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Noriega es de Escorpio

8 01 2009 - 15:10

Estaba ayer en una librería escuchando a mis espaldas una discusión entre un cliente y uno de los empleados. Era rara, un poco áspera y con los roles cambiados: el cliente quería a toda costa señar un libro que no estaba mientras que el empleado, amable pero desganado, sugería que la idea era un poco pelotuda. Agudicé el oído para descubrir de qué obra oculta estaban hablando. El horror me llegó cuando comprendí que lo que el pobre muchacho no quería dejar de tener era el libro de predicciones de Ludovica Squirru. Era como si alguien quisiera ahora dejar una seña en boletería para no perderse la próxima película de Harry Potter. ¡Para perdérsela uno debería internarse en el Amazonas!

El episodio me trajo a la mente la pregunta de Raffo:

“Are things getting better 
or are they getting worse?”

Para mí siempre todo es mejor que antes salvo que queda menos tiempo. Pero hay una cosa en la que es evidente que todo cambió para peor: la creencia en el Zodíaco (o el Tarot o el Horóscopo Chino o cualquiera de esas cosas) se ha extendido enormemente. Es una catástrofe a la cual no se le ha prestado la suficiente atención.

Hasta hace unos años, se trataba de una creencia marginal, que podía determinar si el interlocutor era un par o un minusválido cultural. Una persona te preguntaba el signo y la conversación a partir de ahí se diluía, todo lo que el otro podía decirte estaba teñido por un pecado de origen. Cree en el horóscopo…

Ahora las cosas han cambiado demasiado y gente a la que por larga experiencia previa considero normales, no estúpidos, interlocutores dignos, amigos, compañeros, iguales, tienen esa mancha. ¡Creen en el horóscopo!

Hay todo tipo de ideas. Hay ideas correctas, incorrectas, fértiles, interesantes aunque falsas, ciertas pero estériles, absurdas, excéntricas, obvias, aburridas. La del horóscopo me parece una idea estúpida. Sin más: una estupidez insostenible contra la cual no vale la pena argumentar. Mi escepticismo, que antes en mi medio cultural hubiera sido una obviedad, ahora es visto casi como excéntrico. El último positivista, me dicen. Por supuesto se me aplica el ABC de toda teoría autoblindada. Cada vez que ejerzo mi derecho al descreimiento me gritan: “¡Típico de Escorpio!”

Como consecuencia secundaria, en aquellos medios en los que Tauro y Virgo no han prendido, crece el prestigio de la ciencia. Por razones más complicadas de explicar, la sacralización de la ciencia y, mucho peor, de los científicos, tiene riesgos casi tan grandes como la de los astrólogos. Es probable que el conocimiento científico ya haya dado lo mejor de sí y que el desarrollo futuro de la ciencia solo provea sofisticaciones en los gadgets para la clase privilegiada, aplicaciones técnicas para la medicina y más programas de Adrián Paenza pero no teorías elegantes y simples para describir al mundo. Como leí en algún lado, la Tabla de Mendeleiev y la teoría de la Evolución sólo se descubren una vez en la historia. Trabajé durante tres años en el sistema de producción de conocimiento científico argentino y creo que fueron los tres años intelectualmente menos productivos de mi vida. En todo caso, mi rechazo por la astrología no viene acompañado por una argumentación científica acerca de la irrelevancia de la posición de los astros y su nula influencia sobre el carácter de las personas. Es un rechazo que tiene que ver más con el desdén.

Convencido de esto, hoy volví a entrar en una librería y tuve un incidente que me hizo recordar otro asunto de las relaciones humanas en donde estamos peor que antes: el beso entre los hombres como saludo.

Los acontecimientos se produjeron de la siguiente manera. En el momento en que estoy por salir entra Alan Pauls, con quien no tengo más relación que haber cruzado un par de mails solicitándole un texto para un libro que yo estaba editando y un par de saludos con la cabeza a la distancia en un restaurante que frecuentamos los dos. La situación era riesgosísima: era la primera vez que lo iba a saludar físicamente y no sabía si correspondía darle la mano o darle un beso. Sucedió lo peor: yo extendí mi brazo derecho mientras él acercaba su mejilla y su boca. Reculé rápidamente y lo besé, sintiéndome un perfecto idiota. Nunca sé qué hacer en estos casos y tengo la sensación de que un saludo inicial que se ejecuta felizmente es importantísimo. Cada uno de estos pequeños fracasos me pesan en el alma. Pauls conversó conmigo unos segundos y estuvo notablemente amable, lo que, obviamente, no hizo más que aumentar mi pesar. Terminé la conversación entre tartamudeos y me fui, apesadumbrado.

Recibí mis primeros besos masculinos a fines de la década del 80, cuando jugaba al fútbol en una liga (Unión Argentina de Fútbol) que era muy fuerte en el GBA. Mis compañeros se saludaban con besos y se agarraban la cabeza por el cuello para hacerlo. En su momento adjudiqué esa tendencia a la conjunción GBA-ambiente futbolístico, una zona cultural más bien homofóbica, que podía expresar sus pulsiones latentes sin demasiados temores. Como la creencia en el horóscopo, nunca imaginé que se iba a extender por toda las clases sociales. Al poco tiempo, en el resto de mis ámbitos de sociabilización, muchos hombres comenzaron a adoptar esa práctica antihigiénica. Para los cincuentones, que hemos vivido esa transición entre el viril apretón de manos y el húmedo ósculo, nunca queda claro qué es lo que hay que hacer. No me importaría besar a todos los hombres con los que me cruzo –tampoco voy a descorchar un champagne— si supiera que eso es exactamente lo que ellos van a hacer. El desencuentro es lo que me mata.

Ahora bien, uniendo ambos cataclismos, se me ocurrió, mientras me alejaba, algo terrible. Me quedé pensando que era difícil pero no imposible que Alan Pauls, una persona a quien considero más inteligente y culta que yo, quizás hablara del horóscopo con sus amigos, con cierto grado de convicción, con desgano quizás, pero no con el desdén que el tema se merece. En otra época, una persona con su background cultural no perturbaría su actividad mental ni un segundo con el tema zodiacal pero hoy ya no hay ninguna garantía. En realidad, era el test perfecto. Si Alan Pauls desprecia al horóscopo, aún hay cierto orden en el mundo y las cosas no están tan mal.

Podría habérselo preguntado hoy pero el tema del beso me complicó las cosas.


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