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Brener meets Weston

21 10 2008 - 13:57

La semana pasada fui a buscar entradas para los conciertos del festival de Jazz que se hace en Buenos Aires en estos días. Las entradas se venden en la Casa de la Cultura de la Ciudad. Especulaba con que cuánta gente podría ir a sacar entradas, que si habría colas, que si las entradas se habrían acabado para los conciertos que yo quería ver. Era casi ridículo que las entradas se hubieran agotado un sábado a la tarde para un teatro tan grande como es el Coliseo y para una serie de espectáculos elitistas como son los conciertos de jazz, pero este tipo de preocupaciones siempre me acompañan. Pasé una tarde preciosa de caminata por la Avenida de Mayo desierta, con cielo gris y fresco de otoño yendo a buscar las entradas, entrando al antiguo edificio de La Prensa y contando las venecitas en el piso, los mármoles, viajando en el tiempo.

Ahora las entradas para los conciertos del festival de jazz se pagan. Excelente decisión: se trata de una música que es de por sí elitista y no hace falta rasgarse las vestiduras mostrando que dejamos entrar a la gente sin pagar cuando es la cosa que vamos a ver en sí misma lo que excluye a la gran mayoría (además de la capacidad de la sala, para empezar). Las entradas cuestan una cifra que es modesta para espectáculos internacionales de alto nivel, menos de la tercera parte de lo que se pagaría por ver a esos artistas en el Gran Rex o en La Trastienda si tocaran ahí. Algo que da gusto pagar. Sería completa la dicha si las entradas fueran numeradas, pero eso ya es demasiado pedir cuando tratamos con una dependencia pública. Aparentemente las localidades numeradas tienen algún costo adicional de gestión y quizá eso las encarecería, o quizá es la misma pereza funcionaria, tan difícil de erradicar, el factor que hace que uno no pueda contar con su ubicación fijada antes de llegar al teatro, lo cual suma una angustia por la posibilidad de quedarse muy atrás. Pero peor es cuando estos espectáculos son gratuitos y uno llega teniendo miedo de quedarse afuera, o de pelear para sentarse en un pasillo, y peor aún si nos pasa como el año pasado, cuando fuimos a ver a Anthony Braxton y nos congelamos el culo sentados en un piso a la intemperie sobre las hojas de los diarios que tan providencialmente nos brindaron los acomodadores a modo de programas, porque en las noches de primavera del año pasado hacía tanto frío como en éstas, aunque los antiguos organizadores habían calculado que los galpones municipales del barrio de Colegiales serían propicios para este festival. Quizá el precio que había que pagar por la gratuidad de la entrada: no solamente el concierto de Braxton fue una mierda plena de desprecio musical, sino que también fue muy incómodo estar ahí.

Pero este es otro año, y ahora los conciertos son en el mejor lugar posible: el teatro Coliseo.

