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5. Noche

5 11 2008 - 04:04

[Nota de la redacción de TP: Quedaron algunos posts colgados, otros que se perdieron en la vorágine de anoche, otros que llegarán para la coda, que publicaremos el viernes. Hasta entonces, disculpen typos y errores, pero festejamos mucho y nos hace falta dormir unas horas. Gracias a todos, serán dadas como corresponde, también el viernes.]




03:22 BUE – Hernanii, a punto de volver a casa

I love this man. Lo dicen las chicas a mi lado, pero podría decirlo yo mismo. acaba de hablar Obama y no sé si estoy moqueando porque prendieron el aire acondicionado o porque me contagié de la emoción del ambiente. No sé si alguna vez nos daremos cuenta de la cantidad de cosas que hay dando vueltas en este momento. Obama es negro, pero también es hijo de inmigrante y de padres separados. Es un mundo nuevo. Ya es casi la una de la mañana, las cuatro en Buenos Aires, las primeras horas de mi cumpleaños 35. Creo que me voy a acordar durante mucho tiempo de las cosas que hice hoy, de ir a votar, de TP, de la noche acá con Doug y Heather. En el estado en el que estoy ahora, me resulta imposible entender de qué hablaban, qué querían decir, los escépticos, los desganados, los desesperanzados como Esteban y Matías y, fuera de TP, Caparrós.

También me pone contento que de ahora en más será más difícil ser anti-americano. Un deporte que ha sido facilísimo en los útlimos ocho años demandará práctica y finura, dos cosas que sus practicantes se habían olvidado de hacer. Con Bush era fácil tirar al bulto y acertarle a cualquier cosa. Ahora, menos. Stuart, el más de izquierda de toda la fiesta, dice: “No me imagino a los franceses eligiendo a un presidente hijo de argelinos en mucho tiempo”. Yo tampoco. Sigamos mañana. Buenas noches. Ha sido un placer.




03:20 BUE – Gargarella vuelve a casa

Volví a casa caminando, unas cuantas cuadras, salía gente a la calle, de una puerta a la otra, gritando, de una acera a la otra; una mujer de raíces profundas llevaba un cártel poco amable para joe the plumber; unos jóvenes de la misma raza sacudían desaforadamente, incrédulos, imágenes del ganador; una pareja de paseantes interraciales ensayaban una pelea; un grupo largo que bajaba del Harlem tomaba la calle por el centro, reivindicando su propia existencia, reclamando ser vistos, quizás por primera vez; estudiantes que habían dado su primer voto se abrazaban eufóricos, esperando felices algo que no sabían qué era; unos viejos vigilaban al resto, desde su puesto permanente en la vereda, comentando emocionados la obra que se representaba ante ellos. Sobre todo, me sorprendió una mirada, de alguien que no decía nada, que contemplaba sin cantos gritos ni llantos, que no interrumpía ni intervenía sobre los actos o pensamientos de cualquiera de los otros. Sólo recordaba, sólo recordaba, en una noche que sabía que tampoco podría olvidar.




2:45 BUE – Fonseca vuelve a Brickell

Habla McCain. Acaba de llamar a Obama. Lo felicita. Dice que es histórico. Y un paquete de idiotas quiere hacer la gran barrabrava, abucheando el nombre del 44º presidente de Estados Unidos. McCain está fastidiado: se le nota en el rostro. Por un segundo, apenas uno, pasa por su cabeza la idea de mandarlos a todos al diablo.

El Maverick acaba de reconocer que quien falló fue él y que hará cuanto esté a su alcance para ayudar a Obama a encontrar soluciones al momento del país. Un par de chicas de indudable golden republicanismo rechoncho lloran para Fox News.

Mc Cain mantiene el tipo y lo que se espera de un derrotado. Un poco de honor. Hasta agradece con una sonrisa a Sarah Palin, la hockey mom piantavotos en el norte del país. También Schmidt, que no Esteban, recibe el thank you so much.

El GOP termina la elección con más fuerza que con Bush entre los blancos conservadores integristas. Ergo, se regionaliza más que nunca, inaugurando potenciales disputas locales. McCain, que sabe que no elegirá a nadie, agradece a su gente en Arizona y vuelve a pedir silencio, calma y por favor.

