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Blanco, en la consultora
Diego Blanco
12 11 2008 - 10:25

Estoy leyendo el libro de Schmidt en tiempo record. Me lo estoy tragando, como se dice. Hacía rato que no deglutía un libro de esta manera. La TV y los textos de teoría política quedaron en un segundo orden. Salvo la noche en que Obama fue electo presidente. A Obama no le digo negro como a Menem no le decía turco. A Chacho le decía Chacho, pero todos le dicen Chacho, los que lo votaban y a quienes les chupaba un huevo su candelero noventista. A Carrió nunca le dije Lilita y a Fernández le digo Cristina y no conchuda o revanchista o montonera como los vecinos de zona norte. Y al libro de Schmidt, decía, me lo estoy tragando así, tranquilo y en continuado, en dos días por ahora y con un tercero para hacer la digestión. A Esteban, a quien no conozco salvo por este medio, le digo Schmidt.

A mi jefe lo llamo por el nombre pero cada vez menos, porque cada vez nos cruzamos menos y ya prácticamente no lo menciono afuera de la oficina. No lo cito, digamos. En el último tiempo, a fuerza de plantarme en cuestiones de fondo en el laburo, el tipo ya no me llama más por el sobrenombre que me endilgó cuando era un pichón, acá. Ahora me dice Diego y hasta cuando cruzamos un par de palabras sobre el tema de turno del país le dice a mis compañeros que digo cosas ciertas. También digo que es chanta, como Manteca, pero ahí él no dice nada. Claro, no se lo digo así, con ese tono, porque no viene al caso y hasta no conseguir otra cosa, mejor evitar un desplante. Porque pensándolo mejor, sería más preciso llamarlo ladrón, a secas. O mejor chanta y ladrón, que por cierto no son términos rivales y bien pueden ir en una frase con nexo coordinante.

Pero decía que cuando charlamos, lo hacemos de política. Por varios motivos, pero sobre todo porque laburamos en una consultora de opinión pública. Él como dueño y yo como empleado, predilecto en su momento y paria hoy. Lo de paria calza justo porque cuando entré era un gil que quería hacer familia en todos lados. Después comprendí en qué consistía eso de lo familiar en la empresa. Solo en el marco de una familia alguien puede limpiar la mierda del otro. Y en las consultoras hay mucha. Las consultoras, en los últimos tiempos, se convirtieron en usinas de la desmesura.

Estoy por cumplir cinco años en esta consultora. Cinco años de mis treinta y pico. Y pienso en mis treinta y pico y pienso también en el libro de Schmidt, que es al mismo tiempo aleccionador y testimonial. De los de cuarenta y pico hacia los de treinta y pico. Pero lo pienso así, rápido, y lo tipeo y después veo. Como cuando en los años noventa escuchábamos Juguetes Perdidos y la canción te marcaba la distancia generacional entre el portador de la pelada escénica y las bombitas pequeñitas de abajo. Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene. Y se terminaba el recital conceptual. Después te regalaba un JiJiJi para que te sacudas y te vayas a dormir, colmado y vacío. Esa mezcla rara que te dejaba un recital ricotero, luego de dos horas vacuas de intentar atrapar el instante lleno.

Pero sigamos, entonces después de cinco años acá, un día me pudrí del todo, me apagué del todo, me saqué de encima algunos lastres del tipo mandato y en pleno conflicto con el campo senté precedente. Hago un breve rewind para contextualizar: a fines del 2003 y con el aprobado en inglés terminé los estudios como politólogo en la UBA. Ese año lo había dedicado por entero a sacarme de encima las materias rezagadas y a insertarme rápidamente en el mercado laboral. El fantasma de la vagancia me acechaba. La novia de un amigo, en ese entonces, trabajaba en una consultora de opinión pública.

—¿De qué es el trabajo?

—De encuestador telefónico.

Mierda, pensé. Los politólogos seremos los ingenieros taxistas del alfonsinismo. Y así arranqué, antes del año logré destacarme y se enteraron de que estaba recibido. Vamos con los pibes, pensaron. Vamos a crear nuestras inferiores. Son sanitos, están con ganas, se creen todo esto, apuestan a llegar a algún lado y sobre todo son educados. No reclaman nada, apenas que no se les grite y que se les pida las cosas por favor, son de la generación desgremializada. Los pibes son baratos y quizás te salvan.

En menos de un año me promocionaron al área de analistas de proyectos de la unidad de negocios de Opinión Pública. A laburar con partidos, gobierno y medios. Mi kirchnerismo, sin prebendas, previo al ingreso a la consultora, cuajaba perfecto con quien garpaba los laburos. Iba perfecto con la practicidad ideológica de mi jefe. Vamos K, vamos dieguito. TODOS UNIDOS TRIUNFAREMOS. Y así seguimos durante el 2005 y 2006. Laburando full time, creyéndomela un poco, reemplazando familia. Con ingresos keniatas (como el medio hermano de Obama). No entendía nada. Iba vertiginosamente al colapso de la vida.

El tiempo pasó, se fue K hombre y asumió K mujer, las cuentas se mantenían, había laburo, pero yo cada vez más paria. Alejado de todo, y fugado del personaje que había sido. Hasta que una tarde de mayo, mi jefe me llama y me dice que hay que ayudar a Cristina. Ya sabía por dónde iba la cosa. No era la primera vez que enunciaba el monólogo maldito que preanunciaba la alquimia estadística. Pero a la vez era la primera vez que me planteaba esto desde que me había avivado de que era libre, hasta cierto punto, claro. Entonces otras formas aparecieron y dije lo que quería decir. Me la creí, me creé, pongan ustedes lo que quieran acá, y dije:

— Yo no estudié para hacer estas cosas. Y además te regalo un consejo: si ponés esos números te van a salir a matar por todos lados. Yo, estas cosas no las hago.

Antes de bajar las escaleras y empezar a tirar curriculums y contactar amigos, me dirigí hacia la puerta de su oficina y miré un rato a ese tipo, de cierta relevancia en algunos ámbitos. Estaba solo ya en su monólogo, en su concierto, ofreciéndome una última psicopateada: No el podes entregar el país a la derecha. No le podemos entregar el país a la derecha. No le voy a entregar el país a la derecha.

Cerré la puerta y quedé del lado de afuera.


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