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Hernanii y el peronismo basilista

20 10 2008 - 09:43

Hace poco más de un año, Alfio Basile y Cristina Kirchner estaban en sus mejores momentos de popularidad. Uno era el entrenador de un equipo que había ganado, en la Copa América, cinco partidos seguidos, algunos por goleada y otros jugando muy bien, como la semifinal 3-0 contra México. La selección, con su juego vistoso y cercano al paladar rioplatense –los lugares comunes no son míos–, había enamorado al público, que batía récords de audiencia para ver a Riquelme, Messi y sus compañeros. En los días anteriores a la final con Brasil, el péndulo ideológico parecía haberse movido hacia el lado de Basile y los defensores de ese vago conjunto de ideas conocido como la nuestra, según el cual la fuerza predominante en un partido de fútbol no son los sistemas tácticos o los entrenadores sino el talento y la viveza de los futbolistas. Basile y su gente –notoriamente, el periodista Horacio Pagani– podían quitarse de encima a sus críticos fácilmente, como a mosquitos, acusándolos de estar ideologizados o prejuiciosamente en su contra. El 0-3 contra Brasil, y la explicación de Basile de que Argentina había perdido porque sus jugadores habían tenido un mal día, fueron las primeras grietas en un esquema de pensamiento que en los últimos dos o tres años había sido mayoritario.

Al mismo tiempo, Cristina Kirchner estaba a punto de recibir de su marido una situación política y económica mejor que la del 99% de los presidentes entrantes: tropas políticas y números económicos obedientes, una campaña electoral de baja intensidad, sólo unas pocas nubes –inflación, Moreno– en el pronóstico, todas manejables. A los críticos podía quitárselos de encima igual que Basile: acusándolos de ser de la contra. Pero ni siquiera hacía falta. Aunque había ruido en el ambiente –columnistas y políticos protestaban y se quejaban–, nadie le hacía mucho caso. Hasta marzo, el kirchnerismo, como piloto automático a cargo de dirigir un país, parecía invulnerable.

Ambos, Basile y Kirchner, estaban orgullosos de cosas parecidas: de no hacerle caso a nadie, de despreciar las opiniones o las modas intelectuales del Hemisferio Norte, de sentirse en sintonía con la manera argentina de hacer las cosas. No les duró mucho la sensación de invencibilidad. Entre marzo y julio, Cristina bajó a tierra para negociar con los dirigentes de las cámaras agrícolas, arremangándose en tareas que hasta poco antes había tenido la esperanza de evitar. Su popularidad bajó a niveles normales o subnormales. Había llegado la hora de hacer política.

Basile jugó su primer partido oficial del año en junio, en el momento más caliente del conflicto. Fue un 1-1 triste y frustrante contra Ecuador, que mereció ganar. El público del Monumental y los comentaristas de radios y diarios despidieron al equipo como si estuviera a punto de quedar eliminado del Mundial. A mí en ese momento me sorprendió la falta de paciencia. Probablemente también a Basile, que se encontró con un ambiente más hostil que el de 2007, cuando su cancherismo porteño era más elogiado que criticado.

Mi teoría es que el conflicto del campo no sólo obligó a Cristina Kirchner a gobernar y conversar sino que, por transición –humor público, estados de ánimo colectivos–, también le demandó trabajo y terrenalidad a Basile. La presidenta anunció acuerdos con el Club de París y con los dueños de los papelitos defaulteados en 2001, dos guiños a los mercados, por usar una expresión de los años delarruistas. Basile, a su manera, hizo lo mismo, probando con defensas de tres jugadores y hasta animándose a jugar sin enganche cuando Riquelme no estuvo disponible. Para un discurso que había convertido a la defensa de cuatro en una causa mayor, jugar con tres en el fondo suponía una revolución ideológica. Era admitir que las características de los jugadores disponibles y del próximo rival podían tener influencia en cómo jugar un partido. Basile seguramente sufrió con aquella decisión, de una manera que me hace acordar a la culpa con la que los gobiernos socialistas europeos privatizaron y desregularon sus economías en los ’80 y ’90. Cuando uno está demasiado convencido de algo, el pragmatismo es siempre una traición.

De todas maneras, Basile abrazó su pragmatismo sin entusiasmo, para ver si funcionaba. No funcionó y se fue, derrotado en la cancha y en el debate ideológico, donde el péndulo ha vuelto a moverse hacia el otro lado. Grondona, el presidente de la AFA, que casi siempre ha tenido buena nariz para oler el estado de ánimo del público, decidirá dónde poner el dedo. Yo tengo la sensación de que el péndulo está apuntando otra vez hacia el grupo de entrenadores modernos, ex pichones bilardistas o aprendices bielsistas, de bajo perfil, cuyo mejor candidato es Miguel Á. Russo. El eje Batista-Maradona, en un entorno de decadencia del discurso kirchnerista, podría quedar fuera de sintonía muy pronto. Russo es Felipe Solá: conservador pero amable y popular, posiblemente pragmático cuando haya que serlo. Batista es Aníbal Fernández: un cuadro, más inteligente que la media pero sin ideas propias.

En 1983, después del fracaso, la indisciplina y los escándalos del Mundial de España, Grondona cruzó la vereda: llamó a Bilardo. En 1990, después de dos finales mundialistas pero constantes críticas al estilo, volvió a hacerlo: Basile. En 1994, después del cabaret y las gorritas de MasterCard, Grondona leyó bien las demandas de orden y conservadurismo y llamó a Passarella, que representaba bien la modernización trucha del primer menemismo. En 1998, con la Alianza ya en pie y su promesa de capitalismo con rostro humano, Grondona también se pasó a la socialdemocracia: Bielsa. Bielsa jugó su Mundial, de el 2002, cuando el paradigma había cambiado: el bielsismo necesita del optimismo, inexistente en la desangelada Argentina post-crisis. Ahí, en agosto de 2002, a Grondona le falló el olfato. Con Lavagna en el Ministerio de Economía –y su discurso ni ortodoxo ni heterodoxo sacando a la economía del pantano, contra todo pronóstico–, el espíritu de la época pedía a Carlos Bianchi, otro pragmático. Era una elección cantada, una elección que Grondona habría tomado fácilmente en las dos décadas anteriores y que en 2002 se negó a hacer. Volvió a negarse en 2004, después de la renuncia de Bielsa. También habría sido Bianchi el candidato ideal en 2004, cuando el kirchnerismo todavía creía que era una buena idea tener a Lavagna y Béliz y R. Bielsa en el gobierno. En 2006, en la fase huracanada del kirchnerismo, Grondona creyó que Basile, ideológico y divisivo (y, por primera vez en mucho tiempo, ganador), volvía a ser el candidato posible.

Duró poco. El peronismo futbolístico de Basile –diez laburantes fajándose a beneficio de su líder: el enganche– recibió su última paliza de la socialdemocracia futbolística de Bielsa: once jugadores iguales, con las mismas responsabilidades y derechos, obedeciendo un plan en el que confían aun sin comprender del todo.

El peronismo político de los Kirchner, en cambio, está mucho más a salvo: no se me ocurre nadie en la oposición que esté en condiciones de propinarles una paliza socialdemócrata.


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