A un compañero de programa de bajar música, unos días atrás le había mandado un mensaje preguntando ¿tenés alguna posta para este festival? ¿Algún batacazo para la séptima carrera? Y me respondió muchas horas después, muy escueto. “Randy Weston. Donny McCaslin. Perico Sambeat”. Gracias, es lo que no le contesté, porque así nos relacionamos hoy día en internet. Te pregunto algo, en algún momento me respondés y en todo caso más adelante retomamos. No nos escribimos cartas para no saturar los contenidos con estire o chamuyo barato, pero sobre todo porque siempre nos tenemos a mano y no necesitamos poner todo lo que tenemos ahí en ese sobre, en ese franqueo, en ese buzón. No desarrollamos para que cada uno saque sus propias conclusiones. No me revelaste nada, yo quise decirle, porque exceptuando a Perico Sambeat (a quien de cualquier manera no iré a ver) ya sabía que los otros dos serían casi seguro los números fuertes del festival. Un festival de jazz es un evento en el cual suele haber muchos grupos de músicos que hacen música aburrida de gran calidad, al que no podemos dejar de ir y admirar y comentar también con aburrimiento y con una frustración parecida a la que parece experimentar Cesar Aira cuando sus lectores le dicen “cómo me reí”. ¿Fuiste al concierto de Dave Holland? Es una pregunta de una persona que está en el asunto, más allá de que haya ido o no. ¿Y qué tal estuvo? Buenísimo, puedo contestar diciendo la pura verdad al mismo tiempo que recuerdo mis bostezos durante el transcurso del concierto. Buenísimo. Y ahí quedó todo, no hay más nada que decir. Porque casi siempre en estos años que nos toca vivir, los conciertos de jazz son episodios para cumplir con una agenda, para tener tema de conversación en las reuniones con otros amigos que también van a esos conciertos. Para llenar álbumes de figuritas no, porque este objetivo tiene un componente infantil del cual carecen casi siempre los conciertos de jazz, que son circunspectos, con chistes calculados o distantes, con poco lugar para la satisfacción inmediata. Uno va a un concierto de Enrico Rava y sale muy satisfecho, sobre todo si es aquél en que tocó en dúo con Stefano Bollani en el piano en el Coliseo hace un par de años, admirando la habilidad de showman del tano que habla en un porteño cocoliche posmoderno (con lo antiguo que queda ahora ser posmoderno) y hace cantar a la tribuna cuando toca Poinciana y el público después comenta “¿viste? Parecía que dirigía un coro, logró que todos afinásemos, es un genio”, pero al año siguiente vuelve con su quinteto y hace el mismo numerito con la misma pieza, y entonces uno empieza a sospechar que hay un poco de demagogia.

Pero en la apertura de este festival, el miércoles por la noche, tocó Randy Weston con su sexteto en el teatro Coliseo, y yo jamás pensé que tendría ganas de comentarlo. Jamás pensé que sería el mejor concierto de mi vida ni que tendría ganas de encontrarme con mi compañero de programa de bajar música para compartir un abrazo de felicidad de compatriotas de la música y decirle “Yo sabía, vos me dijiste pero yo pensaba ir igual. Qué suerte que vivimos para contarlo”.

¿Por qué uno no puede hablar sobre la música? Porque es muy difícil hacer otra cosa que no sea dar nombres, poner tecnicismos y adjetivar. Y así se obtienen esos textos que abundan en los diarios y las revistas y que en algún momento servían para vender discos (y hacer que las disquerías obsequiasen discos a los que escriben estas notas) y ahora en todo caso sirven para salvar lo que queda de la industria, que cuando se trata de segmentos artísticos “nobles” entonces la crítica pasa a detentar el valor de una Misión de Honor, de Paladines de la Cultura que sostienen que las editoras locales se jugaron a publicar tal disco a un precio accesible, cuando la publicación de ese disco es tan paliativa como vienen siendo los planes de salvataje de bancos para los mercados de capitales. Las discográficas ya son historia, y de ahora en más, a todos aquellos que fuimos compradores de discos y revolvíamos pilas de tapas con cosquillas en la panza, sólo nos queda la búsqueda arqueológica de vinilos en los mercados de pulgas.

O encomendarnos a vivir conciertos que valgan la pena.

La velada inaugural se abría con un solo set del Mono Fontana. Había un presentador a quien yo no reconocí, pero que hablaba como si todo el mundo lo conociera, así que sospecho que debe ser alguien conocido. Algo empezó a ponerse extraño, en el teatro y en mí. El tono un poco canchero del presentador insinuaba provocarme lo que todo presentador canchero: deseos de que se vaya a hacer el gracioso a otra parte. Pero era solamente una insinuación, ya que el tipo no dijo bestialidades cuando presentó el curriculum de los músicos, sino datos bastante precisos y correctos, adjetivó poco, dijo que el director del festival lo había conminado a que no se excediera de los tres minutos en presentar cada concierto (y cumplió con esto), asumió que tenía que leer sus datos de un machete y así lo hizo. Mis saludos entonces para el presentador, quienquiera que sea: un tipo que intentó poner su mejor tono y disposición, mostró sus limitaciones sin pudor y cumplió con su tarea de manera decente. Ni acartonado ni pegajoso y sobre todo, sin creerse el protagonista de nada.

