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Hernanii, desde la línea de fondo

13 01 2009 - 22:08

Hace veinte años jugaba mucho al tenis y cuando me aburría en las fiestas familiares, porque no me interesaba la conversación o porque ya había escuchado esa misma conversación mil veces, imaginaba en mi cabeza puntos heroicos de mis cabalgatas sobre el polvo de ladrillo: iba de un lado a otro de la cancha, patinando hacia los flejes, devolviendo bombazos imposibles y definiendo el punto con un drop abierto que cruzaba la red apenas y después se hundía casi sin picar. Cuando terminé el colegio dejé de jugar al tenis, por lo que mis desvaríos tenísticos fueron reemplazados –en reuniones familiares o de trabajo, en viajes en tren sin libro o madrugadas en boliches ya sin destino posible de levante– por ejercicios futbolísticos, casi siempre tiros libres: de zurda, la única pierna que manejo decentemente, por encima de la barrera, con la pelota primero inflándose, como tomando impulso, y después finalmente agarrando el efecto en medio del aire y acelerando con furia hacia el ángulo del palo lejos del arquero; o al palo del arquero, precisamente, uno de los tiros libres más subvalorados por la intelligentzia del fútbol, que adora los tiros libres por encima de la barrera pero cree prosaicos o utilitaristas los tiros libres al palo del arquero. (El tiro libre al palo del arquero es una batalla mental con el arquero: yo creo que él cree que yo creo que voy a pegarle por encima de la barrera. Gana quien acierta el intervalo de la dialéctica.) También me imaginaba dando asistencias o rebotando paredes imposibles: frenar la pelota contra el pie un segundo de más, como para que los defensores adviertan la demora, pierdan tensión y vengan hacia mí; saben que soy lento, y que podrán quitarme la bola sin problemas; es en ese momento de mis sueños de vigilia cuando, con el empeine o con el taco, le doy un cortito latigazo a la pelota, que sale rápida, zumbando cerca de los tobillos rivales, pero frena enseguida, exhausta pero divertida, justo frente al compañero que había visto salir corriendo cuando los demás estaban frenando. El sueño terminaba ahí; no me interesaba ver el gol ni festejar abrazado contra el corner ni recibir el reconocimiento de mi compañero por la pelota que le acababa de dar. Lo mío, en sueños y en el fútbol de la vida real, siempre ha sido la asistencia; meto pocos goles, recupero pocas pelotas y corro la mitad de lo que debería; pero tengo un gen geométrico-futbolístico que me señala pases al vacío como si estuviera viendo la cancha para por televisión. En los últimos años, la simulación de la lentitud se ha convertido en lentitud, y los defensores caen menos en la trampa. Pero en sueños todavía estoy en buena forma, y me gusta recibir la bola, que viene rápida, patinando sobre el pasto sintético mojado de alguna cancha de Brooklyn, deflactarla apenas con el empeine derecho, soltar la cadera como si estuviéramos a punto de hacer el pase, y en el movimiento siguiente, casi como si estuviéramos dando un paso, ordenarle a la pelota que se dirija hacia aquel hueco, detrás de ese defensor central alto y patilargo, que no sabe bien dónde está parado y justo delante de Tony, nuestro compañero turco, rápido y atolondrado, que llegará a la pelota a toda velocidad, como hace todas las cosas, y le pegará al arco, sin pararla ni nada, y errará el tiro por cuatro o cinco metros.

Después de aquella adolescencia de refugio mental en el tenis y una primera juventud dedicada al fútbol, me sorprendí a mí mismo la semana pasada y la anterior, en Moscú, otra vez eligiendo al tenis para aplacar el aburrimiento y la falta de atención. Mientras volaban a mi alrededor las conversaciones en ruso, y las carcajadas, y las ocasionales traducciones de Irina, que hacía lo que podía pero evidentemente no podía hacerlo todo, yo progresivamente me iba apagando. Y lo que se encendía esta vez no eran tiros libres ni pases al vacío, sino, otra vez, drop shots que mis rivales ni siquiera intentaban correr, porque era evidentemente que no llegaban, y puntos levantados heroicamente desde las posiciones defensivas más desfavorables: yo corría hasta el fondo de mi revés, con el cuerpo extendido, casi de espaldas a la red, y bloqueaba con slice y el último aliento el sablazo paralelo de mi rival, que nunca tenía cara ni personalidad definida; después de tres o cuatro rescates in extremis, dejándome la piel en cada punto con un esfuerzo que nunca tuve para el fútbol, mi rival se frustraba y la tiraba afuera o me daba el segundo letal de margen para tirarle un globo envenenado, bien topeado y al revés, que picaba cerca de la línea de fondo y después salía rajando hasta el alambrado con la banda celeste de Le Coq Sportif. “Qué raro haber vuelto al tenis”, pensaba en aquellos momentos, perdida ya toda esperanza de entender de qué iba la conversación. Qué raro. Y qué deprimente verme jugar, incluso en sueños, donde si quisiera podría disfrazarme de saque-y-volea en canchita de cemento, de una manera tan cagona –tan tenísticamente argentina–, esperando el error del rival, especulando con posibles reacciones inesperadas a súbitos cambios de efecto, transformándome en un jugador irritante porque no tengo otra manera de ganar. En la vida real, en el polvo de ladrillo, siempre fui así: cero winners, cero errores no forzados, diez millones de reveses con slice. Una carrera amateur digna hasta que me aburrí de los ceros. Casi no he jugado al tenis desde 1991, pero me quedaron lecciones: en la vida real, fuera del polvo de ladrillo, me propuse no tener una vida así, con cero winners, cero errores no forzados y décadas enteras en la línea de fondo; me prometí a mí mismo que en la vida real iba a subir mucho a la red, que iba a tener un buen saque (¡puntos gratis!) y una buena volea, que me iba a comer a los rivales crudos, que no me iba a quedar ni un minuto en la línea de fondo, porque la línea de fondo es para amarretes y amargados. Ah, las promesas que se hace uno a los diecilargos o veintipocos. Ahora me conformo con tirar un drop lindo cada tanto, y que los aplausos ralos de la tribuna imaginaria me hagan sentir un poquito más vivo. Después, jugamos todo con slice. Esperando la ocasión del gran winner.


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5. Noche