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Hernanii y la década perdida

17 12 2008 - 01:25

Estamos entrando en el último año de la década y todavía no le hemos puesto nombre. Veníamos de cuatro décadas con nombres y personalidades míticos y minuciosos –los sesenta, los setenta, los ochenta y los noventa–, pero esta década, la de los dos miles, todavía no sabemos cómo se llama ni nos hemos puesto de acuerdo sobre cómo decirle. Dentro un año y un par de semanas ni siquiera va a hacer falta.

No sólo no le hemos puesto nombre: tampoco sabemos cómo definirla. A las cuatro décadas anteriores habíamos aprendido a resumirlas con pastillas pop-políticas que teníamos siempre a mano: Beatles-Che Guevara (60), Punk-Paranoia (70), Pop-Reaganismo (80), Grunge-Globalización (90). ¿Y ahora? Ahora nada, no pasa nada. O, mejor dicho, no hay nada que le pase a todo el mundo (occidental) al mismo tiempo.

Lo más sorprendente de todo esto es que nadie parece demasiado preocupado por el asunto. Hasta hace no mucho, un deporte favorito de la sociología popular, el columnismo cultural y los rockistas politizados era hacer ejercicios de década comparada: del maquillaje y los sintetizadores de los ’80 a las caras lavadas y los MTV Unplugged de los ’90; de la rebeldía y la mugre creativa de los ’70 al materialismo y los portafolios de los ’80. Y así hasta el infinito. A veces exagerábamos el recorrido del péndulo, pero era con buenas intenciones: para dar contraste, hacer más nítidas nuestras ideas. Si en una década estaban de moda los pantalones ajustados, en la siguiente se ensanchaban y se alargaban; en la siguiente, volvían a apretarse; y a ampliarse otra vez en la siguiente. Parecía que la oscilación no iba a terminar nunca: psicodelia, oro y barroquismo en los ’60 y los ’80; autenticidad, plata y realismo en los ’70 y los ’90. ¡Qué juego más divertido! ¡Por qué me lo sacaron!

Un miércoles de 1984 mis viejos nos sacaron de casa y nos llevaron a algún lugar que no recuerdo pero que odié de todas maneras, porque me impidió poner esa noche Canal 13 y ver el primer capítulo de V, Invasión Extraterrestre. Al otro día, en el colegio, fui el paria que había temido: todos mis amigos habían el primer episodio de V y se pasaron el día comentando la escena donde Diana se comía al pajarito. Todavía recuerdo aquel jueves, un día pésimo, no sólo por mi aislamiento en el recreo de las 9:20am y en el de las 10:50am sino también por mi sorpresa al comprobar el poder de la televisión. No parecía haber nadie en el mundo que no hubiera visto V la noche anterior, y tampoco hubo nadie en el mes siguiente que no viera los otros cuatro episodios de la primera temporada. (La segunda temporada, al año siguiente, provocó un fervor considerable, pero notablemente menor.)

En los ’80, todos nos movíamos un poco para el mismo lado: cuando la marea cambiaba, todos cambiábamos un poquito. Si queríamos ver videos nuevos, nos teníamos que comer los programas enteros de Domingo Di Núbila o Johnny Allon para ver lo que teníamos ganas de ver: aguantábamos a Madonna hasta que llegara Quiet Riot; soportábamos a Lionel Richie para esperar a Men at Work o Prince. Con el tiempo descubrimos fuentes alternativas, sobre todo cuando empezamos a viajar solos al centro. Pero para un adolescente suburbano, la presión del mainstream en los ’80 era apabullante. No me gustaba Madonna, pero podía cantar Like a virgin de principio a fin; no me entusiasmaba demasiado Juan Alberto Badía, pero perdí con él decenas de sábados a la tarde.

Esta década, entonces, la de los dos miles, no tiene nombre ni personalidad quizás porque el mainstream ha sido astillado en mil pedazos. Especialmente con la música: ya no hay una sola banda de sonido para tus años dorados. Cada uno, o cada tribu, tiene la suya. Ya casi no hay discográficas, ni canales de TV donde pasen música: en casa tengo 200 canales, pero me cuesta mucho encontrar videos (hace años que MTV y VH1 ya no son canales de música). (Excepción: hace poco estuve en Alemania y uno de los dos canales no-en-alemán en la tele del hotel era MTV Europe -el otro, BBC News–. Me pasé varias horas viendo videos del Top20, reencontrándome y reconciliándome con el género: Duffy, Katy Perry, Pink, Beyoncé vestida de policía. Todas chicas, todas con canciones bastante buenas. ¿Dónde las encuentro el resto del año? En Brooklyn se me hace mucho más difícil: es como si tuviera que trabajar a propósito para encontrar el mainstream, cuando hasta hace no mucho el mainstream no hacía más que darme martillazos en la cabeza todo el día.)

Lo mismo pasa con la televisión: ya no estamos condenados a Finalísima o Bailando con Michael Jackson y sus amigos. Todavía hay mucha gente que mira Bailando por un sueño, es cierto, pero pronostico que serán cada vez menos. Hace poco Raffo decía en la radio de TP que no conocía a nadie que mirara televisión: “¿Quién mira televisión ahora?”, se preguntaba, un poco desencajado y con algo de razón. Ver capítulos de The Wire en la computadora, pirateados, no es exactamente ver televisión; ver a Capusotto en YouTube, tampoco. ¿Qué queda entonces en la tele? Casi nada. Dentro de no mucho, lo único que veremos en vivo en la tele –sentados frente a ella al mismo tiempo que están ocurriendo y que están siendo transmitidos– serán los partidos del fútbol. Lo demás lo grabaremos, lo bajaremos, lo alquilaremos o lo ignoraremos. El ritual de sentarnos frente a la TV sin saber qué vamos a mirar, sólo para ver qué hay, nos parecerá cada vez más una pérdida de tiempo inexplicable.

Esta es la década de Internet. Antes todos leíamos los mismos diarios, mirábamos los mismos programas y escuchábamos las mismas radios. Ahora hacemos un poco de cada cosa, cada vez menos dependientes u obedientes de los viejos rankings de autoridad. Cada vez somos más nosotros mismos, y eso, en general, aunque todavía no sepamos a dónde nos lleva ni comprendamos bien qué quiere decir, debería ser una tendencia positiva. Esta es la década sin nombre, o la década donde nos olvidamos de la Gran Antena y nos pusimos a conversar entre nosotros mismos.


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5. Noche