El Mono Fontana, entonces. Un hombre al que se ve pequeño ahí entre grandes equipos, que habla presentando sus cosas con una voz que apenas se entiende, que se quiebra, tocando un tecladito en el que apenas parece que le caben las manos, y que cuando empieza a tocar, hace que de todo eso chiquitito salgan monstruosidades tenebrosas que empiezan a invadir la sala y rodearnos a todos, mientras debajo escuchamos ruidos tan imperceptibles como el del lápiz de Picasso sobre el papel. Y hace que uno tenga, ahí en la sala, la sensación de escuchar un piano melancólico en una tarde de lluvia en la buhardilla, mirando cómo el verde del parque se pone más cálido con tanta humedad aunque desde nuestra buhardilla no se vea ningún parque, o aunque no tengamos buhardilla. Le pide permiso a Fattorusso para tocar temas suyos y se agarra prestadas las voces de no sé qué aborígenes haciendo no sé qué rituales para tocar encima y a mí me hace acordar a cuando descubrí a Holger Czukay y su Persian Love, que el tipo había grabado de la radio de onda corta a una mujer iraní que cantaba y le tocaba unas cosas rarísimas encima y yo no podía dejar de poner ese tema una y otra vez, y vuelvo a la adolescencia con esto. Le agradece a su amigo que no entendí como se llama por cantar el bolero que va a hacer ahora, pero su amigo no está y el Mono lo acompaña a él, que no está, pero que canta ahí como si estuviera. Y son fantasmas los que convoca el Mono tocando. El aprieta botones y ejecuta un instrumento y los fantasmas van y le hacen caso y salen y se estiran repatingándose y vienen a saludarnos, pero no como fantasmas sedientos de venganza ni como fantasmas burócratas que cumplen horario, no. Vienen como fantasmas que están vivos en alguna parte. El Mono Fontana es como un nene que hace travesuras ahí en su habitación con su laboratorio de química (¡nunca me compraron uno porque era peligroso!) y guarda sus engendros en los cajones para que nadie los vea, para que nadie se asuste y también un poco por despreciar el desprecio del mundo, pero que si te acercás con ganas de entender qué le pasa te mira, se ríe y te abre todos sus cajones y te los deja ver. Y te ponés contento porque sentís que con él conociste un poco más el mundo, y le agradecés. Gracias Mono, sos parte de mi fiesta esta noche.

En un contexto como el del miércoles a la noche, el Mono Fontana también tuvo la deferencia de no tratar al público como idiota, cosa tan frecuente en otros teloneros, que suelen decir en alguna parte de su concierto que “ahora vendrán estos otros músicos que son unos grossos, yo se los garantizo”, como si los que estamos ahí no lo supiéramos ya, al punto de haber pagado la entrada para ver a los grossos y no a los teloneros, o como si el grosso adquiriera su condición de tal por obra y arte de la palabra del telonero. El Mono vino, hizo lo suyo como si no hubiera ninguna otra cosa, como corresponde. Como si todos los que estamos ahí lo hubiéramos venido a ver a él. Y así es y así fue: cuando uno vive un momento especial no existe otra cosa, aunque lo que viene después sea una maravilla de caerse de culo.

Y entonces sí, vino el concierto del sexteto de Randy Weston.

Una nueva aparición del presentador, a quien algunos espectadores insinuaron silbar mientras parecía que estiraba demasiado el background de los músicos integrantes, y que se defendía diciendo “bueno che, se tienen que acomodar los músicos ahí atrás”. Nuevamente bastante discreto su papel. Dejó que se levantara el telón.

Tengo la sensación de que no voy a poder hablar mucho de este concierto ahora. Me agarra la angustia de lo efímero, de que esto ya pasó y que pasó algo muy muy grande.

