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Hernanii a la selección

29 10 2008 - 12:27

Grondona, como Kirchner, tomó la decisión en un departamento nuevo de Puerto Madero y rodeado de pingüinos – sus hijos –, sin atención para comisiones o instituciones. La fase actual del kirchnerismo, la menos robusta o asentada desde 2003, ha contagiado su volatilidad a Julio Grondona, un tipo que había hecho de la estabilidad – todo pasa – un mantra. Ahora, cuando no parecía necesitarlo, Grondona ha apostado fuerte: Diego es un huracán.

Mucho más, sin embargo, apuesta Maradona, que ha decidido poner en juego un activo más solemne: el amor del pueblo. Los argentinos hemos jurado, en estas últimas dos décadas, que estábamos dispuestos a todo por Diego, ese ángel que nos había dado tantas alegrías. Pero lo decíamos a medias: a Diego lo queríamos, lo adorábamos, pero no nos lo tomábamos demasiado en serio. Quizás por la merca, quizás por su inestabilidad general. Diego sabía esto: siempre se sintió en inferioridad de condiciones, subestimado, tratado como el payaso del cumpleaños. Diego era siempre bienvenido para festejar pero se quedaba afuera de las conversaciones entre gente grande. Diegooo, Diegooo, le cantábamos, le frotábamos el afro. Diego, sos un fenómeno, decíamos todos. Pero no dirijas nuestros equipos. No es lo tuyo. ¿Para qué querés dirigir, si ahí estás tan bien, con Cóppola y los gatos? ¡Diego capo!

Todo esto ponía probablemente de los nervios a Maradona, que siempre se consideró no sólo un talentoso sino un tipo que entiende mucho de fútbol. Algo que, por ejemplo, nunca intentaron el Burrito Ortega o el Pájaro Caniggia o, en el futuro, Leo Messi. Estos otros saben que son o han sido intuitivos, feroces e irracionales. Diego, en cambio, decía que había geometría detrás de cada jugada suya. Siempre presumió de saber mucho de fútbol, pero nunca le hicimos mucho caso. Lo tratamos, como a Charly García, como a un pibito adorable pero inservible. Se cansó Diego y esta vez hizo lobby como nunca para quedarse con el cargo. Tan podrido estaba que prefiere poner en juego todo ese amor declarativo, toda la simbología patriotística reciente –Diego como el Che post-violencia, Diego como otra Evita sacrificada–, para bajar a tierra y ganarse el amor real, que es la confianza, al frente de la selección. Y no hay manera más rápida de perder el amor y el prestigio que como técnico de la selección argentina: en el próximo año, Diego deberá bajar de su Olimpo actual al barro de las conferencias de prensa, los titulares insufribles –“La selección ganó, pero no convenció”– y esos malditos 90 minutos sobre la raya de cal donde no alcanza con ser hincha y revolear el buzo dando saltitos. Me lo imagino vistiéndose bien, con saco y camisa, cruzado de brazos frente al banco de suplentes, sin hacer mucho quilombo, tomándose el trabajo de entrenador muy en serio. Incluso sobreactuando su seriedad, asumiendo con todos los tics y las jergas el papel de “técnico serio”.

Esta imagen que tenemos de Diego también la tiene Grondona, que le quiso poner chaperonas –Bilardo, Batista– para el trabajo táctico o funcionarial y que lo mantuvieran con las riendas cortas. Diego se enfureció, porque lo seguían tratando como a un pibe. Grondona quería que Maradona fuera el corazón de la selección; Maradona quiere ser su cerebro.

Grondona, por otra parte, ha tomado, por cuarto año par consecutivo, una decisión polémica sobre el banquillo de la selección: en 2002, mantuvo a Bielsa; en 2004, llamó a Pekerman; en 2006, a Basile; en 2008, a Maradona. El patrón muestra dos curvas –descendente la de la “seriedad” o “rigor” y ascendente la de la “motivación” y los “códigos”– cuya trayectoria podría ser preocupante si usáramos la imagen de Maradona cristalizada en nuestras cabezas. Pero tengo algo de fe en el nuevo Diego, tan capaz de llevar al equipo como a un circo o como a un ejército. Conviven en él las dos tendencias: el fiestero compinche y el general guerrero. De hecho, en sus veintipocos partidos como entrenador, fue un entrenador controlador y detallista, desconfiado del talento individual y defensor de los valores del grupo. Veremos qué pasa. Si algo sabemos de Maradona es que con él es difícil hacer pronósticos.


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