Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Lezcano teenager, en Rafael Calzada

13 10 2008 - 08:37

Entonces tenía trece años y me topé con la literatura. Que tenía la forma de la biblioteca chica del living de casa. Estaba al lado de unos sillones amarillos donde, cuando me dejaban, podía tirarme lo más tranquilo a leer. Era la primera vez que vivía en una casa con sillones. Y daban a unas ventanas bien grandes. Desde ahí podías ver la calle, algunas casas y a los que pasaban. Pero no era un paisaje muy agradable a la vista. La calle era de tierra –cuando pasaba un auto levantaba una polvareda que ensuciaba todo– y las casas de enfrente no estaban terminadas. No era por dejadez ni olvido: no entraba la suficiente cantidad de plata como para hacer todo de una y disfrutar. Durante años vi como el avance lento de esas viviendas terminaba finalmente en nada; el tiempo no pasaba en esa eterna espera de progreso. Querían cosas simples: una casa cómoda, descansar los días de descanso, vivir bien. Pero el sueño de un techo de material, sacar las chapas y hacer una loza, parecía imposible. Las paredes quedaban sin revocar y el alambrado estaba siempre a punto de caerse. Los dueños de esos lugares pasaban por la puerta de casa o por la vereda de enfrente. Los veía caminar, cansados, yendo todos los días a laburar. Era una foto vieja: el spleen de Rafael Calzada.

La biblioteca era de machimbre, una madera muy barata, barnizada con un color oscuro para que pareciera de roble. Sus estantes tenían poca imaginación —me refiero a ficción, ¿no?— pero muchos de esos libros coleccionables, supuestamente serios, que se compraban en los puestos de diarios. Eran de tapa dura y azul, con los títulos en letras doradas. La colección se llamaba Historia del pensamiento y la sacaba, si mal no recuerdo, Hispamérica. Estaban todos apiladitos, rígidos, uno al lado del otro; numerados. Parecían un ejército de papel. Los autores tenían apellidos que yo no podía pronunciar. Esos libros copaban los primeros estantes, como que eran los importantes. Claro, era LA HISTORIA DEL PENSAMIENTO. Ahora que lo pienso me causa gracia, porque eran de mi padrastro, que había comprado toda la colección. Creo que eran como cien. Me lo imagino yendo todos los martes, ponele, a pedir el tomo de esa semana, convencido que el diariero lo creía inteligente. Porque le importaba mucho eso: cómo era visto por los demás. Pensaba que con esa biblioteca ya nadie podía decirle que era un pelotudo. Pero sí, macho, seguías siendo un pelotudo de aquellos.

Esos libros los miré un largo tiempo. No los tocaba porque no eran míos. No quería profanar ningún santuario. Menos en casa ajena, que era como me sentía ahí. A través de mi vieja conseguí algo así como un permiso para agarrar e intentar descifrar esos textos. Afirmativo, dijo el tipo (era un poco milico). Leí algunos de esos libros, sin suerte. No terminé ninguno. No los entendía y no me despertaban ningún interés, ni siquiera para sacar chapa de que los había leído. ¿Para qué? ¿Para ir al boliche y decirle a una mina: “Sí, leí El mundo como voluntad y representación”? Esa noche seguro no cogés.

Esa bibliotequita, de todas maneras, fue la puerta a un mundo grande, y fue el azar el que hizo todo el laburo. Yo no tuve mucho que ver. Era justo eso lo que estaba necesitando, porque mi casa se había convertido en un campo de batalla, desde que mi padrastro y yo habíamos descubierto que éramos incompatibles. Mi vieja se quedó justo en el medio, mirando, algo desorientada. La cosa se puso áspera. Comencé a sentirme un extraño en la casa. Sin lugar en esa patria diminuta. Hasta que me hicieron una pieza en el fondo, gracias a que ENTEL pasó a manos extranjeras, a los españoles, y se llamó Telefónica. El tipo trabajaba ahí. Era el año ’92 o ’93. Y empezó a entrar guita. Para ellos fue un respiro. Para mí estaba todo igual que siempre. Seguí siendo un extranjero.

