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Raffo vs. Mr. Thompson

16 01 2009 - 18:09

Hay dos escuelas, que comparten el terreno —unos dos mil metros cuadrados en la parte vieja del pueblo, frente a unos jardines amurallados perfectos para Jane Austen cuando venía de vacaciones— y comparten también el edificio, que con el tiempo fue adquiriendo características propias de una y otra escuela y ahora es un despropósito bifronte; victoriano en el ala norte, modernista en el ala sur. La mitad del norte está ocupada por una escuela religiosa, o CofE, la sigla/eufemismo para “Church of England” que la gente usa en Inglaterra más para llenar formularios que para cualquier otra cosa. La mitad del sur le tocó a una Community School, otro eufemismo que denota la ausencia de filiación religiosa, aunque no de contenidos religiosos, porque no hay una escuela del estado en la cual no te enchufen un par de horas semanales de RE, además de las assemblies que, según el currículum nacional, debe inculcar valores “mainly Christian in nature”.

Escrito así parece el fin del mundo, pero enseguida te das cuenta de que no es tan grave, porque en las escuelas semi-laicas nadie se toma la religión demasiado en serio (¡no te joden nada!), y después de unos años hasta parece que lo hubieran hecho a propósito. A medida que vas conociendo mejor a maestros, padres, madres y alumnos, lo que al principio parecía tolerancia se revela indiscutiblemente como indiferencia, el Gran Sentimiento Nacional Británico. No está tan mal, un sistema diseñado para que los niños descubran tempranamente que Dios está ahí para hinchar la pelotas. Y acaso la indiferencia sea la mejor reacción posible ante la religión organizada. Por lo menos a mí no se me ocurre ninguna mejor. El problema es cuando la indiferencia se extiende a todos los otros órdenes de la vida y, especialmente, a las ideas y al lenguaje.

La escuela sur (la laica) tiene un nuevo director, a quien llamaremos Mr. Thompson porque es exactamente así como se llama. Llegó hace poco, con una misión secreta, porque todas las misiones son secretas en el maravilloso mundo de las escuelas del estado. Curiosamente, no es el Estado quien imparte estas misiones. El Ministerio de Educación se limita a establecer el currículum y a garantizar su cumplimiento a través del Ofsted, un departamento de inspección cuya monstruosidad daría para escribir un libro entero. Las misiones secretas, esos “objetivos” anuales que no conoce nadie —ni maestros, ni padres, ni alumnos, ni extraños— son impartidas por una instancia paralela de poder: el Board of Governors. Quien quiera imaginar una mesa rodeada por clones de López Rega, puede. Los Governors pueden ser padres, o ex-padres (padres de alumnos que ya no asisten a la escuela), o ex-maestros, o voluntarios de cualquier otro origen siempre y cuando cumplan con el requisito básico de (como Dios) hinchar las pelotas. Por definición, gente sin nada mejor que hacer. Pero esta es la mejor parte: aumentos potenciales en el salario del Director/a de la escuela dependerán de cuán felices pueda hacer a los integrantes del Board of Governors, quienes recomendarán (o no) dichos aumentos. López Rega sonríe. I got you by the balls.

Otra vez parece el fin del mundo, y en este caso sí es, efectivamente, el fin del mundo, aunque no de golpe, no con un estallido, sino más bien con la pincelada a largo plazo del clustering barrial que transformará el país en un racimo de mini-ghettos inhabitables si las cosas salen mal, los ricos con los ricos y los pobres con los pobres. Si las cosas salen bien, en cambio, tendencias habitacionales más saludables (o el simple exceso de población que no es difícil imaginar en Europa) dotarán a cada colegio de un muestreo diverso de Governors, distintos entre sí (y por lo tanto distintos de López Rega) y el sistema funcionará mejor o caerá por su propio peso. En cualquier caso, por ahora es el fin del mundo, y Mr. Thompson, como todos los de su especie, sale al patio cada mañana durante el recreo para asegurarse de que suceda, al menos en la mitad sur que le corresponde a su escuela.

Pero en la mitad norte también hay recreo a la misma hora. Los niños salen al mismo patio, un patio enorme, bastante lindo, con juegos, sillitas de hierro que parecen pavos reales y un gazebo de madera al cual nadie puede entrar, porque en todas las escuelas debe haber algo atractivo cuyo uso está prohibido, o no serían escuelas. ¿Se mezclan en el patio, los niños de una y otra escuela? No se mezclan. Apartheid. El patio se divide por la mitad aunque no haya una línea divisoria física, tangible. O por lo menos esa es la versión infantil que llega a casa, y que en principio me cuesta creer, porque ¿cómo separas a doscientos chicos de otros doscientos chicos en un patio de quince metros por treinta? No me imagino. Parece imposible. Lo que mi hija quiere saber es por qué no se pueden juntar los chicos de una y otra escuela, y ahí ya empiezo a tomarme el asunto más en serio: en general uno no se pregunta por qué algo sucede antes de confirmar que ese algo existe. “No tengo la menor idea de por qué harían eso. Mañana le preguntamos a Mr. Thompson.”

