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Ivana, en el colegio y el consultorio

4 12 2008 - 15:23

Hay un hecho: nos estamos quedando sin maestros y maestras en Argentina. Los padres nos quejamos porque durante este año lectivo en segundo grado pusieron al frente de la sala a una suplente. Y justo en el B, que el año pasado cambió tres veces de maestro porque la titular se tomó licencia en abril, y volvió en agosto, ¡para irse de nuevo en noviembre! Los chicos necesitan un referente sólido, señora directora. Tuvieron a la suplente todo el año, que como un soldado, no faltó ni un sólo día. Nos explican que el déficit de maestros obedece a una bajada importante en la línea de producción (no se están haciendo maestros y los históricos se van jubilando, o se van yendo en licencias interminables). ¡Ojo que esto pasa también en el sector privado! nos dice la Directora. Sí, hay rotación alta también ahí, pero hay más fidelidad a la empresa, no sabemos bien por qué, porque aparentemente los salarios son igual de malos.

¿Por qué no se están haciendo maestros? ¿Por qué no hay jóvenes que quieran estudiar para maestro de grado? La primera respuesta es “porque ganan mal”. Sabemos que eso es una falacia porque los psicólogos también ganan mal, ni siquiera se sabe bien dónde pueden trabajar una vez formados (la mayoría en planteles de prepaga, donde ni siquiera tenés vacaciones pagas), y sin embargo la facultad de Psicología vomita miles de egresadas super capaces, con promedio 9.50, todos los años. ¿Entonces? Circula la teoría que relaciona profesión con clase social. Dice dicha teoría que hace muchos años las señoritas de las familias de la clase acomodada se formaban como maestras, que era un lugar prestigioso para las damas, ejercer la docencia, mientras el marido trabajaba de médico o abogado. O sea, primero las señoritas de la clase alta dejaron de estudiar para maestras y empezaron a estudiar las señoritas de la clase media. Y después de los noventa (después de Cristo) las señoritas de clase media también decidieron que el guardapolvo blanco no era lo suficientemente global y lo dejaron. También circula la versión de que las señoritas que sí se están formando como maestras son ahora de las clases más bajas, de las que vienen teniendo históricamente menos acceso a la educación y a la cultura y para quienes “ser maestra” definitivamente es ser alguien. Con todo, hay que decirlo, estudiar para maestra ya no está bien reputado entre la juventud. Encima la televisión insiste con repetir que en las aulas los pibes del EGB se dedican a bardearlas, y que los padres las patotean cuando le ponen insuficiente al nene. Incluso dice la televisión, y también las revistas dominicales en sus columnas sobre educación, que el problema de los niños y de la sociedad toda es la falta de límites. Dicen que el problema es que los padres no respetan a los maestros, y que por ende, los pibes tampoco lo hacen. Los padres un poco se aprovechan de esta situación de clase. Hoy, el dueño de una ferretería, la bibliotecaria, o la licencia en letras tienden a desconfiar de la maestra, que ya no es la esposa de Palito Ortega, que en su calidad de “segunda mamá” terminaba por propiedad transitiva metiendo al hijo del plomero en la familia Ortega. Las revistas, de paso, publican encuestas donde sale que el pasatiempo preferido de las docentes es ver televisión abierta. Los padres las miramos de costado, nos enojamos en silencio y entonces cuesta un poco más que los chicos hagan transferencia, se enamoren y les lleven una manzana. Y encima pagan mal… Mejor estudiar administración de empresas, o recursos humanos o técnico en radiología. Parecería ser que el último capital del docente es su estatuto sindical, que dicho sea de paso está más bueno que Lassie. Esto tampoco se le pasa por alto a las familias de los alumnos; sus abuelas gorilas dirán que las maestras huelguistas son unas vagas, ¿tan mal ganan? ¿Otra vez de licencia, y ahora qué le pasa? ¿Vos te fijaste que nunca tienen fecha de parto en vacaciones? ¡Mirá si vos vas a faltar 5 días al trabajo porque tu marido se quebró una pierna! El coro no es favorable a las maestras, que además de todo son mujeres.

La situación de las medicinas prepagas es crítica, diría Clarín, y lo cierto es que la paga por consulta al profesional también ahí es mísera. El profesional entonces no puede pagarse el consultorio, la secretaria, el guardapolvo blanco y la cadenita de oro. No puede. Los médicos ya no son burgueses prósperos, sino casi cuadros técnicos que cobran por cantidad de problemas delegados, casos diagnosticados o simple control de status. Entonces el consultorio privado se reemplaza por Consultorios en plural, donde un grupo de colegas de especialidades diversas, probablemente figurantes en cartilla de la primera línea de las prepagas, se agrupan para costear entre todos el alquiler de un local. Sus placas de bronce atornilladas en el frente exhiben nombre, especialidad y matrícula. Pero en los tiempos muertos del consultorio (por ejemplo martes y viernes de 8 a 12) cada uno de los especialistas subalquila el metro y medio cuadrado de camilla, escritorio y repisita a colegas aún menos prósperos que atienden en la segunda y tercera línea de las cartillas y cuyos nombres no figuran en las placas de bronce de la entrada, aunque sí en las cartillas. En horarios aún más marginales (¿sábado de 8 a 11?) la primera y segunda línea subalquila su lugar en la cartilla a colegas que agarran cualquier cosa. Estos últimos cobran un promedio de 12 pesos la consulta, ya que el 50% de la paga es para el médico que les subalquila el espacio en la cartilla de la obra social o prepaga. Los nombres de estos últimos no aparecen en cartilla; son empleados del “Consultorio del Dr. Vergara”.

La prepaga que me contiene entre sus clientes es la segunda línea de una marca Premium. Ojo, dentro de la segunda línea hay planes cada vez peores. En el plan Quality tenés una cartilla amplia de consultorios multifunción donde atienden ginecólogos, dermatólogos, flebólogos, nutricionistas y kinesiólogos. Lo mejor que te puede pasar es no tener que usar nunca la cartilla, o usarla sólo para los controles que dicta el sentido común, que en el caso de las mujeres serían odontología y ginecología una vez al año si la suerte y la salud acompañan.

El control anual ginecológico me encuentra sentada en la sala de espera a las 9 y media de la mañana. A esa hora, por supuesto, ya hay otras dos mujeres que tienen turno a las 9 y a las 9 y 15 respectivamente y dos sobreturnos (la línea es dar cuatro turnos por hora más dos sobreturnos). Son las nueve y media y hay alguien en el consultorio. Asumimos que es el turno de las 8:45, que o llegó tarde o se está demorando más de la cuenta. A las 10:40 nos recibe la doctora vestida de civil. Buena señal, pienso.

Error. Con la doctora las cosas no anduvieron bien, nos peleamos. Me echó del consultorio, casi gritándome “vestite y andate” mientras todavía estaba en posición ginecológica, if you know what I mean. No pensaba irme sin la muestra para el análisis de Papanicolau, tampoco es cuestión de estar dejando muestras de tejido en cada consultorio, ¿no? Así que la llamé a la reconciliación para poder llevarme mi tejido con la orden correspondiente. Le dije literalmente que le pedía disculpas si me había dirigido a su persona con soberbia o brusquedad. Ella me dijo que en sus 25 años de ginecóloga nunca nadie le había dicho que “leyera bien” (se lo dije respecto de las recomendaciones de la OMS sobre la lactancia).

En resumen: cuando supo que aún amamantaba a mi bebe de 11 meses y me preguntó cuándo pensaba destetarlo y le respondí que probablemente cerca de sus dos años tuvimos una pequeña discusión donde ella argumentaba que a mis 36 era peligroso continuar amamantando (osteoporosis decía ella) y yo le retrucaba con protección contra cáncer de mama y ovario, además de los beneficios para el bebé (que según ella desaparecían después del año). Argumentos científicos y médicos aparte, más allá de si —como decía ella— voy a tener los huesos porosos a los 45 o no, me fui pensando que hay algo más. Hay algo que hace que los médicos y las médicas (iba a decir “la sociedad” o “el estado”, pero no sé, son categorías que me quedan grandes para hablar de ellas) tengan una enorme necesidad de controlar el cuerpo de las mujeres. Algo que no es cáncer, ni huesos, ni estrógenos. Es algo que tiene que ver con la humanidad, con el deseo materno y la necesidad de abolirlo, poniéndole categorías más ligadas a la obligación, al trabajo, al sufrimiento. Separando al cuerpo en especialidades, poniendo los huesos como excusa de una posición pseudo-feminista de la igualdad donde se protege supuestamente al cuerpo de la mujer de las vejaciones que pueda provocarle la maternidad. El bebé como un parásito chupacalcio que le vuelve a la madre los huesos de cristal. La primera pregunta de la consulta fue “cómo te cuidás para no quedar embarazada”. La primera podría haber sido: ¿tiene hijos? O: ¿tuvo algún embarazo? ¿Usa algún método anticonceptivo hormonal? ¿Alguna vez tuvo un dispositivo intrauterino? ¿Por qué la inferencia de que no quiero quedar embarazada así, de primera mano, sin saber nada de mí? ¿Por qué la preocupación porque las mujeres no quedemos embarazadas? ¡Un poco de análisis de caso, doctora, soy una mujer mayor, cliente de un servicio de medicina prepaga! No hay necesidad de hacer prevención de embarazo de riesgo en mi caso.

Durante nuestra discusión, la doctora me dijo que si yo amamantaba al bebé después del año seguramente era por una cuestión afectiva, que no tenía nada que ver con el cáncer y la nutrición, y que era su obligación cuidarme los huesos. Eso me hizo pensar que su argumento, entonces, tampoco tenía nada que ver con la osteoporosis, sino más bien con una cuestión afectiva, o des-afectiva, tal vez. Después de todo, ¿no es importante el afecto en la relación de una madre con su bebé? Por último, antes de irme, le dije que esperaba no haberle arruinado el viernes, que sabía que los médicos trabajaban con mucha presión, y que estaban expuestos al síndrome de burnout, blah (no podía soportar salir de ahí sintiendo que la doctora pensaba que yo era una loca fanática). Comenté también que las cuestiones referidas al amamantamiento pertenecían a una esfera privada, en la que muchas veces no convenía inmiscuirse. La salud es una cuestión pública sin embargo, un derecho, como la educación.

Cuando me iba del consultorio, la doctora me miró fijo y me dijo:

¿Vos sabés que la principal causa de muerte en mujeres no es el cáncer sino la osteoporosis?

“En mujeres ancianas”, corrigió después de una pausa trágica. OK, chau. ¡Revisá tus datos, un poco de rigor estadístico! ¿No serán las mujeres que llegaron a ancianas porque no murieron de cáncer de mama, ni de ovario, ni de aborto provocado, ni en un accidente de tráfico? No soy médica, pero fui a la escuela, y por suerte también a la universidad donde aprendí a leer textos e interpretar datos, algunos de ellos, estadísticos. ¡Tomá!

Hoy fue el último día de clase de los chicos de primaria de las escuelas públicas de la ciudad. En el acto se dijo la oración a la bandera y se cantó el himno a Sarmiento. La maestra suplente de segundo B había ido a la peluquería para la ocasión; la titular de inglés preparó un “concert” que estuvo genial. Los pibes de segundo, quinto y sexto investigaron sobre las hadas y cantaron y mostraron imágenes (todo en inglés ¿eh?) Notable. Sólo participaron del “concert” los cursos que tuvieron maestra de inglés durante el año (2do B no tuvo tampoco maestra titular de inglés). Una madre quiso ir a hablar con la directora para pedirle que no muevan de su cargo a la maestra de tercero B, “que parece que es bárbara”, porque este grupo necesita una referente sólido, una maestra titular. El boletín estuvo muy bien, sin embargo en las casillas “Se destaca en” y “Debe trabajar más en” hace ya dos bimestres que no viene escrito nada. No se destaca en nada, ni necesita trabajar más en nada. O al menos eso dice la maestra.


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