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Zuazo pre-rehab

24 11 2008 - 03:06

En mi infancia no tuve tele. Hasta los 12, que mi madre volvió de trabajar de Tierra del Fuego y trajo una. Tuve y miré tele, en mi adolescencia, en mi altillo de Tolosa. Pero volví a no tener, a los 18, cuando me fui a vivir-estudiar-trabajar a Buenos Aires. Me acuerdo que cuando estudiaba en la facultad, el único momento en el que extrañaba la tele era los lunes a la noche, porque pasaban el programa de Capusotto y Alberti, y me acuerdo exactamente el momento en que volví a tener una tele: diciembre de 2001, el 19.

Fue por bondad de la madre de un novio, que me escuchó decir alguna cosa comprometida como: “el país se cae y yo enterándome por la radio, la puta madre”. Necesité ver. Tres meses antes se habían caído las Torres y yo me había enterado por radio AM, en el bondi al trabajo. Y entonces ella entendió y me dio una tele, que sigue siendo mi tele. Imposible olvidarme de ese verano, del calor horrible, los mosquitos, durmiendo en el balcón, la gente con cacerolas. Preocupada por la estupidez general, yo evangelizaba en contra hacerse cacerolero, les decía a muchos compañeros de la UBA, futuros politólogos, que se iban a arrepentir, que era una cosa pasajera de gente bien sacada ante el miedo de que se viniera el negraje después de la caída del presidente conservador.

Todavía no había iPod ni mp3 así viajaba de vuelta a mi casa con radio AM, hasta llegar a casa y prender la tele. Mi tele tenía Telecentro, porque era pobre. Y mi novio, el de la madre del televisor, me había colgado al cable. No mirábamos TN; lo nuestro era 26 TV. Supongo que también por eso recuerdo ese fin de año como trágico y caluroso y latino: todo era trash, todo goteaba como si el camarógrafo de 26 TV llevara la cámara bajo el brazo y chivara mientras apretaba “send”, enviando esas “imágenes sin procesar”.

Al contrario de muchos compañeros estudiosos e inteligentes y siempre brillantes, yo nunca dije cosas como “yo no miro tele” ( tampoco que me parecen giles los que la miran).  Siempre me pareció que decir eso era como atajarse, como esa gente que habla tanto de coger que mientras te habla pensás “uy, este no la pone hace meses, vive a porno”. No, no: yo miro tele. Cada tanto me engancho con alguna cosa, y durante mis años de periodismo non-stop, como todo periodista, fui una pequeña esclava de las redacciones con televisores y me sabía la programación entera de la serie TN – 26 TV – C5N – Crónica, con avisos, infomerciales, adelantos, todo. No lo elegía, pero tampoco me jodía tanto. Después de años de redacción con la tele ahí, en el escritorio, cuando volvía a casa no la prendía. Pero por saturación, no por inteligencia. Iba al cine, leía, hacía cualquier otra cosa.

Pero hoy me di cuenta de que la saturación no es por culpa de la redacción o de la grilla de Telecentro. Hace unos meses que no trabajo en una redacción, y sigo sin prender la tele. Leo. Miro películas. Y hasta ahí todo bien, porque da cierta satisfacción seguir mi lógica de olvidarme de la tele.  Pero con Internet tengo un gran problema. El problema de Internet es que no se termina. No viene otro programa. No hay títulos con una canción al final. No hay tapa de atrás. Y para alguien como yo, incapaz de decir que no al exceso, eso es más terrible. Es el camino de lo inconcluso, del puro nunca acabar, porque abro la listita del  Bloglines y empiezo con un clic y cuando veo que ya me tomé la botella de agua y tengo sed, tengo 15 pestañas de Firefox abiertas esperando a leer, pero nunca llego a la 3 porque en cada una que leo hago clic derecho abrir en nueva ventana y listo, 3 ventanitas más por leer. Y al otro día a trabajar 9 horas para vivir, eh, no es que me regalan horas extras de vida para andar ahí leyendo de ventanita en ventanita. Y ojo, que a veces me atrevo al Mark all as read, sin tanta culpa como Hernanii.

Yo me justifico. Encuentro la primera peli que filmó Paul Thomas Anderson, voy a un link genial que me pasa mi amigo adicto-periodista con flyers porno, disfruto mucho de las 70 mejores frases publicadas en Esquire, miro un videíto de un escritor leyendo su párrafo preferido de su libro más famoso, chusmeo la visual movie review del día, siempre encuentro títulos perfectos, o me río con alguno que se hace el lindo, y eso que ni les cito mucho medio nacional, que es lo que más leo, porque quiero conservar algún amigo periodista. Me justifico, pero como un adicto. Porque siempre el clic me lleva a otro lugar donde me entero-aprendo-encuentro algo, que al otro día me hace pensar, crear, leer el libro de otra forma, contárselo a mi compañera de laburo, o a mis amigos adictos as me, ese que siempre que le mando un link me responde con otro. Y me justifico porque encuentro cosas como esto de hoy, en otra de esas noches donde me debato entre ir a terminar el libro, mirar la película, o hacer un clic más (sí, sí, uno más), hasta acá:

“Siempre quise escribir ficción y el periodismo fue un mal necesario –admite Piatek, ya en polaco–. Mientras trabajé como periodista estuve cerca de la locura porque recibía demasiada información. Después leí que el periodismo es el oficio en el que más aparece la depresión, por la imposibilidad de metabolizar tanta información. El periodismo es destructivo para el periodista. Y no es ético. Porque no es ético consignar información que uno no pueda vivir, verificar, sentir. La esencia de nuestra vida es lo que sentimos. Si la información no les sirve a los sentimientos, es como comer algo que no es comestible.”

Y entonces ya no me siento tan mal. Pero seguramente tal vez sea esa típica forma de mentirnos (“Un poquito más y dejo”) que tenemos los que alguna vez fuimos/somos adictos a algo. Hasta que llega el mail de mi amigo adicto-periodista , a quien le mandé la cita de Piatek apenas empecé a escribir esto:

“… recién respondo ahora (sorprendido, muy) porque había desconectado de mi notebook de la banda ancha —por lo mismo que citás y que estuve también a punto de mandarte— para poder concentrarme, no tentarme en bajar música y esas cosas, y así cerrar una mini-reseña que debo entregar ya. leí eso, sí, hace unas horas, y juro que estuve entre ponerlo en el FB o mandártelo, o ambas cosas. y ahora me acordé, de algo interesante que leí ayer, de alguien que —cuando me da la cabeza— me digno a leer.”

Me aguanto de responderle que yo también me pasé 2 horas del fin de semana ordenando bookmarks y descubrí esas citas de Esquire y ese video de tal y esa nota de fulano. Hago el esfuerzo y termino de escribir esto. Pero en cuanto termino, no lo puedo evitar: le respondo. Y me voy a terminar el libro de papel que tengo en la mochila y a dormir, por supuesto, 4 horas.

En breve, entro en rehab. Y les cuento.


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