Los libros fueron una buena trinchera, un refugio protector. Una salvación. Las balas me rozaban la cabeza y yo, con Trópico de Cáncer abierto en mis manos, me cagaba de risa. Nadie me podía tocar porque estaba bien cubierto. Estaba en otra cosa, lejos de ahí. Esa distancia me daba perspectiva, porque los choques con mi padrastro me dejaban de capa caída. Un último secuestro, no/ el de tu estado de ánimo, decían los Redondos en Nadie va a escuchar tu remera. Algo de eso me pasaba. Y era algo que tenía que sobrellevar de algún modo. Entonces me metía en un libro y era adiós, puta realidad. Era entrar para salir a toda velocidad. Parece un principio poco glamoroso, pero había una épica bárbara en haber encontrado algo que me causara tanto placer.

Con el tiempo, a algunos de mis pocos amigos de entonces —los más inquietos, los barderos, los que tenían hormigas en el culo— les dio curiosidad verme siempre con un libro en la mano. Me preguntaron, torciendo la jeta con desconfianza:

—Che, ¿está bueno eso?
—¿Lo querés? Te lo presto y después me contás.

Ellos sabían que para mí los libros eran como una droga, la única que podía ofrecerles. Y algunos agarraron viaje. La onda era probar, ver que ocurría. Me sentía como una especie de dealer. Lo único que leían estos pibes era la etiqueta de la cerveza, y hasta eso les costaba. Después leyeron libros enteros que yo les pasé y nunca me los devolvieron. Me gusta pensar que esos libros son de ellos, que les pertenecen legítimamente.

Mis amigos me robaron los libros que les presté, libros que ni siquiera eran míos. Buenísimo. Ahí, después, hubo un intercambio de experiencias. Chamuyo. Ver qué se había entendido. Cosas así. Con mis amigos éramos pobres, lo seguimos siendo, pero esos eran nuestros viajes, sin ir a Retiro ni a Ezeiza. Hablábamos de personajes, de “viste esa parte cuando dice…”, “mirá qué cara tiene este tipo, cómo pudo escribir algo así”, “me gustó, pero hay partes que no entendí una mierda”. La gloria de compartir dificultades en una esquina o en una pieza, que nunca era la mía (otro día cuento por qué). ¿Qué carajo quiso decir este tipo con ese cuento, con esa frase, con esa novela? Uno de nosotros dijo una vez la palabra alegoría. Ni el que la dijo sabía muy bien qué significaba. La buscamos en el diccionario y nos quedamos pensando.

—¿Vos decís que está diciendo algo más que lo que está escrito? —preguntó un loco mientras trataba de retener el mayor tiempo posible el humo del porro. Fue en esos momentos cuando pensé: qué bueno está hablar de esto.

Cuando preguntaban por mí, mi vieja decía:

—Mirálo, está como siempre: rascándose las bolas. Ni siquiera limpia su pieza.

Estaba leyendo. Una grande, mi vieja. Creía que yo no estaba haciendo nada; el movimiento era importante para ella. Ojo, yo sabía que existían las minas. Pero ese es otro tema, o, mejor dicho, otro problema. (Igual ella tenía razón en algo: mi habitación era un asco.)

Mientras tanto, la idea tomaba cuerpo y empezaba a parecer posible: ser profesor de lengua y literatura. El título, ese nombre, me parecía un toque pomposo, inflado. Para giles. Igual: si unos ignorantes como nosotros podían dejar un poco la paja –un poco nomás, no vayan a creer– para ver qué pasaba en las páginas de un libro, cualquiera podía. Eso creía.

Lo que vino después me hizo olvidar mi plan inicial durante un rato laaargo.

[Nota: Nosotros tampoco sabemos qué es “lo que vino después”, pero asumimos que Lezcano nos lo contará en un próximo daily.]

.


————————————

Del mismo autor: