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Lezcano, en el 514

17 11 2008 - 05:51

Lengua y literatura. A eso me dedico a mis veintinueve años, con unas ganas que nunca tuve por ningún otro laburo en mi vida. (Porque si bien en esta cuestión pongo en juego algo así como el alma, ya que hay un placer algo más elevado que el simple hecho de pasarla bien, también hay reglas, normas, protocolos pertinentes y además me pagan por esto. O sea, es un trabajo). Lengua y literatura, gracias a las mentes brillantes del Ministerio de Educación, tipos seriamente incompetentes, se llama ahora Prácticas del lenguaje. Esa es la materia que enseño en las “ESB”, que es la sigla con la que se conoce a la escuela secundaria básica: séptimo, octavo y noveno del partido de Almirante Brown. (Es un tema aparte, el lenguaje críptico al pedo que se utiliza en el mundo de la educación. Alguna vez habría que tratarlo.)


Para quienes no sitúan Almirante Brown en el mapa, los ubico: queda en el sur del conurbano bonaerense; entre otras bellas y duras ciudades que tensionan los límites del partido. Son unas cuantas. Están las localidades de Don Orione, Rafael Calzada, Adrogué, Temperley, Mármol. El cuartel central del increíble astrólogo de Los siete locos quedaba por acá. Por estos pagos veraneaba, de pibe, Borges, no muy lejos de donde nació Ricardo Piglia. También de acá es oriundo Axel Fernández, un cantante melódico que hizo una publicidad de jabón en polvo.

En Almirante Brown tenés, en el mismo curso, a treinta pibes que se manejan con una variedad léxica distinta. Usamos todos la misma lengua pero no de la misma manera, así que el tema comunicación, qué palabras y sobre todo cómo usarlas, es el primer problema que un docente debe solucionar para poder dar una clase y que los chicos te entiendan. Que les importe o no lo que decís, esa es otra historia.


No estoy recibido, todavía tengo que meter unas pocas materias. Los benditos finales. Hace cuatro años que estoy metido en esta carrera y, la verdad, fue la única ocupación en la que tuve constancia. Pasa que me aburro con rapidez de las cosas. Ahora que ya estoy ahí nomás de terminar, estoy algo excitado. No en la acepción de caliente, sino más bien en el sentido de ansioso. Soy el primer profesional de la familia, algunos no terminaron el secundario, y es un verdadero orgullo para todos (lo digo con una emoción purísima y sin un  ápice de ironía). Porque, como dice la tapa de un disco de Ariel Minimal, un hombre solo no puede hacer nada. Me gusta pensar que este logro fue como una gesta colectiva donde todos pusieron su impagable aporte. Colaboró Patricia, mi novia, bancándome la parada al principio (al final y always), para que pudiera estudiar; mi vieja, que cuando estábamos de última, en la lona posta, nos tiro comida y plata para los apuntes y el alquiler; mi suegra, que durante un tiempo largo nos dio cobijo en su casa (seis meses durmiendo con Patri en una cama de una plaza), y el viejo Robert, un tipo que se presentaba él mismo como psicobolche y lector de Pagina 12,  que me dio trabajo de canillita para tener unos mangos de vez en cuando.

Ahora estoy trabajando en condición de suplente en dos colegios, con dos cursos. Son ocho horas por semana. Las horas se consiguen yendo a lo que se llama Actos públicos. Explicación express: en un día y horario establecidos, en el consejo escolar del partido, se exponen las horas de los cursos que necesitan docente suplente. Es por rama, un día Matemática, otro Historia, y así. Las horas se toman por puntaje. El que tiene más puntaje toma primero y continúa de esa manera. Mi puntaje es de 18.50, un valor que sale de la cantidad de materias aprobadas, del domicilio (si vivís en el partido te dan puntos) y de los cursos que hayas hecho, entre otras cosas. Estoy bien en el fondo del listado, tomo todo lo que los demás no quieren, lo que descartan, por razones siempre forras que las enuncian sin ningún pudor:

“En esa escuela los pibes son muy maleducados y sucios.”

“Los salones están hechos un asco.”

“No hay ningún directivo que ponga orden.”

Etcétera.