The White Hair Old Guy promete fidelidad a su presidente. We made history, dice para cerrar. Palin saluda rápido y se tiene que aguantar las ganas de salir corriendo.

Afuera, por Brickell, en el área financiera de Miami, pasa un camión haciendo tronar el claxon. Dos morochos enormes cantan algo de Aretha con una voz áspera como papel secante. Otros bocinazos caen más lejos. Son las 11.30 y ya llega Obama.




02:01 BUE – Hernanii, con cuatro Pacíficos encima

Ganó Obama. Lo acaba de proyectar Wolf Blitzer en CNN. Otros lo vienen diciendo desde hace media hora, pero ahora ya está. Stuart entró recién y gritó y citó una frase del primer discurso como presidente de Gerald Ford, en 1974:

–Our long national nightmare is over.

Todos los demás hablamos por teléfono con familiares y amigos. “Man, it’s a fucking landslide!”, grita Doug, negro, en su celular. Estoy tipeando lo que oigo: “This is fucking crazy”. “This is a magnificent massacre”. “Unbelievable, un-fucking-believable, man”. Priya, que vivió la mayor parte de su vida en India y hoy votó por primera vez en EE.UU., dice que se siente “american” desde la cabeza “hasta la punta de los pies”. Esto es tremendo. No podemos ni hablar por teléfono, me dice Irina, porque las líneas están colapsadas, como en Año Nuevo. Feliz Año Nuevo.




1:54 BUE – Svarch, loco de mirar
exit polls y resultados parciales

De las ocho personas encerradas en este living, el único que está siguiendo la elección como loco, con su laptop y la tele, aparte de mí, es el estudiante de ciencia política, así que me pregunto si no estaré exagerando.

Update: el cientista político se retiró, y en este momento soy el único que sigue enganchado a la tele.

La gente de NBC acaba de cantar que Obama se quedó con Ohio y Pensilvania, así que si no se contradicen en un rato como hace 4 años, esta elección se acabó. Una resolución temprana no me molestaría para nada, porque no pienso irme a dormir hasta que cante la señora gorda.

Acabo de escuchar hablar a Martin Luther King III (el hijo del Martin Luther King famoso). Es gordo y tiene voz de pito. A real shame.




1:45 BUE – Fonseca morfa en Coral Gables
y se queja de las dmeographicss

Aquí, en el Graziano’s de Coral Gables, la carne no sabe tan bien como en las atribuladas pampas argentas. Pero acá hay real voters, gente que gana 100k, 200k o 500k con tanta velocidad como yo me manduco esta buena provoleta con orégano.
Hoy festejan en Graziano’s de Gables. Bajito, pero festejan. Y yo los miro sin entender demasiado, porque, para ser francos, no me cierran las demographics. Algo está seriamente cambiando en Estados Unidos o el efecto de esta no me quedo afuera es más que profundo.

Porque no es posible que ese gordo rubio con la papada de Jabba y la platinada escotada que carga seis kilos el pecho sean Obama-boys. Sí los meseros, que tienen la sonrisa de saberse ganando una –una– pero tampoco los gringos del fondo, con muchísima cara de republicanos de Tampa. Y sin embargo, todos dicen Obama esto, Obama aquello, y sonríen y festejan, y hasta levantan de vez en cuando la copa cuando alguien, desde otra mesa, como esa señora de setenta y tantos y cara de Susan Sontag, eleva la suya y dibuja una sonrisita cómplice.

Pero no Jabba y Tetanic. Así que cuando pagan, pago yo también —90 dólares vacío, entraña y una crème brulé, sin vino: redistribución del ingreso ya—, apuro a mi mujer y les sigo el paso. Y me convenzo de tener razón, porque en el paragolpes del auto que ya le trajo el valet, a medias retirada, se ven los restos azules del sticker de McCain/Palin. El gordo me ve mirar, claro, y ni siquiera no dice ni mu. Nada más me saluda y dice algo como What a day, huh y yo Ahem, what a day y sube al Mercedes, da una propina al chico y se va quitando el techo corredizo, campante como antes.