Mr. Thompson es igual a Ricky Gervais en The Office. La misma contextura física y, sobre todo, la misma actitud ante la vida. Brilliant! Wonderful! Absolutely! Mr. Thompson sonríe, te mira a los ojos y no te ve. Ve otra cosa. No sabemos bien con qué forma, pero lo que ve no es una persona sino un instrumento, o una amenaza, o una demora o una alegría, dependiendo del caso. Diríamos que Mr. Thompson es como un animalito si no supiéramos que su particular visión del mundo no tiene nada de natural: se aprende. Y se aprende en colegios como el que regentea Mr. Thompson, que nos confirma la realidad del Playground Apartheid sin que se le mueva un pelo. Así es, los chicos de una escuela no se juntan en el patio con los de la otra escuela.

¿Por qué?

Tengo una tendencia natural a preguntar por qué, desde chico. Todos los chicos la tienen, pero a mí no se me pasó nunca. Lo sigo haciendo, todo el tiempo, y me sigue causando todo tipo de inconvenientes en el trabajo, en casa y en todas partes. Pero entre las innumerables ventajas de tener hijos se cuenta también la de poder preguntar por qué como si no te importara en lo más mínimo, con una liviandad habitualmente inaccesible en el mundo adulto. Mi hija quiere saber por qué. Lo cual, en este caso, tenía la conveniencia adicional de ser verdad.

—Hay una larga historia de rivalidad entre las dos escuelas. Los Headteachers anteriores ni se hablaban.

Sería una buena manera de empezar a responder la pregunta —con un prefacio de contexto histórico— pero esa es toda la respuesta. Eso es todo lo que dice Mr. Thompson. No me queda más remedio que explicarle, con los mejores modales, que esa rivalidad histórica no explica ni justifica lo que pasa hoy, del mismo modo que la existencia de Napoleón no provoca (ni justificaría, hipotéticamente) el ajusticiamiento de turistas franceses en las calles de Londres. Mr. Thompson asiente, dándome la razón. Pero no dice más nada. Le tengo que preguntar otra vez:

—¿Por qué?

—Porque el patio lo compartimos las dos escuelas.

En ese momento, en ese milisegundo, todo cambia: me olvido del patio, de los alumnos, de lo que tengo que hacer esa tarde y ya no me importa más nada en la vida salvo entender cómo alguien puede pensar que esa es una respuesta razonable a mi pregunta. Mr. Thompson sabe leer y escribir. Y sabe también que la respuesta que me está dando no quiere decir nada. Conscientemente —aunque más por costumbre que por malicia— Mr. Thompson recurre a una paradoja que bautizaremos con su nombre, porque se lo merece y porque vamos a volver sobre esto en capítulos siguientes, cuando hablemos de cosas mucho menos gratas.

Es tan insultante la respuesta, tiene tan poco sentido, que nadie en su sano juicio se animaría a ejercer la violencia verbal desproporcionada que sería necesaria para confrontarla. Ningún inglés, en principio, y tampoco yo, que estoy haciendo un curso acelerado de inglesidad cosmética. Todos los argentinos que leen se habrán dado cuenta, sin embargo, de que la paradoja de Thompson dista mucho de ser exclusivamente británica. Si se enunciara (lo cual, por supuesto, nunca sucede, porque la eficacia de la paradoja radica en que sea tácita y te agarre de sorpresa), se enunciaría así:

Tu capacidad de respuesta es inversamente proporcional a la intensidad con la cual yo te trato de pelotudo.

O bien:

Cuanto más flagrante es la grieta entre mi statement y la verdad, menos posibilidades tenés de rebatirlo.

Aunque también habría que incluir ahí el indispensable modificador de la etiqueta social. En una isla desierta la paradoja de Thompson es impracticable; hacen falta convenciones sociales y hacen falta testigos para que funcione. Seguramente se podría enunciar de alguna manera mejor que ahora no se me ocurre.

Lo que sí se me ocurre es que tal vez este sencillo mecanismo pueda explicar un montón de cosas que no se entienden. Entre ellas: todas las películas que vi el año pasado, casi todos los aspectos del kirchnerismo y, por qué no, ese momento del último podcast en el cual Schmidt sostuvo que en TP no deberíamos hablar de política.


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