Y hay trabajo, también, porque parece que no hay muchas personas que quieran enseñar Lengua, al menos en comparación con otras materias. Me contaron que hay distritos que están en emergencia educativa en esta materia. Es decir que los pibes se pasan meses enteros sin Lengua y literatura.
Si hacemos una cuenta rápida para saber cuánto gano con dos cursos y lo traducimos en números, eso da lo siguiente: no llego a fin de mes. Con suerte, y privándome de algunos lujos como, por ejemplo, la comida, llego arañando las paredes al día quince. Pero mi novia tiene un buen laburo y ayuda, así que no estoy solo, lo que soluciona toda mi vida, empezando por la salud mental.

Tengo (te sale sola esa sensación de posesión) un séptimo en El Nacional de Adrogué. Y otro en la ESB 22, también de esa ciudad. Quedan a una cuadra de distancia una de la otra, están cerca de mi casa. El boleto me sale un peso veinte, y llego en media hora en la línea 514. La línea tiene los mismos colectivos desde hace veinte años, por lo menos. La sensación es que a mitad de camino la máquina agonizante se va a partir al medio. Pero es la única línea que me lleva, motivo por el cual se toma ciertas libertades. Para empezar, no tiene horario: un día pasa a las diez y media y al siguiente diez y cuarenta, y así hasta que un día te quedás mirando con cara de tarado el reloj y cayendo en la cuenta que hace ¡cuarenta minutos! que lo estás esperando. La 514 está más allá del bien y del mal. Les chupa un huevo, por usar una metáfora cristalina. Así que a veces llego tarde. En esos momentos, mientras corro transpirado hacia el salón, puteando por ser pobre y no tener auto, veo en una seguidilla rápida las caras de ojete de los directivos y cuando llego al curso las de los pibes, que estaban ilusionados con que se libraban de una materia, con ser libres para irse y subir fotos a su fotolog o sentarse en la vereda temprano y decir: “el boludo de lengua no vino, ojalá se haya muerto”. Ahí, en ese preciso momento, mientras sus cabecitas vuelan y ellos se frotan las manos alegres, abro la puerta y el mundo fantástico que habían imaginado se les derrumba con la violencia que solo un adolescente puede sentir en toda su magnitud. Exageran un poco, hay que decirlo. Así que uno pide disculpas para hacerlos sentir personas, y pasa un buen rato hasta que se calman y puedo comenzar con la clase que tengo preparada. Gajes del oficio. O como dijo Dylan y tradujo Calamaro: no cometas el crimen varón/ si no vas a cumplir la condena.

A pesar de lo que digan los mass media, la educación de este país está en crisis, pero no por los alumnos. Por supuesto que no quieren estudiar. A los doce años no te interesa qué es una oración unimembre. Pero ese es el desafío y siempre fue así. La sensación de que los pibes son mucho más agresivos hoy que los de antes es una falacia creada por los medios, que en su afán ilusionista te bombardean con la misma imagen, de un alumno atacando a un docente, tantas veces que terminás creyendo que pasa todo el tiempo.

Es cierto que son momentos áridos en cuestiones de sentido crítico.  Los alumnos forman parte de la misma sociedad maniquea, histérica, que se niega a crecer. Y a ayudar. Los mayores, igual que los pibes, están cautivos de la publicidad y el valor simbólico de las marcas. Todos son silogo, ahora, algo que atraviesa todos los estratos sociales (el capitalismo no discrimina). Esto va para los docentes también. Sobre todo para ellos. Pero tampoco es para tanto, y esta profesión sigue teniendo momentos bellísimos. Hablo de momentos como este: el curso milagrosamente está en silencio y sigue con su mirada una página, sigue las palabras que le van construyendo una historia que por razones inexplicables los toca. Es la literatura. Lo indescifrable. Yo leyendo El almohadón de plumas, como me pasó el otro día, y todo el mundo prestando atención, hasta el final. Ninguna interrupción. Cuando lo termino, los pibes entusiasmados comienzan solos a mencionar las partes que les gustaron, y a relacionarlas con cosas que les pasaron a ellos, situaciones de horror cotidiano y de pronto, sin darte cuenta, estás hablando de los géneros literarios, los miedos, la muerte y el amor. Con pibes de séptimo.

Cuando sucede algo así, no lo podés creer, porque uno vive fracasando con la literatura en el aula. Pero uno no escarmienta y lo intenta una vez y otra y otra, sabiendo que en muchos casos lo que leen en el colegio es lo único que leen en su vida, y entonces el aula se convierte en el terreno de lo posible. Todo es posible. Con esa idea me levanto a la mañana y salgo a ver a qué hora se le ocurre pasar al puto bondi.


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