Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |







2. Noon

4 11 2008 - 08:34

Mediodía. “Sin incidentes”, diría TN. Nosotros seguimos, hasta la hora que sea. Votó Hernanii. O casi.




14:11 BUE – Hernanii hace cola (II)

Cafés en las izquierdas y diarios plegados en las derechas, murmurando apenas, haciéndonos chistes malos de vez en cuando, riéndonos con cortesía de nuestros chistes malos: así esperamos los gringos el momento de votar, que se hace más largo de lo que pensábamos. (Yo no voto, no soy gringo: hago la cola en calidad de americano consorte y de reportero de TP.) Para el observador argentino y su paleozoico sistema electoral, las colas tienen algo extraño: hombres y mujeres mezclados, como seres humanos no tan distintos unos de otros.

Todavía estamos afuera. Me asomo por la puerta giratoria, pispeo hacia adentro y lo que veo no me gusta. En un pasillo beige y verde, de falso mármol, iluminado por un neón blanco que arruina todo y aplasta la vida, la cola es larga y orwelliana; parece infinita. “La cola parece infinita”, les digo a Irina y a nuestros vecinos, cuando vuelvo al final de la cola de la mesa-distrito 105. Nos lo tomamos con humor. Risas corteses.

Sale del edificio una mujer policía y nos llama a algunos de la 105, que tenemos la cola más corta pero también la más inmóvil de las cuatro que salen esta mañana linda y optimista del edificio de la Corte Suprema de Nueva York, en Brooklyn. Entramos. “¿Usted vota?”, me preguntan. “Yo estoy con ella”, respondo siempre. Avanzamos por el pasillo. A nuestra derecha, los pobrecitos de la mesa-distrito 104, que llevan una hora y media de cola y todavía les falta. Se escucha el clank de las palancas que mueve la gente después de votar. No hay cuarto oscuro: todo se hace en el mismo pasillo, adentro de unas cabinas azules de dos por dos metros con cortinas de un lado, donde el votante, a quien todo el tiempo le podemos ver los pies, mira la lista de candidatos en un panel de papel y después va moviendo unas palanquitas pequeñas al lado de cada nombre. Cuando termina, mueve la palanca grande y se prende una luz verde en el techo de la cabina.

Ya estamos al final de la cola. Charlamos con Mary Santoro, la fiscal de mesa republicana, que tiene mucha cara de mamá y de empleada pública. Nos da un folletito en cinco idiomas sobre cómo aprender a usar las palancas. Irina entra. Le veo las Topper naranjas por abajo de la cortina. ¡Clank! Un voto para Obama.




13:06 BUE – Puricelli espera su cheeseburger en Colegiales

Esta noche esperaremos los resultados en algún lugar de Colegiales, alimentados con cheeseburgers (cheddar, please) americanamente preparados por Wendy y Jen. Pero antes, hay que atravesar un arduo día de trabajo y de militancia política local. Mientras tanto, la ansiedad nos carcome, sabiendo que todavía es posible que los votantes en EE.UU. decidan seguir en el Lado Oscuro, antes de votar por una piel oscura. Todo parece indicar que no. Esperemos. Buscamos un pronóstico tranquilizador, y lo encontramos en Real Clear Politics que anticipa 278 votos en el colegio electoral para Barack Obama. Pero leemos la letra chica y vemos que 50 de esos no son 100% seguros. Y nos vuelve a recorrer la espina dorsal un escalofrío. ¿Podrá ser? Para estándares argentinos, los republicanos estarían hacer rato debajo del camión. Pero se sabe que nosotros somos irrazonablemente exigentes. Let´s hope for the best.




