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Hernanii, turista

19 11 2008 - 07:34

Estuve la semana pasada de viaje. Fuimos con mi mujer a Berlín y a Copenhague, dos ciudades donde ninguno de los dos había estado nunca.
Antes de viajar, pensé en escribir dailies desde ahí: corresponsal lírico-canchero-sociológico sacando de la galera párrafos y viñetas hasta alcanzar los cinco mil caracteres reglamentarios y cerrarlos con un moño sentimental o simplista o vagamente incomprensible. “Preutzlauer Berg es el Brooklyn o el Palermo de Berlín”, podría haber dicho. Ajá. O: “Yo, que no tengo mucha calle y me da cosita la mugre de Kreutzberg y otros barrios peroncho-anarquistas, viviría en Preutzlauer Berg”. (Me acuerdo que cuando vivía en Madrid, hace ya diez años, y venían argentinos de visita, me preguntaban, mientras paseábamos por un barrio cualquiera: “¿Esto que vendría a ser? ¿San Telmo?”. Era una pregunta que habitualmente me ponía de muy mal humor. Pero era un momento bastante malhumorado de mi vida.)

Estuve a punto incluso de llevarme la computadora, de cargar miles de kilómetros con esa bola y grillete para sentirme conectado, para sentir que podía estar listo para reportar en cualquier momento. Una parte de mí sabía que el proyecto era demente, que debía dejar la computadora en Brooklyn. Pero la inercia y el pavor que me provoca ver mil posts sin leer en el Bloglines insistían en no dejarme decidirme. Después leí un post de Terranova, donde decía esto:

No tengo ganas de escribir la típica crónica de viaje: dato objetivo más dato subjetivo más impresión personal más dato histórico más dato político más “oh, ese hombre hace que baila”. Tendría que ser algo ligeramente desdibujado, más preciso, no tan verboso. Y el viaje tendría que ser al desierto.

Terranova, legendario frenemy de TP, me sacó las ganas, porque yo tenía pensado, aun sin el entusiasmo necesario para que saliera bien, hacer justo eso: “Dato objetivo más dato subjetivo más impresión personal más…” Un ejemplo de lo que podría haber hecho:

En Berlín también sufrí el lado oscuro de los mercados hiperregulados. Un sábado a la noche me dolía la cabeza y quise comprar aspirinas. Recorrí maxikioscos y chiringuitos de media ciudad, creyendo que comprar productos de Bayer en Alemania sería facilísmo. Pero no. Las aspirinas se venden sólo en las farmacias, las apothekes, y ese sábado a la noche estaban todas cerradas. ¿Hay alguna de guardia?, pregunté. El mozo del restaurante italiano, donde habíamos pedido lasagna porque era la única palabra que entendíamos del menú, no entendía de qué le estaba hablando.

Dejé la computadora en Brooklyn, finalmente, dispuesto a chequear mi email una vez por día, en computadoras carísimas y en teclados sin la ñ, y a dejar que se me desemprolije el escritorio y la pantalla de Bloglines, donde un día, creo que el jueves, hice lo que nunca antes: Mark all as read.

Al final, por supuesto, fue una liberación. Me olvidé de escribir, de memorizar, de rescatar mordiscos de realidad, y me dediqué a hacer de turista y a filmar videos con una camarita de cien dólares que me compré el último día antes de salir. Me gusta ser “turista” porque me libera del esfuerzo de fingir que soy un “viajero”. Toda mi vida prediqué la superioridad moral de los “viajeros” frepasistas por sobre los “turistas” menemistas. Los “viajeros” intentamos entender la gente y la cultura de los lugares que visitamos; los turistas marchan de monumento a monumento, de hotel a hotel, sin preocuparse por la gente ni la cultura y dejando detrás basura y flores pisoteadas. Casi todo eso es cierto. Pero también es un laburo enorme. Esta semana hice la cola de dos horas en el Riechstag, me subí a la cúpula diseñada por Norman Foster y saqué 500 fotos y filmé varios videítos que ya le pasé a Raffo para ver si le gustan. Pagué la entrada del Museo Judío, donde también pagué para que me den los auriculares con la explicación. Fui a Checkpoint Charlie, un lugar vergonzoso donde dos turquitos vestidos de soldados gringo y alemán de la RDA te cobran un euro para sacarte una foto con ellos en el único lugar donde se podía cruzar de una Berlín a la otra. Todo el circuito oficial. Y también un poco del no oficial, pero no mucho. Interactuamos poco con los nativos.

(Era la primera vez en mi vida que viajaba con una cámara de video. Al principio no sabía qué filmar. Después desarrollé una inexplicable obsesión por los medios de transporte. La mitad de mis videos son trenes arrancando o frenando, planos generales de la estación central de Copenhague, estaciones de subte semivacías, la pista mojada de un aeropuerto después de la lluvia.)

Pero lo mejor de todo fue no tener la responsabilidad de escribir nada. Qué alivio. Qué alivio recibir cada dato como viene, sin relacionarlo con toda la biblioteca neuronal. Qué alivio no tener que sacar conclusiones. Qué alivio apagar el radar.

Así se gestó al final una gran semana, una semana sin metamensajes ni autorreferencia. Una semana sin filtros y pegada a la tierra, que es la única manera sana de vivir. Escribir no es vivir: escribir es vivir y mirar al mismo tiempo. Es jugar al fútbol y relatar el partido. Tener el radar prendido. Una paja.


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5. Noche