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Raffo y el Dios del Humo

19 12 2008 - 13:30

Qué confusión. Qué semana imposible eligió Hernanii para sostener que las cosas mejoran. Mi intención, aclaro, no es refutarlo. Yo también creo que las cosas mejoran. A largo plazo es evidente que nos movemos en una dirección bastante aceptable. Se nota en casi todo, desde el agua potable y los antibióticos hasta, créase o no, las instituciones y la política. Lo que pasa es que uno se apasiona, se distrae, pierde perspectiva. Todas las mañanas me asusto de la cara del Papa Benedicto en la fotito que cuelga de la puerta de la iglesia católica (una rareza) que nos queda de camino a la escuela, y me obligo a pensar en la Inquisición para mantener la calma. Las cosas mejoran. Y ya que hablamos de iglesias, Enrique VIII solía salir a caminar por esa misma colina que atravesamos todas las mañanas, tal vez, imagino, con Catalina Parr, su última esposa teenager, poco antes de ejecutarla bajo sospecha de adulterio. A la larga, las cosas mejoran. ¿Pero qué pasa a mediano plazo, en el período cada vez más corto (y por lo tanto cada vez más importante) de nuestras vidas?

Esa es la pregunta de los diez millones, la Swiss Army Knife de todas las preguntas, la que sirve para todo, para cuando uno se levanta optimista y para cuando uno se revuelca en la cama, a las cuatro de la mañana, sin poder dormir. Es la pregunta que salta de lo particular a lo general sin fallar nunca: siempre es aplicable. El pato en el horno, tu carrera, tu vida sentimental, tu casa, el barrio, la ciudad, el país, la sociedad, el mundo, el universo.

Are things getting better
or are they getting worse?

Eso le preguntó quién sino Laurie Anderson a John Cage, hace como veinte años, y el viejo respondió “better”, claro, “sólo que muuuuuuuy despacio”. Ya sabíamos eso. Pero no alcanza. La respuesta es buena, la pregunta es mejor. Me la sigo haciendo en voz alta casi todos los días, como un mantra, aunque recién hoy, mientras me afeitaba, se me ocurrió por qué es tanto mejor, tanto más importante para la vida de uno en la versión Laurie Anderson que en cualquier otro formato que uno pueda elegir para formularla. La cita completa es:

What I really want to know is this:
Are things getting better
or are they getting worse?

Parece una boludez, pero no sé cómo no me di cuenta antes, porque si algo aprendí en mi vida es que uno tiende a reaccionar a destiempo. En el teatro (y, posiblemente, en todo lo demás) si una escena no funciona, en general el problema está en la escena anterior. Y al revés también: ese acorde (el que uno quiera: el de Poor Places, de Wilco, o el de NIght & Day, de Porter) no puede ser emocionante en abstracto, sin los acordes que lo precedieron. “What I really want to know is this” pasa desapercibido ahí al principio pero es, quizás, el verdadero statement, la parte más importante de todo. Implica que no todo da lo mismo, que hay algo sobre lo cual vale la pena insistir, que hay una pregunta más importante que otras. Si te encontraras con Dios, sabrías qué preguntarle. Ante el silencio de Dios, Laurie Anderson, que además de hacer bien todas esas cosas que hace, también tiene buen gusto para la ropa, los departamentos y las jerarquías, eligió un buen sucedáneo: John Cage a los ochenta años. Hace poco, de casualidad, yo encontré otro sucedáneo en Trafalgar Square, y ahí sí me di cuenta enseguida, en cuanto lo ví.

No era una persona sino letras, palabras suspendidas en el aire, dibujadas sobre nubes de humo de una densidad variable, compactas y legibles al principio, etéreas y desparramadas después a medida que el humo se disipaba sobre los edificios. El humo era parte de Memory Cloud, una instalación de minimaforms auspiciada por el ICA, y las palabras salían de mensajes de texto, tipeados en ese momento por los miles de transeúntes/espectadores que pasaban por ahí, y tal vez también por participantes ausentes, en sus casas, o en cualquier otra parte. La gente se sentaba a leer en el aire, comentando en voz alta el contenido de las frases que obviamente venían de la tierra aunque pareciera todo lo contrario. Unos sujetos taciturnos daban vueltas por la plaza arrastrando los pies y repartiendo tarjetitas con el número de teléfono al que uno podía mandar sus mensajes. Mi hija consiguió enseguida tarjetita y tipeó su mensaje con dos dedos:

“Miranda”

En 0.4 segundos sonó el teléfono, con un mensaje de Dios:

“Is that your name?”

“Yes”

“It’s a beautiful name.”

“Will everyone see it?”

“I believe they will.”

Todos leímos el nombre proyectado sobre una nube de humo de cuatrocientos metros de ancho. El carácter divino del interlocutor misterioso (el mismo que proyectaba las palabras en el aire) era evidente: ningún ser humano podría gestionar con semejante dedicación cada uno de los cientos de mensajes. Un Dios moderno, benigno, consciente del simulacro, feliz de convertir las preocupaciones individuales en espectáculo comunitario, y encima lo suficientemente considerado como para ofrecer, además, respuestas en privado.

————————

Mientras tanto, en Nueva York, volvía Martha Rosler, vecina de Hernanii, y la trataban pésimo. Le gritaron sesentista! y denunciaron tanto aspectos formales como conceptuales de su trabajo, que es igual al de hace cuarenta años y por lo tanto, se supone, un poco peor. ¿Y este mundo, cómo es, comparado con aquél? Are things getting better or are they getting worse? Para un tal Jerry Saltz, que odió el show de Martha Rosler por considerarlo (entre otras cosas) anacrónico, parece que las cosas mejoraron mucho:

The very paradigm of revolution, of right versus wrong, good versus bad, is a relic with no bearing on the present.

No sabemos dónde vive Jerry Saltz, en qué planeta. En el que habitamos nosotros, la reliquia viene cotizando alto y reproduciéndose con gran eficacia: nos dio la guerra, Al Qaeda, ocho años de Bush, el regreso de las FARC, y cosas aun peores, como el Batman de Nolan o los discursos de Kirchner esta semana. Es una situación de emergencia, y cada uno hace lo que puede. Rosler también. Sus críticos de ahora omiten un detalle: Rosler dejó de hacer collages con supermodels y amputados a mediados de los setenta. Después hizo otras cosas. Sacó algunas buenas fotos en aeropuertos, hizo fotomontajes sobre su barrio en el pasado, y ahora, recién ahora, volvió a hacer collages con supermodels y amputados por motivos que deberían ser evidentes para cualquiera.

A mí tampoco me gusta mucho lo que hace Rosler. El molinete en la entrada de la nueva exposición me parece una tontería, y me cuesta sentir simpatía por alguien que cuelga latitas de Coca-Cola en gesto “anti-hegemónico”. Pero no jodamos, Rosler no se quedó en el ’65. Vuelve porque la obligan. Y sino comparen esta foto de la nueva muestra de Rosler con esta otra que vi hace poco en Brighton. Hay matices. La segunda, la de Blair, me gusta más — es más “moderna” y más específica, porque Kennard & Phillips son más jovenes, manejan mejor el Photoshop y tienen un horizonte distinto, más alto o más modesto según cómo se mire. Pero las similitudes entre las dos fotos (y entre las dos muestras) son mucho más significativas que las diferencias. Parece ridículo imaginarlas como parte de un complot para sostener artificialmente discusiones pasadas de moda. Que a uno no le gusten esas discusiones no quiere decir que no existan, y no me refiero sólamente a la reliquia de Saltz sino a la meta-discusión en el arte que mencionaba también Casas en su primer daily.

La muestra de Kennard & Phillips formó parte (aunque marginalmente, en “the Photo Fringe”, una incomprensible exhibición paralela) de la Bienal de Brighton, que terminó hace poco. El curador fue esta vez Julian Stallabrass, quien hace unos años había escrito un libro entero sobre la vacuidad del arte británico en los ’90, libro que me compré con toda la intención de estar de acuerdo y terminé tirando por la ventana de la cocina. Se llama “High Art Lite” el libro, y todavía lo tengo, un poco embarrado. Stallabrass no es boludo, y hace los deberes. Cuando sus críticas son atinadas —como cuando ataca a Tracy Emin, o cuando desglosa las variaciones en el precio de las obras durante los noventa— parece estar investigando con curiosidad genuina un universo que le interesa. Pero cuando llega la hora de opinar un poco, High Art Lite se convierte rápidamente en Página 12, asimilando “introspección” con la derecha y “compromiso” con la izquierda, y otorgando a uno más puntos que a otro (adivinen cuál es preferible). Peor: Stallabrass termina el libro con una tajante división entre “arte” (+) y “entretenimiento” (-) que, esa sí, es una reliquia sin sentido en el presente.

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Otras reliquias sin sentido en el presente (por lo menos cuatro) condensadas en un párrafo de hoy, cortesía de Mariano Narodowski, ministro de educación de la ciudad de Buenos Aires, condenando a la rectora que jugó con agua:

“El problema es que se ve una imagen entre pares: se rompe la asimetría que debe existir entre docentes y alumnos. Hay otras formas de festejar para un directivo de una escuela que el año que viene cumple 131 años. Estamos a favor de la jerarquización del docente y ahí no se ve. Buscamos el ejercicio de una autoridad de otro tipo, y no esa.”

Cuatro oraciones que nos alcanzan para pedir la renuncia del Ministro, por pelotudo. Se puede, ¿no? Si demostrás fehacientemente que el responsable de la educación de millones de niños y teenagers es mogólico, ¿no se puede hacer una presentación legal en base a eso, y separarlo del cargo? No puede ser mucho trabajo, en una semana la preparamos. Le vamos a preguntar a Gargarella, a ver si se puede hacer. Supongo que habría que demostrar también que su carácter de Imbécil del Año le impide, efectivamente, hacer su trabajo como corresponde. Eso va a ser más difícil, dado el contexto.

Y hay más Narodowski:

“También hay un tema de seguridad de los alumnos. Eso es para una emergencia. No se puede desprestigiar la educación publica de esa manera”.

Nótese el rancio ibarrismo de esta declaración, la confusión de categorías entre la seguridad de los alumnos y el desprestigio, que van en la misma bolsa porque así se entiende la gestión y así se entiende la vida. Lo importante es que parezca que se cuida la seguridad de los alumnos; lo que en realidad suceda no importa en lo más mínimo. Lo importante es que YouTube no te empañe el día. Esta confusión de categorías también se expresa en la declaración anterior: no puede haber, objetivamente, la más mínima relación entre la edad del establecimiento y las formas de festejar, salvo para Narodowski y el Conde Chikoff. De la asimetría rota no vamos a hablar porque consideramos que no hace falta, pero conste for the record que podemos dar batalla fácilmente en ese terreno. Volviendo a la seguridad: ¿Cuál sería el problema? ¿Que haya un incendio en el mismo instante en el cual la rectora porta la manguera? Bueno, ya tiene la manguera en la mano, está preparada. La situación no es más, sino menos peligrosa. Inconsistente Narodowski. Y un verdadero boy scout, Papalardo.

No sabemos mucho de Papalardo. Sabemos que Schmidt —que la tuvo durante tres años como profesora de geografía— ya forma parte del grupo “Apoyemos a Raquel Papalardo” en Facebook, lo cual habla bien de ella. “Narodowski no tiene aula,“ nos dice Schmidt en el minuto y medio en el que nos cruzamos con él en la redacción de TP. “Desde la teoría para robots está bien lo que dice Narodowski, pero él no tiene idea del día a día de una escuela, el infinito de cosas que pasan, de fronteras que se cruzan y del registro inconciente que los profes tienen acerca de si la autoridad está asegurada o no. En fin.”

Antes de que Schmidt salga por la puerta de atrás, Brener y yo lo demoramos un segundo con típicas inseguridades nuestras:

—Yo a Papalardo la veo en el video y me parece preciosa, la requiero, la banco a muerte—se ataja Brener—. Pero cuando dice ‘Narodowski me hace la vida imposible, TAL VEZ PORQUE DE ACA SALIERON LOS RECLAMOS POR LAS BECAS’, me hace ruido en algún lado. Es como si me deschavara que fue ella la que organizó los reclamos por las becas. Y con eso es como si le diera ella misma la razón a Narodowski. ¿Cómo es? ¿Ella bañó a los chicos con la manguera de la solidaridad, para que “defendieran sus derechos”? ¿Es como una mamá comprando zucoa a escondidas cuando papá dijo que en casa se toma sólo café con leche? Hay algo raro ahí.

—No,—dice Schmidt—. Papalardo se agarra de donde puede, por eso hace eso. Encontró una fórmula de supervivencia con eso, haciendo antimacrismo, pero sigue siendo buena. Está defendiendo no sólo el cargo, sino la forma en la que será recordada por aquello único que hizo en su vida, que fue ser docente. Por eso además es imprudente lo de Narodowski porque parece que la exonerara como si fuera una cana bonaerense.

Suena lógico y verosímil lo de Schmidt. Le creo. Además también había pensado eso: ¿qué hacés, si sos Papalardo, en un contexto en el que el diálogo es imposible, y las peleas se dirimen puteando y monologando ante el micrófono de un noticiero? No es estrictamente responsabilidad de ella que la sociedad esté hecha mierda.

Brener, que está tomando un café con leche y mirando de reojo lo que escribo (lo cual me irrita bastante, pero no se lo digo porque sé que lo hace con buena intención), me interrumpe:

“Y, pero el argumento de la sociedad hecha mierda no te exculpa de cualquier cosa, viste. Yo tampoco sé qué onda Papalardo, pero tooooda la comunidad docente se rasga las vestiduras con el problema de la autoridad y cómo llegar a ella. Y no puede haber un límite tan lábil para demarcar la autoridad. En algún lugar es una mierda, pero es así. Es así en cualquier lugar donde la relación de autoridad se considera crítica. El psicoterapeuta no te invita a la salida de terapia a tomar una birrita.”

“Yo no tengo posición tomada, eh? Pero recuerdo el episodio que hubo hace un par de meses en el mismísimo Mariano Acosta, en aquella oportunidad protagonizado por la vicerrectora, Marta Winterlich, en que un tipo al que unos pibes le gritaban boludeces desde la ventana de un aula entró en el colegio y se hizo pasar por cana y la vice le permitió alegremente increpar a los chicos en el aula, decirle pelotudito a uno y casi trenzarse a golpes con un preceptor. El hijo de mi profe de guitarra estaba en esa aula y pasó lindos momentos de tensión. Padres diversos fomentaron que se le iniciara el sumario a la vice.”

“Papalardo no es la vice, pero no puede hacerse la boluda respecto de cómo se vienen sucediendo las cosas ahí. Y Narodowski trata de mostrar que hay niveles de autoridad y estamentos. No propone llevarla al garage olimpo, tampoco. El principal problema, en realidad, es que después Macri, como con todo, dispone ‘marcha atrás’.”

OK. ¿Borro lo que puse hasta ahora o sigo de largo? Sigo de largo. Me hago yo un café ahora, y después de leer una nota sobre el affair Winterlich, le digo a Brener:

—¡Pero yo eso lo leo al revés! La vicerrectora es una típica docente (el miedo a la autoridad la paraliza y es capaz de permitir cualquier cosa con tal de no confrontar), mientras los alumnos de ese colegio (¿no casualmente?) son patoteados por un nazi demente. No sé, no estoy ahí. Pero la autoridad (la “asimetría”, como dice Narodowski) no se consigue a la fuerza, sino demostrando que podés ocupar ese lugar, que te lo ganaste. Narodowski piensa peor que un nene de cuarto grado. Todos sus statements están mal planteados. Yo quiero que mis hijos respeten a sus profesores, pero quiero que los respeten porque hay algo para respetar ahí. Me preocuparía que mis hijos pensaran que tienen algo que aprender de un tipo que habla y piensa como Narodowski sólo porque tiene puestos un cargo y una corbata que ellos no tienen.

Agrego además, que en esta conversación es muy difícil saber (con los elementos que tenemos) si Papalardo merece o no seguir en funciones como rectora. ¡Pero no hace falta! Porque la discusión no es esa. La discusión es si tiene sentido que se la impugne por lo que hizo en YouTube, y ahí la respuesta es un NO rotundo. Y resultaría más grave aun que el ministerio estuviera usando esta situación para rajarla por otros motivos más oscuros, estés o no de acuerdo con el tema de las becas y las tomas de colegios.

Brener reconsidera:

—Pensándolo bien, acá cabe perfectamente un tema planteado en Buffy. Tenés a un director que era un buenazo, al que los alumnos lo cortaron en pedacitos y se lo comieron. Para solucionar el problema, en su lugar ponen a un tipo que lo único que sabe hacer es humillar a la gente y en todo caso aliarse con tipos que quieren destruir el mundo. Uno presiente que la respuesta a este problema va a ser siempre así. Que siempre que tengan que llenar un hueco de autoridad van a poner a un represor. Y probablemente sea así, pero eso no quita que el problema esté ahí.

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Omití un detalle al principio: las palabras proyectadas por el Dios del Humo iban apareciendo una por una sobre la gente y los edificios. No es lo mismo leer: “Nunca vi la nieve” que

NUNCA
VI
LA
NIEVE

Estaba bien pensado. Casi todas las frases terminaban con un punchline aunque no hubieran sido escritas de esa manera y, si uno estaba pensando en irse a cenar, igual se quedaba a ver cómo terminaba la frase siguiente. Y como todos los mensajes recibían una respuesta en privado, podías además —prestando un poco de atención— satisfacer tu curiosidad y descubrir quién había enviado un determinado texto.

PLEASE
HELP
ME
FORGET
HER

había pedido un sujeto de aspecto distraído y casual, nada atormentado (no siempre se nota). Cuando empezó a sonar su teléfono, me hice el distraído y espié la respuesta del Dios del Humo:

“She’s totally not worth it.”

Era Dios, nomás. O alguien con un nivel de sabiduría semejante. Valía la pena intentar la pregunta con la que empezamos hoy, la que nos acompaña desde siempre. Tipeé primero, y ví aparecer después en letras inmensas sobre la ciudad:

ARE
THINGS
GETTING
BETTER
OR
ARE
THEY
GETTING
WORSE?”

No me contestó nadie.

Bastante más tarde, en el tren, volviendo a casa, sonó el teléfono:

“Always better.”

Tal vez sea así, como decía Cage. Tal vez nos demos cuenta cuando haya pasado un tiempo, cuando estemos pensando en otra cosa.

Por ahora, no se nota.


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