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Hernanii, con traje de Modart

6 10 2008 - 10:36

Durante décadas, una de las frases socarronas más usadas para criticar a los bancos había sido una de Bob Hope:

Un banco es un lugar que te presta dinero siempre que demuestres que no lo necesitas.

Intenté buscar en la web de cuándo era la cita, pero no pude. Está en todas las listas de frases célebres, como si hubiera nacido ahí, pero sin otros datos. Abajo de Hope, siempre, Woody Allen: El dinero es mejor que la pobreza, aun cuando sólo sea por razones financieras. Justo en casa encontré un viejo diccionario de quotations que había comprado usado, creo que en Buenos Aires, y donde estaba, en inglés, la bendita frase de Bob Hope. El diccionario, el Penguin International Thesaurus of Quotations (acá se puede ver la edición de 1976; yo tengo la de 1987; la original es de 1970), por fin me dio el origen de la cita. Aparentemente está incluida en un libro de social satire de un tal Alan Harrington. A mí me interesaba el año: 1959.

Me interesaba el año no por un repentino interés por Bob Hope –de quien hasta hace diez minutos desconocía absolutamente todo; me sonaba de Broadway, pero ese aparentemente era Bob Fosse–, sino porque me pareció que reflejaba una era antigua de los bancos, una era de edificios de piedra y columnas grises, ejecutivos puritanos y fumadores de cigarros, vestíbulos silenciosos donde sólo se oía el clac-clac de los mocasines contra el piso de mármol. El de Hope era un sarcasmo bien dirigido, y también el de quienes lo citaban: durante mucho tiempo, los directores de los bancos no tuvieron mucho interés en prestarle plata a nadie más que a sus compañeros de golf y a sus ex compañeros de la facultad. El crédito a tasas razonables, como el golf y los cigarros, era algo que se compartía entre los miembros de un club: banqueros y dueños de empresas que morfaban y chupaban juntos y se ponían de acuerdo oralmente o garabateando sobre servilletas. Ésa era la visión de los bancos que tenían los partidos socialdemócratas de los años ’60 y ‘70, uno de cuyos objetivos financieros principales era democratizar el crédito.

Este esquema, parecido en Estados Unidos y en Argentina –un mundo conservador, razonablemente apacible–, duró más o menos hasta 1980. No lo liquidaron los gobiernos, sino los bancos de inversión. (Los bancos comerciales prestan plata, toman depósitos; los de inversión, emiten bonos, sacan empresas a bolsa, hacen fusiones). Sobre todo en EE.UU., donde las nuevas generaciones de financistas, aprovechando las tasas altas y la llegada de las computadoras, empezaron a encontrar maneras insólitas de juntar a gente con plata para invertir y gente que quería pedir prestado. Un gordo sucio y malhablado, hijo de italianos de Brooklyn y que trabajaba para Salomon Brothers, inventó en los ’80 los bonos hechos con varias hipotecas atadas juntas, las mismas que, varias generaciones después, pusieron la chispa para el quilombo actual. Mike Milken, que después pasó varios años en la cárcel, empezó a conseguirles plata a empresas a las que antes nadie le daba pelota. A estos pibes empezaron a decirles yuppies y todo les importaba un carajo: quedaron en la memoria por su afición a la cocaína y por el discurso de Michael Douglas sobre la codicia en Wall Street. (También en American Psycho, pero eso vino después.) Tenían todos los defectos posibles y aun así hacían algo que no hacían los viejos chetos a quienes les habían pisado el poncho: le prestaban plata barata a cualquiera.

Estas nuevas costumbres de los bancos de inversión se hicieron universales en los ’90: las gozaron emprendedores veinteañeros de la generación puntocom y presidentes latinoamericanos con déficits fiscales. Y siguieron en los ’00, cuando las aprovecharon familias pobres y medio-pobres para comprar sus primeras casas. Esto es, justamente, algo que no me cierra del todo de las críticas recientes al mundo financiero: ¿los criticamos, como Oscar Cardoso o Alfredo Zaiat, por prestarle plata barata a los pobres? Históricamente a los bancos se los criticaba por lo contrario. (Ellos pueden responder que esos pobres ahora perdieron sus casas, porque al final no pudieron pagar esas hipotecas. Es cierto, pero en un número bajo: más del 85% de los subprime tiene la cuota al día.) A veces, cuando leo estas críticas a la ingeniería financiera o a lo abstracto de sus modelos, detecto en otros nostalgia por el modelo anterior, el de los banqueros amarretes que sólo les prestaban a quienes no lo necesitaban. Hubo momentos de estos últimos años (1999: dos pibitos con buena sintaxis, trajes de Modart, dos páginas de Word abrochadas con un clip y una idea para un portal vertical – 2006: un inmigrante semilegal, ayudante de plomero, pidiendo plata para su McMansion en un suburbio de un suburbio de Scottsdale, Arizona) en el que a cualquiera le daban guita. Era irresponsable, era ridículo, era demencial y tiene buena parte de la culpa del agujero en el que estamos metidos ahora. Pero ponía plata en las manos de quienes (creían que) la necesitaban.

Y ahora los bancos de inversión han dejado de existir. Los que cayeron se los tragaron otros grandes bancos comerciales; los que seguían en pie (Morgan Stanley, Goldman Sachs) han pedido licencia de bancos. Los bancos comerciales son más conservadores, más prudentes, están más regulados, piensan más en el largo plazo. También son más cagones. Hace un par de semanas, Martín Varsavsky escribió en su blog un post que resume un poco estas sensaciones:

Para mí, un mundo dominado por la banca comercial es un mundo favorable a la gran empresa y hostil al nuevo emprendedor.

Varsavsky protesta porque él tiene mucho más de “nuevo emprendedor” que de “gran empresa”. Pero me gustó la frase porque de alguna manera revela que el paraíso pre-neoliberal al cual muchos quieren volver tenía poco de paraíso y era un mundo dominado por unos pocos bancos y unos pocos grandes grupos industriales, especialmente en Argentina, donde el crédito nunca ha sido barato ni para todo el mundo. Una vez volví a Buenos Aires desde Nueva York, cuando todavía vivía en Buenos Aires, y le dije a un amigo, todavía hechizado por las hipotecas al 4% ofrecidas en los periódicos de Brooklyn, que la única justicia social realmente existente debería ser tasas de interés de un dígito. Y después que cada uno se las arregle. Nos reímos, jeje, porque sabíamos que era una exageración y que –esto puedo verlo ahora– los riesgos de burbuja y sobreendeudamiento son enormes, pero a mí se me quedó siempre en la cabeza. Quizás no exagerara tanto; me preocupa un poco que Bob Hope vuelva a tener razón: money to the people.


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