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Raffo, nosotros y ellos

2 10 2008 - 12:13

Estoy usando Evernote, a ver si de una vez por todas consigo centralizar la pila infinita de doodles, notitas, recortes y listas de supermercado que se acumulan en corcho, heladera, teléfono y computadoras haciendo cada vez más difícil encontrar lo que uno busca. Evernote es cross-platform, tiene un cliente para Mac que no parece improvisado en quince minutos y hace lo que ningún otro programa en su categoría: encuentra texto en las fotos. En las fotos que tengan texto, claro: esa foto del afiche anunciando que of Montreal toca en el Spitz el mes que viene, que uno sacó para acordarse después de conseguir entradas. Buscás “of Montreal” y el Evernote la encuentra, no me preguntes cómo. También estoy usando Evernote para escribir dailies, o mejor dicho estaba usándolo para eso hasta hace un rato, cuando me di cuenta de que “save” no quiere decir “save” si tenés la mala suerte de invocar el comando mientras José Evernote está haciendo mantenimiento. ¿Cómo puede ser, boludo? Tan fino todo, tan prolijo, ¿y no puede salvar lo que estuviste escribiendo toda la mañana ni siquiera en un temp file local? ¿Lo tenés que perder para siempre? Y lo peor es que no lo perdiste para siempre: en algún lugar del RAM está, o en algún cache misterioso ¿pero dónde? Si bien este no es un tema que nos interese demasiado acá, en tp, cumplimos hoy con este primer anuncio de bien público que no podíamos dejar pasar:

1. muy lindo Evernote, pero no lo usen para escribir.

Y ahí fue, a las profundidades de la Web 2.0, un largo daily sobre la cuarta encarnación del Hundimiento del Titanic, de Gavin Bryars, posiblemente la mejor de las cuatro, grabada en 2005 durante la Bienal de Venecia y editada esta semana por Touch en Inglaterra; un daily optimista de divulgación, escrito durante la mejor mañana de otoño de la historia, viendo cómo las hojas de los árboles cambian de color si uno las mira fijo durante un buen rato. Una pena, no pudo ser. Para quienes sepan del Titanic, o de Bryars, o confíen en ciegamente en nuestras recomendaciones musicales, nuestro segundo anuncio del día:

2. ahí está el disco, y es lo mejor del mundo.

No es que uno sea supersticioso, pero cuesta no imaginar una especie de Castigo Divino del Evernote por haberme desviado de la obligación cívica autoimpuesta que nos hace hablar acá de cosas que cada vez me interesan menos. También podría pensar que no está tan mal, después de todo, haber perdido el daily del Titanic, puesto que de eso se trata la obra de Bryars: de la propagación infinita del sonido, hacia el futuro. Ayer Google festejó su aniversario con un buscador retro que sólo devolvía resultados del 2001. En diez años Evernote nos devolverá todos los drafts perdidos, las notas que de no haber sido rechazadas por su server, fagocitadas por la nada, habrían (o no) cambiado la historia para siempre. Por ahora lo único que tenemos es la página en blanco, y obedeciendo el mandato de Hernanii, la vamos a llenar con discusión coyuntural, antes de que pase la fecha de vencimiento de pasado mañana.

Chacho Alvarez, que no se pierde una, inauguró unas jornadas de debate sin debate que, bajo la consigna “Los gobiernos progresistas en América Latina, entre el conflicto y el consenso” atrajeron también a Chantal Mouffe, gurú belga del kirchnerismo tardío. Alvarez propuso ignorar las diferencias “entre gobiernos prolijos y peligrosos, reformistas y revolucionarios” para concentrarse en cambio en los elementos comunes de lo que él llama “las ocho experiencias de cambio” y el resto del universo conoce como gobiernos latinoamericanos que tienen poco que ver entre sí. La extrapolación es una gentileza de Alvarez, que sabe que sólo un auditorio en blanco y negro puede contener la teoría favorita de Mouffe, el verso ese del agonismo.

“Es necesario construir un nosotros que no puede ser nunca absolutamente inclusivo: siempre tiene que haber un ellos”, dijo Mouffe, compartiendo con Alvarez la botellita de agua mineral. Así, fuera de contexto, parece que fuera mogólica, pero en realidad su postura es bastante atendible, siempre y cuando uno viva en otro planeta. Mouffe (y su socio Laclau) viven en otro planeta, Inglaterra, una isla dominada por la ilusión de una justicia y un consenso que la vida cotidiana desmiente todos los días. Es otra cultura, de la que hablaremos más tarde, con tiempo, el día que las computadoras nos traten mejor. Por ahora confíen en mi juicio tentativo de que el interés de Mouffe por el conflicto y la fricción es intuitivamente razonable si enseñás en Westminster, volvés a casa en el tube, tomás la leche en el Pain Quotidien, para la mitad de las cosas que hacés durante el día pedís permiso, y para la otra mitad pedís disculpas. En ese contexto, sí, hay algo estimulante en la beligerancia de Mouffe, que tiene algunas buenas ideas. Por ejemplo:

“To accept the view of the adversary is to undergo a radical
change in political identity.”