No me cierran las demographics y de esta no me quedo afuera funcionan bien como explicaciones. También el nuevo descapotable que se estaciona, con banderitas de Estados Unidos en los retrovisores laterales y tres argentinos festejando a los bocinazos, asunto extraño aquí, en Gables, donde no hay vocinglerío y las elecciones son como trámites administrativos porque mañana hay que volver a despegar a las seis. Pero no estos tres, que andan de fiesta, parranda pura, como una elección sudaca. Como si en un presidente se fuera la vida, la historia y vaya a saber uno qué más. Y yo con mis malditas demographics que no me explican nada.




1:24 BUE – Ariel Svarch se da cuenta
de algo en el colectivo

Me vine en colectivo a lo de Glen, donde pienso estar enchufado a una sobredosis multimediática de noticias, blogs políticos y demás. Y ahí fue cuando me encontré, finalmente, con la población negra que, como es pobre, toma el colectivo al igual que los estudiantes de posgrado. Como suele ocurrir, yo era el único blanco a bordo, incluyendo al conductor (aunque no cuento como blanco acá, sino como “hispano”). Antes de explicar lo que descubrí, tengo que comentar un poco lo que es el American South, porque me parece que soy el único corresponsal sudista.

Primero, el Suroeste no es el Sur. Ni siquiera Florida es el Sur. The South es el grupo de estados que alguna vez fueron la Confederación durante la guerra civil, donde el Ku Klux Klan y Jim Crow reinaron hasta hace apenas unas décadas, y donde los negros son una minoría importante temida y odiada por lo bajo.

La gente sudista, según los propios norteamericanos, es más cordial y habla más lento (ambos atributos muy positivos para un argentino acostumbrado a cierta cercanía física con otras personas y a hablar otro idioma). Blancos y negros escupen el inglés con una cadencia que cualquier hispanoparlante agradece, y son propensos a la sonrisa.

El punto es que los negros del colectivo parecían serios, pero compartían entre ellos sonrisas cómplices y subrepticias que amenazaban con explotar en carcajadas. Cuando me bajé, en una estación de trenes, ví que era general: la población negra apenas contenía la alegría, pero hacía esfuerzos notables para mantener una fachada de tranquilidad. Me parece, qué se yo, que escondían sus sonrisas de los blancos. Por las dudas. Por si otra vez reaccionaban y les robaban lo que tanto venían esperando.

Va a haber mucha, mucha, mucha frustración si Obama pierde esta noche. Pero si gana, como parece, acá empieza el carnaval. Tristeza tem fin, por una noche al menos. O por cuatro años.




1:22 BUE – Zuazo se autoflagela

Lo mío es cabotaje desde Villa Crespo. Una tele y gracias. Pero les quiero decir que estoy muy contenta de que Andrés Repetto haya ligado el viaje al bunker de Obama en Chicago, después de tanta catástrofe con John Williams-la-muerte de fondo y esas misiones fracasadas de la ONU, tan iguales y guionadas. Su cara está celeste témpano como siempre, aunque cada tanto intenta que se le salga la cadena y luce dicción Wall Street Institute al camera man: “Andrew, Could you choke?” Y ahí media vueltita a lo Maicol y poncha a la multitud. Pero no logra la onda, entonces Tenembaum trata de ponerle onda y trata de que llore: “Pero vos, Andrés, que sos tan serio, ¿qué sentís hoy, en ese lugar?” Y Repetto le pone onda: “Me apasiona, es espectacular”. Nada. Un témpano. Pero acá en Villa Crespo queremos correr hasta Atlanta (la cancha, no el estado) y festejar por Repetto, ya que él no puede, no.

Para Paenza, nada es menor. “Acá era una mujer o un negro. Eso es no menor.” “La participación de Internet es enorme. Eso no es menor”. “Mis amigos de Chicago me decían que querían ir a votar. Eso no es no menor”. Y sigue con la matemática, eufórico por defender a Obama: “Cuando gobernó Kennedy no pareció que estaba gobernado por las 200 corporaciones que controlan Estados Unidos; parecía que eran menos, que eran 150”. Ahí restó, Paenza, te avisamos.

Rosendo Fraga está haciendo maratón de panelista como Carrió en su mejor momento. Jorge Castro y Tokatlián, muy atajados. Y Torcuato Di Tella, prolijísimo en América 24, una fiesta de la democracia.

Y yo sé que estamos acostumbrados a cualquier cosa, chicos, pero arrímense una manzanilla porque Chiche siempre puede darles una angustia más a sus vesículas. “¿Un negro presidente en USA?”, presenta en rojo. Y ahí producción le arma un “Todos negros”: un albañil uruguayo, un diplomático de la República Democrática del Congo, un chico que trabaja en la fábrica de levadura calza en Lanús, unos bailarines con sombrero blanco que hacen chows los findes y una dominicanas hermosas con sus remeritas rosas ajustadas, mesa ovalada y el profesor García Hamilton para las notas al pie sobre la inmigración negra en el Río de la Plata y bla. ¡¡¡Y a opinar!!! Chiche habla de genética, de esclavitud, de las sirvientas, de África, de whatever le suene a negro, para concluir con altura: “Bueno, pero todavía falta un Papa negro”. Sonrisas. Entonces un final altísimo del negro del Congo: “Y que sea hijo de esclavos”.




01:02 BUE – Hernanii, con dos Pacíficos encima

En casa de Heather y Doug, en el quinto piso de un edificio de dominicanos en el Lower East Side, con dos birras encima, las cosas empiezan a tener mejor pinta. No por las Pacífico, que compré por $9,99 el pack de seis hace un rato en el deli de la esquina, sino por los resultados. Pennsylvania y Ohio, los estados nucleares donde se jugaba la elección, parecen dentro del bolsillo. Y Virginia, que es como ganar en el Bernabeu, está 50-50. Ya no puedo escuchar qué dicen los punditos de la CNN, porque hablamos de cualquier otra cosa y acaba de llegar la pizza.




0:54 BUE – Sebastián Alonso Dorola
vuela con un motor

Estoy en casa desde hace un rato. El Pasaje Rauch está en Almagro, lo suficientemente lejos de Hipólito Yrigoyen 250 como para poder acceder a todas esas páginas repletas de información que en el laburo estaban prohibidas.

La verdad es que sólo entré a TP, para ver cómo se organizaba una convocatoria tan extendida, y a Clarín, que tiene las notas sobre las elecciones en EE.UU. después de la lista de Maradona para la selección y la conciliación obligatoria dictada para el gremio de Zanola. Era lo que esperaba y me hace sentir tranquilo, como cuando sopla un viento fuertísimo entre los edificios, el cielo se pone negro a las 12 del mediodía y se sabe que la tormenta es inevitable. En esos caso suelo desconfiar del saber académico adquirido y de la experiencia. No puedo evitar pensar que todas las construcciones humanas se derrumbarán con la próxima ráfaga y que cada vuelo que despegue de EZE o AEP caerá sobre nosotros a los pocos minutos. Las veces que estuve en el aire en circunstancias como ésas, el valium tenía el mismo efecto de una DRF. Después, la lluvia termina y me pongo a secar al sol o le pido una botellita de agua sin gas a la aeromoza.

Entrar a la web de Clarín, tantas horas antes de los resultados definitivos y con el Diego debutando como técnico, y encontrarme con que el titulo principal diga Arranca un nuevo mundo o que la encuesta de las 19hs sea ¿Usted cree que Obama impondrá el uso del Aloha obligatorio? en lugar de ¿Le gustó la primera convocatoria de Maradona?, habría sido como ver los escombros y los restos de fuselaje pasándome cada vez más cerca, la confirmación de que esta vez lo esperable no pasó. Y lo esperable es que acá nadie se tome muy en serio lo de lo gigantesco del cambio que se viene, por lo menos hasta las nueve de la noche, cuando empiecen a escacear las noticias locales y estemos más cerca de la tapa de mañana, que, bueno, sí, supongo dedicada a la elección.

Según mi humilde entender, el cambio se dio en los últimos ocho años y casi no nos dimos cuenta, hasta que los cuervos empezaron a comer ojos. Ahora, cualquiera de los dos va a tener que ponerse a rearmar la normalidad perdida, con las diferencias de fine tuning de las que ya hablé.

Mitch actualizó su estado: ahora es still thinks Gore is going to run.




00:10 BUE – Robert Lo, en LA,
vuelve a la iglesia

OK, comí un buena chicken pot pie, y galletitas con forma de animales, y tomé un jugo de manzana y uva (Nota del traductor: Cepita).

Después me fui caminando a la iglesia. Habia exactamente una persona antes que yo. La mesa electoral estaba adentro de una habitación llena de crucifijos de madera y esculturas de ángeles colgando de las paredes. Parecía una clase de catecismo.

Los sujetos a cargo de la mesa eran un montón de viejitos y una señora coreana para innovar. Una mamá elegante, claramente del barrio pudiente de Larchmont, trató de colarse pero no la dejaron. “Le toca a él” dijo uno de los fiscales, señalándome a mí. La mamá de Larchmont, frustada por no haber podido los 30 SEGUNDOS ENTEROS que tuvo que esperarme, suspiró fuerte. Así que le di a la señora coreana mi dirección y ella me preguntó el apellido. Después me mandó a otra mesa a buscar una boleta rosa que me fue entregada por una viejita vestida de rosa (no tengo idea de si esta coordinación de color fue deliberada).

Entré al cuarto oscuro: básicamente una mesita entre cuatro paredes de plástico empotradas sobre la mesa, y voté. Había que usar una lapicera de tinta para marcar las boletas, así que me quedé sin usar aparatitos electrónicos exóticos o el punzón para agujerear cosas que lo hizo ganar a Bush Florida (y la elección) en el 2000.

Marqué un voto para Obama, y me sentí bien. Después di vuelta la hoja y vi que tenía que votar jueces. What the hell? No sabía que votábamos jueces hoy. Me sentí como el pibe que no estudió para el examen. Así que dejé la sección de los jueces en blanco y pasé a la de propositions. Voté por protección animal, en contra de prohibir el matrimonio gay, y por una reducción de leyes retrógradas anti-droga. Ah, y también voté por el tren bala entre LA y San Francisco. Porque, la verdad, ¿quién no quiere viajar en el tren bala?

Había un montón más de propositions, que yo no tenía la menor idea de qué eran. Así que agarré una copia del LA Weekly y me fijé quiénes las apoyaban. Procedí entonces a completar el resto de la boleta, votando que sí a todo lo que dijera el LA Weekly.

Seguramente no estaría de acuerdo con el LA Weekly en alguna que otra proposition si me tomara el trabajo de leerlas. Pero apuesto a que cualquier desacuerdo debe ser extremadamente mínimo. En cualquier caso, nada que valga el tiempo o el esfuerzo de informarme como votante.




23:52 BUE – Amy Wang, en Torrance
más que levemente emocionada

Vengo de votar. Siempre voté en cada oportunidad que tuve, desde que tengo edad para hacerlo, incluso en las más aburridas, aparentemente irrelevantes elecciones locales. ¡Y hoy tuve que hacer cola! Una cola corta, de tres personas. De todos modos. En un suburbio patético como Torrance es inusual.

Uno de los mejores momentos de esta semana fue hablar por teléfono con my hermano de veinte años que vota por primera vez, acerca de cómo asegurarse de que votaba bien. Al final de la charla, sentí que hacía falta decir algo estimulante, así que se me escapó: “Now let’s put a black guy in the White House”, una línea que me sorprendió, pero me hizo sentir bien. Mi hermano es uno de esos chicos de clase media alta que creen quel rap es cool, y los pibes de las gangs son cool, y la cultura negra en general es cool. Me resulta asombroso que en la primera elección que le toca, de hecho puede votar a un negro para presidente. Hay algo revolucionario en eso; que los negros pueden ser matones y delincuentes, pueden ser estrellas de hip-hop materialistas chorreando bijouterie, y ahora hay negros que pueden ser profesores de leyes educados en Harvard que terminan siendo líderes del Mundo Libre. Para generaciones más jóvenes que la nuestra no es tan raro, pero para cualquiera que tenga más de 30, es la prueba de que incluso la sociedad americana moderna puede evolucionar. Eso, para mí, es esperanza.

A medida que me hago más vieja, también me voy aislando de los otros seres humanos. Pero el 11 de Septiembre fue un evento que me hizo sentir, de pronto, profundamente conectada con el resto del país, sin la necesidad de haber tenido ningún contacto físico con ellos. Fue algo que todos los norteamericanos teníamos en común, un dolor compartido que estaba por encima de toda perspectiva individual. El cliché de que la tragedia une. En la mísma línea, aunque por un sentimiento completamente opuesto, el 4 de noviembre del 2008 es la segunda vez desde entonces en la cual me siento intensamente conectada con mis compatriotas. Robándole a Obama el título de su libro, es la audacity of hope lo que ahora une a tantos norteamericanos y nos llama a tantos a votar hoy. El 4 de noviembre es el antídoto al 11 de septiembre. Y una victoria de Obama va a ser el último capítulo, el final feliz, para una larga tragedia épica de siete años.




23:10 BUE – Robert Lo, en LA,
levemente decepcionado

Recién pasé con la bicicleta por el lugar en el que tengo que votar, una iglesia católica famosa por haber aparecido en el video de “November Rain”, de Guns n’ Roses. La iglesia en la que se casan Stephanie Seymour y Axl Rose. Ahí tengo que votar.

Bueno, pasé por la iglesia y vi que no hay nadie haciendo cola. Lo cual es muy decepcionante, porque quiere decir que no voy a poder contar acá historias de viejitos o negros emocionándose. Igual estoy en California, así que no importa en lo más mínimo por quién vote, ya que Obama se va a llevar el estado puesto con los ojos cerrados.

El evento significativo del día es ver si el estado consigue derrotar el increíblemente ignorante intento de una iglesia de mormones por prohibir el matrimonio gay en California. La iglesia, que ni siquiera está en California, sino en Utah, puso veinte millones de dólares para crear la Proposition 8, que modificaría la constitución de California y no sólo prohibiría los casamientos gay en el futuro, sino que también anularía los existentes (el matrimonio gay es legal ahora). Así que las radios emiten sin parar las voces de gente increíblemente macabra, que sonríe mientras con toda calma diserta acerca de cómo los gays de California van a violar a todos los niños del estado si les permitimos que se casen. Porque, evidentemente, si sos gay no sentís el impulso de violar niños siempre que seas SOLTERO. Ya con escuchar esos avisos es suficiente como para votar en contra de la Proposition 8.

El segundo evento significativo del día es: helado Ben & Jerry gratis, donuts Krispy Kreme gratis y café de Starbucks gratis, por votar. Aunque yo no tomo café, no tengo ningún Ben & Jerry cerca y ni siquiera sé si venden Krispy Kreme en Los Angeles. (Nota del traductor: Sí venden, en Culver City). Así que, otra vez, esta elección es bastante decepcionante en términos emocionales.

Igual lo mejor esta noche va a ser ver a todos los comentaristas republicanos en la notablemente chillona y demencial cadena Fox, atrapados en el estudio mientras los demócratas toman el país, en tiempo real. Va a ser un velorio a la antigua, en Fox News, y con un poco de suerte tal vez podamos ver gente que no nos cae particularmente bien gritar y lamentar el fin de la vida que conocemos. Lo que seguro voy a hacer esta noche, es chequear todos los blogs políticos obsesivamente, celebrando que a partir de mañana no tendré motivos para volver a leerlos. Por lo menos hasta las próximas elecciones legislativas.

Decidí mientras escribía esto que tengo hambre. Así que me voy a comer algo, y después a votar. Tal vez, para cuando llegue, se haya formado una cola en la iglesia.