Randy Weston es un pianista negro y grandote y viejo. Tiene 82 años. Hace algunos días yo fui a visitar a un luthier de mucho prestigio que tiene la misma edad y vive en Ramos Mejía, porque tengo que hacer arreglar una guitarra. El luthier me atendió con mucha amabilidad, como esos viejos que dan gusto, me dio el diagnóstico de mi guitarra y me dijo que él no podría hacer el arreglo. Yo ya no puedo tomar estos trabajos, tengo trabajo pendiente para un año y medio y ya tengo ochenta y dos años ¿me entiende? No sería responsable una cosa así, dijo. Yo salí de ahí sintiendo que había entendido mejor lo que significa la responsabilidad. Con Randy Weston es parecido. Uno ve ahí a un viejo muy enérgico, que se cuida a sí mismo del protagonismo. Parece un integrante más de la banda diría el cliché, pero no es exactamente eso. Es como tener por un rato un abuelo que vivió toda la historia y está ahí con nosotros sentado para contárnosla. Un abuelo de esos que uno siempre soñó tener, que te contara cuentos de manera que vos sentís que estás ahí. Ahora te voy a contar uno de cuando vivíamos en la selva y cazábamos guepardos, antes de que viniera el hombre blanco y nos cazara a nosotros. Yo estuve ahí, te dice. Y lo del hombre blanco es solamente una referencia temporal, no de nosotros contra ellos. Ahora es ahora y antes fue otra cosa que no tenía nada que ver, y antes de antes otra cosa distinta, y no hace falta mezclar. Y vos sos el negrito ese del cuento y vas en una canoa mientras se respira humedad verdosa de musgos y de hiedras y se escuchan chirridos de monos y el abuelo te dice “shhh, escuchá” aunque no hace falta, porque vos ves todo eso ahí vivo y en movimiento y viajás y sos ese nene que escucha el cuento y le das también vida al abuelo, que se ríe y está contento con tu fascinación.

En cuanto uno ve a esos músicos en el escenario tiene motivos para el asombro y para la expectativa, una expectativa buena, de frotarse las manos. Ya el hecho de que no haya batería es auspicioso. Es dificilísimo que un baterista en estos días no nos amargue la noche, y esta solución es radical. En lugar de batería hay tumbadoras y unos platillos y otras cositas de las que tienen los percusionistas, como campanitas colgando. Y el percusionista va a escuchar a todos, y todos lo van a escuchar a él. Y todo con sus manos, con sus brazos, con sus codos. El contrabajista es un negrito diminuto que está sentado en una silla y su cabeza apenas se asoma por sobre la caja del contrabajo, parece que estuviera colgado del mango como un mono haciendo equilibrio. Imposible tocar de esa manera, pienso. Si el tipo apenas llega estirando el brazo a las notas que están cerca del clavijero. Bueno, el contrabajista es otra estrella de la constelación esta noche. ¡El contrabajista hace solos en los que uno no se aburre! El contrabajista hace solos en los que uno no se aburre. Rasguea el contrabajo, lo aporrea, parece un loquito que lo va a romper, canta mientras toca y se acompaña y hace que el contrabajo suene como un instrumento que yo nunca antes había escuchado. Es un tipo que le declaró la guerra al solo de contrabajo como artificio pseudo democrático de los grupos de jazz, eso de “sí sí, acá todos tenemos nuestro solo, vos hacé el tuyo así la gente se echa una siesta”. No. El tipo se propuso hacer música a como dé lugar, aunque tenga que sacudirse como un poseso. Como pone la voz y el cuerpo ahí a pleno, y como es un músico extraordinario, su participación es un plato fuerte, un goce absoluto.

Es una convención en el jazz hablar de la “sección rítmica” para referirse al conjunto de piano, contrabajo y percusión. En ese afán de establecer categorías y clasificaciones para entender, se separa de esta manera algo para poder analizar y producir esas impresiones tan parecidas unas a otras. “La sección rítmica está perfectamente ensamblada”, “La sección rítmica tiene mucha vitalidad”, “La sección rítmica elabora complejas polirritmias” son todas expresiones de aburrimiento. La sección rítmica las pelotas. Acá no hubo sección rítmica. Acá te llegaban sonidos que te hacían seguir el pulso de la música desde la butaca con frenesí, los sonidos se te movían adentro de manera que no podías dejar de soñar despierto y no podías pegar un ojo ni bostezar. Tuve ganas de hacer pis desde que empezó el concierto y fui sintiendo cada vez más fuerte el aguijón del pis ahí, que era como un recordatorio vano de pertenecer a otra realidad. Sí sí, ya te dejaré salir, la concha de tu madre, después iremos a los mingitorios del Coliseo que son como de belle epoque, como bañaderas paradas, un refugio contra las miradas de los vecinos a diferencia de los mingitorios escuetos, cada vez más chiquitos que se hacen ahora. Y ya iremos después al Cuartito a comer pizza, porque esta noche no podemos dejar de hacer ninguna de las cosas que nos hacen felices y están ahí al alcance. Pero en medio de ese sueño de fascinación, de conocer otro mundo y otro tiempo de la mano del abuelo que está contando el cuento, hacer pis y comer pizza quedan relegados al papel del festejo posterior.

Los músicos que tocan vientos parecen gangsters, con sombreritos, con trajes, con pullover de rombos anaranjados y beige el trombonista de vara. Un gang de tres que se miran, se ríen de costado, son leyendas también ellos, que supieron tocar con Count Basie, con Gil Evans. Y desempeñan sus papeles reposando, sentándose a veces el trombonista como se sienta un nene en el cordón de la vereda. Poniendo la boca del caño cerca del micrófono el saxo tenor mientras toca con cara impávida. Pero estos vientistas, a diferencia de lo que suelen ser los vientistas que tocan con “secciones rítmicas”, y a pesar de estar al frente de todo como suelen estar los vientistas en cualquier orquesta de jazz, muchas veces pasaban inadvertidos, como si estuvieran relegados. Y es que por más que uno cualquiera de los músicos hiciera un solo, todos los demás estaban jugando detrás y cambiando el escenario de sensaciones sobre las que se desarrollaba ese solo. Muy difícil hablar de solos. Como si ante un músico que dijera “ahora yo voy a ser la pantera”, entonces cada uno se transformara en río, en orilla, en mono, en cielo, en sol. Y como si ante otro que dijera “ahora yo soy el búho” entonces los otros se transformaran en noche, en estrellitas que titilan apenas, en grillos, en serpientes que tocan cascabeles. En el jazz siempre hubo una controversia entre el arreglo y la improvisación. Supuestamente el arreglo es el cerebro, el cálculo, la seguridad, la falta de riesgo, y por otro lado la improvisación es el alma, el arrojo, la pelea, el corazón. Y también hay siempre soluciones de compromiso, porque son como el yin y el yang el arreglo y la improvisación en el jazz: no hay una cosa sin la otra. Pero es muy difícil no caer en el arreglismo (donde todo está tan perfecto que al final uno se aburre) o en la improvisación total (donde todo está tan descontrolado que al final uno también se aburre), es decir, es muy difícil no aburrirse al fin y al cabo. Porque las soluciones de compromiso casi siempre son una parte de arreglo y otra parte de improvisación, en distintas proporciones. Bueno, acá es imposible hablar tanto de arreglo como de improvisación. Es obvio que hay arreglo y que también hay improvisación, pero lo que uno percibe es un transcurrir de historias que hacen que no puedas pensar en si hay improvisación o si hay arreglo o qué parte es qué. Magia. Música. La música que se hace presente como una cosa que está fuera de los instrumentos, fuera de los músicos, fuera del aire, fuera de la sala, fuera de la acústica, y que se hace presente ahí como un vórtice del terror, no porque dé terror, sino porque nos arrastra a todos y no nos deja pensar.

Yo estuve ahí. Fui feliz.


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