió su gracia. Ése es el problema de las discusiones coyunturales: dos días más tarde ya no entusiasman a nadie. No me quedaba claro, en las risas de la izquierda, cuál era su propuesta, si era exactamente lo que estaban haciendo Paulson y Bernanke o alguna otra cosa. ¿Nacionalizar bancos es keynesiano? Lo pregunto con la mejor onda. Tiene de keynesiano que es “intervención del Estado”, ese fetiche, pero no le veo lo progresista a rescatar a banqueros irresponsables. Tiene de progresista, en el fondo, lo mismo que subsidiar a una siderúrgica o a una petrolera: poco. Dejémoslo ahí por ahora. La crisis me reclama.


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5. Noche