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Ivana Settembrini

10 11 2008 - 02:36

“El señor Settembrini no se preocupaba más que del progreso, como si esto –suponiendo que existiese- no fuese debido a la enfermedad, es decir al genio, que no era otra cosa que la enfermedad. Existían hombres que habían penetrado conscientemente en las regiones de la enfermedad y la locura para conquistar, para la humanidad, conocimientos que iban a convertirse en salud después de ser conquistados por la demencia, y cuya posesión y uso, después del sacrificio heroico, ya no se hallarán por más tiempo subordinados a la enfermedad y la demencia.”(*)

A la vuelta de mi casa había una fábrica de partes eléctricas. La fábrica, pequeña, estaba ubicada sobre un terreno de 50 metros de fondo, tenía un hermoso jardín lateral, que funcionaba también como estacionamiento para algunos autos y camionetas. En ese jardín al fondo había un sauce y varias trepadoras con flores, también un quincho con parrilla al aire libre para los empleados. En la entrada, sobre el terreno, pero casi en la vereda un palo borracho añejo en flor (es primavera). En esa fábrica trabajaba en la cocina, preparando la comida de los empleados de planta, la madre de una compañera de colegio de uno de mis hijos. El barrio donde está la fábrica progresó y se transformó en el lugar deseado para vivir de parejas y jóvenes familias que vienen emigrando más que nada desde los Palermos, en busca de casas más bajas y árboles más grandes. Vienen detrás de esa promesa. Paradójicamente vienen a buscar lo que ese propio movimiento está haciendo desaparecer. Porque precisamente esa demanda, esa búsqueda, hace que el barrio sea muy apetecible al negocio inmobiliario que al final es el que termina con las casas bajas y los árboles. Hay además otro negocio: parece que éste es uno de los pocos barrios, sino el único, donde aún pueden funcionar depósitos en la ciudad de Bs. As. Entonces algunos terrenos grandes, los que no se venden para emprendimientos inmobiliarios multifamiliares, son utilizados como depósitos de carga y descarga por empresas de logística que suben y bajan pallettes de fideos, shampues y otros productos de consumo masivo que se distribuyen al por mayor hacia centros de distribución minorista. En este barrio el bienestar económico de los últimos cinco años propició muchos buenos negocios inmobiliarios y muchos otros buenos negocios para la cadena de valor de las empresas de logística.

El progreso del barrio –desde casas de los años 30, 40 y 50 construidas por inmigrantes proletarios o muy pequeño burgueses, hasta los nuevos pequeños edificios con departamentos de dos y tres ambientes, eso sí, con dos baños (uno en suite) que también alojarán muy pequeño burgueses- se inscribieron en los índices de crecimiento, que a su vez contribuyeron a la disminución de otros índices de orden humano: la desocupación, la pobreza, la indigencia. Un hombre, —una mujer en este caso— “de progreso, de liberalismo y de revolución burguesa” diría “¡Qué bien!”. No diría que cuánto le duele que corten palos borrachos añejos, demuelan casas chorizos cubiertas de hiedra y muden la fábrica Kombi, bastión romántico del barrio, a Floresta en aras de un mejor negocio para todas las partes. Una mujer de progreso, una humanista, una individualista debería celebrar las mejoras que el hombre pueda proporcionarle a la Naturaleza, esa “fuerza estúpida”. La vuelta del hombre a la naturaleza, “todo ese estilo Rousseau de profetas regeneradores, vegetarianos, naturistas no busca otra cosa que deshumanizar al hombre y aproximarlo al animal”. Eso debería decir una humanista. ¿Acaso el Progreso no está del lado del Bien y de los valores humanistas como la cultura, la ciencia, en suma, la razón?

Defender la propiedad unifamiliar, los árboles, la conservación de las fachadas y los trazados originales (los empedrados, los bares viejos de las esquinas rosadas) sin duda estaría del lado del Conservadurismo Irracional sustentado más que nada por preferencias de orden estético. El árbol añejo es lindo. El playón de estacionamiento es feo. El edificio de cuatro pisos es feo. ¿La villa es fea o es linda? ¿No es acaso más “natural” la villa que el condominio, con su trazado orgánico y sus construcciones artesanales? La literatura ha usado el atributo pintoresco para este tipo de paisaje.

