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学校の Eguía

10 01 2009 - 06:29

¿Por qué se quiere engordar las cárceles bajando la edad de imputabilidad? ¿Por qué mucha de la gente que se ha ganado un lugar en la sociedad, aunque sea uno precario, se encona con los menores descarriados? Ciudadanos constructores de democracia que ya lleva 25 años, debo decirles que eso resta. ¿Por qué resta? Resta porque es una esperanza miope que no va a resolver el problema; lo va a minar y entonces todo será más sangriento aun. Les cuento algo. En las aulas de una escuelita de alto riesgo, como es costumbre etiquetarla, donde soy docente, tuve como alumno a un pibe durante 4 años, entre repitencia y pasaje. En ese lapso observé cómo su rostro iba siendo moldeado —además de por el crecimiento biológico— por el fracaso al que empuja la marginalidad económica en una sociedad que en vez de integrarlos se protege de estos adolescentes, echando mano a su aparato represivo. Saco dos imágenes de distinta época como si fueran fotos: a los 12 años, en el primero de la EGB, el pibe reía, un niño todavía. A los 17, tenía los incisivos partidos por la violencia justiciera de la policía y la mirada de un felino acorralado al que están amenazando con un machete.

La comparación del pibe con un gato acorralado me hace acordar de mi propio pasaje como estudiante por la secundaria. Corría el año del mundial 78, yo tenía 14 años. Mis padres, pensando en el futuro, me mandaron a lo que para ellos era la mejor escuela de la zona, el industrial de la ciudad de Dolores. Como vivíamos en Castelli, para estudiar en Dolores me tuve que ir a vivir a una pensión para estudiantes. Allí conocí, entre otros atorrantes, al Gaucho Maccio, que vivía en una chacra cerca de la estación de trenes de Parravicini. El día que Argentina le tenía que ganar a Perú por 4 goles de diferencia fuimos a su casa para ver el partido. Éramos 6 y nos tomamos un Cóndor que nos dejó en el parador Al Ver Verás. De ahí caminamos unos kilómetros hasta la chacra. Definitivamente al ver vimos, en cuanto llegamos, la belleza de la hermana mayor del Gaucho. Después jugamos un rato a la pelota hasta que al Gaucho se le antojó demostrar su bravía. Fijate como mato a palazos a ese gato hijo de puta, dijo. Pará, boludo, dijo el loco Pinto. No sean cagones, entremos al galpón así ven como lo mato a palos. Cagados hasta las patas entramos con él y su palo. El gato se arqueó de una manera tan extraña e impresionante que yo temí por mi vida y luego al ver vi como esa furia de fuego negro rebotaba contra las paredes, el piso y el techo. Nos quedamos ahí, paralizados, hasta que la bola asesina volvió a posarse en un rincón pareciéndose de nuevo a un gato negro.

Pero iba a contar otra cosa y a eso voy. No creo que a mis alumnitos del primer año de la secundaria básica les guste verse relatados. Ni por asomo intuyen que su profesor de Ciencias Naturales además escribe, esto no lo saben ni siquiera los colegas docentes. A los niños lo que de verdad les fascina es hinchar las pelotas en clase todo lo que sea posible. Es parte de la dinámica preadolescente, hay que entenderlo así. Cuando yo estaba en séptimo era un molesto tremendo. Un día, la querida gorda Beba, mi maestra de lengua, me estaba corrigiendo con su ternura y paciencia sublimes unas oraciones, cuando algo que daremos en llamar el cubre-lámpara —una bola de vidrio de unos 20 o 30 cm de radio— se la cayó en la cabeza. Beba empezó a entrecerrar los ojos y a venírseme encima en cámara lenta mientras los fragmentos blancos de vidrio desintegrado volaban en distintas direcciones como en el segundo después del Big Bang, a toda velocidad. Un espectáculo alucinante para la inquietud natural de un mono tití. Salté del banco y la gran Beba cayó desplomada sobre el pupitre y luego, naturalmente, sobre el piso. En segundos se formó un círculo, con el Gallo Gestido y el Negro Capella al frente, en torno a nuestra maestra que parecía agonizar. Nos peleábamos por ver de cerca. Más algarabía, algarabía suplementada después del pequeño susto y al ver a la Beba que empezaba a recuperarse preguntando qué había pasado. Fue un toscazo del cielo, Beba, dijo uno de los granujitas. Aquellos guachitos son iguales a estos, los que tengo enfrente hoy que me convertí en docente. Nada ha cambiado demasiado.

El año pasado tomé un curso complejo de primer año de la secundaria básica. Pibas y pibes de 12 y 13 años, con alguna excepción. Escuela de Melchor Romero, a la cual asisten en su mayoría pibas y pibes pobres, hijas e hijos de cartoneros, de gente con planes trabajar, de desocupados, hijos de algún verdulero boliviano o peruano, de algún albañil paraguayo correntino o misionero, hijas e hijos de gente que trabaja de sol a sol por la comida en la zona de las quintas, hijas e hijos de presidiarios. En fin, curso con muchas dificultades, Carlos, me dijo la Directora. No problem, laburaremos lo mejor que se pueda, contesté. No sabés, Carlos, agregó la preceptora antes de dejarme entrar al aula, este curso es Temaiken. Se refería al parque temático de animalitos que hay por Escobar. Nos van a sacar canas verdes. A mí las canas no me preocupan tanto como la pelada, le dije para poner un poco de humor a la escena. Después de los primeros 15 minutos de clase confirmé en carne propia la observación de la preceptora. Por suerte nunca pierdo de vista a aquel niño que fui.

El año fue pasando y fuimos aprendiendo a querernos a la manera de cada uno. Entre los niños más tremendos estaba el trío integrado por Tomasito, el Chino Vega y Balbín. Tomasito es un pibe macizo de piel marrón oscura, hijo indígena del Chaco de pies a cabeza, el Chino se parece al Diego cuando era cebollita pero con los ojos bien achinados. Ambos son gordos y petisos. Balbín, en cambio, es alto —les lleva a los otros por lo menos dos cabezas— y es igual de hinchapelotas pero en chispa es mucho más lento. Es que el dúo Tomasito/Chino es incomparable.

Un día que estábamos trabajando sobre los estados de agregación de la materia, el trío se había ensañado con un pibe recién llegado, que venía de otra escuela. El pibe nuevo era grandote, medio aletargado y muy cabezón. Mientras yo me movía por el aula supervisando la tarea y despejando dudas, escuchaba la voz del Chino que, apretando la cara contra la carpeta con la ilusión infantil de que así se nota menos, decía Quiero que el cabezón Ruggieri me firme un autógrafo. A lo que Tomasito respondía Y que esperás Oriental, pediseló. Callate vos, gordo conchudo, contestaba el Chino, conspirando contra la clase que increíblemente ese día se desarrollaba tranquila. Me senté en el escritorio enunciando el clásico a ver Vega si te ponés a trabajar. Está bien profe, decía el petit engendro. Pero cada dos minutos empezaba nuevamente, Quiero que el cabezón Ruggieri me firme un autógrafo… A quién estará gastando este Chino, pensé. De pronto miré al pibe nuevo y era la réplica exacta del cabezón Ruggieri. El pibe nuevo estaba rojo y murmuraba algo incomprensiblle acompañándolo con movimientos leves pero erráticos de sus brazos que insinuaban que atacaría al Chino en el recreo. La felicidad del Chino crecía.

Traté de conservar la calma, lo cual no era fácil entre las carcajadas de Balbín festejando al Chino. Por suerte el resto de la clase no se había desatado y trataba de avanzar en el trabajo práctico. Yo rogaba que el Chino la cortara pues las cosas todavía podían empeorar: nadie conocía al cabezón Ruggieri, lo habían puesto ahí de un día para el otro, y el pibe evidenciaba un todavía agazapado trastorno. Antes que la cosa explotara le dije al Chino que por favor se concentrara en la tarea. Sí profe, dijo. Así me gusta, intervino Tomasito, dirigiéndose al Chino. Así me gusta, Kurosawa.

Se hizo un silencio precioso, que siguió a la música de la palabra Kurosawa en boca de este pichón de indio genial. Tomasito largó la carcajada tribal y repitió: Así me gusta Kurosawa, hágale caso al profe y trabaje en silencio. Dios no me acompañó y no pude aguantar la risa, mientras el Chino se ponía rojo de rabia y me decía, vio lo que me dijo profe, vio lo que me dijo el chancho boliviano este? Mis músculos faciales trabajando a full no pudieron mantener la compostura. Me largué a llorar de risa mientras trataba en vano de arreglarla balbuceando que Kurosawa era un gran maestro del cine mundial. ¡Del cine chino! gritó Tomasito, mientras el Kuro apretaba otra vez la cara contra la carpeta y presa de la furia más celular creía decir para sí mismo pero decía para todos ahhh, te reís, pero qué clase de profe sos vos, cabeza de rodilla, pelado hijo de mil puta.


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