Click here
ARTICULOS RELACIONADOS

Pasternak y El Tío Teo
Julián Pasternak
28 11 2008 - 10:41

Señores mártires, amigos de la derrota, feministas embarazadas, artistas populares que todavía no compusieron su hit sobre Malvinas: estamos reclutando talentos para formar la Asociación de Víctimas del Autosecuestro de Luis Gerez. Los interesados deberán aparecer en ayunas, sedientos de amor, con la primera evacuación del día en un frasco de salsa Vanoli. Por ahora es voluntario, pero apelamos a conseguir visibilidad con un acto público en diciembre, cuando se cumplan dos años de esta tragedia. Todo está guardado en la memoria, como dice el himno de los monotributistas de Ushuaia a la Quiaca: en el 2006, casi a fin de año, apareció en la tele Alberto Fernández de Rosa, ese que hacía de cocinero gallego en Chiquititas, el tío Teo, el bañero más loco del mundo, pidiéndole a los periodistas que no preguntaran demasiado sobre la vivencia traumática de Luis Gerez, un cuadro valeroso del pejota de Escobar, que recién salía del cautiverio y andaba desorientado, experimentando seguramente el infierno metafísico que supone vivir con la posibilidad de perder la libertad. El gordo –así creemos que le dicen a Gerez sus amigos más cercanos, tipo Fernández de Rosa– había ofrecido un testimonio muy pero muy clave para la destitución del policía legislador Luis Patti, y pagó su valentía con un autosecuestro terrible, aunque también ganó la amistad de un presidente y un lugar de privilegio en la historia de la lucha contra los enemigos de los derechos rumanos.

Los hechos de los que hablamos ocurrieron el 27 de diciembre de 2006, pero una nota de Página/12 dice que fue el 22 de noviembre: ese detalle que aparece dos veces en el texto, ese error, resulta enloquecedor. El periodista del 12, tal vez el único en el universo que le dedicó una página a Luis Gerez en 2008 –si bien no puso el talento suficiente como para evitar el uso de la palabra “pesadilla” al comienzo de la nota–, dice que “la pesadilla” de Gerez comenzó el miércoles 22 de noviembre de 2006, pero no, nada que ver. ¿Por qué, por qué? ¿Por qué no se fijó en eso, por dios, el único tipo que puede jactarse de una memoria prodigiosa sobre los hitos de los derechos rumanos en Argentina? A Gerez lo autolevantaron el 27 de diciembre, y el 29 Néstor Kirchner usó la cadena nacional y pidió a los fantasmas del pasado que lo soltaran, y los fantasmas lo soltaron rapidísimo, y El gordo sobrevivió milagrosamente a la tortura y el cautiverio, a pesar de que un exceso de tristes coincidencias, la debilidad de las pruebas y la ausencia de un disparo piadoso en la rodilla, por lo menos, hicieron que la dignidad de Luis Gerez se desangrase, herida de muerte, a través de todas las huellas invisibles de su tormento, a tal punto que pasó del papel de héroe al de gordo ladrón sin retorno en menos de tres días.

Suponer que todo lo ocurrido fue una operación de prensa, que el presidente que más se apropió de las reivindicaciones simbólicas de las víctimas de la dictadura participó a conciencia –shi, no, no, shi, shi– de un montaje grotesco, retorcido, para jugar al Quijote con las llagas de la memoria, es demasiado desquiciante, demasiado espantoso como para detenerse a considerarlo. El tío Teo no le haría eso a las chancles, dice mi hermana, y el tío Néstor no le haría eso a las madres, decimos nosotros. Porque, en serio, ¿cómo se puede seguir después de algo así? ¿Qué le vamos a decir ahora a los millones de jóvenes de La Matanza que ese día, inspirados por el tolueno y el discurso del ex presidente, decidieron abandonar el paco para estudiar abogacía y dedicar sus vidas a la revolución democrática? Los detalles enloquecen, porque son como las cicatrices inexistentes en el cuerpo de Luis Gerez, como el mismo secuestro inexistente de Luis Gerez: a través de ellos se fuga toda la cordura del mundo. No hablamos de los detalles que obsesionan a la oposición argentina: el placard de Cristina, el auto de Florcita, las acusaciones patéticas que se le hacen al gobierno. Hablamos de una grieta diminuta en el escenario mayor del oficialismo. Un orificio imperceptible que rompe la cabina presurizada y se chupa los cimientos de significado sobre los que se construyen y legitiman las acciones más demagógicas, el discurso oficial sobre la memoria, el decorado de humanidad.

Detalles: el 8 de noviembre de 2003, en Entre Ríos, antigua cuna de la Confederación, el entonces candidato a gobernador Jorge Bushti sufrió también un autoatentado contra su vida. Alguien que se disfrazó de su custodio, y que portaba la misma pistola que su custodio, disparó contra su auto, que iba estacionado en la ruta a unos 150 kilómetros por hora. Bushti denunció ese mismo día el intento de magnicidio, del que maravillosamente salió ileso. Las pericias balísticas confirmaron que el disparo se efectuó de arriba hacia abajo, y que el auto estaba detenido a gran velocidad, lo que salvó al ex gobernador de una muerte certera a manos del terrorista que conducía el DeLorean. La Justicia tenía que ordenar la captura internacional del doctor Emmet Brown, que seguramente escapó al futuro, pero no hizo nada; el hecho prescribió, y apenas si figura hoy en el anecdotario marginal de los autoatentados sombríos que han tenido que enfrentar los grandes dirigentes de este país. La posibilidad de que el atentado sólo haya sido una maniobra de mala factoría es demasiado estúpida para concebirla, y por eso tal vez Jorge Bushti –siendo ya primer mandatario– calificó al periodista que dio a conocer el resultado de las pericias como un “enemigo del gobierno”. La memoria, al final, tanta plata que le hizo ganar a León Gieco, es un grano en el culo para los gobiernos populares.

“No me lastimaron en el cuerpo pero me golpearon en el alma”, le dijo Gerez a su amigo Fernández de Rosa cuando lo vio, después que lo encontrase una de las niñas entrenadas para identificar secuestrados en la calle. A nosotros también, gordo, nos golpearon con vos. Por eso estamos reunidos, buscando gente atormentada que quiera preservar el alma. No te pedimos un contrato, tío Teo, ni siquiera te pedimos tu amistad. Apenas queremos permiso para dudar; queremos que nos eximan de la opción de tragar el sapo o hacer la guerra; queremos licencia para existir incompletos y para recordar; queremos usar el cerebro sin odiar, momia, por eso. Por favor, tío Teo, que nadie nos pregunte nada sobre las heridas. Queremos una certeza que resista el análisis de un perro autista: el cinismo es demasiado triste, la oposición es impresentable, el maniqueísmo intolerable, el oficialismo insostenible, la soledad terrible.


————————————

Del mismo autor: