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Gonzo, en el Abasto

11 11 2008 - 03:23

Hola. Soy Madame Bovary. Transmito esto desde el quinto piso de un edificio de católicos y gorilas ubicado en el centro geográfico del Abasto Flogger. Miren: allá hay un grupo de peruanos escuchando reaggetón mientras las luces de El Harén de Bustamante titilan como si un poltergeist travieso buscara interrumpir los coitos de esta noche. Más acá, un grupo de tres hippies blancos improvisan una pieza andina en el kiosco de Cipriano: tienen un cajón peruano, una quena y un charango, y yo me asomo al balcón para escucharlos. Cuando terminan aplaudo y uno de ellos me mira y yo lo saludo con la V de la victoria y él me devuelve el saludo y yo lo confundo con uno de esos luchadores maravillosos de 100% Lucha porque las luces dicroicas del nuevo local de ropa le pintan la cara de azul. El otro día fuimos con C a revisar los percheros y te vendían a 120 pe un vestido de diseño mientras la vidriera ofrecía remeras cuyos estampados incitaban a los jóvenes como yo a luchar por la legalización de la marihuana. Ahora sólo me queda una cerveza abierta, 10 centímetros de un leber wurst de La Casa del Queso y seis carozos de aceituna que dibujan una esvástica irregular sobre el mantel. En el sillón, nuestro perro duerme como un bebé. De vez en cuando, cuando me fumo un porro y alucino que soy un personaje de una novela norteamericana, me acerco y le digo “Eres un buen chico. Realmente lo eres” y cosas por el estilo. Sólo nos estamos conociendo.

Como decía Vonnegut: “Todo esto sucedió, más o menos”. Es cierto que hace unos días un amigo me regalo el fascículo 3 de la vieja colección “Nam. Crónica de Vietnam 1965-1975”. También es cierto que los últimos dos fines de semana los perdí navegando las entradas sobre Robert Francis Kennedy y Ronald Wilson Reagan en Wikipedia. No tengo idea del por qué. Según los enciclopedistas anónimos, en 1928 un joven Ronaldo entró a estudiar sociología y economía en el Eureka College, en Eureka, Illinois. Es el nacimiento de una nación: Eureka es un condado de romanos y baptistas, alemanes agazapados tras los versículos de Job y mesas de enlace de white americans especulando con el precio de la soja; Reagan por su parte era el “Dutch”, un cristianuchi hijo de un demócrata whig y una madre emersoniana formado en el respeto al individuo y el culto por la tierra. Tenía por entonces diecisiete años. A los pocos meses de entrar se unió a la fraternidad Tau Kappa Epsilon y después consiguió un puesto como locutor oficial de los juegos de béisbol de los Chicago Cubs. Se trataba de un trabajo de supervivencia, a la que había que ponerle todo el cuerpo. Con la sola ayuda de una teleimpresora transmitiéndole los datos más importantes del partido, Reagan debía recurrir a sus dotes de orador y a su capacidad de inventiva para relatar los encuentros como si los estuviera viendo en vivo frente al diamante del Wrigley Stadium. Parece que era un chico muy talentoso: cuentan en Wikipedia que en una ocasión, durante el noveno turno frente a Saint Louis, el cable falló y Reagan debió improvisar un partido totalmente ficticio hasta que la conexión se restauró. Nadie se dio cuenta de la diferencia. Eso fue alta literatura.

La anécdota es maravillosa. Y el resto de la historia es conocida. Es cierto que Reagan fue elegido dos veces presidente de los Estados Unidos, ganó la Guerra Fría, vio caer el Muro y se edificó como uno de los Padres Fundadores de la Nueva Democracia Occidental. También es cierto que en su tumba, ahora, hay un trozo del Muro de Berlín indicando a los visitantes quién fue el ganador de la contienda. Por eso no entiendo a los que dicen que la democracia es gris…

Por mi parte también es cierto que en 1995 jugué al béisbol en el equipo del club Daom, del Bajo Flores. Dos veces a la semana, me tomaba el 132 y me bajaba frente al cementerio. La primera vez fui con mi abuelo. Estábamos hablando con el entrenador en el sector de las tribunas mientras una veintena de chicos daban vueltas alrededor de un rombo y gritaban cosas en inglés. El coach nos pasó revista de los días y horarios de los entrenamientos y cuando pensó que me iba al vestuario a cambiarme, nos fuimos. Volví a los dos días y él dijo en voz alta, para que todos lo escuchen: “Miren quién volvió. Desaparecido en acción”.

Ya ese día aprendí algo.

El resto de las cosas que aprendí no son relevantes. Aprendí a lanzar con cuidado el bate hacia atrás cada vez que le pegaba a la pelota, aprendí como ser un buen pitcher, aprendí a cuidar mi base cada vez que me tocaba hacerlo, y cosas así. El único partido que jugué, por lo demás, fue contra el Marianista, en un campo de deportes cerca de Pompeya. Recuerdo haber hecho un cuadrangular.

Pero ahora cierro los ojos y en el quilombo multicultural del Abasto pienso en esa frase de bienvenida:

—Miren quién volvió. Desaparecido en acción.