La semana pasada los distribuidores de noticias anunciaban una marcha en San Isidro por el fin de la violencia. Suponemos que la petición se traduce en más agentes de policía, más juicios con condena, mejores controles y eventualmente más imputaciones, (la cantidad acá entiendo que crecería gracias a la extensión hacia abajo del rango etario). Lo cual, también, podríamos traducir como “más orden”, y llegar así finalmente a “más progreso”, que a veces los diarios equiparan con “más educación”. En La Nación alguien citaba el otro día a Victor Hugo “donde se abra una escuela, se cerrará una cárcel” Cita que, por supuesto el hombre de la nota en cuestión —un pedagogo— desmitificaba para referirse a los delitos de guantes blancos, los hackers, etc. La Nada misma. Causas y efectos: cuando escuchábamos sobre la iniciativa de esta marcha, nosotras las progresistas, humanistas, individualistas (las Settembrinis) decíamos: “si hubiera una marcha reclamando el fin de la miseria, tal vez iríamos” Porque, nos decíamos, entre nosotras, el origen de la violencia es la miseria, y a quienes hacen buenos negocios ocultando la miseria, repartiendo subsidios para subsidiar la miseria, no les viene bien que se termine. Decíamos eso y nos sentíamos un poco bien. ¿Qué pediríamos en esa marcha para combatir la miseria? Bueno, lo de siempre: acceso a un trabajo, a una vivienda, educación, salud. Acceso a los valores burgueses, progresistas y humanistas. Ah, control de natalidad también, dijo alguien por ahí. Eso viene con la educación, contestó otra señorita sin ideología, apelando al sentido común y a la condición de Otro de los miserables. En resumen: huir del estado natural, de lo que nos hace más animales. ¿Sería la miseria tal vez un rasgo más animal que humano? Agarrar todo el presupuesto destinado a poner mil nuevos agentes de policía que controlarían a la población de tres villas y usarlo para construír una urbanización con cloacas y agua corriente. Y emplear en la construcción a los que finalmente van a ser los destinatarios de las casas. Digo, lo obvio que se le ocurre a cualquier bien pensante con sentido común. Pero no, invertimos ese dinero en los mil policías, que van a tener que combatir contra diez mil nuevos miserables (arbitrariamente asigno 10 nuevos miserables nuevos para cada nuevo policía). Y también creo que el presupuesto nos alcanzaría para construír unas bibliotecas y un par de escuelas (para darle el gusto a Settembrini). Pero no, en cambio, mejor poner a la Gendarmería en la villa y armar un gran video game no-virtual donde el juego sea “disparen al Gendarme”.

Alguien presentó hace poco un proyecto de ley para que haya en las escuelas bonaerenses una hora más de gimnasia, porque el 20% de los niños está gordo. La obesidad —decían— es producto del sedentarismo: los chicos están muchas horas con la PC y la televisión. No hacen ejercicio, por eso están así. El proyecto de ley no mencionaba que los chicos están gordos como lógica consecuencia de las enormes cantidades de azúcares y grasas que consumen, de nuevo, como lógica consecuencia de la comercialización exitosa de estos productos que es —otra vez— lógica consecuencia del bombardeo indiscriminado de publicidad .“Hacé más feliz a tu hijo, comprale esto y también ésto”. ¿Cómo no lo vamos a hacer feliz? Nosotras queremos que nuestros chicos sean como los de la propaganda. ¿Qué importa la salud, si de la enfermedad depende la dignidad del hombre y su nobleza? Yo me paso todo el día sentada frente a la computadora, no hago ejercicio, lamentablemente, pero no como esas cosas que hacen felices a los niños y —modestia aparte— no tengo un gramo de más. La empresa de golosinas y todo su departamento de marketing, donde tranquilamente podrían trabajar muchas amigas humanistas, va a querer en este trimestre vender un 5% más de kilos de golosinas que en el trimestre pasado. Y eso es también progreso. Si los chicos hacen una hora cátedra más de gimnasia y siguen comiendo lo mismo van a seguir gordos, es así. Pero ojo, que la empresa de golosinas venda más es bueno para todos, también (bueno para los empleados de la empresa, bueno para los canales de televisión y todos su ejecutivos de ventas, bueno para los kioskeros, bueno para el índice Merval, en suma, bueno para el Capital).

Entonces pensamos en la marcha contra la violencia y la ley contra la obesidad infantil y alineamos ambos temas bajo el mismo título: Tratamiento epidérmico de problemas centrales, problemas capitales.

Al salir del subte descubrimos que Kombi no existe más, que al palo borracho lo tiraron, que la empleada de la fábrica tendrá que ir a trabajar a Floresta, por lo tanto su hija tendrá que dejar la vacante en la escuela pública bien reputada de nuestro barrio y ay qué tristeza burguesa sentimos, qué malestar, qué sensación de fin del mundo. Culpamos al progreso de todos los males, aparece el deseo de volver a la naturaleza para no ver cómo se terminan todos los barrios y todos los árboles florecidos.

Pocas cuadras más allá del árbol, un ex-pequeño asentamiento en tierras de los depósitos del ferrocarril también progresa al ritmo de la economía y es ahora un gran asentamiento. Donde había unas pocas casillas de una planta rodeadas de árboles paraísos ahora hay más de cien, que se elevan, gracias al cemento y los ladrillos. Allí también caen árboles, pero nacen muchos chicos y comen muchos perros que siguen siendo parte de la banda de perros del barrio.

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(*) Thomas Mann, La montaña mágica.


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