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Casas y el Adversario

26 11 2008 - 14:37

¿Conocen el último chiste de gallegos? ¿no? Se los voy a contar: están implicados varios tenistas de primer nivel, inefables periodistas deportivos y más de 10.000 personas que colmaron el estadio de Mar del Plata en la final de La Copa Melva. Todos en busca de la ansiada ensaladera dorada que se vuelve tan esquiva para el tenis argentino como la Libertadores para San Lorenzo de Almagro. Desde que se supo que el rival de Argentina era España, lo primero que se pensó no fue en potenciar a nuestro equipo —solidificar el grupo, entrenar tácticamente de acuerdo a los rivales— sino en perjudicar al rival. ¿Nadal juega de manera superlativa en polvo de ladrillo? Bueno, juguemos en superficie rápida. Tratemos de que la cancha esté siempre inclinada para el lado contrario mediante un dispositivo invisible, juguemos en un lugar cerrado para que el griterío de la gente sea más poderoso. Si a los españoles les molesta jugar con nieve, pidámosle a Tinelli su máquina de nevar de Patinando por un sueño para que los copos puedan caer sobre la cancha mientras nuestros tenistas se desplazan en patines y los pobres españoles en ojotas —si podemos—. Nunca, bajo ningún punto de vista hagamos un culto del adversario. ¿Qué significa eso? Que queremos jugar contra los mejores en las mejores condiciones para ambos. ¿No es mejor jugar contra Nadal en la cancha de polvo de ladrillo y superarlo porque se jugó mejor? ¿No es mejor jugar contra Boca con Riquelme, Palermo y Palacios en el equipo? ¿Qué prueba queremos superar si los que vienen a jugar contra nosotros están disminuidos? En Hebreo, Satán significa el Adversario. Libros antiquísimos dan cuenta de una relación entre éste y Dios mucho más compleja de la que nos dieron prefabricada en la Iglesia cuando éramos chicos. Por ejemplo: es evidente que al Señor de Abajo tampoco le interesan los ateos, ya que sus intereses dependen de que la gente crea en Dios. Sino ¿contra quién se va a enfrentar? También es claro que mientras Dios está en el mundo para redimir, Satán lo está para tentar. Dios y Satán se pelean por el alma del hombre, pero ambos lo hacen con mutuo respeto. ¿No les parecen ridículas esas bandas de heavy metal que se la pasan invocando al Diablo con alaridos estruendosos y guitarras al mango? Al Diablo no le interesa el metal, no le interesa sobresalir. Creo que le gusta más el chamamé. Escuchando esas tonadas diabólicas y encantadoras uno puede volverse loco de verdad. Escribió Baudelaire: “El plan más perfecto del Diablo fue el de hacernos creer que no existe”. Esta frase se retomó en la película Los sospechosos de siempre y el Diablo ahí estaba personificado por Kaiser Soze, un hombre elusivo e invisible que estaba por detrás de una gran conspiración. A ver: el esclavo tiene que representar su poder. El verdadero amo jamás, porque tiene el poder real. El último chiste de gallegos cuenta esto: dice que en el pasado fin de semana una multitud repleta de confort, dinero y amor se sentó al costado de una cancha de tenis de plástico para hostigar a un equipo español de cualquier manera posible: Uno de los mantras fueron: “A estos putos les tenemos que ganar/ a estos putos les tenemos que ganar”. Otro: “Tiene miedo, Verdasco tiene miedo”. Daniel Scioli estuvo a la espera de la foto del triunfo con la gran ensaladera, para eso depositó cash para traer a la sede de Córdoba a Buenos Aires. Pero no pudo ser. Representaba —él también con su brazo cibernético— lo que le habría pasado a Luke Skywalker si hubiese cedido a las tentaciones del lado oscuro de la fuerza. Dicen que Guillermo Vilas fue capturado por una cámara indiscreta, festejando solo el triunfo de los españoles, en el retrete de un baño de hombres del estadio marplatense. Se sabe: la mayoría de los tenistas son unos salvajes. En ese sentido el público que colmó el estadio estuvo bien representado en la cancha: celulares micoscópicos, remeras Legacy, mocasines sin medias, modelos top, políticos y famosos. Un buen racimo de esos que piden más seguridad y que a los nenitos de siete años se los meta en cana de forma preventiva. Los que se refugian en barrios cerrados pensando que ahí están seguros. ¿Seguros de qué? ¿No leyeron historia? Otro dato de color fueron los comentaristas deportivos, algunos haciendo de la derrota una tragedia nacional y espiritual. “En cada saque estamos perdiendo quince años de vida”, dijo uno. Se ve que hasta este fin de semana llevó una vida entre algodones. Por último, para no despedirnos sin dar una nota de servicio, les propongo a los que estuvieron en este evento magno, un ejercicio espiritual que creó San Ignacio de Loyola para la gente que no tenía fe en Dios: Actuar como si se creyera: ir a misa, comulgar, tomar la comunión, recitar oraciones. La repetición sistemática llenará —decía Ignacio— el vacío de Dios. De manera que, antes de acostarse, pónganse la camiseta argenta, muevan la cabeza de un lado a otro —como si vieran un imaginario partido de tenis— y reciten diez veces o más: “a estos putos les tenemos que ganar/ a estos putos les tenemos que ganar”.


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