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Hernanii, en Rusia y sin navidad

28 12 2008 - 13:15

La única persona que me dijo “Feliz Navidad” este año fue Igor, con acento en la o, el portero del hotel de San Petersburgo donde pasamos unos días la semana pasada. Nadie más. En San Petersburgo, el 25 de diciembre fue un día como cualquier otro de invierno –dos agradables grados bajo cero, algodoncitos tenues cayendo lento desde el cielo, hielo negro y barro eterno en las veredas–, con todos los negocios abiertos, las rutinas inalteradas y el piloto automático de la vida cotidiana incrustado en las caras de los nativos. Nadie parecía demasiado al tanto de que medio planeta, empezando en Helsinki, a un par de horas en tren hacia el oeste, estaba casi detenido, celebrando algo que ya nadie sabe bien de qué se trata pero que no por eso lo hace menos agradable o inevitable.

Estoy en Moscú, visitando a la familia de mi mujer. La Navidad es acá todavía un idea a prueba, recuperada hace quince años después de más de setenta años prohibida. Y donde además, por culpa del calendario juliano aún preferido por la Iglesia Ortodoxa, se festeja el 7 de enero. (Toda Rusia usó el calendario juliano hasta 1918. De hecho, la famosa Revolución de Octubre fue en noviembre.) Como para el 7 de enero ya vamos a estar de vuelta en Brooklyn, este será para mí un fin de año sin Navidad. No creo haberla extrañado.

* * *

La gente me pregunta cómo está mi ruso. Yo les digo nimnoshka, un poquito, y después intentamos hablar en inglés. Entiendo un poco y puedo tener conversaciones cortas, pero a esta altura de mi matrimonio debería hablarlo mucho mejor. A principio de año me esforcé bastante por aprender y progresé mucho. Después perdí un poco el entusiasmo, algo de lo que me arrepiento, porque podría estar estas dos semanas comunicándome mejor con mi familia política.

Lo que sí leo bastante bien es el alfabeto ruso. Con eso me distraigo en los viajes en auto, mientras los otros hablan de otras cosas. Yo miro por la ventana, mientras nos movemos despacio por el tráfico infame de la ciudad, y voy letra por letra, concentrándome, hasta descubrir pequeñas gemas de la transliteración. Leo, en neón rojo sobre un fondo de madera oscura, la “С”, la ese; a su lado, la “У”, casi igual a la “u” castellana; después, la “Ш”, hermosa, una especie de “sh” inglesa; y para ese momento ya me estoy dando cuenta, cuando pongo el primer ojo sobre la “И”, la “i”, de que esa falsa cabaña a la que se entra por una escalerita hacia abajo es un restaurant de “Суши”, o sushi.

Los rusos pasan todo a su alfabeto tal como suena. El “business center” del hotel se llama, en letras rusas, “bisnes center”. El viernes caminábamos con Irina y una de sus amigas del colegio por Arbat –la vieja peatonal comercial que durante décadas fue un páramo y ahora, aunque a medias, ha renacido– y yo paraba, con el reflejo de dos décadas haciendo lo mismo, en cada puesto de libros usados. Los puestitos eran parecidos a los de Buenos Aires, Nueva York o Madrid, pero los libros, obviamente, eran distintos e indescifrables, como escritos en clave por espías de la KGB. Lo único divertido para mí era leer los nombres de algunos autores, letra por letra, hasta que cayera la ficha. Ver, por ejemplo:

Шекспир

Y darme cuenta, de a poquito, de “Yécspir”. O Shakespeare. García Lorca era más literal:

Гарсиа Лорка

Y así hasta el infinito. Cada palabra occidental transliterada al ruso aún me genera una pequeña risita, pero con los días el efecto va perdiendo fuerza. Las que son letra por letra, como “Интернет”, Internet, ya me parecen un embole. Las divertidas son, como en la tapa de la GQ rusa:

Хью Джакман

Jiu Dshakman. O Hugh Jackman. El jiu me parece un obra de arte: la jota suave, la “Х”; y la “Ю”, o “iu”, una letra hermosa, con forma de astronauta; separadas por la “ь”, que no es una letra sino un modificador inteligentísimo que obliga a parar la pelota, ablandar la lengua y pronunciar ambas letras como se merecen. Sin la “ь”, el nombre de Jackman sonaría más como “Ju”.

* * *

Con estas cosas paso mis días, engorrado y enguantado, con calzones largos desde ayer, cuando la temperatura por primera vez cruzó hacia abajo la barrera psicológica de los -10º. Ahora nievan copos grandes, blancos y peludos, como pelotas de tenis de los ochenta.

La televisión, durante el fin de semana, ha sido como la europea: señores feos que cuentan chistes malos y cantantes cincuentones o cincuentonas que se emocionan con canciones folclóricas. Anoche, en tres de los canales estaban pasando las versiones locales de Bailando por un sueño: la de Rusia –que era patinando–, la española y la italiana. La diferencia con la argentina era que las minas parecían estar vestidas y que muchos de los concursantes famosos eran hombres. En España estaba Julio Salinas, famoso delantero patadura de los ’90, intentando bailar rock. “Pensé que ibas a ser más malo”, o algo similar, le dijo uno de los jueces.

Podría improvisar conclusiones de corresponsal sobre cómo vive “la gente” la crisis financiera y sobre cómo Putin es el dueño del país. (Lo es.) Pero me desperté con el extrapolador sin batería, y prefiero dejar la sociología instantánea para otras madrugadas, con más energía. Egoísticamente, la buena noticia de la crisis es que el rublo pasó de los 23 por dólar a 28 en los últimos dos meses y de 28 a 30 en los últimos tres días. A 30, la ciudad es cara; a 23, habría sido impagable.

* * *

El jet lag me transforma en otra persona: me desmayo cada noche a las once y me despierto, como si saltara la alarma de incendio, todas las mañanas a las siete. No me quejo. Por fin puedo comprobar lo que los madrugadores militantes han evangelizado desde siempre: que las mañanas pueden ser larguísimas. Ahora, por ejemplo, son las 9:50 de un domingo y ya fui al gimnasio del hotel, donde no había nadie, y desayuné en el salón Diamante, donde tampoco había nadie. Irina, en cambio, que en nuestra vida cotidiana se despierta dos o tres horas antes que yo, todavía duerme y no ve ninguna ventaja en el hecho de despertarse temprano en vacaciones. Yo, que he sufrido desde niño la discriminación social en contra de los dormilones y haraganes, en estos días me siento un poco orgulloso de mí mismo.




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5. Noche