Si uno, por ejemplo, tipea el título de esa extraordinaria película protagonizada por Chuck Norris en la versión en español de Wikipedia, las primeras cuatro entradas son: “Guerra Sucia en la Argentina”, “Desaparecidos por la dictadura argentina”, “Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos” e “Ibex 35”. Raro, pienso, y hago click en esta última. Me dice la Wiki: “El índice IBEX 35 (Iberia Index) es el principal índice de referencia de la bolsa española elaborado por Bolsas y Mercados Españoles (BME). Está formado por las 35 empresas con más liquidez que cotizan en el Sistema Interconexión Bursátil Electrónico (SIBE) en las cuatro Bolsas Españolas (Madrid, Barcelona, Bilbao y Valencia). Es un índice ponderado por capitalización bursátil, lo cual significa que, al contrario de índices como el índice Dow Jones no todas las empresas que lo forman tienen el mismo peso.”

Y cosas así.

Nada de eso me significa demasiado.

Entonces voy al primero. “Guerra Sucia en la Argentina”. Leo: “Con el término guerra sucia en la Argentina se designa internacionalmente de modo habitual al régimen de violencia indiscriminada, persecuciones, represión ilegal, tortura sistematizada, desaparición forzada de personas, manipulación de la información y terrorismo de Estado que caracterizó a la dictadura militar autodenominada Proceso de Reorganización Nacional, la cual gobernó al país entre los años 1976 y 1983.”

Me llama mucho más la atención esto. Sobre todo eso de “internacionalmente”.

Igual, yo sólo queria saber algo de la película, no esto. Así que me quedo con lo que ya sabía: “Desaparecido en acción”, filmada a mediados de la década del 80, narra la historia de un soldado solitario que vuelve a internarse en la selva vietnamita para rescatar a militares americanos que continúan cautivos por las fuerzas del Vietcong. La historia real también es conocida: los yanquis perdieron la guerra y se quedaron con tanta leche que durante las siguientes dos décadas se abocaron a la creación de sendas ficciones en las que siempre un soldado invencible y solo, encarnando el patrotismo heroico de los que luchan sin el apoyo de un Estado y unas Fuerzas Armadas corruptas, regresa al campo de batalla a vengar el honor de la democracia.

Ahora pienso que en algún sentido hace unos años que nosotros venimos haciendo algo parecido a eso. Fabricamos miles de ficciones de la derrota mientras mandamos a nuestros peores Chuck Norris a escribir aventuras de una guerra que ya no existe.

Por eso tenés que volver de España, Chuck Norris. Dejá de ser turista: acá hay una guerra.

Ahora, por ejemplo, me dicen que nuestros chicos se dan con Calmador. Se veía venir. La sobresaturación de la música electrónica sumada al descendente número de lugares donde uno pueda ejercer el derecho a ser un headbanger del goa trance llevó inevitablemente a una merma del consumo de éxtasis. Y si a eso le sumamos que el procesamiento a Ricky Martínez asustó a no pocos musculosos con droguerías caseras que prefirieron suspender momentáneamente la producción de anabólicos, ansiolíticos y opiáceos, la circulación masiva de una droga de venta libre, sin receta, que cualquiera de nosotros puede comprar en el Farmacity de Corrientes, era esperable. Así son las cosas.

Yo por mi parte ya no me acuerdo con qué me daba. Pero si me acuerdo que ese mismo año en el que sacaba jonrons como si fuera un pitiyanqui white trash, leí “Rojo y Negro” de Stendhal. La novela me voló la cabeza. Me imaginaba a mí mismo como un Julien Sorel pálido y grunge, acumulando imágenes que usaba para reflejarme y encarar la dureza sentimental de la edad del pavo. Tenía muchas. Además de Cobain, convivían en mi cuarto imágenes del Che, Evita, Lenin, Mao, Stalin, incluso una de Chacho Álvarez. En serio. Por ese entonces yo no votaba, pero jamás voy a olvidar aquella salida del colegio cuando la caravana del Frepaso pasó por Rivadavia y todos los blancos, gorilas y futuros cristianuchis que conformábamos la franja etaria del barrio, corrimos detrás del Frepamóvil o como mierda se haya llamado, vitoreando la figura emblemática de Graciela Fernández Meijide. Hasta me llevé un póster de la fórmula, que pegué en mi pieza hasta unos días después de las elecciones. Todo esto es cierto.

Por eso al día de hoy me sigue emocionando que haya niños que coleccionen fotos y sueñen con alguna forma de poder.

Como Cumbio.

O como cualquier otro niño peronista nacido en democracia.

Ahora ya es tarde. Son más de la una y media de la mañana y afuera ya no hay música. Quisiera en algún momento volver sobre aquella impresión que me generó la palabra “internacionalmente” en la entrada sobre la Guerra Sucia argentina. En serio. Sobre todo ahora que pienso que todo empezó con una novela francesa del siglo XIX, de un autor que leía La Gaceta de los Tribunales para calmar su ansiedad realista y que, como Vonnegut, decidió en el mejor momento de la novela salir del agujero, dar la cara y transcribir un debate con su editor en el cual éste le dice:

—Si sus personajes no hablan de política no son franceses de 1830 y su libro ya no es un espejo, como usted pretende…

Pero no. Como decían los soldados que luchaban contra Victor Charlie en Indochina, estamos bends and motherfuckers.

Estamos atacando a ciegas.

Es hora de ir a dormir. Ahí escucho el tren.


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