Está bien, eso, es cierto. No es tan fácil como decir “vos tenés tu verdad y yo la mía”. Ojo, que te convertís en otra cosa. En un paper de fin de siglo, Mouffe expuso buenos motivos para considerar que el consenso que la socialdemocracia propone como objetivo es una quimera, y otros no tan buenos para abandonar esas aspiraciones. Pero en cualquier caso, una politóloga mala onda como Mouffe, con su relativa falta de modales y su aparente pasión por el conflicto, es algo raro (y por lo tanto, atractivo) en esta parte de Europa.

En el resto del mundo, Mouffe es un mono con navaja.

Anoche le pegaron 25 tiros al presidente de la Federación de Centros Universitarios de la universidad de Zulia, en Venezuela. No sé quién era, ni entiendo bien cómo una federación de estudiantes tiene tantos presidentes (¿uno por universidad?) pero tampoco importa. El rector dijo: “la universidad lamenta esto, pues se trata de un estudiante”. No sé si alguien se acuerda de Bolivia, hace dos semanas. El hijo de Rucci quiere que incluyan a su padre “en los derechos humanos”. Hebe no quiere. La locutora del podcast tiene sus dudas. Mientras escribo esto, una formación de Gendarmería que parece sacada de la película “Z” se enfrenta en el Puente Pueyrredón con militantes de Quebracho, que me parece que no tienen margaritas. En el Hotel Claridge, Chacho Alvarez asiente mientras Chantal Mouffe denuncia la ausencia de conflicto:

The ideal of a pluralist democracy cannot be to reach a rational consensus in the public sphere. Such a consensus cannot exist. We have to accept that every consensus exists as a temporary result of a provisional hegemony, as a stabilization of power, and that it always entails some form of exclusion. The idea that power could be dissolved through a rational debate and that legitimacy could be based on pure rationality are illusions, which can endanger democratic institutions.

No, pará.

En un mundo mejor, el fantasma de Wittgenstein saldría de entre bambalinas a refutar el uso oportunista y poco serio de sus escritos banalizados por Chantal Mouffe, a quien no calificamos como chanta hasta ahora porque nos venimos cuidando del chiste fácil, pero sería igual de chanta, muy chanta, aunque se llamara de otra manera. Wittgenstein, pobre, ya no se puede defender. Pero nosotros, que compartimos con Mouffe el mundo, el aire, la luna, la posibilidad de respirar partículas de Wittgenstein que, quién te dice, pueden estar flotando por ahí, en alguna biblioteca londinense, podemos rechazar el perogrullo como base para una construcción de poder que en lo que va de la década no ha producido precisamente paz y bienestar. Sí, el consenso es imposible. O mejor dicho (como bien acota Mouffe en ese pasaje de honestidad insólita) sólo es posible como “resultado temporal de una hegemonía provisional”. También lo es la vida de cada uno de nosotros: resultado temporal de nuestra hegemonía provisional sobre la muerte. Si manejás, en algún momento de tu vida vas a chocar con el auto, ¿por qué no chocar ahora? Porque no tengo ganas. Porque no me sirve. Porque no le sirve a nadie.

El otro día vi por ahí que alguien proponía una reivindicación retroactiva de “Para leer al Pato Donald”, el peor error en la vida de Ariel Dorfman, uno de tantos pecados de juventud que creíamos superados, y también el primer indicador, en mi vida, de que la izquierda podía ser tan ciega y necia como sus adversarios. Yo tenía ocho años, me gustaba el Pato Donald. Y el libro (editado por Siglo XXI) estaba lleno de dibujitos que intentaban demostrar la influencia vil y subrepticia del capitalismo contrabandeado a los niños. Cuando terminé de leer los cuadritos seguí con el texto, y a los ocho años, te juro por dios, me daba cuenta de que era una pelotudez. No por precoz, sino porque yo entendía al Pato Donald, y ellos evidentemente no. Lo usaban, para otra cosa. Es por lo menos curioso que en estos días Chantal Mouffe sea celebrada por esa misma multitud (la del Pato Donald), cuando ella misma es, me parece, un exponente real de lo que antes era un mito urbano: la colonización cultural. Tanto la invocaron que llegó nomás, con el nombre de “agonismo”. Dramatic Irony, se llama.


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