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Sobre el Nudlergate

27 10 2004 - 15:31


La libertad de prensa: una espada que se esgrime al revés y te deja los dedos a la miseria, con un millón de paper cuts que impiden escribir como la gente. Todos se escandalizan por lo que Página/12 se niega a publicar, especialmente quienes no se escandalizan por lo que sí publica (ni por la construcción del Poder Pelotudo que encarna). Miradas algo divergentes sobre el tema, reunidas a control remoto en una tarde europea/mediodía porteño/mañana neoyorquina:


1. Nudlergate Brief

The Dirty Linen al estilo de Crónica, por Esteban Schmidt (quien lo mandó a tiempo aunque nosotros lo publiquemos tarde).

¡Gran escandalete en la patria periodística argentina!

Julio Nudler, jornalista encargado del panorama económico del diario 12, escribió un artículo el último sábado cuestionando la designación de Claudio Moroni, socio de Alberto Fernández, en la sindicatura general de la Nación. Y el diario no se la publicó. Esa misma noche del viernes, enojado, Julio escribió un mail a amigos en el que denuncia al diario por censurarlo. El mail inicia su recorrida por los ordenadores de medio periodistilandia, consultores, services. La cosa es que no se habla de otra cosa en quinchos por estas horas.

El diario no ha dicho nada oficialmente y, algunos, extraoficialmente, sí han empezado a esbozar una teoría de “la soberanía editorial”, un tour de force que hace acordar a las críticas taponadas por la ”ética de la responsabilidad”. Esta mañana, ante el clamor de los oyentes de Radio Ciudad, el programa donde actúa Mario Wainfeld debió llamar a Nudler, pese a las pocas ganas de Marius de quedar atrapado en un lugar tan incómodo. Durante la entrevista, Julio se sacó y (des)calificó reiteradamente a Wainfeld (”¡infame!”), quien intentó matizar las acusaciones de Nudler como pudo. Caliente, Nudler replicó: “no sabés escribir” y “tus notas están llenas de errores cuando escribís de economía” y “entraste a Página/12 por la ventana”. Todo a los gritos, un quilombo. Esta noche va a haber una reunión de quienes trabajan en el 12 porque están medio podridos de tanta paritaria con Miguel Nuñez (vocero de K.), a raiz de este episodio, por lo que es de esperar nuevos capítulos.

Pobre Wainfeld (¿tierra de vinos?) porque estaba en un gran momento. Se había liberado de editar en el diario y escribía algunas buenas notas. Aunque siempre con esa esperanza de ser escuchado y convocado, ya no como opinador sino como asesor, participa de charlas por todos lados, tiene lindo programa de cable con mesa de fórmica, y en la radio Ciudad es tan importante que el subdirector dijo el otro dìa: “Mario es nuestro techo salarial”. Y es el único que tiene asegurada su propia tribuna de doctrina para el año que viene, “Wainfeld de ocho a diez”. Pero hoy, Nudler (el que hace los fideos) le arruinó un poco el estofado. Señores, chicos, la vida es un tallarín. Cua.

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2. Noodle Soup

La vida ES un tallarín.

por Gabriel Puricelli

Y yo que justo hoy (o cuando Wainfeld lo llama a Semán) no prendo la radio… Que se peleen Nudler y el bueno de Mario me hace sentir como si se pelearan Tony Curtis y Roger Moore en Dos tipos audaces (¿The Persuaders?). Son (uno de ellos parece que “era”) las dos plumas que vale la pena leer siempre en nuestro (según la acepción de Teddy Roosevelt) diario. Ahora bien, aunque uno esté inclinado a pensar que efectivamente se le mandó para atrás el artículo a Nudler para no enfurecer al già-menemista, già-cavallista, ora-Kista Alberto Fernández, yo mismo no sé si hubiera publicado lo de Nudler, por la escasez de datos que aportaba para decir algo que, no lo dudo en absoluto, es cierto. Probablemente estaba harto de episodios similares y se largó con su parrafada contra Moroni cual kamikaze en su cero.

