Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







Zuazo, en el Maipo

30 10 2008 - 20:27

“Todo lo sólido se desvanece”, hubiera titulado él, Jorge Lanata, llevando la famosa frase de Marx a una tapa de Página/12, para decir eso: que si fue groso hoy es débil, que si dio ahora recibe, que si formó talentos ahora se rodea de ellos, que si fumaba 30 cigarrillos en una hora de tele ahora no necesita ni uno para subirse cuarenta minutos al escenario del Maipo. Leen bien, les rompo el mito, le paso fibrón negro a la foto de la calle: ayer a la noche, en la función de “La rotativa del Maipo”, Lanata nos recordó lo revolucionario de Mariano Moreno, nos aburrió con frasecitas de la educación argentina, nos mostró su antiguo punch de periodista con un tape de Barrionuevo en Día D y dijo un par de cosas bastante inteligentes sobre la importancia del arte. Pero no fumó. Y no puteó. Y escuchó pasivo a los de las butacas de abajo. Y se puso un traje café con leche. Y le pifió un poco al timing. Y paró de hablar, obediente, cuando su divina productora le dijo “Lanata, el tiempo es oro”. Se desvanece, ya no es potencia, un espectro se cierne sobre él (el de la debilidad), volverían a decir ellos, los mismos autores del primer título.

Ayer, en el Maipo, Lanata fue débil. Y recién va por los 48. Pero está bien. Porque no se puede vivir haciendo revoluciones. Uno se cansa. No se puede andar cambiando todo para todos. No se puede estar llenando al mundo de certezas, respondiendo preguntas, preguntando a otros cosas inteligentes cuando otros quieren quedarse callados y no hablar. Porque entonces pasa eso: mientras uno llena de certezas al mundo, se agota a sí mismo y queda así: débil como Lanata en el escenario del Maipo.

No lo defiendo. Ahora no voy a decir pobre Lanata, qué lástima verlo débil. Lo he dicho aquí mismo. Me fui de Crítica, sufrí Crítica, su diario. Pero justamente sufrí más a los espectros que rodean hoy al Lanata debilitado que al propio Lanata que supo hacerme gustar alguna vez el periodismo. Porque ahora que ya no es fuerte, ahora que no fuma como bestia, ahora que escucha más, necesita secuaces, polizontes alemanes, Galtieris. Necesita al otro, al bajito fumador, hoy más fuerte y fumador que él, más peligroso, peligrosísimo, porque te agarra en el medio de un pasillo y te dice “vos no sos periodista”, “no pertenecés a esta clase revolucionaria de periodistas si escribís en blogs”, “no sos de los nuestros, de los periodistas serios, la gráfica es para nosotros, los artesanos de la palabra escrita, andate al rincón de la Internet, a jugar con palabritas”. Frente a esos tipos hoy fuertes como el bajito fumador que nos recuerda que los periodistas web somos unos putrefactos, Lanata parece débil casi con ternura, y dan ganas de rescatarlo al susurro de “Shhh, Lanata, salí de ahí, escapá, no hagas más teatro, andate a una isla, hacé la gran robo del banco, ponete bigote, camisa de lino, y no aparezcas más, dejalo a Galtieri y al bajito fumador al frente de la redacción y andate”.

