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Hernanii canta a los Pixies

19 01 2009 - 19:16

Ernesto Semán, joven promesa del periodismo argentino de los ’90, cumplió el domingo 40 años. Ya casi no es periodista y, si es promesa de algo, lo será de las letras o la historia latinoamericana. Pero como el sábado tenía ganas de seguir sintiéndose joven, nos invitó a un grupito de afortunados a un karaoke de Red Hook, un viejo barrio portuario de Brooklyn que hace unos años estuvo a punto de transformarse en cool y que ahora ha vuelto a ser un páramo de nada y adoquines, especialmente en noches de invierno como la del sábado, cuando hacía un frío de cagarse y en la calle había menos movimiento que en Corea del Norte.

Comimos unas chisburguers muy buenas y después nos sometimos al escarnio del karaoke, un proceso de humillación pública al que no me entregaba desde, por lo menos, principios de los ’90, cuando hubo un (creo) efímero furor de cantobares en Buenos Aires y alrededores y en cuyos escenarios berretones sufrí y transpiré no más de cuatro o cinco veces. El cantobar era para mí un programa malísimo, no sólo porque nunca confié mucho en mi oído y mis cuerdas vocales sino porque, además, cada uno de esos locales estaba programado para inflar y mantener la obsesión porteña por la “diversión” de principios de los ’90, de la que me negaba a participar. Yo había elegido pasearme por la sociedad con un personaje melancólico-rockero que poco tenía que hacer en los cantobares, donde las canciones habituales, y casi las únicas disponibles, eran las de Valeria Lynch o Las Primas o Tonta o, en el mejor de los casos, Los Abuelos de la Nada. Puesto entre la espada y la pared, y bajo los efectos de los intomables Sex on the Beach o Gancia Batido populares en aquellos años, saltaba al escenario, sentía las halógenas azules y verdes aterrizando en mi cara, nublándome un poco la vista, y cantaba: Lunes por la maaaaaadrugaaaada…

El sábado la cosa fue distinta. También tuve que beber para llenarme de coraje –Johnny Black on the rocks, please–, pero me sorprendió el tamaño del libraco con las canciones disponibles, parecido a la vieja Guía Telefónica (A-K o L-Z) de Buenos Aires de hace mil años, cuanto todavía se usaban las guías telefónicas. En los cantobares de hace 15 años, la lista de canciones era un cuadernito de hojas metidas en separadores transparentes que tendría, calculo, unos 500-700 temas para cantar, todos ellos de al menos cuatro o cinco años de antigüedad. En Hope & Anchor, el otro día, había 15.000, de todos los géneros posibles (en inglés) y tan recientes como el mes pasado (eso dicen los de Karaoke Champ, los dueños de las máquinas que alquilan a los bares.) El secreto de la diferencia no es que Nueva York es una ciudad mucho más cool que Buenos Aires, sino que con la tecnología digital podés meter 15.000 canciones en el mismo espacio donde antes, en la insoportable era de las cintas y los rebobinadores, no te entraban más que unos pocos cientos.

Me enfrenté al libraco con sensaciones encontradas: interesado en ver qué había disponible pero sabiendo también que me estaba quedando sin la excusa cobarde de no tener canciones copadas para cantar. Había de todo, pero me costaba mucho elegir: una parte de mí todavía creía que debía seguir dándole credibilidad a aquel personaje melancólico-rockero de los early 90’s. Penoso. (Además estaba el hecho de que el ambiente del boliche iba tomando temperatura y la gente estaba empezando a cantar canciones como I will survive o Take me out, dejándome cada vez menos espacio para cantar canciones de Elliott Smith, que había sido mi primera opción.) Canté cuatro canciones y, a juzgar por la respuesta del público, siempre generosa después de la medianoche, lo hice razonablemente bien. Las canciones fueron:

The One I Love – R.E.M.
Creep – Radiohead
Here Comes Your Man – The Pixies
Touch Me – The Doors

El difícil y esquivo equilibrio entre el gusto personal y la paciencia de los otros: como cuando te dejan pasar música en una fiesta en casa ajena y uno quiere que la gente la pase bien y al mismo tiempo dejar su marca propia, enseñarles un poco de buena música.

Toda esta introducción, que al principio iba a tener no más de uno o dos párrafos y que ya va por el séptimo, era para decir que la abrumadora lista de canciones –que aparecían dos veces, ordenadas por nombre o por artista-, imposible de leer entera en una velada normal, sin alienar a los amigos o al cónyuge, me dio más soluciones que problemas. ¿Es posible que me haya perdido de cantar alguna canción mejor –en el sentido de que me gustara más, de que conociera mejor la letra o de que pudiera funcionar mejor con los parroquianos–, porque no tuve tiempo para recorrer el libro de principio a fin? Más bien que sí. Cuando nos estábamos yendo vi Help the Aged, de Pulp, y dije “pucha, habría estado bueno cantarla”. Pero comparado con la flaquita colección de hits análogos de los cantobares no había duda, para ninguno de los que estábamos ahí, de que el exceso caótico era una opción superior a la escasez ordenada.

Por eso me sorprendió ver el otro día otra vez una columna de Federico Kukso en Crítica donde el corresponsal tecnológico del diario se declara abrumado y superado por la variedad de opciones y la cantidad de información disponible en Internet. Kukso sufre porque lo mandaron a cubrir algo que no se acaba nunca, y en su anonadamiento se ha quedado en blanco, sin poder decir nada interesante o poder recomendarnos algún sitio copado. No lo digo yo: lo dice él. Primero lo dijo en diciembre y lo repitió la semana pasada: estamos “infoxicados”, según el neologismo acuñado por el propio Kukso. Esta es su descripción de la situación:

Miles de mails que todos los días invaden las casillas de correo con tanta persistencia como cuando los hunos invadieron hace 1.500 años los Balcanes no una sino dos veces; noticias efímeras y volátiles que entran por los ojos, dan un par del vueltas por el cerebro y salen expulsadas por quién sabe qué orificio sin dejar nada –pero nada– en su trayecto.

Uno de los problemas de la columna es su exceso de metáforas. Si uno quiere describir algo con precisión tiene que tener corta la rienda de las metáforas (eso fue una metáfora), porque si no al final termina diciendo cosas que no quería decir. Kukso no quiere decir que las cosas que uno lee en Internet se las olvida sin dejar “nada” en su trayecto, porque obviamente uno se acuerda de algunas cosas. Yo, por ejemplo, leí la columna de Kukso, apreté el Cmd-D para guardarla en mis favoritos y ayer, analizando mi desempeño en el karaoke, me acordé de ella. “Soy la prueba viviente de que Kukso está equivocado”, me dije a mí mismo, triunfante y orondo. Cito otro párrafo de Kukso:

El mail no deja de actualizarse y de aumentar la cantidad de correos recibidos. Uno los lee como si se tratara de una guerra no declarada en la que el objetivo consiste en que el contador no salga de cero. Diarios y medios fast-food que no informan (y menos explican) sino que se dedican a vomitar nombres, lugares, números y encuestas que al acumularse se vuelven una montaña inconquistable, abrumadora. Los blogs con su reclamo narcisista de “mírenme”, “léanme”, “a mí, a mí”, “comenten”.

Fede, no hay nada que conquistar, ninguna “montaña”, estás viendo todo con las metáforas equivocadas: Internet no es un río ni una avalancha ni un pozo. Es un supermercado y una red, una conversación, una fiesta donde hay 200 personas pasándola bien y cuatro cagándose a trompadas y gritando boludeces en el baño. Es, con sus imperfecciones pero más que ninguna otra cosa en el mundo, lo que vos querés que sea. Si en tu mundo pre-Internet no tenías ningún interés en la jardinería, no te desesperes si no podés estar al tanto de los blogs de jardinería. No los mires, no los pongas en tu lector de RSS, no tenés por qué dedicarles ni un minuto o neurona. Por otra parte, si te agobia el reclamo de los blogs –esos supuestos “mírenme” y “léanme” que yo no he detectado–, no los visites, o sacalos de tu lector: nadie se va a ofender y nadie se va a dar cuenta. Fácilmente podés, si querés, tener una Internet chiquitita y cómoda, como la que teníamos en 1996, donde las señales de tráfico apuntaban siempre para el mismo lado y todos parábamos cuando el semáforo se ponía en rojo y arrancábamos cuando se ponía en verde. Ahora es un poco más enquilombado, pero no tiene por qué ser peor. Como las listas de karaoke con 15.000 canciones, que casi siempre van a ser útiles que las de 500 canciones.

Este género de “defensor de Internet”, del que me estoy haciendo habitué, no es para nada mi favorito, pero soy débil y me excito rápido. Porque no es sólo que yo no estoy de acuerdo con Kukso: tampoco le creo. No le creo cuando dice que Internet es

una sobredosis de información que ciega, ahoga, idiotiza.

No le creo, no creo que lo diga en serio. Yo estoy seguro de que él tiene a Internet bastante bajo control, que sabe dónde encontrar lo que quiere y que mal o bien, como todo el mundo, finalmente responde sus emails. Lo que pasa es que en Buenos Aires –por alguna razón que desconozco pero que probablemente algo tenga que ver con la obsesión porteña hablar como sociólogos y buscar en cada rincón de la vida un episodio de la lucha de clases– está bien visto elegir el ángulo más cínico posible y desconfiar siempre de la tecnología, esa herramienta de reproducción del capitalismo. Sin embargo, cuando uno quiere agarrar a Internet sólo con las pinzas del marxismo, el bicho se mueve para todos lados y se escapa, como un pulpo-babosa de mil patas, porque es mucho complicado. Algun día nos daremos cuenta y dejaremos de intentarlo.

(Un paréntesis de corrección política: en un momento en el que es cada vez más grande la diferencia de ingresos entre los que tienen acceso a la tecnología y los que no lo tienen, esta postura anti-tecnología y anti-Internet me parece incluso frívola e irresponsable. Estoy seguro de que Kukso, que parece buen tipo, nunca les diría a los pibitos de una escuela pública de San Antonio de los Cobres: “No se pierden, nada, muchachos, Internet es un quilombo, una sobredosis. Te hirve la cabeza”.)

(Otro paréntesis: Emociones similares me genera Paula Sibilia, comentadora académica argentino-brasileña que se la pasa criticando a Facebook sin tener una cuenta de Facebook y que el sábado publicó en ADNCultura una nota confusa y anacrónica –papparazzis, fama, “sociedad del espectáculo”: todos temas de estudio ochentosos o más viejos todavía– en la cual el único mensaje claro era su mal humor. Otro día intentaré dedicarle más tiempo. Ahora me voy a la cama que es tarde y este daily ya ha cruzado la barrera psicológica de los 10.000 caracteres. Ernesto, ¡feliz cumpleaños!)


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5. Noche