La respuesta de Tiffenberg, que pintaba para ejemplar (“los altos estándares de profesionalismo que nos distinguen”) derrapa al sexto párrafo, cuando acusa a Nudler de haber cerrado trato con otra escudería: ¿y? De ahí en más, la fácil: pegarle al boludo-a-pilas de Spolsky, de quien sólo le faltó decir que era el extemporáneo líder de la Franja Morada de Sociología cuando el infrascripto empezó la universidad. La verdad es que Tiffenberg se pone picky con Nudler usando los estándares de excusa miserable: la nota estará (lo está) kilómetros por debajo de lo mejor de dicho redactor, pero Página/12 se cansa de publicar basura que no respeta los mínimos estándares todos los días, en todas las secciones. En más de uno de los casos, porque el editor de la sección es más analfabeto que los tipos a los que les edita las notas. En todos, porque se aplica con cada vez mayor displicencia el menefreguismo respecto de chequear los datos, consultar más de una fuente y otros requisitos mínimos que el 70% del diario ignora olímpicamente: todos los días hay por lo menos una nota “dictada” por una fuente y presentada como fruto del trabajo de quien la firma, consistente, en realidad, en no despegar el culo de la silla como no sea para ir a tomar un café al bar de Belgrano y Chacabuco. Y eso, en todas y cada una de las secciones del diario (hace poco media “redacción” de TP vio cómo sucedía eso en el suplemento “No”).

En fin, si se me permite el carriocismo apocalíptico (valga la redundancia), si se va Nudler perdemos. Si Tiffenberg no es un cínico total y cree de verdad que lo que impera en la redacción de su diario son altos estándares profesionales, estamos perdidos. Si aceptamos la autovictimización de Página/12, en lugar de ponernos más exigentes con el periodismo que ahí se ejerce, perdemos. Si nos comemos que Richartespolskylautarodesantibañes tienen entidad como para ocupar media contratapa de cualquier diario, así sea “Democracia” de Villa Dolores, estamos descerebrados.

Silencio, Tiffenberg. Andá a mirar All the Presidents’ Men y ponéte a laburar.

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3. Nothing Goes

Sugerencia terapéutica: menos Discépolo
y más Cole Porter para Julio Nudler

por Huili Raffo

Hace unos sesenta años, cuando se enteró de la existencia de un proyecto para llevar al cine la vida de Cole Porter, Orson Welles contraatacó con una pregunta memorable: “What will they use for a climax? The only suspense is: will he or won’t he accumulate ten million dollars?” Welles, como con todas las cosas, supo hacer también un arte de su resentimiento confeso y justificado — quien haya oído los famosos outtakes de las sesiones para el comercial radial de las arvejas sabe hasta qué punto. En lo que sólo puede ser un gesto de buena voluntad, quería empezar comparando a Welles con Nudler, asumiendo que se sentirá honrado por la comparación incluso si, como no podría ser de otra manera, sale perdiendo, y mal.

Nudler nos acompaña desde hace rato casi como una figura retórica en sí mismo; un ícono que representa(ba), en nuestras conversaciones públicas y privadas, el lado “bueno” del periodismo argh: lo posible, incluso lo deseable en más de una oportunidad. Como bien dice Puricelli, Wainfeld también suele estacionar el auto en ese sector y es perturbador que se enfrenten tan furiosamente. El hecho de que ambos hayan logrado cierta altura dentro de un medio como Página/12 es visto desde acá como un milagro, una casualidad o una tragedia, dependiendo del ángulo elegido. Explico lo último: sin ir más lejos que la semana pasada, escribía yo que tal vez, para variar, deberíamos cada tanto abandonar el tono de eterna impugnación y aceptar que el universo, o al menos la limitadísima porción del universo que tiene que ver con el devenir de la política en Argentina, sería probablemente peor sin la existencia de Página/12. Y Semán, en un mail privado, me contestaba: “depende qué lado de la botella se mire, pero en principio nada indica que al periodismo haya que juzgarlo por la capacidad de Nudler y no por la incapacidad de Página de convertirse en lo que Nudler podria hacer con ese diario.” De este modo nos servíamos de Nudler hasta hoy: como instancia ejemplar de rigor obstinado. Buen rigor obstinado, aclaro, puesto que nadie quiere ser RoboVerbitsky. Nudler era humano (“era” escribo, como si se hubiera muerto) y lo sigue siendo, claro, pero después del incidente de esta semana en un estilo sórdido y tanguero que aunque pueda sonarle bien a él, que es experto en the latter, no nos convence nada a nosotros.

