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Rodríguez es kirchnerista
Martín Rodríguez
1 12 2008 - 09:10
A mi abuela, Elsa Baldovín
Soy de los que marcan los libros que tienen con birome. Me lo han reprochado más de una vez, sobre todo aquellos que se sienten potenciales prestadores de libros. ¿Qué libros leo? Los que puedo subrayar, por lo cual, salvo excepciones, no soy de los que piden libros prestados. No te asustes, hermano. No te voy a pedir la primera edición de “El pensamiento vivo de Sarmiento”, de Ricardo Rojas. 1) Porque ya lo tengo. 2) Porque no lo voy a leer, ni el tuyo ni el mío. 3) Porque no leo “sobre Sarmiento”, lo leo directamente a él. Los que subrayan con lápiz son temerosos de su propia trascendencia; así como me enseñó un amigo chino cuando era chico (“desconfía de los que te dan la mano blanda”) ahora desconfío de los que no subrayan o subrayan sólo con lápiz sus libros. ¿Qué piensan? ¿Que serán donados a la biblioteca de su barrio, al CIC de su pueblo, al comedor? No. ¿O piensan que los libros son sagrados? Eso, eso, piensan que los libros son sagrados, y para sostenerlo te pintan la escena de la quema de libros. Internet no mató el libro, mató “la quema de libros” como imagen del terror de un conocimiento atrapado en ese objeto precioso, esa idea que subyace sobre los restos de nuestra cultura: la cultura es enemiga del poder, esa idea racista, turra, de que la cultura es contracultura, y que no resiste medio minuto. Los libros tienen que tener marcas eternas de lecturas. No eternas en un sentido trascendente (aunque es la segunda vez que hablo de trascendencias), sí en un sentido literal: los rastros de que uno leyó definitivamente el texto. Las huellas. Yo quise armar un poemario con todas las marcas que hice sobre El crimen de la guerra. Por suerte lo quemé.
Sí. Lo admito: soy kirchnerista. Siempre lo fui, siempre lo seguiré siendo, incluso cuando se acabe. Es una contracultura política que revivió a la cultura política, y no sólo a ella, también a la clase política, que es, después de la muerte de la burguesía, la clase mas revolucionaria.
Amo los libros que tengo, mas allá de que no soy dueño de una biblioteca envidiable. No tengo perlas o hallazgos, no tengo colecciones, no tengo libros caros, no tengo la colección entera de Página 12, no. Tengo algunos libros básicos, cuya lectura fue igual a la vacuna de los 8: lecturas preventivas porque –ese es quizás un mérito de la época– ninguno de nosotros quiere saltar sin red. Somos obsesivos.
Quiero decir: soy kirchnerista desde hace años. Desde que empecé con esto (¿). Desde siempre. Soy kirchnerista desde antes de que Néstor lo sea.
Cuando era chico, muy chico, a los 12 años, soñé durante un largo tiempo con ser presidente. Era un sueño paterno. Era la sombra terrible de mi padre que, lo sospechaba, también él soñaba con ser presidente. Los sueños de mi madre fueron descubiertos después, en circunstancias peores, y arrasaban bastante más. El encanto alfonsinista estaba agotado. Mi casa lo había vivido con la tolerancia de un empate ideológico complejo: en casa las camisetas ideológicas estaban repartidas desde antes del “horror”, pero esa es una historia larga. Por lo pronto, la cosa es que vivía del bando extremo que creía en la división de aguas elemental que los radicales le regalaron a la sociedad argentina sin que nadie se los pidiera (demasiado): la de que la democracia es el juicio, es una división de buenos y malos, a la que Menem (con justicia involuntaria) pretendió demoler pero sin suerte. (Menem es el definitivo artífice de nuestro preámbulo: la democracia es gris.)
Pero el problema es el pasado. Gente que al apagar la luz de su cuarto enciende la fosforescencia de huesos apilados ahí, ahí, EN LA MEMORIA.
Eso es la memoria, una fuerza oscura y animal que empuja, que viene, que no nos va a dejar en paz: el imperativo de la democracia, entonces, el primero, fue ordenar el pasado con órdenes provisorios (lógico), pero capaces de marcar un rumbo. La memoria es la paz de los cementerios: y nosotros teníamos los cementerios revueltos. Sí, la paz es la memoria, los cementerios, un orden: la Sardá no queda en la ESMA, no, ese chiste es malo, la Sardá es el edificio maravilloso situado en la esquina de Esteban de Luca y Rondeau, en el glorioso barrio de Parque de los Patricios, atendido por enfermeras gloriosas llenas de sudor estatal inextinguible, votantes vibrantes de la azul y blanca, la Sardá es donde la zona sur del conurbano llega a parir. Sulkys, camionetas, remises, taxis, todo lo que quieras, traen madres a parir. Madres primerizas, madres solteras, madres de varios hijos que ¡si llegan al séptimo hijo merecen la pensión!, junto a sus maridos, sus tías y hermanas, prostitutas, pero no madres indefensas en el baúl de un auto. Hay que devolver los nombres a su lugar… y olvidar. Hay que volar la ESMA. Hay que olvidar. Sanidad: volver a dividir entre vivos y muertos. No hay nada en el medio. Cantar, lo que se dice cantar, no es cantar lo que se quería hacer cantar. Cantar es como en el filme de John Ford, qué verde era mi valle, cantar se canta por la vida.
Y los cementerios no quedan en el mar. En el mismo mar adonde terminó Alfonsina, Alfonsina y el mar, la gran canción de los ochenta, así de sencillo: una cinta continua por la que se deslizaron los radicales hacia un acuerdo único e imperecedero (por sentimental): el kirchnerismo cierra el círculo del primer gobierno radical, devuelve a la sociedad el cuento del lobo: de un lado los malos, del otro lado los vivos.
Soy kirchnerista porque sí, porque siempre lo fui. Es una excitación alrededor de hacer posible todo lo que es posible. Es el posibilismo mítico, el progresismo posible, la república en un gran salto hacia adelante… Es la carta de Walsh abierta, en constante escritura, que terminará atrapada en una futura edición de un libro que nadie quemará, del que nadie será culpable. Soy k. Re k. Mas k que la mierda. Los montoneros nacieron de un humilde y clandestino aparato judicial (¿lo recuerdan?), y ellos tenían entonces ya, desde el aramburazo, esta oportunidad de hacer un alfonsinismo mejor. Los saltos de la historia son sobresaltos de casos sin resolver, según la métrica montonera. No sólo se desprende del dios se apiade de su alma, sino del periodismo de Walsh (quizás el mejor de esos años) esa idea de que a la historia hay que resolverla en clave judicial: como esa escena ínfima que pretende desnudar al vandorismo en el tiro por la espalda calculado milimétricamente en La Real, que mata a Rosendo. No la forrada del Fiord, no, la precisión judicial instalada en la historia: pura racionalidad, cálculo. Eso es lo que no se les escapa a los montoneros del peronismo: atrapar su racionalidad, sus cálculos, su eficacia, mimetizarse en su mística, para hallar la clave de su caja de seguridad. Los montoneros son el entrismo iluminado por la idea de que la historia tiene un acertijo, varios acertijos en verdad. Lo que activa al aparato montonero es una máquina judicial capaz de crear un ejército de liberación nacional tanto como esta continuidad jurídica de los juicios. La democracia de un lento avance judicial: al olvido se le ofrecerá memoria, al crimen se le ofrecerá castigo. Así, invirtiendo, y colocando una oferta de opuestos que supuestamente nacen del caudal histórico y popular. Rosendo murió por la espalda, sí. El tiroteo era contra fantasmas, y su simulación encubre un tiroteo “interno”, un pequeño juego de desvíos de una puntería fina. Como dijo Walsh en uno de sus últimos documentos: ya somos una patrulla perdida. Había una simulación que se le escapó a la mirada walshiana como agua en las manos, un crimen traidor, porque el desastre de la historia sucede al aceptar su linealidad, su aventura evolutiva, eso te lleva al desierto.
No me interesa el peronismo estético: lo lamento, no, no me gustan finalmente esos que creen que el pecado de la carne es ser gorila. Pero igualmente, a pesar de eso, me gusta el exceso. Y esa es la tendencia inercial del peronismo: lo que vuelve a tantas cosas… peronistas. Si lo que vamos a hacer va a tener excesos: entonces es peronista. Nuestro estado de bienestar fue peronista, nuestra represión fue peronista, nuestro liberalismo tuvo-que-ser-peronista, y a nuestros derechos humanos les tocó ser peronistas. Como a la clase obrera alguna vez. Todo tiene derecho a ser peronista alguna vez.
Soy kirchnerista. Lo pactamos en familia. En un asado hace mil años.
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