22:43 BUE – Hernanii, con sticker pero sin café

Después de votar, Irina salió de la cabina y Mary Santoro le dio una calcomanía chiquita, del tamaño de una escarapela, para pegarse en la solapa. “I voted”, decía la calcomanía, al lado de una bandera de Estados Unidos. “Con esto podés pedir un café en Starbucks”, dijo Santoro. A su lado había otro funcionario, posiblemente hijo de filipinos, con una ristra de calcomanías colgándole de las manos. “¿Te pedir un sticker para él?”, le preguntó Irina. El tipo me miró un segundo y me dio la calcomanía, que me pegué en la solapa de la campera. Recorrimos el mismo largo pasillo de antes, en sentido contrario, viendo las caras de los que todavía hacían cola. En las horas siguiente, que pasé sentado en esta silla anclado a TP y las noticias, supe que las colas habían sido larguísimas en todos lados y que la razón, además de una infraestructura electoral que cruje por todos lados, es que apareció a votar muchísima más gente de la prevista. En nuestra cola vimos mucha gente, los desafortunados miembros de los distritos-mesas 104 y 107, que habían estado más de dos horas ahí, y todavía no habían votado. Acompañé a Irina al subte y volví a casa. Pasé por el Starbucks, pero no redimí mi calcomanía. Me olvidé.

Ahora estoy viendo a John King, el extraordinario periodista de CNN experto en mapas electorales. Recién, en los primeros resultados, nos decían que la carrera en Indiana, con el 8% de los votos escrutados, estaba muy pareja, 50%-49% para McCain. Pero nosotros queríamos saber cómo venían los votos en los enclaves progresistas de Indianápolis y Bloomington y en los suburbios industriales de Chicago, en el norte del estado, para saber si debíamos preocuparnos. Y ahí apareció King, con el mapa county por county de Indiana, marcando de verde con sus dedos las líneas que nos dejaban más tranquilos: no hay votos todavía en Bloomington ni en la capital ni en los barrios obreros del norte. Aun así, los datos están complicados. No quiero decir mucho todavía, pero parece que paliza, por ahora, no hay.




21:54 BUE – Ariel Svarch charla con señoras en Atlanta

Falta poco menos de una hora para que cierren los comicios en el estado de Georgia y no puedo evitar una sensación de rareza descomunal. El campus de Emory que, como todo conglomerado de jóvenes universitarios, suele ser un océano de hope-you-can-believe-in-istas, está vacío desde esta mañana. Si esto fuera una nota para Clarín, sin duda usaría lugares comunes como “la calma antes de la tormenta” o “el ojo del huracán”. En realidad, se siente más como ese momento en el que el pequeño remolino de la bañadera está por tragarse lo que queda de agua y largar ese ruido espantoso que tanto me maravillaba de chiquito.

Acabo de volver de una biblioteca convertida en lugar de votación, y la experiencia fue decepcionante. Para empezar, como era acá nomás, los únicos votantes eran estudiantes de Emory, blancos y jóvenes. Y había pocos. En un estado donde cerca de la mitad de la población es negra, mis expectativas eran bastante distintas. Pero la segregación, que ya no es legal, sobrevive en la geografía: los negros viven y votan en barrios negros, aunque trabajan en barrios blancos. El campus, obvio, queda en una zona bastante blanca. La señora mayor de la entrada (toda la gente a cargo de este lugar es elderly white people, que cobra 100 dólares por dedicar el día a supervisar la elección) me explicó, muy cordial, cómo funciona todo. Los votantes vienen, llenan una planillita, les verifican los datos dos veces y, si están en la base de datos, les dan el chip que meten en la computadora y votan. Además de presidente, eligen senadores y house members estaduales y federales, jueces de la corte suprema estadual, fiscales, comisionados y otros puestos ignotos, además de unas cuatro o cinco enmiendas a la constitución de Georgia. Las otras señoras voluntarias estaban encantadas de que un argentino paseara por ahí, interesado en ver una democracia de verdad en plena acción.

No había colas, el ritmo era relativamente rápido mientras los votantes giraban de mesa en mesa, y hasta había un viejito simpático que pedía un aplauso general cada vez que un elector primerizo terminaba de dar su voto. Mis sueños de volverme un periodista de denuncia y mostrar cómo la población negra era privada de sus derechos gracias a la combinación de complicados trámites, una burocracia maligna y herramientas tecnológicas fraudulentas se hicieron humo. Según me cuentan, el verdadero quilombo era a la hora de votar con anticipación.

Los demócratas del campus, de todos modos, parecen congelados en un rictus nervioso que sólo puede disiparse con el último voto. La única segura de la victoria de Obama es mi compañera republicana, cristiana practicante, que no entiende cómo es que sus adversarios andan todos con caras largas. Trauma electoral, que le dicen.


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