Aclarado entonces que Lanata no es un hijo de puta, y que frente a los otros hijos de remil putas es lo mejorcito de la cúpula de esa redacción, ahora viene la parte en la que pensamos en que tampoco lo favorece ese lugar de debilidad/ternura. Un tipo como él debería reinventarse. No se puede quedar ahí, como lo vimos ayer, arriba del escenario de la revista, con el traje café con leche, escuchando a la señora del público como en un aula de la UBA en esas conferencias sobre la independencia del Congo de un martes de julio adonde van 14 amigos. Y él escuchando con interés, con todos atrás diciendo a todo que sí, que ajá, que qué interesante, y él explicando frases hechas sobre la educación anotadas en una carpetita, de esas que te reenvían en un mail, una cosa insoportable: “¿Qué cosas nos acordamos de la escuela? Repítalo a ver si nos acordamos todos. Saquen una hoja. Isobaras e isoietas, ¡¿quién me puede decir qué es una isoieta?! Tomar distancia, ¡¿para qué sirve tomar distancia?!…” No puede ser que lo mejor que haga sea contarnos, bellamente por cierto, las cartas de amor entre Mariano Moreno y Guadalupe Cuenca. O decirnos algo genial, de verdad, que es que todos deberíamos estar cerca del arte, de alguna manera, para ser mejores personas (“Si un arquitecto lee a Pizarnik seguramente construirá mejores casas”). No pude ser que lo mejor de él sea una entrevista que le hizo a Barrionuevo en 2002 y que ayer nos pasó en el teatro. Porque la hizo hace 6 años, y eso es mucho tiempo para un sólido; porque si fuera escritor, ya le estarían reclamando dos libros más. No puede ser que un momento cumbre de “La rotativa del Maipo” sea el dueto Sergi-Gattas", de outfit kitschísimo con hojitas de arbol verde loro y pantalones marrón de arbolito, Lolo guitarra al frente, descosiéndola cual Townshend, y el público mediana edad de Lanata con cara de qué es esto pero me gusta y Sergi arengando sin ningún resultado en el escenarito y todos felices igual. No puede ser que nos haya gustado, “directamente desde Las Vegas”, The Human Slinky Octopus Dance, un resorte humano gigante que empieza a retorcerse y uno dice “no no no no no, no puede ser” y después uno cambia de opinión y dice “wow, qué genial esto”. No puede ser que después de escucharlo 40 minutos a Lanata nos quedemos tildados pensando cómo lo sólido llegó a desvanecerse tanto, por qué no se suelta, por qué no fuma, por qué no se zarpa de nuevo, y entonces nos olvidemos de que está ahí el cuerpo violento de Capristo bajando en conchero, sin corpiño y con tacos de 15 centímetros por las escaleritas llenas de luces rojas, y pase, y baje, y nosotros en Lanata, y ese cuerpo ahí.

Pero claro, pedirle a Lanata reinventarse, pudrirla de nuevo, no pasar más tapes y hacer las cosas en vivo y de verdad, zarparse y sí, ser Michael Moore como todos quieren, o ser más que Moore y ser Borat, asaltar los cielos, expropiar la propiedad inmueble y aplicar la renta del suelo a los gastos públicos, fumar mucho otra vez, baquetearse hasta morir, hablar cuarenta minutos o dos horas o 10 minutos, pegarle un chupón a Capristo, meterse adentro del resorte de Las Vegas y estirarlo hasta romperlo, salir al escenario vestido de blanco Elvis en pleno pico de cocaína para contar la tapa del diario de mañana, entrar al escenario con veinte travestis o el Gay Parade entero de guardaespaldas para darle la razón a Barrionuevo cuando le dice que le gustaría comerse unos travas, aceptar meterse en política y proponerle casamiento a Carrió, qué tanto, hacer él mismo una dupla con Ale Sergi y cantarle al amor, y si no le gusta su propia tapa parar todo y decir “paren las rotativas” en medio de su propia rotativa, sería pedirle certezas. Sería pedirle certezas, ¿no? “¡¡¡Dame certezas, Lanata!!!”, como decía Nico, un compañero de laburo, totalmente fanático de Lanata, que tuve antes de irme a laburar a Crítica. Nico apoyó con felicidad mi decisión, y quería que me lo llevara en la mochila para aparecerse en la redacción con el DVD de “Deuda” que Jorge (como le decía él) se lo autografiara, y de paso charlara un rato. Y entonces me pregunto si yo no le estaré pidiendo lo mismo a Lanata cuando le pido que se zarpe, si no le pediré certezas, lo mismo que le pidió siempre todo el mundo: que nos explique, además de las noticias, la historia de la Argentina, del mundo, el sentido de la vida y el mundo. Que nos dé certezas.

Tal vez sería mejor pedirle que deje de ser Lanata, el fuerte, el sólido. Dejar que se desvanezca en el aire. Dejarlo robar el banco, comprarse una isla, poner un restaurant en la playa, hacer la gran Marlon Brando pero un poco más joven. Fugarse, charlar con la gente, comer pescado, y algún día aburrirse y hacer stand up y otro día tener una banda de jazz como Woody Allen, y otro despertarse y tal vez ser ghost writer de un futuro escritor estrella pero no best-seller, de esos que no explican el mundo. Tal vez así se desvanezca en otros, y sea mejor para él mismo.


————————————

Del mismo autor: