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Raffo canta el voto

7 12 2008 - 18:06

Desde ya, aviso, voy a votar a Caputo. Lo voy a votar aunque no sea candidato, aunque se afeite la cabeza, aunque se presente en la lista del Petiso Orejudo. No me importa en condición de qué, ni por qué partido, que como vienen las cosas seguramente no será un partido sino una alianza electoral. Tampoco me importa quiénes la conformen. Hace años que perdí toda esperanza en la política partidaria en Argentina, pero igual me voy a tomar un avión —o, peor, voy a hacer todos los trámites que tenés que hacer para votar desde acá— y lo voy a votar a Caputo, porque es una persona. En algun momento hay que definirse. En eso tienen razón todos los neo-agitadores de la CGT del blog que desafían a sus críticos a tomar partido por algo, a ofrecer una alternativa viable, distinta del populismo que tanto desprecian. No es que sea obligatorio (no hace falta tener la solución para identificar un problema), pero es verdad: no vendría mal algún statement positivo, concreto, más equilibrado, que compare ítems que pertenezcan a la misma categoría. Si al Kirchnerismo le oponés “la libertad” vas a ganar siempre, en abstracto. Y vas a perder siempre, en concreto, porque la libertad no gana elecciones.

Las instituciones no funcionan, lo sabe todo el mundo. O, mejor dicho, las que funcionan lo hacen solas, hasta ahí nomás, sin darse cuenta de lo que hacen, como las máquinas del Doctor Emmett Brown le seguían dando de comer al perro cuando el perro se había ido de viaje. Segunda mención del mes a Volver al Futuro, completamente casual, creo. La ví de nuevo el otro día y me sorprendió cómo empieza. Nadie filma así ahora, ni Zemeckis (Zemeckis menos), nadie se toma el trabajo ya no digamos de escribir una película (anatema!) sino de filmarlas con una mínima dosis de cariño. Vi Eagle Eye después, y que alguien me explique, por Tutatis, qué te cuesta poner un plano general cada quince minutos para que se entienda por dónde caminan los personajes. Está bien, hay que iluminar más, lleva más tiempo, pero hace falta. Un poco de contexto, un poco de gramática, un poco de lenguaje. No pido nada muy sofisticado: lo mínimo indispensable para que se entienda lo que querés decir. Eagle Eye no es la peor película del mundo, pero es el equivalente cinematográfico del mensaje de texto, de quinientos mensajes de texto, uno detrás del otro.

Al día siguiente, el mensaje 501 lo escribe Kirschbaum en Clarín. ¿Se puede leer, esto? ¿Ustedes lo pueden leer? Yo no. No hablemos de lo que dice, que más o menos te das cuenta, porque tampoco es tan complicado y se podría haber dicho en una oración (de hecho, como todo lo que dice está en el título, el resto de la nota es overkill). La mitad de las comas están mal puestas; parece que lo hubiera escrito Filmus. Y “sadwich” puede ser un typo, pero el anteúltimo párrafo no sé qué es. Castellano no es. Yo ya no tengo más ganas de hablar de estas cosas, pero tampoco puedo leer eso y aceptar alegremente que el Editor General de Clarín escribe como si no hubiera ido a la escuela. Entonces —no de obsesivo, ni de hinchapelotas, sino para evitar la pérdida de tiempo y esfuerzo que implica escribir esto acá, y que ustedes lo lean y que nada cambie— me acuerdo de Sandra Russo y hago lo que no hice nunca en la vida: le mando un mail a Kirschbaum, señalándole los errores, a ver qué pasa. Me siento bien durante cinco minutos, siento que es mejor ayudar a los demás que criticarlos en público. Más tarde me responde Kirschbaum: un mail de doce palabras que no se entiende, tampoco, pero en el que se lo nota ofendido por mis modales (yo había dicho “boludo, 
¿no releen antes de publicar?”) Bueh, está bien, ofendéte. Por lo menos chequeás mail. Recién me fijé y, diez horas después, nadie corrigió nada en Clarín. El editorial de Kirschbaum sigue escrito en arameo. ¿Puede ser que no les de ni siquiera un poquito de vergüenza dejar eso ahí, tan mal escrito? Sí, puede ser. Les chupa un huevo. La institución los protege, y su permanencia en la misma no tiene nada que ver con si pueden o no hacer su trabajo.

Eagle Eye y Kirschbaum son dos ejemplos al azar de lo que quiero decir con eso de que las instituciones no funcionan, aunque por supuesto son mejores que nada, mejores que la guerra, mejores que el canibalismo. Mejores en el sentido de que comer con cubiertos es mejor que comer con las manos. Pero no te salvan (no estan ahí para salvarte) aunque se postulen como instancias transformadoras de la vida de las personas, o tal vez precisamente por eso. Ahí es donde derrapa el discurso de la oposición en sus más variados exponentes. Todos, de izquierda a derecha (con la posible excepción de Caparrós, que en su líbero-anarquismo se mantiene más o menos simpático, aunque no creo que planée presentarse a elecciones) coinciden en un republicanismo hipócrita que no contempla la evidente agonía de las instituciones que los contienen, instituciones que prefieren morir a cambiar, pero que están dispuestas a casi todo para evitar ambas cosas. Son instituciones de mierda, que no están pensadas para la gente o, en el mejor de los casos, están pensadas para la gente que las diseñó como pudo hace seis, siete, ocho generaciones. No es que no se pueda crear el Ministerio de Teoría de Sistemas y poner a quince tipos a leer a Von Neumann: es que a nadie le importa en lo mas mínimo, y eso no es algo que vaya a cambiar en las proximas tres o cuatro décadas.

Ahora que vivo en el campo, las instituciones me preocupan menos. Hoy la llevé a mi hija a un cumpleaños, y el cumpleaños era en una granja, en el medio de la nada. Había cinco cabras subidas arriba de una roca, en lo más alto de una colina. Los nenes jugaban, comían la torta y corrían (todo al mismo tiempo) alrededor de la roca. Las cabras no tenían ningún problema. Y yo pensaba que mi vida no es tan horrible, después de todo, porque ya me salvé de casi todas las instituciones y ayer aprendí a tocar Wanderlust de David Sylvian en el ukelele, y vivo acá con las cabras. Tengo mucha menos plata de la que necesito pero, en líneas generales, puedo pensar a largo plazo. Lo que no puedo es votar a largo plazo a alguien cuya gestión se ocupará del corto y por eso me puso contento que reapareciera Caputo ahí, un tipo que trabaja de evitar guerras, de que la gente no se muera, o de que se muera menos gente. Son credenciales que a mí me convencen enseguida.

Hace veinte años, con la inocencia de quien no se imagina que Carlotto puede ganar un Emmy (”el arte es la forma más fantástica de difundir la lucha“, dijo hoy: tiembla el arte), consideré una adaptación del ciclo artúrico a la Buenos Aires de los ’80, en la escuela secundaria. Era una película imposible, que no se podía hacer entonces y se puede hacer todavía menos ahora que las cosas (por si alguno todavía no se dio cuenta) están peor, pero tenía sus momentos. Y mientras me flagelaba leyendo alguna de las versiones pre-Malory de la historia del Rey Arturo, esas escritas antes de que la novela de caballería existiera como género, antes de que la gente supiera contar historias como corresponde, levanté la vista y lo vi a Caputo en la tele, contestándole preguntas informales a algún periodista canchero. Y supe que era Merlín.

Nada sugería que Caputo pudiera actuar, pero tampoco había por qué contar con su presencia física en la adaptación. Podía usarlo de modelo. Durante un tiempo anoté en una libretita todos los detalles que pude averiguar acerca de la vida cotidiana de Caputo, y recién, cuando bajé a hacerme un café, no pude resistir la tentación de buscar la libretita. Entre otras cosas, dice esto:

Caputo tiene un grabador en el baño. Se da baños de inmersión, y piensa. El grabador está al lado de la bañadera por si se le ocurre algo.

Bueno, voy a votar a ese tipo, al que considera la posibilidad de que se le ocurra algo lo suficientemente importante como para grabarlo en la bañadera. Voy a votar al tipo que todavía piensa que una idea propia, que se le ocurrió a él mismo, puede tener algun valor. Y lo voy a votar más allá de lo que haga o deje de hacer, por un motivo simple, que entiende cualquiera: eso —la idea, que se le ocurrió a alguien— es lo unico que cambia las cosas. ¿Más simple, querés? El mono de 2001, la rueda, la birome, Les Paul inventando el overdubbing. Jobs, que era un boludo por asumir que el iPod (que ya existía, con otro nombre) iba a transformar el mundo. Andá a una disquería ahora.


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