13:51 BUE – Gargarella desayuna en Harlem

Empecé el día en el St. Nicks, en Harlem, un lugar entrañable, por cierto decadente, lleno de lucecitas claras sobre un escenario acariciado por terciopelos rojos, rotos, desgarrados. El lunes queda dedicado a la improvisación jazzera (el efecto jazz, sin dudas), y como cada día, el tablado principal está abierto al ingreso ocasional de amigos y vecinos que suben, se divierten un rato, tocan o cantan, bajan, se toman una cerveza, charlan ahí al costado, cuando se les ocurre o más o menos, vuelven a subir, tocan algo más, se ríen, hacen chistes, se burlan un poquito de nosotros, turistas, mirones, gozan y nos abren las puertas para que los miremos gozar. La escena acumula músicos blancos, negros, extraños, en una pequeña celebración multicultural, y un ejercicio, una puesta en movimiento, de lo mejor de lo que puede pasarnos por acá en la vida: disfrute, música, actividad compartida, fiesta íntima, comunidad, juego colectivo, donde el dinero no está en el centro, aunque circule, donde hay más lugar para bromear y tontear con el de al lado, que para hacer cálculos matemáticos o decidir inversiones de riesgo. Por las mesas circula una camarera japonesa, algo molesta, algo atractiva, algo entrañable, decadente ella también. Nos trae algún líquido, hace alguna broma habitual, le correspondemos, y al rato plop, es ella la que está sobre la escena, es ella, la molesta, la que toma el micrófono, es ella, algo atractiva, entrañable, la que se acuerda de cole porter, la que prueba distintas voces, la que hace alguna gracia superficial, para después arremeter con una voz profunda, hasta enterrarse, hasta enterrarme, arrastrándonos por el piso de la soledad, burlando a sarah palin, mostrando que podía ir y venir del bar a la escena, de la burla a la muerte, de la empleada boba a la intérprete que te hace llorar en apenitas segundos, mientras uno agradece que haya más y más gente como ellos, antes que de los otros tipos.




12:50 BUE – Hernanii hace cola (I)

Ocho de la mañana en Downtown Brooklyn. Sol, doce grados. Temperatura ideal para votar. Una serpiente multicolor de oficinistas y vecinos –los oficinistas, de gris o negro; los vecinos y vecinas, en colores primarios– hace cola frente al edificio anexo de la Corte Suprema de Nueva York, un bloque gris y brutal a pocas cuadras del puente de Brooklyn. Nos paramos detrás de la última persona de la primera cola que vemos, al lado de una chica asiática simpática y bajita que enseguida nos pregunta: “¿Saben en qué distrito votan?”. “En éste, en este edificio”, contesta Irina, mi mujer. “No, ya sé. Pero qué distrito. Hay cuatro colas, una para cada distrito”. No tenemos ni idea de qué está hablando, pero por suerte no somos los únicos. Decenas de treinteañeros de traje o anteojos chequean en estos momentos sus BlackBerrys o iPhones para averiguar la cola en la que se tienen que poner. Irina hace lo mismo. Festejamos: nos movemos de la larguísima cola de la mesa 107 a la insólitamente corta cola de la mesa 105. Nos asentamos ahí, detrás de un tipo que lee, a las ocho de la mañana, Women, de Bukowski, y tiene otro libro de tapas duras apretado entre el codo y las costillas derechas.

Qué desacostumbrados estamos a las colas. Para la clase media, hacer una cola es una cosa desoladoramente pre-Internet. Nos ponemos nerviosos en las colas de siete minutos de Starbucks. En el nuevo Trader Joe’s de Brooklyn, el mejor supermercado del mundo, hay un millón de personas comprando y un millón de cajas abiertas. Nunca hay más de cinco minutos de cola: saben que el comprador gourmet de aceite de oliva italiano se pone de los nervios si tiene que hacer cola. Al Estado le importa menos: una cola de varias horas le permite recordarte el poder primario y arbitrario que sigue teniendo sobre vos. Le pregunto a Irina, que se pasó la mitad de los ’80 haciendo filas en Moscú, si le jode otra vez hacer una cola y me dice que no, que ésta es una cola linda, llena de gente con ganas de cambiar el mundo. Las de Moscú eran distintas. Y más largas. Ahora avanzamos, pero despacio.


————————————

Del mismo autor:
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
2. Matutinas
1. Residuo Nocturno
Al-Fon-Sín
Encuesta 2008: Resultados
Encuesta TP 2008