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Llach, en el Centro Cultural Pachamama

24 10 2008 - 13:12

Las mejores mentes de mi generación terminaron dedicadas a dejar insultos anónimos en los comentarios de los blogs. Las mentes más culposas de mi generación fueron a hacer trabajo en las villas. Las mentes más prudentes de mi generación decidieron acoplarse a la máquina repetidora de la fábula mediática. Y yo acabo de descubrir, después de odiarlo desde 1989, que Joaquín Sabina es un gran poeta.

No soy ni más ni menos que un copista. Un copista de una colonia lejana que vierte a su lengua local documentos provenientes del Imperio, escritos en la lengua imperial. En días en que el Imperio tambalea.

En épocas de crisis, la producción simbólica tiende a aumentar. Y acá estamos todos, haciendo fenomenología del desastre. Aunque seamos simples copistas, estetas más o menos sofisticados pero sin mayor incidencia en los hechos que atribulan a la polis.

Gente que busca gente: por este medio, me gustaría encontrar al boludo que en las paredes de la Facultad de Medicina escribió “Cobos traidor saludos a Vandor”. Hombres y mujeres de la tribu escriben símbolos en las paredes, en carteles amateurs que pegan en los postes de luz, en las pantallas que pululan.

Los postes verdes alrededor de la facultad acusan de asesino a un médico de una clínica privada que tiene un apellido paranazi, Jungberg. La madre de la víctima escribe un panfleto narrando la conspiración de los avisadores médicos de los diarios para que estos no hablen de su causa.

En las calles del centro comercial de San Isidro, un hijo de burgueses asustado, seguramente de una familia venida a menos, promociona su blog, Soldado Político, una defensa de Heinrich Himmler, un quía que en la casa de su amante tenía una colección de muebles hechos con restos humanos.

Últimamente estoy consumiendo mucha literatura de izquierda. Mis dos lugares preferidos de la ciudad, los lugares que me estimulan y me protegen, son el Centro Cultural Pachamama, un antro anarcoide, neohippie, donde se juntan artistas hasta la madrugada, y el Centro Cultural La Vaca, “una cooperativa de trabajo creada en 2001 con el objetivo de generar herramientas, información, vínculos y saberes que potencien la autonomía de las personas y sus organizaciones sociales.” Es un lugar donde personas vestidas con uniforme de camareras hablan de Deleuze y de Cucurto.

El otro día fui a La Vaca a ver una película de un ciclo organizado por dos españoles “en torno a Mayo del 68”. En realidad no era una película, sino tres: en la primera, dos cineastas reconocidos documentaban una huelga en una fábrica de provincia, la segunda era un intermedio sin imagen en el que los trabajadores, después de ver la primera película, objetaban a los cineastas, y la tercera estaba hecha por los propios trabajadores, que narraban la conversión de una mujer en militante sindical. Después, hubo “debate”. Alguien llegó a la misma conclusión a la que yo llego la mitad del tiempo: las artes no son otra cosa que el más sofisticado sistema de alienación y control. Un gran depósito de la angustia de las almas sensibles, un shopping simbólico que promueve la indiferencia.

El comentario vino, creo, a partir de las diferencias entre ese mundo de hace 40 años todavía basado en una economía industrial, y este tan basado en las industrias de los servicios.

Supongo, sin saber nada del tema, que el sistema financiero que ahora hace crisis es el fruto de la extrema racionalización de los procesos de producción. Es muy lógico (y suena casi inevitable) que el ser humano haya desarrollado instrumentos cada vez más abstractos para organizar el funcionamiento de la economía. Por eso es un poco ridículo, y paradójico, que la izquierda ilustrada (una de cuyas ramas es el neomontonerismo ilustrado de todos nuestros amigos kirchneras, la mayoría de ellos producto de la Universidad liberal) use despectivamente la palabra “especulador”. ¿Cómo podría alguien no especular? ¿El Che Guevara no especulaba cuando supervisaba juicios sumarios y ordenaba fusilamientos a los hombres de Fulgencio Batista?

Al mismo tiempo, es muy obvio que lo que sustenta a ese sistema es un consumismo que no hace a la gente más feliz, que acelera la desigualdad y que tiene un punto ciego irracional: es muy difícil controlar el pánico de unos pocos centenares de tipos dedicados a las finanzas que son finalmente los que deciden, y tienen las manías y la irracionalidad de cualquier ser humano.

Todos los días, paso en bicicleta por un bar que se llama Cuatro de Copas, en la calle Uruguay. Siempre veo ahí al mismo policía. Pero está pasando algo raro: al principio, el tipo se paraba en la calle. Después se fue metiendo para adentro. Un día lo vi en la barra. Y el otro día ya estaba atrás del aparador metálico donde se guardan los platos, escondido al fondo de todo, hablando con el lavacopas. Me llamó la atención el progresivo ocultamiento del policía, que coincidió con la evolución de la crisis financiera.

Hace mucho que no escribo un texto en el que tengo tan poca idea de hacia dónde va como este que escribo ahora. Supongo que son apuntes de la crisis, no hay mucho más.

Lo de Sabina fue una iluminación. Se produjo en un bar de la cadena Aroma, otro lugar reproductor de la alienación al que renuncié hacia unos meses. En una radio convencional pasaban un tema de Sabina llamado “Resumiendo”. La música es mala, pero la letra es excepcional. El tipo tiene un gran ingenio verbal, aprovecha muy bien las rimas internas. Es uno de los pocos que en esta época pudo hacer un uso creativo de la vieja herramienta del soneto. Joaquín es una persona que le cantó a la parranda que fue la España de los últimos cuarenta años. En cualquier momento, voy a hacer algo que nunca pensé que podía llegar a hacer: ir a ver a Rubén Abruzese, el imitador porteño de Sabina, otro que satura de afiches las calles de Palermo, Balvanera y San Nicolás.


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