En el artículo “censurado” (oh, ¡horror!) por Página/12, Nudler escribió apurado lo que sólo puede entenderse como una provocación. Las provocaciones son buenas y necesarias, qué duda cabe, pero esta, en particular, difiere llamativamente del estilo que solíamos celebrar en Nudler: falta humor y sobra un tono didáctico y moralizante, cita de Brecht incluída. “La Argentina sigue siendo un cambalache”, acusa Nudler, y uno no puede sino preguntarse por la reacción que busca esta frase final. ¿Existe la posibilidad de que alguien que escribe en (gimme a break) fucking Página pueda escandalizarse ante la misma corrupción endémica que hará imposible publicar tal aseveración? Da la sensación de que Nudler está a punto de titular su nota “Granovsky se la come”, a ver si se la dejan pasar. Y ahí es donde pisa el palito, porque permite que Tiffemberg se ataje acusando a Nudler, in turn, de corrupto. De este modo, la discusión desciende al pantano de la escuela secundaria. You suck. No, you suck. No, YOU suck!

Volviendo a Cambalache, y a Porter: siempre me tentó comparar el tango emblemático de Discépolo con Anything Goes, por motivos que tal vez sean evidentes si intento hacerlo ahora. No hay duda de que ambas canciones se paran en la misma baldosa antes de, al discurrir, terminar instaladas en veredas opuestas. Hoy el tango de Discépolo (que era y será un genio) suena a lamento de vieja gorda, mientras la canción de Porter demuestra haber sobrevivido intacta pese a lo que sus referencias a Mae West podrían haber augurado. Uno puede tenerle todo el cariño del mundo a Cambalache, pero Yira, Yira no es — el Discépolo plañidero sólo podría sonar bien hoy si una interpretación de esas que ya no existen lo despojaran de su solemnidad canyengue. Anything Goes, en cambio, suena bien aunque lo cante Kate Capshaw, y los orígenes de su persistencia pueden encontrarse en los anticuerpos inteligentes generados por Porter a través de dos herramientas fundamentales: el humor y la ambigüedad.

Indulge me. Comparemos, por ejemplo, esto:

¡Qué falta de respeto, qué atropello
a la razón!
¡Cualquiera es un señor!
¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclao con Stavisky va Don Bosco
y “La Mignón”,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín…
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remaches
ves llorar la Biblia
contra un calefón…

con esto:

The world has gone mad today
And good’s bad today,
And black’s white today,
And day’s night today,
When most guys today
That women prize today
Are just silly gigolos
And though I’m not a great romancer
I know that I’m bound to answer
When you propose,
Anything goes

I’ll take calefón over Biblia anytime, myself (el agua caliente es un bien innegociable). Pero además, oscurecida por las personas y elementos discutibles que elige Discépolo para su lista “buena”, pasa desapercibida en Cambalache la ausencia de algo que es central en Porter: “when you propose”. Se trata, claro, de una característica estructural del pop (la libertad de pararse en púlpitos dinámicos que pueden ser tanto apología como burla) pero también del arte, en general: distintos niveles de lectura nunca vienen mal. En Argentina (y en los rasgos menos convenientes de la tradición europea que algunos condenan y otros levantan como bandera pero que, en cualquier caso, nos sigue acompañando) lo literal siempre gana. Cambalache es sobre eso, quiere decir eso, y opina eso que opina. Si no estás de acuerdo, te vas a la puta que te parió. Anything Goes puede o no tener razón, y sabe que puede o no tenerla — lo importante es que, de lo que hay, rescatará algo posible, y le dará al “dale que va” de Discépolo (difícil encontrar mejor traducción para “anything goes”) un signo no necesariamente positivo pero sí de afirmación: vamos a cojer.

Mientras Porter se deja, en apariencia, ganar por la época y la termina usando para hacer lo que realmente quiere, Discépolo adopta la decisión trágica de resistir férreamente lo que impugna. Como Discépolo (y como Welles), Nudler no consigue aceptar las reglas del juego ni siquiera conociéndolas de memoria, ni siquiera habiendo hecho el intento toda su vida. Como Discépolo y como Welles, también, Nudler se deja llevar por un resentimiento que le sería menos tóxico si pudiera reconocerlo como tal. Y, sí, las reglas son una mierda; you gotta like the Nudler. Sin embargo, no es el espejo más saludable. A Welles, que era el mejor de todos, se lo comieron crudo por intentar algo parecido. Y eso que además Welles podía invocar fidelidades trascendentes con las cuales ningún periodista podría (debería) soñar.

Ante nosotros se abre (está abierta todo el tiempo como tentación constante) la posibilidad de desperdiciar nuestra vida jugando desde adentro pretendiéndonos incorruptibles. Hasta que llega el día en que intentamos validar alguna de las dos variables y, al fracasar, se caen las dos. Esto parece estar pasándole a Nudler, y sería una pena que su área de influencia fuera reclamada de aquí en más por los márgenes abyectos de Indymedia y Seprín (quienes, btw, ya se han hecho eco del asunto con la previsibilidad del caso).

No cabe duda de que, ante la eventualidad del Día del Juicio, Página/12 arderá hasta sus cimientos. Pero no precisamente por negarse a publicar una nota diseñada para hacerle cosquillas a un poder monolítico y macabro del cual todos nosotros, Nudler incluído, haremos bien en escondernos hasta que caiga por su propio peso. O, al menos, hasta que nos demos cuenta de que lo dejamos atrás hace mucho, mientras bailábamos como Porter con la chica o chico que nos tocó en suerte.

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4. Nudlerías.

¿Qué libertad de prensa?
A contrapelo del tobogán supuestamente libertario
que blande al Nudlergate como bandera
conduciéndonos a otras tinieblas

por Ernesto Semán

“Nudlerías, Nudlerías” diría José María Aznar si fuera argentino y hubiera tratado de desestimar el mangrullo de boludeces derivadas de la difusión de la censura ejercida sobre una nota suya.

Los motivos para no empezar esta discusión son variados. Hemos dicho hasta el hartazgo que Nudler y Wainfeld son de los pocos tipos que nos interesa leer cuando leemos sobre la Argentina, supongo que, como siempre, porque sí. El hecho de que se hayan trenzado a tortazos en público no me parece en absoluto relevante, ni que merezca una nota, ni que afecte el buen momento de nadie; lo atribuiría más bien a un bad timing de la realidad, esas cosas que pasan. Por lo demás, lo que cada uno de ellos piense del otro tampoco parece tener demasiado interés, ¿no? Quiero decir: No creo que haya mejor periodista para leer que Nudler, pero a esta altura de mi vida ni Nudler ni nadie me dice quién escribe bien o mal, mucho menos en un momento de enojo.

Que a Nudler le hayan censurado una nota tampoco parece ser un gran tema. Por lo pronto, la barrera entre censura y jerarquización es un tema que da para dos bibliotecas. Cualquier diario decide no publicar ciertas cosas por una variedad de razones que no son profesionales (los famosos datos bien chequeados, etc) ni venales (un gobierno pagando o exigiendo por algo). Del mismo modo que uno no dice todo lo que piensa ni hace todo lo que dice, los diarios no escriben todo lo que averiguan. No se publica nunca todo lo que se sabe, sino que se ordena, y se ve qué es más relevante para el tipo de información que se quiere dar y listo. Alguno como Lejtman decide que el tamaño de la patilla de Menem es lo más importante y otro como Zlotowajda se aferra a los símbolos del 1 a 1, mientras que Nudler escruta cómo la convertibilidad va a caer años después. So what? Publicar una u otra cosa sólo denota el tipo de periodismo que se hace, pero no es para escandalizarse.

Quizás en este caso se haya combinado un poco de todo. Aparentemente, la nota de Nudler estaba floja de papeles; Página no está en humor de publicar demasiado contra el gobierno; Página, quizás, haya encontrado finalmente un gobierno que es la horma de su zapato, con el cual se entiende y deciden cuidarse y apoyarse mutuamente; la corrupción no parece ser el tema más relevante en cuanto a analizar la actual gestión (para mi tampoco lo era durante la era Menem, pero esa es otra historia); la corrupción, definitivamente, no parece ser piedra angular de la actual política económica, que compete a la columna de Nudler; el Gobierno le pide al diario que no publique notas dañinas; algún director del diario está hasta el moño de Nudler y una vez decide armar un poco de revuelo; la redacción del diario está molesta con el oficialismo de su trabajo y se enciende con una chispita.

Todo eso, y Nudler que está harto, estado de ánimo que tampoco debería merecer nuestra opinión. Nunca me cito, pero además de alabarlo, hace apenas unos días, sin saber de la tormenta que venía y a propósito de una columna magistral que el diario sí había publicado, escribí, en el borde de Nosferatu:

“Nudler está cansado de predicar en el desierto, aún sin saber bien qué. Ya ni se preocupa por terminar algunas ideas. Los párrafos se van hacia el final en un “y esto y lo otro” y directamente “y bla bla bla”, un recurso poco usado en el periodismo… ¿De qué está harto Nudler? De todo parece. De las notas que explican y de los lectores que creen entender. De los entrevistados con ideas tan claras y de los entrevistadores que se sorprenden por lo que no deberían. Del sentido común aquí y allá, y de aquellos que son originales.”

Y-a-síMa-riel-mu-rió. Paraparaban paraban panparan. Qué bien leemos los diarios a 10 mil kilómetros. Se hartó y listo. Es su hartazgo y lo mejor de su cinismo lo que lo ayuda a buscar el límite y no un eventual contrato, que pudo haber tenido en cualquier momento de su extensa carrera en Página.

El único motivo por el que se me ocurre que todo esto nos interesa es, además de las notas de Nudler, la aparición de la libertad de prensa, y su acólito, el periodismo objetivo. Recién ahí llegamos al punto en el que el humor de Nudler, los mimos del gobierno con Página y la etérea coincidencia de tener a Nudler y Wainfeld al aire y juntos pierden su importancia.

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La libertad de prensa es un concepto que debe ser revisado y discutido. Los principios y realidades que inspiraron la primera enmienda de la constitución norteamericana y la aguerrida y breve prédica de Mariano Moreno han, cuanto menos, evolucionado. Por un lado, los medios de comunicación constituyen el espacio público, pero no tienen ninguna de las responsabilidades que sí les caben a los otros poderes públicos. Y nada indica que el abuso de poder del periodismo sea menos insalubre que el que ejerce el Poder Ejecutivo. Es un dilema, de momento, irresoluble. Las compañías que controlan los medios ejercen poderes omnímodos y su poder debería ser restringido; es impensable que el Estado pueda cumplir ese rol, habida cuenta de su repliegue y eventual incapacidad; y aún en el caso de que lo lograra, la idea de un corredor periodístico Buenos Aires-Caracas-La Habana no parece ser el paisaje más estimulante; la sociedad civil, simplemente, no es lo adecuado.

Más conceptualmente, la libertad de prensa parece haber perdido el cargamento que justificaba el fast track de su aprobación universal. La libertad de prensa estaba ahí, impoluta, en función de garantizar un conocimiento pleno y extenso de la cosa pública. Pero hay algunos problemas. Por un lado, el libre accionar de los medios ha dejado a Welles a la altura de un tipo carente de imaginación, porque el fantasma de una dictadura clara de los cielos ha dado paso a una gris y aplastante y húmeda masa de confusión en la que la cosa pública queda escondida detrás de millones de palabras y voces e imágenes.

Por otro lado, todo se ha vuelto más complejo. Si la cosa pública la constituyen una vaca y dos manzanas, el dilema se resuelve fácil, en favor de que todos vean la vaca y las manzanas, y en contra de aquel que quiere ocultar que tiene dos manzanas y no una. Ahora, cuando el mundo se hace ancho y ajeno, entran a jugar otras cosas. Es cierto que el Presidente se cogió una pasante. Es cierto que después le consiguió un currito en casa de gobierno. Es cierto que está mal. Es cierto que un juez lo está hostigando. ¿Pero es relevante como información? Todos los medios de Estados Unidos creyeron que sí, incluso aquellos que apoyaron furiosamente a Clinton. Supongo que hay muchas razones por las cuales nunca voy a dirigir un diario en Estados Unidos, pero agrego una más: yo no hubiera publicado más que un par de recuadritos y listo, ese hubiera sido el aporte de mi vida, la huella que me hubiera gustado dejar en esta tierra.

Es un ejemplo extremo, pero útil a los efectos de mi punto: la única y honesta libertad de prensa importante, es la de decidir qué publicar y qué no. Decidir no publicar una nota porque castiga a un gobierno en un punto sensible, desbaratando una estantería que, en general, luce mejor de lo que uno hubiera imaginado, es perfectamente legítimo. Otros motivos pueden ser, para nuestros estándares, menos legítimos, más oportunistas, más venales, menos prístinos. Como todo esto ocurre en la vida real, es muy posible que cualquier ejemplo combine un poco de todo lo de arriba, y que la tarea de uno sea determinar cuál de todos los factores es el más relevante. Que Página es afín al gobierno se asienta en muchas más razones que las venales: un discurso oficial que aparentemente retoma lo que el diario ha predicado desde hace una década; la cantidad de columnistas que han pasado a funciones oficiales por los más diversos motivos; una lectura común de lo que ha pasado en los últimos años en la Argentina; coincidencias varias sobre lo que habría que hacer.

Que de ese encuentro celestial de voluntades surgan acuerdos de todo tipo es, veramente, tan posible como irrelevante, en tanto y en cuanto pueda seguir sosteniéndose que Página piensa lo que piensa porque lo piensa y no porque el gobierno le paga. Y ese parece ser el caso, sobre todo reconociendo que lo piensa desde hace mucho antes de que Kirchner asomara de Santa Cruz, y que este gobierno, mal que mal, ha mantenido cierta constancia en algunos datos que son básicos para la agenda del diario. Si mañana Kirchner condecora a Videla y Página dice que fue una brillante maniobra del general, volvemos a charlar. Pero ese no parece ser el caso.

Que de esto surga una decisión editorial que, leída en términos mas bien tontos, lleve a publicar más notas a favor que notas en contra, es definitivamente inevitable. Nadie le paga a Página para que “haga como que la corrupción no es importante.” La dirección del diario, y mucha gente más, cree que ese no es el gran cristal explicativo.

Ahora, uno podria sostener todo esto con un ejemplo contrafáctico sencillo: supongamos que el diario es La Nación y no Página, y que el periodista es Laborda —the ultra-flat journalist model— y no un iluminado como Nudler. Supongamos que Laborda se dedica desde el día de la asunción del gobierno de Kirchner a escribir notas sobre hechos de corrupción que atañen a funcionarios altos del gobierno (que seguramente los hay, como en casi todo gobierno). Supongamos que, una vez en su vida, Laborda decide hacer las cosas bien, investigar a fondo, tener chequeado hasta cuánto calza cada ministro. Y supongamos que La Nación, en lugar de usar el estalinista método de Página, decidiera publicar generosamente a Laborda en la tapa del diario, over and over, cada nota, hasta el hartazgo.

¿Estaríamos contentos? ¿Habría triunfado la libertad de prensa? ¿Seríamos un pueblo mejor?

Give me a fucking break.

La libertad de prensa es tan jabonoso como concepto que resulta imposible siquiera determinar el sujeto portador. ¿Los periodistas (incluyendo a Laborda, Nancy Pazos y Grondona)? ¿Los directores de los diarios (incluyendo a Escribano)? ¿Los gerentes (sin marginar a Magnetto)? ¿Los dueños (si existe otro que no sea la Noble)? ¿”La gente” (en acepción Clarín)? Termina por ser un equívoco que combina una buena dosis de ingenuidad, falta de actualización y decidido oportunismo, hasta convertirse en algo que es tan bueno para la democracia como el dulce de leche o Hiroshima.

En verdad, el problema radica en la legitimidad que Página ha perdido ante su constituency para poner en marcha, en nombre de su pueblo, ese proceso de decisiones sobre qué publicar y qué no. Y su falta de plafón para dar la cara en ese debate arranca antes de su asociación con este gobierno y por motivos totalmente distintos, con los cuales interactúa y a veces refuerza: el deterioro del espacio público y el desmembramiento del campo cultural, muchas malas decisiones editoriales, el desconcierto, la famosa falta de un recambio generacional, entre muchas otras cosas. Página no ha perdido capacidad de analizar el país por su cercanía con Kirchner.

In fact, algunas de sus notas siguen siendo, en mi opinión, las únicas que se pueden leer a la hora de saber qué catzo pasa down there, por cierto mucho más que las de La Nación o Clarín.

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5. Información adicional sobre el Nudlergate:

De títeres y titiriteros — la nota desencadenante del escándalo, reproducida con orgullo por quienes hacen “periodismo de verdad”. Pfff.

El mail de Nudler a sus colegas que circuló con la rapidez previsible, reproducido por el mismo cuadrúpedo de arriba.

Campaña — la indigna respuesta de Ernesto Tiffemberg.

Tipo complicado, Nudler. Aquí un muestreo de artículos brillantes y no tanto:


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Del mismo autor:
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
2. Matutinas
1. Residuo Nocturno
Al-Fon-Sín
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