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Democracia en América

27 10 2004 - 06:55

En parte porque se murió hace poco, y en parte porque faltan diez días para las elecciones, nadie debería perderse Democracy, el portfolio de Richard Avedon que publica The New Yorker en su último número.

Es lo mismo de siempre con Avedon, lo cual lo hace imperdible. Retratos de frente, mirando a la cámara. Gente normal, común, fea, vizca. A veces, muchas, incomoda “mirarlos a los ojos”. Aunque su foco esté, en este caso, en la gente común—”¿por qué le habrán puesto Democracy?”— , yo no puedo dejar de mirar esa foto de Sean Penn y “think” tatuado en sus dedos. Esa cara de sacado y la imposibilidad de que la democracia contenga a los sacados, que a su vez son los únicos que la enriquecen. Un problema de los sistemas.

Hace un par de años, el Met montó una muestra monstruo de Avedon. Allí estaba el trabajo que había hecho en el ‘76 para el bicentenario de los Estados Unidos, los retratos de una elite en el festejo de la democracia. Supongo que en aquel momento, right after September 11th, había algo de fascinante en ver en esa foto de hace un cuarto de siglo a Rumself, G.W. Bush, Rockefeller, Katherine Graham, algunos Kennedy. La comprobación de que este país es fascinante y de que no tiene arreglo.

Del catálogo de aquella muestra, algo que representa lo que inspiraban esos retratos: “Stripping away everything inessential —background, props, dramatic lightings, unusual poses, movement— Avedon was able to achieve an extraordinary intensity of characterization.”

Avedon nació en 1923 y murió hace un mes. En el medio fotografió todo, con algún foco en la moda, lo que supongo que le habrá dado a su trabajo ese aire de pretendida (y muchas veces falsa) superficialidad.

Seguro que, en todo caso, el tipo no está desesperado. Su reflexión sobre la democracia no le impide dormir de noche. De lo más interesante de Avedon es el modo “smooth” que le imprime a su crítica a la democracia, sin por eso ceder un milímetro de profundidad.

Largo paréntesis. (No quiero sobreinterpretar: días atrás le comenté a Puricelli si no creía que The First of the Gang To Die, el tema de Morrissey de You Are The Quarry, no era un homenaje a alguien que había muerto de Sida después de vivir al límite. Puri me miró como para tomarme la fiebre y me dijo: “no, me parece que es una canción dedicada a un tipo que es el primero en morir dentro de un gang.” Chapeau, iba a decir yo, claudicando, pero Raff complementó el intercambio: “Ah, la literalidad de Puricelli… Siempre pensé que First in the Gang… era sobre las dos cosas — eso es lo que la hace atractiva: ¿Está hablando de criminalidad o de the Gay Life? What does he mean with “gun”? OK, lo último es un poco grosero, pero esa es la gracia de Morrissey, también: lo sofisticado y lo bestial, shaken, not stirred.” Chapeau again.)

Quite the opposite es el caso de otra Democracy, la que montó el Bank of America en el Rockefeller Plaza. Parece que no hay vuelta, que todo tiene que ser añiñado, “didáctico”. América ha creado, llenado y vaciado las mejores ideas del último par de siglos. El Bank of America refleja eso: es difícil distinguir ahí si el salón en el que Kennedy resolvió la crisis de los misiles con Cuba es en algo distinto al avión presidencial que usó Nixon para sabe Dios qué, además de para viajar. El Bank of America es, above all, America, un tono pánfilo para acercarse a las elecciones con alegría, sin ninguna rabia, aunque fuera desteñida. Podría ser una exhibición de chocolates y nadie hubiera notado la diferencia. O sí, porque la verdadera pregunta es: ¿por qué el Bank of America hace una presentación tan grande y cara y de tan alto impacto sobre la democracia? No es el tema que más vende, no son los corpiños de Madonna. Hard to know.

Sin querer, la exhibición tiene una parte muy interesante, en el subsuelo del Rockefeller Center, desde donde suele verse la pista de patinaje en primer plano. Allí, un mapa muestra los miles de sistemas de votación distintos que conviven en el país. Y al lado, seis ejemplos, seis máquinas para votar, como las usadas en el 2000, como las que se usarán el 2 de noviembre. Fui con mi hermano, otro demócrata como yo. Gente casi apasionada por el voto, diría yo. Tardamos un promedio de 15 minutos en emitir nuestro voto en cada máquina. En dos, simplemente no logramos entender cómo hacerlo.

Es increíble, sobre todo tratándose del país en el que “democracia”, “tecnología” y “divulgación y expansión de los avances tecnológicos” figuran entre los íconos mayores desde Tocqueville en adelante. Desde casi cualquier punto de vista, hay sólidos argumentos para decir que Estados Unidos está muy, pero muy atrasado en cuanto a cómo poner la tecnología al servicio del espacio público. La democracia electrónica, acá, es más una amenaza que un sueño.

Fuera de eso, que nada de la exhibición parece cuestionar, el resto es un libro para niños tontos sobre lo lindo que es vivir en democracia y en modernidad, una relectura estúpida de alguna buena película de Jacques Tati.

Panfleto para retardados, como buena parte del discurso político. Nada entre el Caos y la Celebración, entre Nixon y Penn.


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