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McDonagh va al Malba

15 12 2008 - 10:57

Si quieren ver una película que —más allá del testimonio en off de una sobreviviente— avala la obediencia a la autoridad y la resistencia a la tortura más bestial hasta la muerte, y sin embargo se las arregla para reelaborar la vida de una revolucionaria convencida, que murió en el intento de hacer realidad su visión del socialismo en Argentina a través de la lucha armada, convirtiéndola en un producto atractivo, apto para la flor y nata de la opinión progresista de Barrio Norte, entonces tienen que ir a ver la película de Luis César D’Angiolillo sobre la vida y muerte de Norma Arrostito.

Arrostito es presentada en la película como una figura casi beatífica, caracterizada por sobre todas las cosas por su buen corazón y su amor por los niños. El único acto de violencia que se le atribuye es su rol en la muerte de Aramburu. La película alcanza uno de sus picos de deshonestidad artística precisamente en esos primeros minutos, cuando el director elige no mostrarnos la muerte del tirano secuestrado, ocultando la escena detrás de una mampara de vidrio que nos permite observar siluetas humanas difusas, y nos libra de tener que ver las consecuencias reales de matar a otro ser humano, algo que hay que hacer bastante a menudo cuando uno quiere hacer o aplastar una revolución.

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¿Cuáles son las obligaciones cotidianas de un revolucionario en armas? Depende de su rango y su experiencia, pero no hay revolución posible sin personas que planeen y ejecuten el asesinato de miembros de las fuerzas enemigas. El tipo de operación va desde el simple asesinato individual —por ejemplo, seguir sigilosamente a un policía, volarle los sesos y huir— hasta operaciones complejas que involucran a docenas o cientos de participantes, similares a las operaciones militares convencionales.

El trabajo de inteligencia es fundamental en toda actividad revolucionaria. Hacen falta no sólo personas que lean los diarios y otras fuentes de información públicas, sino también personas que estén dispuestas a delatar a sus vecinos, personas que puedan seguir a los posibles blancos sin ser descubiertos, personas capaces de reclutar y manejar informantes en las filas del enemigo. Y además de descubrir lo que está haciendo el enemigo, también hay que hacer todo lo posible para impedir que el enemigo descubra el funcionamiento interno y los planes de la propia organización. En este sentido, se debe prestar especial atención a la identificación, interrogatorio y ejecución de los informantes dentro de las filas de la organización.

Si la organización revolucionaria tiene intenciones serias de derrocar un gobierno, entonces será necesario un sistema para reclutar y entrenar combatientes, pagarles algún tipo de estipendio o al menos asegurarles alimento y un lugar donde dormir.

Será necesario infundir en los miembros de la organización no sólo una clara idea de quién es el enemigo sino también una visión positiva de aquello por lo cual se lucha, y la organización no tendrá mucho futuro frente a un enemigo aún mínimamente competente si no logra el apoyo de un sector considerable de la opinión pública, o al menos implantar la idea de que sus actividades y objetivos no son más desagradables que los del enemigo.

Sería razonable esperar que una película sobre la vida de un revolucionario trate el rol que jugó en todas, o por lo menos en algunas de estas actividades. Pero más allá de las secuencias del asesinato de Aramburu, la película de D’Angiollilo no nos dice absolutamente nada acerca de lo que Arrostito hizo en Montoneros.

¿Qué responsabilidades tenía? ¿A cuánta gente comandaba? ¿Cómo era ser mujer con —suponemos— funciones importantes dentro de una organización que reivindicaba valores familiares tradicionales? No sabemos nada de eso después de ver la película. Algunos sobrevivientes de Montoneros hablan de la vida en la clandestinidad y de la preocupación por su seguridad, pero tampoco sabemos cuáles eran sus funciones o actividades.

Escuchamos “patria o muerte”, “liberación nacional” y cosas por el estilo, pero fuera de eso, no sabemos nada sobre una visión real para el futuro del país después de una eventual victoria. Más allá de slogans, ¿cuáles eran las ideas, los sueños, la ideología en nombre de la cual los Montoneros secuestrados debían resistir la tortura hasta el último aliento? A pesar de la lúcida contribución del historiador Lucas Lanusse, y de los discursos de Perón y otros protagonistas de la época, la película nos deja con una paradójica sensación de ausencia de política real.

Esta desnaturalización de la actividad revolucionaria armada en general, y de la vida de Arrostito en particular, se acentúa con el énfasis sobre sus hábitos personales, sus características y cualidades, todo mostrado de forma implacablemente positiva.

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El film banaliza la tortura de una manera horrible. Vemos personas medio desnudas atadas a la mesa de tortura; están lúcidos y no muestran ni un ápice de miedo. La impresión es que cualquier persona con el suficiente coraje moral podrá resistir la tortura, y la película ni siquiera intenta comunicar el horror y la desesperación de tener el cuerpo a disposición de los torturadores por tiempo indeterminado.

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Al final, el público en el auditorio del Malba aplaudió a rabiar. Se escuchó incluso algún ¡Vivan los Montoneros!

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Si quieren ver un intento más honesto de tratar el legado de violencia política en Argentina durante los años sesenta y setenta, traten de conseguir una copia de M, de Nicolás Prividera.

(Y si realmente quieren aprender algo sobre la lucha revolucionaria, no se pierdan La Batalla de Argel, de Pontecorvo.)


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